martes, 11 de octubre de 2011

UN POEMA DE PIERRE-LOUIS MATTHEY

(Pierre-Louis Matthey)
 
Poeta, dandy, inmenso traductor de poesía inglesa (de Shakespeare, de Keats, de Shelley), viajero misterioso que pareció borrar todas las huellas de estancias prohibidas, de aventuras precoces, huraño personaje en la posguerra vivida en Ginebra, apenas visible, dedicado casi en exclusiva a labrar una obra difícil, inclasificable, Pierre-Louis Matthey (1893-1970) es uno de los más altos poetas suizos de lengua francesa. En su primer libro, Seize à vingt, publicado en 1914, se atreve, casi por primera vez en la historia de la literatura suiza, a tratar una pasión clandestina hasta entonces en ese país, la pasión homoerótica. Y la trata de un modo extraño, salvaje, propio de estos poemas de adolescencia, unas veces luminosos y otras veces sombríos, como si tanteara en los umbrales de un mundo desconocido y fascinante. Unos poemas en los que, en palabras de Philippe Jaccottet, “estalla con una violencia y una franqueza desconocidas hasta ese momento en Suiza una pasión que seguía estando, en general, prohibida”. La senda abierta por Matthey permitirá que los otros dos grandes poetas suizos de expresión francesa contemporáneos suyos, Gustave Roud y Edmond-Henri Crisinel, traten luego también en sus obras, cada uno a su particular manera, esta misma pasión homoerótica. He traducido, del libro Seize à vingt, el poema “Connaissance”, que en su extraña mezcolanza de viaje en la escritura, en la memoria y en el deseo constituye una buena muestra del trabajo de Pierre-Louis Matthey.

CONOCIMIENTO

Tal como soy, en la lívida luz,
tal como escribo, mojado por un día lunar,
la extensa sombra de mi mano deslizada en la hoja
y los ojos viajeros y el cuerpo sometido,
me veo aparecer en el umbral de una distancia
y me estremezco ante mi extraño aspecto.

Extraño y, sin embargo, vagamente familiar
como salido de una clase donde todo se olvida…
Los árboles del arroyo se inclinan como siempre;
las rodadas discurren paralelas;
cruzan el cielo nubes cotidianas…
Pero yo tiemblo al verme venir como lo hago.

Ah, cuanto más avanzo más voy retrocediendo:
pues no quiero acercarme ni a mí mismo.
La zona que nos cerca arde… Caminando hacia atrás
procedo a atravesar el puente de madera,
me veo atravesarlo reflejado en el río
¡con el traje de marinero del que estaba tan orgulloso…!

El otro está ahí, sabía que iba a venir,
siento cómo me tocan sus manos insistentes.
Sus ojos se deslizan veloces en los míos
y nada alrededor es insólito, ¡nada!
El roble a espaldas nuestras vigila y se parece…
¿Tan extraño es entonces que estemos aquí juntos?

El otro me toca, se inclina y oigo cómo me habla:
No sé si eres tú quien me ha llamado…
¿reconoces mis ojos, mi traje de marinero…?
Soy el hijo de tu padre y de tu madre…
no… no… no hay nada entre nosotros
salvo un finísimo rayo de aire…

Yo no nací de un padre, no nací de una madre.
Nací del vicio que entero me consume.
Nací del vicio y de su amargura que muerde.
No soy ni siquiera tu hermano.
Broté del vicio con aullidos de fiebre…
Tal y como soy en la luz que ahora muere.

1 comentario:

  1. Desconocía a este autor. Es un poema poderoso, de una dicción especial en algunos de sus versos que podían recordarse para siempre como emblemáticos y sin embargo no sabría destacar uno, pues es el desarrollo del todo lo que impresiona. Magnífico el título, 'Conocimiento', y sobrecoge esa voluntad de dirección -más que paso- hacia sí mismo: "Pero yo tiemblo al verme venir como lo hago" ... "pues no quiero acercarme ni a mí mismo". Son versos de belleza muy especiales. Seguro que el traductor en su versión ha sentido la singularidad y emoción de este hallazgo. Me ganó del todo su comienzo. Habrá quien también se asombre con su final rotundo. Gracias, Rafael

    ResponderEliminar