viernes, 13 de agosto de 2010

LA TENDEDERA

Apenas llegaba al borde de las sábanas, entonces (qué son estas palabras, desde qué abismo surgen o desde qué vanidad), niño de ocho o nueve años que ha subido con su madre a la azotea comunal desde la que se ve el mar tendido a través de los tejados. Chorreantes, recién lavadas, transportadas en un gran barreño, las sábanas empiezan, una vez colgadas en la tendedera, a estirarse con la brisa, y el niño juega a frotar su cara entre ellas (palabras, sílabas, consonantes como recién paridas de un tacto antiguo), mientras la madre sigue tendiendo el resto de la colada. Las baldosas ardientes absorben rápidamente el agua que cae. Baldosas rojizas rodeadas de unos muros blancos en los que el niño apenas puede alongarse para ver más allá. La puerta que daba a la azotea era pesada, gruesa, de un metal descolorido. El niño no podía abrirla solo (acuden, con las palabras, las imágenes, ¿o es más bien al contrario?). Las cuerdas de la tendedera eran de alambre, de un alambre cubierto por un plástico verde. Mordido o derretido por el sol, aquel plástico no era sino una señal más del desgaste del tiempo, del pasado que había tras nosotros y que, como un coloso inmemorial, parecía habernos vomitado a los dos, al niño que era yo entonces y a mi madre, en aquel mismo instante en la azotea. No existían ya casi (adverbios que matizan, inútiles escudos contra lo absoluto del tiempo y de la inexistencia) la casa ni el colegio, el club de tenis ni la calle: solo aquellas sábanas tendidas que se balanceaban para que yo jugara a esconderme entre ellas (¿de quién, de qué, de qué palabras futuras que a su vez terminarían escondiéndome?). El niño se acercaba a la madre, la palpaba para saber si también ella estaba mojada, recién lavada como las sábanas, igualmente dispuesta a ser secada por el sol de sobremesa. Y la madre era una piel suave que lo protegía del sol: se acurrucaba contra su cuerpo, o entre su cuerpo y las sábanas, y mientras andaban juntos de un lado a otro de la tendedera la madre le hablaba (palabras olvidadas, recordadas solo acaso en lo interior de algún sueño). Qué habré dicho yo entonces, qué más habré mirado o escuchado o tocado, ¿o acaso estaba ya entonces tan alejado del mundo como lo estoy ahora?

2 comentarios:

  1. Hermosa evocación de la infancia, cargada de nostalgia del pasado irrecuperable, pero también luminosa, como las sábanas blancas colgadas en los tendederos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, amigo Ramiro, por tu lectura y palabras. Un abrazo.

    ResponderEliminar