viernes, 20 de agosto de 2010

APRENDIZ DE DURMIENTE

Para quien no pasa de ser, o ha vuelto a ser, un aprendiz de durmiente, sobre todo ahora que estoy aprovechando el verano para intentar dormir sin ayuda de somníferos, hay noches, como esta que acaba de pasar, que se viven como ambiguos campos de batalla, noches en las que, aun habiendo cerrado el libro hacia las cuatro de la mañana con la intención de dormir, sobre las siete miro el reloj con la impresión de haber descansado profundamente pero seguro de que aún no he dormido nada; noches en las que pequeños monstruos amenazan con garabatear en mi piel con sus antenas y sus patas todo tipo de señales tenebrosas, o en las que esos mismos monstruos se me introducen de pronto en la boca como si fuera verdad que estamos condenados a acabar en este planeta comiendo los más repugnantes insectos. Los muelles del colchón, que parecen multiplicarse a medida que pasa la noche, se clavan en la frente o en las sienes, que adoptan, desesperadas, todas las posiciones posibles en busca de alguna que les ahorre la escucha de los latidos del corazón —latidos que, mezclados a los crujidos de los muelles, parecen provenir de algún corazón oculto en el interior del colchón. Rescato, para enseguida volver a desecharlas, las dos grandes almohadas: me abrazo a ellas, o las coloco contra la pared a modo de protección, o apoyo la cabeza en una de ellas, boca arriba, en una posición en la que sé que soy incapaz de dormir pero que me permite, o eso creo, meditar un poco sobre lo que está ocurriendo. Me tapo y me destapo con las sábanas, pues tengo frío y a continuación enseguida calor, o me tapo solo los pies y al rato me cubro hasta el cuello. Enciendo y apago compulsivamente el ventilador del techo. Imágenes de procedencia extraña, a medias oníricas, a medias alucinatorias y a medias conscientes, se suceden durante horas y acaban condensadas en un sudor espeso sobre la frente, bajo el cuello, entre las ingles. Y, como casi siempre ocurre, en algún momento indefinido de la noche, ocurre el milagro: la ardua rendición de la vigilia. Entonces, cuando me despierto, son ya las once de la mañana y apenas recuerdo ya nada.

3 comentarios:

  1. ¡Cuidado con los almohadones de plumas!Los que han leído a Horacio Quiroga conocen el peligro que entrañan.

    Orestes Doreste

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  2. "El almohadón de plumas", el relato de Horacio Quiroga: terrorífico. Aunque mis almohadones no pasan de ser versiones menos estilizadas y nada tropicales de esos de los que habla Quiroga, algún animalillo chupador de sangre ha habido en ocasiones, ¡ay!, escondido entre ellos...

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  3. Me ha recordado un extraño miedo infantil: de pequeño yo pensaba que debía aprenderse a dormir, que era un arte o una disciplina que debía aprenderse y ejercitarse, como si fuera pintar o escribir. Insufribles noches esas del insomnio estival. Saludos.

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