domingo, 23 de octubre de 2011

EN CUALQUIER OTRO SITIO EXCEPTO ALLÍ

Recuerda que al principio se propone montarse en la primera guagua que pase, pero que luego decide continuar caminando porque todas las líneas conducen a lugares que conoce y lo que le apetece es verse perdido en algún barrio alejado. Recuerda que va caminando por una avenida y que, al llegar a un cruce, mientras espera a que el semáforo cambie, ve a una mujer que parece perdida, con un papel en la mano y el mapa arrugado del metro, y que la mujer le pregunta, con acento extranjero, tal vez eslavo, por una calle cuyo nombre, mal escrito, lleva apuntado en el papel. Recuerda que en aquella avenida se fija en tres o cuatro edificios contiguos de viviendas, muy altos, que ostentan hacia la octava o novena planta unas terrazas como de áticos, en una de las cuales hay un chico que habla por el móvil y parece mirarlo o, al menos, fijarse en él. Recuerda que, en vez de continuar caminando por la avenida, se desvía por una calle perpendicular en la que unas casas bajas, alguna rodeada por un tupido jardín de árboles, le hacen pensar en una traslación, en un cambio instantáneo de lugar, como si entrara en otro territorio dentro o fuera de la ciudad por la que camina. Recuerda que a partir de ahí empieza a sentirse perdido, y que, al llegar a una calle cuyo nombre busca casi con ansiedad, el tiempo cambia y empieza a llover, saca de la mochila el paraguas, escucha a un chico que pasa a su lado hablando por el móvil decirle a su interlocutor que sí, que se pensará lo de pasar esa semana allí, que la idea le tienta. Recuerda que al final de esa calle desemboca en un parque sin nombre rodeado por una valla en la que descubre una puerta abierta por la que entra, y que se asombra de que no haya nadie en el parque excepto en el extremo opuesto, por el que sale a través de otra puerta también abierta en la valla, en el que un grupo de adolescentes está apiñado en un banco charlando con el ímpetu propio de la edad. Recuerda que, al salir del parque, se encuentra en una calle rodeada por inmensos edificios que podrían ser tanto de oficinas como de viviendas, y que, cosa extraña para sus costumbres, se introduce por un pasillo que parece llevar desde la calle, a través de zonas ajardinadas, hacia el portal de uno de esos edificios. Recuerda que, sin embargo, los pasillos empiezan a bifurcarse en un entramado interior que parece una zona común no se sabe bien si privada o si pública en la que, al atravesarla, no se tropieza con nadie. Recuerda que, siguiendo a un gato huidizo que parecía estar vigilándolo desde detrás de una columna, llega a una especie de plaza en el centro del entramado de jardineras y pasillos, una plaza vacía rodeada por cuatro o cinco moles extrañas, edificios irreales y a la vez casi vivos que parecen construidos con bloques de silencio. Recuerda que, en medio de esa plaza, siente algo extraño que no sabría bien cómo describir, una especie de ensoñación acribillada por infinitas instantáneas de vidas anteriores, de deseos extintos, de imágenes desamparadas, de proyecciones en mundos solo sugeridos, de países lejanos, miríadas que cruzan por su mente esos pocos instantes en que se va girando para mirar uno a uno los enormes edificios y le hacen sentirse allí más plenamente que en ningún otro sitio y, a la vez, en cualquier otro sitio excepto allí. Recuerda que abandona los recovecos interiores de esa especie de ciudad dentro de la ciudad hasta llegar a una calle que le resulta ya conocida porque por ella pasa una de las guaguas que suele tomar para volver a su casa desde el centro. Y recuerda, por último, que a partir de allí todo ingresa de nuevo en la normalidad.

jueves, 20 de octubre de 2011

UNOS FRAGMENTOS DE ANNE PERRIER



(Anne Perrier en su casa de Lausana, años 60)

Casi enteramente desconocida (al menos fuera de su país natal), silenciosa, invisible, secreta, anonadada en palabras que apenas
son nada, como en el final del poema “El pequeño prado”, una misma palabra repetida como una invocación ("Una voz dice nada nada nada"), como un nudo entre el silencio y el alma, en una paradoja en la que apenas decir nada es decir casi todo, o al menos seguir diciendo en voz muy baja pero inquebrantable una palabra desnuda, errante en su búsqueda y a la vez asentada en una luz ancestral, muy propia, única. Estoy hablando de Anne Perrier, nacida en 1922 en Lausana, donde sigue viviendo, una de las poetas (uno de los poetas) actuales más importantes de no solo de la Suiza francófona, sino de la lengua francesa en su conjunto. No soy yo, por supuesto, quien lo afirma: escritores y críticos tan prestigiosos como Marion Graf, Philippe Jaccottet, José-Flore Tappy o Jeanne-Marie Baude han destacado la inconfundible intensidad de la obra de Perrier, sin que, en cualquier caso, sus poemas hayan dejado de pertenecer al ámbito (tal vez gozoso) de la reducida intimidad de unos pocos lectores entregados. Voz nómada (La voix nomade, de 1986, es uno de sus títulos mayores) procedente de una vida en esencia sedentaria (con pocas excepciones, como la del viaje a Creta, que marcará un segmento de su trayectoria), la poesía de Anne Perrier no deja nunca de interrogarse, como una tenaz cascada de preguntas que dura ya más de sesenta años, por nuestra presencia en el tiempo, por lo visible y lo invisible que nos fundan, por la mirada que busca en cada mínimo gesto de las cosas un puente intangible hacia otro mundo. Los fragmentos que traduzco a continuación son los escogidos por Philippe Jaccottet del libro Le petit pré (1960) para su antología de la poesía suiza de expresión francesa Die Lyrik der Romandie. Eine zweisprachige Anthologie (Carl Hanser Verlag, Múnich, 2008).

EL PEQUEÑO PRADO

Hay que ser muy pequeño para entrar en mi reino
Solo una cabeza de niño
Podrá encontrar lugar entre mis palmas
No quiero a nadie grande
Ni que pese demasiado
En mis rodillas de luz
¿Qué buscáis más allá? Yo soy la madre
Del puro amor
*
Este es mi lugar
Para la eternidad
Una pequeña silla de paja
El silencio y el verano
Un muro que el cielo ha agrietado
Como una calle
Y mi alma que se acostumbra
A decir tú
*
En el agua de tus ojos
Soy el berro salvaje
No me pidas que florezca
No sé cómo hacen
Las rosas para madurar
Estoy verde en el fondo
De un agua lenta que me cubre
*
Pobreza mi casa
Ninguna otra me espera sino tú
Te amo y me das miedo
Por qué
Ya no hay huellas
¿Quién puede mostrarme el camino?
Ando y el tiempo pasa
Una voz dice nada nada nada


(Anne Perrier, Foto © Yvonne Böhler)

martes, 11 de octubre de 2011

UN POEMA DE PIERRE-LOUIS MATTHEY

(Pierre-Louis Matthey)
 
Poeta, dandy, inmenso traductor de poesía inglesa (de Shakespeare, de Keats, de Shelley), viajero misterioso que pareció borrar todas las huellas de estancias prohibidas, de aventuras precoces, huraño personaje en la posguerra vivida en Ginebra, apenas visible, dedicado casi en exclusiva a labrar una obra difícil, inclasificable, Pierre-Louis Matthey (1893-1970) es uno de los más altos poetas suizos de lengua francesa. En su primer libro, Seize à vingt, publicado en 1914, se atreve, casi por primera vez en la historia de la literatura suiza, a tratar una pasión clandestina hasta entonces en ese país, la pasión homoerótica. Y la trata de un modo extraño, salvaje, propio de estos poemas de adolescencia, unas veces luminosos y otras veces sombríos, como si tanteara en los umbrales de un mundo desconocido y fascinante. Unos poemas en los que, en palabras de Philippe Jaccottet, “estalla con una violencia y una franqueza desconocidas hasta ese momento en Suiza una pasión que seguía estando, en general, prohibida”. La senda abierta por Matthey permitirá que los otros dos grandes poetas suizos de expresión francesa contemporáneos suyos, Gustave Roud y Edmond-Henri Crisinel, traten luego también en sus obras, cada uno a su particular manera, esta misma pasión homoerótica. He traducido, del libro Seize à vingt, el poema “Connaissance”, que en su extraña mezcolanza de viaje en la escritura, en la memoria y en el deseo constituye una buena muestra del trabajo de Pierre-Louis Matthey.

CONOCIMIENTO

Tal como soy, en la lívida luz,
tal como escribo, mojado por un día lunar,
la extensa sombra de mi mano deslizada en la hoja
y los ojos viajeros y el cuerpo sometido,
me veo aparecer en el umbral de una distancia
y me estremezco ante mi extraño aspecto.

Extraño y, sin embargo, vagamente familiar
como salido de una clase donde todo se olvida…
Los árboles del arroyo se inclinan como siempre;
las rodadas discurren paralelas;
cruzan el cielo nubes cotidianas…
Pero yo tiemblo al verme venir como lo hago.

Ah, cuanto más avanzo más voy retrocediendo:
pues no quiero acercarme ni a mí mismo.
La zona que nos cerca arde… Caminando hacia atrás
procedo a atravesar el puente de madera,
me veo atravesarlo reflejado en el río
¡con el traje de marinero del que estaba tan orgulloso…!

El otro está ahí, sabía que iba a venir,
siento cómo me tocan sus manos insistentes.
Sus ojos se deslizan veloces en los míos
y nada alrededor es insólito, ¡nada!
El roble a espaldas nuestras vigila y se parece…
¿Tan extraño es entonces que estemos aquí juntos?

El otro me toca, se inclina y oigo cómo me habla:
No sé si eres tú quien me ha llamado…
¿reconoces mis ojos, mi traje de marinero…?
Soy el hijo de tu padre y de tu madre…
no… no… no hay nada entre nosotros
salvo un finísimo rayo de aire…

Yo no nací de un padre, no nací de una madre.
Nací del vicio que entero me consume.
Nací del vicio y de su amargura que muerde.
No soy ni siquiera tu hermano.
Broté del vicio con aullidos de fiebre…
Tal y como soy en la luz que ahora muere.

martes, 4 de octubre de 2011

TRANSFUSIÓN

Ni yo mismo sabía si creía o no sus palabras. Por eso, tal vez, las hice mías, las interioricé para no tener que debatirme entre creerlas o rechazarlas. Me complace pensar que fue algo semejante a lo que hizo un profeta bíblico cuando se comió el libro sagrado: vencer la duda con la digestión, la reticencia con la incorporación. Fue entonces cuando empecé a decir yo también que mi cuerpo era frágil, que me quedaban pocos años de vida, que había sido operado varias veces del corazón, que cuando mi madre estaba embarazada de mí había recibido una patada en el estómago que me había causado una malformación coronaria, que había sido mi hermano, de cuatro años entonces, quien, sin querer, la había golpeado, que las crisis me sobrevenían como mareos tras los que perdía la conciencia, que quería con locura a mi hermano, que nunca había sentido dolor, que cada operación había sido más larga que la anterior y que, sabedor de que mi vida pendía siempre de un hilo, quería disfrutarla, vivirla plenamente y ser feliz. Parecía un discurso demasiado elaborado como para que lo hubiera inventado un niño de mi edad, de once o doce años por entonces. Lo cierto es que allí estaba: nunca lo había visto en el colegio por las mañanas, quizá solo venía a las clases de tenis de mesa por las tardes. Más que jugar, hablábamos, o él hablaba y yo lo escuchaba, siempre el mismo discurso, obsesivas variaciones sobre la fragilidad de su vida, sobre su traumática infancia plagada de hospitales y convalecencias. Es verdad que parecía frágil, al menos más frágil que yo. La raqueta, que apenas pesaba, se le caía con frecuencia de las manos. Perdía el equilibrio cuando algún golpe lo descolocaba. Las gafas se le resbalaban una y otra vez, a cada jugada, y con el índice de la mano libre les daba nerviosos golpecitos para subírselas. Aunque todos éramos allí principiantes, no lograba mantenerse en juego más de dos intercambios seguidos: al tercero lanzaba invariablemente la pelota a unos metros de la mesa, como si no fuera capaz de calcular la fuerza o el efecto precisos para situarla en el interior del pequeño cuadrilátero. ¿Por qué serán siempre verdes estas mesas?, me dijo un día en medio de un partido. ¿Y por qué serán siempre blancas las pelotas?, le respondí yo. Parecíamos dos extraterrestres en las instalaciones deportivas del colegio, dos seres destinados a una transfusión de palabras, de vidas inventadas o recreadas o acaso vividas, a un intercambio de golpes torpes, desenfocados por los gruesos cristales de nuestras gafas sabihondas. Después de un par de días no volvió a aparecer. Yo me mantuve en la escuela de tenis de mesa durante algunos años. Incluso llegué a competir, sin grandes triunfos, en algún campeonato. Alguien me dijo, mucho tiempo después, que aquel chico había muerto. No pude creerlo: yo seguía con vida.

viernes, 30 de septiembre de 2011

AVIÑÓN


Yo tampoco sé lo que no sé.


[Frase escuchada en una guagua de la línea Madrid-Tres Cantos]

No sé cómo ni por qué me subí a las murallas y empecé a caminar a lo largo de ellas. Era de noche. En la parte de fuera, es decir, extramuros, había coches aparcados en los que aparentemente dos personas conversaban o se inclinaban la una hacia otra o se besaban o se exploraban mutuamente las oscuras entrepiernas o repasaban con los labios, una y otra vez, un pene erecto y jugoso. Yo paseaba a lo largo de las murallas con la sensación de estar vigilando intramuros y extramuros, centinela de paso, un mundo desconocido ya casi devastado. En los coches los cuerpos seguían conversando. Después de recorrer por fuera el palacio de los papas, que era algo así, creo haber leído, como la casa privada más grande de su tiempo —grandiosos muros ávidos de gloria, arquitectura soñada más que construida—, había preguntado a varios jóvenes solitarios por direcciones de calles que mi guía anunciaba y que ellos, sin excepción, no conocían. Me había dejado acompañar por uno de ellos, un desconocido que, con la excusa de indicarme la zona de la ciudad en la que según él debía encontrarse la calle que buscaba, me iba lanzando miradas traviesas o inseguras que me era imposible interpretar cabalmente. Me di cuenta de que no sabía cómo quitármelo de encima. Había demostrado que hablaba un poco su lengua, me había dejado servir por él como cicerone improvisado para un asunto que aún no habíamos resuelto, se comportaba todo el tiempo con corrección y hasta con gentileza. ¿Cómo desprenderme de él? No soy de los que anuncia de pronto que a partir de ahora va a continuar solo su camino. Dejemos la resolución de este trance para otro momento, pues ni siquiera estoy seguro de recordar cómo pude deshacerme de mi servicial acompañante. Lo cierto es que poco después me vi tomando una jarra de cerveza en un lugar que mi guía anunciaba como “el bar más frecuentado de la histórica ciudad” pero que a aquellas horas ya apropiadas para tomar unas copas estaba casi vacío. Subí y bajé varias veces las escaleras que conectaban la barra de abajo con la barra de arriba. Estuve un rato sentado, solo, en una especie de reservado amueblado con mesitas redondas y metálicas y un banco lleno de cojines: leí con fruición folletos y guías de las zonas secretas de la ciudad con la permanente impresión de estar siendo estafado. Nada de esto existe ni ha existido nunca, me decía. No es más que un reclamo para turistas incautos. Cuando volví a la barra de abajo —a la de arriba no había subido nadie— seguían allí las mismas caras mustias que me encontré al llegar. Pagué y me despedí. Creo que crucé un puente en el que me dije, creo, que era delicioso escuchar el río pasar por debajo sin que me llevara: como si esa reflexión desangelada solucionara alguno de los problemas eternos sobre la identidad, sobre el tiempo, sobre la desaparición o sobre el ser. Continué mi paseo y llegué a las murallas. No sé cómo ni por qué me encaramé a lo alto y empecé a caminar tranquilamente a lo largo. Al cabo de unos minutos aparecieron unos policías que desde el coche, educadamente, me indicaron que me bajara, pues estaba prohibido caminar por encima de las murallas de Aviñón.

martes, 27 de septiembre de 2011

UNA CASA EN LOS MONTES DE ARAFO


Para Cristi, Víctor y Gabi, con todo cariño.


En aquella casa nunca jugábamos, para qué: si teníamos las huertas, los bancales, el bosquecillo hundido al final de la ladera, las estribaciones del barranco, los muros, las pencas, los hoyos que escarbaban los perros, la piscina de plástico, el tesoro del aire, que al final de la tarde, como un prestidigitador, mostraba sus sorpresas: la brisa del recogimiento y los tornasoles del ocaso. La casa parecía haber sido construida al modo de un cuarto de aperos en el que guardar, al llegar, nuestras mochilas, los bolsos con la comida, las chaquetas. Una sobria cocina, un dormitorio oscuro, un aseo minúsculo y un saloncito casi sin decoración constituían todo el espacio. Así lo habían querido mis tíos, sus dueños: todo para el exterior, nada o casi nada para el interior. Me recuerdo devorando unas lecturas para minutos refugiado en la cama, al margen de los juegos, casi escondido en el interior de la sombra, escuchando en la mente las palabras de Hermann Hesse, sus extraños consejos para una vida más plena. Pero eran solo eso: lecturas para minutos, pues enseguida salía a buscar lo leído en la razón de la tierra, en los corros trenzados de adultos y de niños.

Allí estaba mi prima, la pequeña, con sus trenzas al aire. Con el paso del tiempo se entregó a los demás como enfermera y como madre de dos niñas. Lloró mucho, lo sé, cuando uno de sus perros murió atacado por el perro de un vecino en aquellos mismos bancales. Allí quiso enterrarlo. Por lo demás, mi prima, que fue siempre el desvelo y la entrega absoluta a los demás, sigue conservando en los ojos una luz parecida a la que le recuerdo, tan pura, de entonces.

Allí estaba también mi primo el mediano, con su aspecto travieso de díscolo galán, en el fondo callado, introvertido, pero siempre dispuesto a una broma, bonachón, desprendido, un poco casquivano. Tuvo, con el paso del tiempo, una vida un tanto aventurera, unos cuantos trabajos, pero sentó luego cabeza, se casó, tuvo un hijo y hoy en día es, por lo que sé, un auténtico padrazo.

Y allí estaba, finalmente, mi primo mayor, con sus misterios. Yo lo admiraba y no sabía por qué. Tal vez porque pensaba de otro modo, siempre libre, diferente a cualquiera, independiente, insumiso, radical, ecologista. Con el tiempo estudiaría biología, pero desde hace muchos años fotografía el universo. Trabaja fotografiando cometas, astros, satélites, planetas, galaxias y constelaciones en uno de los mejores institutos astrofísicos del mundo. Sigo admirándolo, por esa y por otras muchas razones, pues, no en vano, es el mayor de mis primos.

Allí, a aquella casa escondida en los montes de Arafo, que no he vuelto a ver desde hace muchos años, íbamos algunos domingos de mi infancia. Acaso si recuerdo sobre todo los atardeceres es porque en aquellos instantes de la despedida luchaba interiormente por quedarme allí, o por retener al menos todos los momentos que allí había vivido. Y porque esa frontera, la del final de la tarde, nos regalaba su brisa y su luz tan especiales para enseguida quitárnoslas.

jueves, 22 de septiembre de 2011

MADRE E HIJA

Las únicas palabras que posee no le sirven de nada. Está sentada en un sillón. Siente cómo se apaga: sin ningún testimonio, sin que pueda encontrar la manera de ser otra, diferente a sí misma. Mira cómo su madre, con cerca de cien años, se consume también, aunque de un modo distinto. Su madre va despidiéndose muy lentamente de la vida como quien llega al final de un largo viaje y no necesita ya las palabras porque las gastó todas por el camino. Ella, en cambio, en mitad de la vida, empieza a perder pie, siente enseguida el abismo, el vértigo de la caída, se agarra como puede a un par de arbustos cuyas raíces no tardarán en ceder, y ahora, sentada en un sillón, espera, muda y aterrada, el impacto final. Las únicas palabras que posee son las que usa para consolar a los demás, para intentar engañar a su madre, para afirmar o afirmarse que tanto no ha adelgazado, que se siente con fuerzas para dar un paseo, que esa noche comerá con apetito. Vivir era una costumbre que ahora le parece un milagro. No sentía la vida: se dejaba vivir. Y solo ahora, cuando está a punto de perderla, la siente de verdad. Recuerda casi cada día, aunque se parecieran todos, los recuerda compactos y risueños, compartidos y sólidos, seguros, transparentes, soleados. Los recuerda sin palabras, como puras imágenes, escenografía radiante para un cuerpo mermado que aún debe interpretar un último papel. Su madre, que aún conserva el sentido de las cosas, se pregunta qué ocurre, por qué, si era ella la enferma, la llamada a marcharse, es ahora su hija la que sufre, la más desmejorada, casi iguales las dos en su apariencia de ancianas. Como si su destino fuera el de marcharse juntas. Antiguas alegorías hoy ya casi en desuso nos dirían que en esa casa la muerte, la ciega tejedora implacable, prefirió no marcharse para ahorrarse otro viaje y decidió instalarse con su rueca, lúgubre, una noche en un cuarto y otra noche en el otro, vigilarlas a ambas en sus sueños confusos, esperar el momento en que les llegue la hora para convertirse en el sueño eterno de la madre y la hija: como un viaje fulgurante hacia atrás en el tiempo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SIMON LAKS EN AUSCHWITZ

Una de las lecciones que uno puede aprender después de leer Melodías de Auschwitz es que nunca se sabe lo que en un futuro puede salvarnos. Simon Laks, compositor, pianista, violinista, intérprete en funciones cinematográficas en el París de entreguerras, no pudo nunca imaginar que acabaría siendo salvado por la música, que su destino, el de un judío recién llegado al centro del infierno pero que, por su buen estado físico, había evitado de entrada la cámara de gas y había sido designado para uno de los comandos de trabajo, que su destino, decía, que era la muerte por agotamiento, por inanición o por frío después de un par de semanas, iba a ser transformado en el de un superviviente gracias a la música. Simon Laks llegó a dirigir la orquesta del campo de Auschwitz-Birkenau, una de las “instituciones” mimadas por los carniceros nazis en virtud de ese paradójico (y varias veces recalcado por Laks en su libro) amor de los alemanes por la música. Otra de las lecciones que la lectura de Melodías de Auschwitz depara (después de que en las varias librerías en que pregunté por el libro ninguno de los libreros supiera cómo se escribe Auschwitz) es que el testimonio puede padecer dos males mayores: el olvido y la tergiversación. Cualquier europeo que haya olvidado cómo se escribe Auschwitz, que tenga solo una vaga idea de lo que allí ocurrió, que no se haya preocupado apenas por la infamia infinita que supuso aquel reverso, aquel (como dice Laks) “negativo” del mundo, no solo está expuesto, como lo estamos todos, a que el infierno vuelva en cualquier momento a reeditarse, sino que será incapaz de detectar las señales atroces que aparezcan en el horizonte. En cuanto a la tergiversación: los supervivientes temieron no solo no ser escuchados, sino sobre todo no ser comprendidos. Muchos se avergonzaban de haber sobrevivido. Simon Laks, incluso, tuvo que responderle un día a una señora que le preguntaba cómo lo había logrado si habían muerto tantos: “Perdóneme usted… pero no lo hice a propósito”.

Lo que Simon Laks afirma en su libro, la que podría considerarse como su tesis principal, si es que alguna puede haber en un libro que es sobre todo un crudo testimonio de sus años en Auschwitz, es que la música puede hacer daño. El arte más sublime, considerado por tantos celestial o divino, la música, cuyo origen estaba en las esferas y que era capaz de amansar a las fieras o aplacar las tormentas, el bálsamo del alma, la inductora del sueño, la protectora del espíritu, la escala misteriosa entre la tierra y el cielo, la música, según Simon Laks, que la interpretó a la salida y al regreso de los comandos de trabajo de Auschwitz, puede hacer daño. ¿Tal vez porque evocaba, como un perfume lejano, el mundo perdido de cada prisionero, lo irrecuperable de cada vida? ¿O tal vez porque recordaba ese vínculo roto entre la vida y lo que la trascendía, entre el cuerpo y el alma, entre el mundo y la eternidad? Simon Laks no se hace estas preguntas. Le basta con dar testimonio, por ejemplo, de su visita al hospital del campo durante unas Navidades para interpretar con su orquesta unos villancicos. Los moribundos empezaron a gemir, luego a llorar, y finalmente les gritaron a los músicos: “¡Márchense! ¡Déjennos morir en paz!”.

El libro de Simon Laks, que no fue autorizado por las autoridades polacas de la época comunista y tuvo que publicarse en Londres (había habido una primera versión, más breve, en 1948, escrita en francés al alimón con René Coudy y publicada en París), es un libro incómodo. Ya desde el principio, desde su propio título: Gry oswiecimskie, cuya traducción literal sería “Músicas o juegos auschwitzianos” y que en la edición española (traducida por Xavier Farré, a quien debemos agradecer un trabajo tan necesario) se ha vertido como Músicas de Auschwitz, contiene una aparente paradoja. Aunque en ningún momento se escatima ningún detalle para describir las atrocidades sufridas u observadas por su autor, este insiste sobre todo en la historia de la pequeña orquesta espectral, en la condición de privilegiados de sus miembros: comen más, viven en mejores condiciones, sufren menos golpes de kapos y esmans que la mayoría de los presos del campo. Pero todo esto, y Simon Laks lo sabe y no lo oculta, es una especie de milagro procurado por la música. Esa misma música que tocan y que en los oídos de los enfermos y los presos se convierte en un llanto insoportable a ellos, a los músicos, les salva la vida. Afinan sus instrumentos, copian y componen obras, la mayoría canciones o marchas tradicionales alemanas (a veces, en secreto, cantos polacos o judíos), y luego las tocan a la salida y al regreso de los comandos de trabajo que vuelven siempre con los cadáveres de quienes no superaron el frío, la fatiga, los golpes o el hambre. Y esos músicos, dirigidos por Simon Laks, no dejan nunca de tocar, pues, desde el momento en que lo hagan, el peso del silencio caerá sobre ellos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

PARA JOSÉ HERRERA


















(José Herrera en su taller de Las Mercedes, Tenerife. Foto: Nacho González)

El artista despierta. La habitación ha amanecido como recién pintada, llena de colores lavados en la fuente del sueño: un verde agua, un añil muy profundo, un rojo acerado. El artista ha dormido con la ventana abierta. En el sueño ha llegado hasta la orilla del mar y ha permanecido allí, respirando, recordando y cantando, durante horas. La respiración se le ha llenado de recuerdos que el canto ha absorbido para devolverlos al mar cuya brisa no han dejado de respirar sus pulmones. Al despertar, unas manos han dibujado solas la forma de un cuerpo. La han dibujado como si la mecieran, como se hace con un cuerpo recién nacido cuya piel es muy frágil y cuyo peso es inconmensurable. La incomodidad de no disponer de branquias para respirar debajo del agua: la desgracia de no estar dotado de alas para volar en el viento. Las piezas que van surgiendo a partir de los dibujos flotan, bucean, planean, levitan o navegan, pero ninguna de ellas, aunque lo parezca, reposa convencida en ningún suelo. Están tensas, como una palabra en suspenso, una paradoja, una especie de koan hecho no de palabras sino de materia, de memoria y de sueño.


(De la otra mirada, Acrílico y óleo sobre pasta de papel, 171,5 x 91,5 x 91,5 cm, José Herrera, 2001/02. Foto: Alejandro Delgado)

Las manos del artista dibujan solas porque su cuerpo sigue estando sumergido en la irresolución apartada, en una dimensión de la vida en la que no hay antes ni después, aquí ni allá, ahora ni nunca ni siempre, yo ni mundo, acaso tan solo un puro tú perpetuamente desprendido que se encarna en las manos, las dadoras, las dadoras de forma para todo lo informe. El artista conversa con su propia muerte. Se tiende para medir el tamaño de su inexistencia. Se encoge, incluso, hasta casi desaparecer, para compararse con la dimensión de su ausencia. Pues solo desde la ausencia puede decir o palpar, solo desde la inexistencia más radical y más atroz surge un hilillo de vida verdadera que se vuelca en la obra como una plegaria o como un llanto. Hay aquí lágrimas que nadie ha visto y que, sin embargo, pueden llenar la habitación con su peso de madera o de plomo. Y luego, enseguida, el vuelo o una escalera para hacernos respirar, a nosotros o todos esos túes con los que el artista conversa, más allá de nuestros propios cuerpos: súbete en mis hombros, o en esta escalera, para ver el horizonte en el momento justo en que se disuelve en la noche.


(Obra sobre papel, José Herrera, 2005)

Podrían ser también figuras que nadie hasta ahora ha visto y que han sido rescatadas de su mentida invisibilidad como en un acto de mera justicia. Ojos que no ven para que el corazón los sienta. U ojos que sí ven para que el corazón los presienta. O incluso ojos que son el propio corazón en el que laten. La casa en la montaña, en la que el artista ha instalado su vivienda y su estudio, queda a veces envuelta en tinieblas voraces. Lo único que entonces se mantiene encendido es un minúsculo fuego, un resplandor oculto: la llama de las yemas que crean, hasta en sueños, formas y objetos que mantienen la noche aferrada a la noche.


(Espacio para lo íntimo, Bronce, 225 x 210 x 142 cm, José Herrera, 2008, Colección TEA, Tenerife Espacio de las Artes)

martes, 6 de septiembre de 2011

EL SIGUIENTE SUEÑO

Y en el siguiente sueño, ella —que no bebe nunca— da cuenta de un solo trago de un extraño licor que yo rechazo con la excusa de que padezco de asma —enfermedad que no padezco aunque con frecuencia haya afirmado lo contrario. Esto sucede en la barra de un pequeño local exclusivamente masculino en el que ella campa a sus anchas como si las normas de acceso no la afectaran. Descorro una cortina y accedo a una salita exigua en la que un jacuzzi atiborrado de cuerpos me invita a seguir adelante. Con la piel aún mojada por el repelente y constante chapoteo de los cuerpos me introduzco a través de un pasillo acristalado. A un lado y a otro se entrevén reservados en los que conversan animadamente seres que no son humanos salvo en el uso del lenguaje: no tienen cuerpo ni cabeza, sino únicamente contorno, una línea que apenas delimita una masa de vapor más espesa que el aire circundante. Tales masas se mueven mientras hablan, se desplazan a través de los reservados —reservados que están, como sabemos, a la vista de cualquiera que atraviese el pasillo— y, en ocasiones, difuminan aún más sus particulares contornos para fundirse las unas con las otras durante unos breves instantes. Al final del pasillo se llega a un gran patio que no lo es, quiero decir que es como una explanada en la que ya estamos fuera del pequeño local en que dejé a mi amiga bebiéndose furiosamente en la barra una copa tras otra. Sin embargo, la sensación es la de seguir en el interior del local. En una enorme piscina que cubre por entero uno de los laterales de la explanada —y que es una piscina soñada ya antes, el resto de un sueño soñado no se sabe cuándo, en todo caso hace mucho— una multitud fervorosa se salpica y salpica a quien pasa por el borde —a mí, quiero decir— sin que esto signifique animadversión alguna. La multitud está formada por cuerpos que, esta vez sí, parecen humanos, aunque la forma en que allí se utiliza el lenguaje no sea en ningún caso la conversación, sino el grito. No me refiero a gritos que se lancen unos a otros en respuesta unos de otros, sino de gritos solitarios, soliloquios gritados que cada cual emite cuando le parece sin buscar ni esperar respuesta en los demás. Gritos y salpicaduras, así pues, soliloquios y chapoteos son lo único que allí se produce en una especie de espectáculo cuyo único espectador soy yo. Un poco más adelante, en las estribaciones de la explanada —o patio—, una exploración casi furtiva me lleva a descubrir una puerta apenas visible que no parece haber sido pensada para entrar ni salir. Digo apenas visible porque está pintada exactamente con el mismo color del muro en que se encuentra, como si el constructor de todos esos espacios —que debe haber sido uno solo, un solo constructor de mente retorcida— hubiera querido camuflarla. Una puerta, además, que no sirve para entrar ni salir, no porque esté condenada, sino porque al abrirla no da a ningún lado. Esto es difícil de explicar. Ocurrió que encontré la puerta huyendo, en cierto modo, de los gritos y salpicaduras de los que ya hablé, y cuando la abrí para acceder, como era mi deseo, a otro lugar, resultó que no había otro lugar, que la puerta se abría pero allí no había nada, absolutamente nada. Y cuando, decepcionado, me volví para regresar por donde había venido, tampoco había ya nada, nada en ningún sitio. En ese momento me desperté.

lunes, 29 de agosto de 2011

EL INSTITUTO

1. El instituto está en una isla. 2. La isla es pequeña y escarpada. 3. El instituto se encuentra en lo alto de un acantilado de difícil acceso al que se llega después de conducir durante horas por una carretera de curvas. 4. En la parte baja del acantilado hay una playa que es la misma de mi infancia aunque nada de lo que la rodea, empezando por el instituto, pertenezca a la playa real en la que jugaba de niño. 5. A la playa se llega, desde el instituto, por un paseo que desciende a lo largo del acantilado y que está bordeado por árboles como si fuera una avenida peatonal en cualquier enclave turístico. 6. Los alumnos del instituto, todos ellos varones, adolescentes, bronceados y atléticos, deambulan sin camiseta a cualquier hora del día arriba y abajo del paseo como si la playa fuera el verdadero lugar de sus aprendizajes y exhibir sus espectaculares cuerpos el agradecimiento por las lecciones aprendidas. 7. Todos los profesores están ya incorporados a sus puestos de trabajo y suelen reunirse en una sala acristalada desde la que puede contemplarse el horizonte y escuchar los constantes latidos de las olas. 8. La última profesora incorporada ha sido una amiga a la que he llevado en mi coche al instituto. 9. La directora, que nos ha recibido con cierta frialdad, le ha asignado a mi amiga una habitación, pues, igual que los demás profesores, no solo trabajará en el instituto sino que, como estipula el contrato, también vivirá en él. 10. Teniendo en cuenta que el camino de vuelta será largo y cansado, me quedo a almorzar en el instituto invitado por la directora. 11. El almuerzo tiene lugar en una especie de refectorio, también con vistas al mar, que recuerda a los comedores de alguna instalación turística obsoleta como las que abundan en el norte de la isla. 12. En el almuerzo está presente buena parte del claustro de profesores, que asiste con sus mejores ropas: traje y corbata en el caso de los hombres, vestido y fular en el de las mujeres. 13. Como señal de bienvenida, mi amiga y yo comemos en la mesa del equipo directivo, que está formado íntegramente por mujeres y que nos informa sin entusiasmo de la historia y de las normas de funcionamiento del centro. 14. Una vez que termina el almuerzo paso a acompañar a mi amiga a su habitación. 15. Mientras comentamos las primeras impresiones, que son de extrañeza y de perplejidad, descubro una enorme cucaracha escondida en los pliegues de una cortina, luego otra paseando por el lavabo y enseguida una tercera a los pies de la cama. 16. Unos segundos después, y aún con el susto en el cuerpo, la primera de las cucarachas echa a volar hacia mí batiendo unas alas que parecen haber multiplicado su tamaño. 17. Sudorosos, decidimos salir a una de las terrazas de que está provisto el instituto: desde allí observamos otras terrazas por encima o por debajo de nosotros y nos damos cuenta de que el edificio está construido aprovechando el desnivel natural del acantilado y de que cuelga, se podría decir, literalmente sobre la playa. 18. Buscamos luego las aulas, pero no parece haber aulas. 19. Algunos alumnos con los que nos cruzamos nos miran de un modo que no se sabe si es hosco, socarrón, altanero o impúdico. 20. Dejo a mi amiga instalada en su nuevo puesto de trabajo y salgo en busca de mi coche para alejarme por la carretera del instituto —del sueño.

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