domingo, 23 de octubre de 2011
EN CUALQUIER OTRO SITIO EXCEPTO ALLÍ
jueves, 20 de octubre de 2011
UNOS FRAGMENTOS DE ANNE PERRIER
Casi enteramente desconocida (al menos fuera de su país natal), silenciosa, invisible, secreta, anonadada en palabras que apenas son nada, como en el final del poema “El pequeño prado”, una misma palabra repetida como una invocación ("Una voz dice nada nada nada"), como un nudo entre el silencio y el alma, en una paradoja en la que apenas decir nada es decir casi todo, o al menos seguir diciendo en voz muy baja pero inquebrantable una palabra desnuda, errante en su búsqueda y a la vez asentada en una luz ancestral, muy propia, única. Estoy hablando de Anne Perrier, nacida en 1922 en Lausana, donde sigue viviendo, una de las poetas (uno de los poetas) actuales más importantes de no solo de la Suiza francófona, sino de la lengua francesa en su conjunto. No soy yo, por supuesto, quien lo afirma: escritores y críticos tan prestigiosos como Marion Graf, Philippe Jaccottet, José-Flore Tappy o Jeanne-Marie Baude han destacado la inconfundible intensidad de la obra de Perrier, sin que, en cualquier caso, sus poemas hayan dejado de pertenecer al ámbito (tal vez gozoso) de la reducida intimidad de unos pocos lectores entregados. Voz nómada (La voix nomade, de 1986, es uno de sus títulos mayores) procedente de una vida en esencia sedentaria (con pocas excepciones, como la del viaje a Creta, que marcará un segmento de su trayectoria), la poesía de Anne Perrier no deja nunca de interrogarse, como una tenaz cascada de preguntas que dura ya más de sesenta años, por nuestra presencia en el tiempo, por lo visible y lo invisible que nos fundan, por la mirada que busca en cada mínimo gesto de las cosas un puente intangible hacia otro mundo. Los fragmentos que traduzco a continuación son los escogidos por Philippe Jaccottet del libro Le petit pré (1960) para su antología de la poesía suiza de expresión francesa Die Lyrik der Romandie. Eine zweisprachige Anthologie (Carl Hanser Verlag, Múnich, 2008).

martes, 11 de octubre de 2011
UN POEMA DE PIERRE-LOUIS MATTHEY
CONOCIMIENTO
martes, 4 de octubre de 2011
TRANSFUSIÓN
Ni yo mismo sabía si creía o no sus palabras. Por eso, tal vez, las hice mías, las interioricé para no tener que debatirme entre creerlas o rechazarlas. Me complace pensar que fue algo semejante a lo que hizo un profeta bíblico cuando se comió el libro sagrado: vencer la duda con la digestión, la reticencia con la incorporación. Fue entonces cuando empecé a decir yo también que mi cuerpo era frágil, que me quedaban pocos años de vida, que había sido operado varias veces del corazón, que cuando mi madre estaba embarazada de mí había recibido una patada en el estómago que me había causado una malformación coronaria, que había sido mi hermano, de cuatro años entonces, quien, sin querer, la había golpeado, que las crisis me sobrevenían como mareos tras los que perdía la conciencia, que quería con locura a mi hermano, que nunca había sentido dolor, que cada operación había sido más larga que la anterior y que, sabedor de que mi vida pendía siempre de un hilo, quería disfrutarla, vivirla plenamente y ser feliz. Parecía un discurso demasiado elaborado como para que lo hubiera inventado un niño de mi edad, de once o doce años por entonces. Lo cierto es que allí estaba: nunca lo había visto en el colegio por las mañanas, quizá solo venía a las clases de tenis de mesa por las tardes. Más que jugar, hablábamos, o él hablaba y yo lo escuchaba, siempre el mismo discurso, obsesivas variaciones sobre la fragilidad de su vida, sobre su traumática infancia plagada de hospitales y convalecencias. Es verdad que parecía frágil, al menos más frágil que yo. La raqueta, que apenas pesaba, se le caía con frecuencia de las manos. Perdía el equilibrio cuando algún golpe lo descolocaba. Las gafas se le resbalaban una y otra vez, a cada jugada, y con el índice de la mano libre les daba nerviosos golpecitos para subírselas. Aunque todos éramos allí principiantes, no lograba mantenerse en juego más de dos intercambios seguidos: al tercero lanzaba invariablemente la pelota a unos metros de la mesa, como si no fuera capaz de calcular la fuerza o el efecto precisos para situarla en el interior del pequeño cuadrilátero. ¿Por qué serán siempre verdes estas mesas?, me dijo un día en medio de un partido. ¿Y por qué serán siempre blancas las pelotas?, le respondí yo. Parecíamos dos extraterrestres en las instalaciones deportivas del colegio, dos seres destinados a una transfusión de palabras, de vidas inventadas o recreadas o acaso vividas, a un intercambio de golpes torpes, desenfocados por los gruesos cristales de nuestras gafas sabihondas. Después de un par de días no volvió a aparecer. Yo me mantuve en la escuela de tenis de mesa durante algunos años. Incluso llegué a competir, sin grandes triunfos, en algún campeonato. Alguien me dijo, mucho tiempo después, que aquel chico había muerto. No pude creerlo: yo seguía con vida.
viernes, 30 de septiembre de 2011
AVIÑÓN
Yo tampoco sé lo que no sé.
No sé cómo ni por qué me subí a las murallas y empecé a caminar a lo largo de ellas. Era de noche. En la parte de fuera, es decir, extramuros, había coches aparcados en los que aparentemente dos personas conversaban o se inclinaban la una hacia otra o se besaban o se exploraban mutuamente las oscuras entrepiernas o repasaban con los labios, una y otra vez, un pene erecto y jugoso. Yo paseaba a lo largo de las murallas con la sensación de estar vigilando intramuros y extramuros, centinela de paso, un mundo desconocido ya casi devastado. En los coches los cuerpos seguían conversando. Después de recorrer por fuera el palacio de los papas, que era algo así, creo haber leído, como la casa privada más grande de su tiempo —grandiosos muros ávidos de gloria, arquitectura soñada más que construida—, había preguntado a varios jóvenes solitarios por direcciones de calles que mi guía anunciaba y que ellos, sin excepción, no conocían. Me había dejado acompañar por uno de ellos, un desconocido que, con la excusa de indicarme la zona de la ciudad en la que según él debía encontrarse la calle que buscaba, me iba lanzando miradas traviesas o inseguras que me era imposible interpretar cabalmente. Me di cuenta de que no sabía cómo quitármelo de encima. Había demostrado que hablaba un poco su lengua, me había dejado servir por él como cicerone improvisado para un asunto que aún no habíamos resuelto, se comportaba todo el tiempo con corrección y hasta con gentileza. ¿Cómo desprenderme de él? No soy de los que anuncia de pronto que a partir de ahora va a continuar solo su camino. Dejemos la resolución de este trance para otro momento, pues ni siquiera estoy seguro de recordar cómo pude deshacerme de mi servicial acompañante. Lo cierto es que poco después me vi tomando una jarra de cerveza en un lugar que mi guía anunciaba como “el bar más frecuentado de la histórica ciudad” pero que a aquellas horas ya apropiadas para tomar unas copas estaba casi vacío. Subí y bajé varias veces las escaleras que conectaban la barra de abajo con la barra de arriba. Estuve un rato sentado, solo, en una especie de reservado amueblado con mesitas redondas y metálicas y un banco lleno de cojines: leí con fruición folletos y guías de las zonas secretas de la ciudad con la permanente impresión de estar siendo estafado. Nada de esto existe ni ha existido nunca, me decía. No es más que un reclamo para turistas incautos. Cuando volví a la barra de abajo —a la de arriba no había subido nadie— seguían allí las mismas caras mustias que me encontré al llegar. Pagué y me despedí. Creo que crucé un puente en el que me dije, creo, que era delicioso escuchar el río pasar por debajo sin que me llevara: como si esa reflexión desangelada solucionara alguno de los problemas eternos sobre la identidad, sobre el tiempo, sobre la desaparición o sobre el ser. Continué mi paseo y llegué a las murallas. No sé cómo ni por qué me encaramé a lo alto y empecé a caminar tranquilamente a lo largo. Al cabo de unos minutos aparecieron unos policías que desde el coche, educadamente, me indicaron que me bajara, pues estaba prohibido caminar por encima de las murallas de Aviñón.
martes, 27 de septiembre de 2011
UNA CASA EN LOS MONTES DE ARAFO
Para Cristi, Víctor y Gabi, con todo cariño.
En aquella casa nunca jugábamos, para qué: si teníamos las huertas, los bancales, el bosquecillo hundido al final de la ladera, las estribaciones del barranco, los muros, las pencas, los hoyos que escarbaban los perros, la piscina de plástico, el tesoro del aire, que al final de la tarde, como un prestidigitador, mostraba sus sorpresas: la brisa del recogimiento y los tornasoles del ocaso. La casa parecía haber sido construida al modo de un cuarto de aperos en el que guardar, al llegar, nuestras mochilas, los bolsos con la comida, las chaquetas. Una sobria cocina, un dormitorio oscuro, un aseo minúsculo y un saloncito casi sin decoración constituían todo el espacio. Así lo habían querido mis tíos, sus dueños: todo para el exterior, nada o casi nada para el interior. Me recuerdo devorando unas lecturas para minutos refugiado en la cama, al margen de los juegos, casi escondido en el interior de la sombra, escuchando en la mente las palabras de Hermann Hesse, sus extraños consejos para una vida más plena. Pero eran solo eso: lecturas para minutos, pues enseguida salía a buscar lo leído en la razón de la tierra, en los corros trenzados de adultos y de niños.
Allí estaba mi prima, la pequeña, con sus trenzas al aire. Con el paso del tiempo se entregó a los demás como enfermera y como madre de dos niñas. Lloró mucho, lo sé, cuando uno de sus perros murió atacado por el perro de un vecino en aquellos mismos bancales. Allí quiso enterrarlo. Por lo demás, mi prima, que fue siempre el desvelo y la entrega absoluta a los demás, sigue conservando en los ojos una luz parecida a la que le recuerdo, tan pura, de entonces.
Allí estaba también mi primo el mediano, con su aspecto travieso de díscolo galán, en el fondo callado, introvertido, pero siempre dispuesto a una broma, bonachón, desprendido, un poco casquivano. Tuvo, con el paso del tiempo, una vida un tanto aventurera, unos cuantos trabajos, pero sentó luego cabeza, se casó, tuvo un hijo y hoy en día es, por lo que sé, un auténtico padrazo.
Y allí estaba, finalmente, mi primo mayor, con sus misterios. Yo lo admiraba y no sabía por qué. Tal vez porque pensaba de otro modo, siempre libre, diferente a cualquiera, independiente, insumiso, radical, ecologista. Con el tiempo estudiaría biología, pero desde hace muchos años fotografía el universo. Trabaja fotografiando cometas, astros, satélites, planetas, galaxias y constelaciones en uno de los mejores institutos astrofísicos del mundo. Sigo admirándolo, por esa y por otras muchas razones, pues, no en vano, es el mayor de mis primos.
Allí, a aquella casa escondida en los montes de Arafo, que no he vuelto a ver desde hace muchos años, íbamos algunos domingos de mi infancia. Acaso si recuerdo sobre todo los atardeceres es porque en aquellos instantes de la despedida luchaba interiormente por quedarme allí, o por retener al menos todos los momentos que allí había vivido. Y porque esa frontera, la del final de la tarde, nos regalaba su brisa y su luz tan especiales para enseguida quitárnoslas.
jueves, 22 de septiembre de 2011
MADRE E HIJA
jueves, 15 de septiembre de 2011
SIMON LAKS EN AUSCHWITZ
Lo que Simon Laks afirma en su libro, la que podría considerarse como su tesis principal, si es que alguna puede haber en un libro que es sobre todo un crudo testimonio de sus años en Auschwitz, es que la música puede hacer daño. El arte más sublime, considerado por tantos celestial o divino, la música, cuyo origen estaba en las esferas y que era capaz de amansar a las fieras o aplacar las tormentas, el bálsamo del alma, la inductora del sueño, la protectora del espíritu, la escala misteriosa entre la tierra y el cielo, la música, según Simon Laks, que la interpretó a la salida y al regreso de los comandos de trabajo de Auschwitz, puede hacer daño. ¿Tal vez porque evocaba, como un perfume lejano, el mundo perdido de cada prisionero, lo irrecuperable de cada vida? ¿O tal vez porque recordaba ese vínculo roto entre la vida y lo que la trascendía, entre el cuerpo y el alma, entre el mundo y la eternidad? Simon Laks no se hace estas preguntas. Le basta con dar testimonio, por ejemplo, de su visita al hospital del campo durante unas Navidades para interpretar con su orquesta unos villancicos. Los moribundos empezaron a gemir, luego a llorar, y finalmente les gritaron a los músicos: “¡Márchense! ¡Déjennos morir en paz!”.
El libro de Simon Laks, que no fue autorizado por las autoridades polacas de la época comunista y tuvo que publicarse en Londres (había habido una primera versión, más breve, en 1948, escrita en francés al alimón con René Coudy y publicada en París), es un libro incómodo. Ya desde el principio, desde su propio título: Gry oswiecimskie, cuya traducción literal sería “Músicas o juegos auschwitzianos” y que en la edición española (traducida por Xavier Farré, a quien debemos agradecer un trabajo tan necesario) se ha vertido como Músicas de Auschwitz, contiene una aparente paradoja. Aunque en ningún momento se escatima ningún detalle para describir las atrocidades sufridas u observadas por su autor, este insiste sobre todo en la historia de la pequeña orquesta espectral, en la condición de privilegiados de sus miembros: comen más, viven en mejores condiciones, sufren menos golpes de kapos y esmans que la mayoría de los presos del campo. Pero todo esto, y Simon Laks lo sabe y no lo oculta, es una especie de milagro procurado por la música. Esa misma música que tocan y que en los oídos de los enfermos y los presos se convierte en un llanto insoportable a ellos, a los músicos, les salva la vida. Afinan sus instrumentos, copian y componen obras, la mayoría canciones o marchas tradicionales alemanas (a veces, en secreto, cantos polacos o judíos), y luego las tocan a la salida y al regreso de los comandos de trabajo que vuelven siempre con los cadáveres de quienes no superaron el frío, la fatiga, los golpes o el hambre. Y esos músicos, dirigidos por Simon Laks, no dejan nunca de tocar, pues, desde el momento en que lo hagan, el peso del silencio caerá sobre ellos.
domingo, 11 de septiembre de 2011
PARA JOSÉ HERRERA
El artista despierta. La habitación ha amanecido como recién pintada, llena de colores lavados en la fuente del sueño: un verde agua, un añil muy profundo, un rojo acerado. El artista ha dormido con la ventana abierta. En el sueño ha llegado hasta la orilla del mar y ha permanecido allí, respirando, recordando y cantando, durante horas. La respiración se le ha llenado de recuerdos que el canto ha absorbido para devolverlos al mar cuya brisa no han dejado de respirar sus pulmones. Al despertar, unas manos han dibujado solas la forma de un cuerpo. La han dibujado como si la mecieran, como se hace con un cuerpo recién nacido cuya piel es muy frágil y cuyo peso es inconmensurable. La incomodidad de no disponer de branquias para respirar debajo del agua: la desgracia de no estar dotado de alas para volar en el viento. Las piezas que van surgiendo a partir de los dibujos flotan, bucean, planean, levitan o navegan, pero ninguna de ellas, aunque lo parezca, reposa convencida en ningún suelo. Están tensas, como una palabra en suspenso, una paradoja, una especie de koan hecho no de palabras sino de materia, de memoria y de sueño.

Las manos del artista dibujan solas porque su cuerpo sigue estando sumergido en la irresolución apartada, en una dimensión de la vida en la que no hay antes ni después, aquí ni allá, ahora ni nunca ni siempre, yo ni mundo, acaso tan solo un puro tú perpetuamente desprendido que se encarna en las manos, las dadoras, las dadoras de forma para todo lo informe. El artista conversa con su propia muerte. Se tiende para medir el tamaño de su inexistencia. Se encoge, incluso, hasta casi desaparecer, para compararse con la dimensión de su ausencia. Pues solo desde la ausencia puede decir o palpar, solo desde la inexistencia más radical y más atroz surge un hilillo de vida verdadera que se vuelca en la obra como una plegaria o como un llanto. Hay aquí lágrimas que nadie ha visto y que, sin embargo, pueden llenar la habitación con su peso de madera o de plomo. Y luego, enseguida, el vuelo o una escalera para hacernos respirar, a nosotros o todos esos túes con los que el artista conversa, más allá de nuestros propios cuerpos: súbete en mis hombros, o en esta escalera, para ver el horizonte en el momento justo en que se disuelve en la noche.

Podrían ser también figuras que nadie hasta ahora ha visto y que han sido rescatadas de su mentida invisibilidad como en un acto de mera justicia. Ojos que no ven para que el corazón los sienta. U ojos que sí ven para que el corazón los presienta. O incluso ojos que son el propio corazón en el que laten. La casa en la montaña, en la que el artista ha instalado su vivienda y su estudio, queda a veces envuelta en tinieblas voraces. Lo único que entonces se mantiene encendido es un minúsculo fuego, un resplandor oculto: la llama de las yemas que crean, hasta en sueños, formas y objetos que mantienen la noche aferrada a la noche.
martes, 6 de septiembre de 2011
EL SIGUIENTE SUEÑO
lunes, 29 de agosto de 2011
EL INSTITUTO
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