sábado, 14 de agosto de 2010

TURNER: UNA LECCIÓN

La décima plaga de Egipto, Joseph Mallord William Turner. Óleo sobre lienzo, 143.5 x 236.2 cm. 1813. Londres, Tate.

El pintor ha nacido para mirar el mundo. El mundo es todo lo que lo rodea. Lo que lo rodea ha sido antes mirado por otros. Estos otros, pintores de épocas pasadas, de latitudes diversas, han ofrecido el testimonio de una mirada que no ha sido nunca originaria, pero sí propia, personal, auténtica, una mirada a su vez atravesada por otras anteriores que la han configurado. Esta mirada, estas múltiples miradas sobre el mundo, son absorbidas por el pintor que, a lo largo de su dilatada carrera, dialoga con ellas y a su vez las rechaza, las admira para enseguida alejarse, no las olvida nunca por mucho que se distancie de ellas. El pintor parece avanzar siempre un poco más allá que sus antecesores. Donde hay calma y equilibrio él ofrece conflagración y tormenta, donde hay colores bien delineados él incorpora una mezcolanza de tonos y matices nunca antes lograda. Si, por ejemplo, Poussin le propone un paisaje tranquilo en el que dos o tres personajes descansan de un viaje, él traslada la escena a un atardecer abismado en el principio de un sueño en el que se abre un camino que invita a un largo viaje por la propia memoria. Las telas se suceden. El aprendizaje continúa. Pinta con una libertad cada vez mayor. Y, sin embargo, en el corazón de esa libertad sigue latiendo siempre la enseñanza de cada maestro, el apunte o la insinuación captados desde el centro de la propia experiencia. En los últimos años el pintor ya ha adquirido una visión fulgurante, la capacidad de ver el mundo de una manera única. Las nubes se confunden con las olas salvajes, doradas. La giratoria aventura de los ojos pasea sin esfuerzo por cielos vertiginosos. Manchas que pueden leerse como barcos o rocas o animales o soles danzan sobre la tela en una hoguera recién encendida. No es que nada sea lo que parece, sino que todo es lo que cada cosa es y cada cosa podría serlo todo. Lo visionario es aquí una mirada ya purificada tras tanto y tan profundo aprendizaje. El pintor mira el mundo y, ya cerca de su muerte, lo hace como si fuera la primera vez.

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