lunes, 23 de marzo de 2026

CARTA ABIERTA A JOSÉ CARLOS ACHA, CONSEJERO DE CULTURA DEL CABILDO DE TENERIFE


Al Ilmo. Sr. D. José Carlos Acha Domínguez, Consejero Insular de Cultura, Museos y Deportes del Cabildo Insular de Tenerife. 


Apreciado consejero, estimado José Carlos: 


Es posible que recuerdes que el 25 de septiembre de 2023, hace ya dos años y medio, nos reunimos con la finalidad de hacerte llegar una serie de propuestas en torno a la literatura de posible aplicación por parte del área que en aquel momento llevabas unos meses dirigiendo. 


Una de aquellas propuestas —eran unas diez, y te las dejé en papel a petición tuya— era la puesta en funcionamiento de la Casona Estévanez-Borges como casa de la literatura de Tenerife. 


Entre las otras propuestas (ninguna de las cuales, que yo sepa, has llevado nunca a la práctica) estaban: retomar las publicaciones de libros de narrativa, poesía, teatro y ensayo por parte del Cabildo; crear becas de creación literaria para autores/as de Tenerife; convocar un premio literario —o varios—; organizar ciclos de encuentros literarios tanto con autores/as no tinerfeños/as como con escritores/as de la isla; apoyar la traducciones de obras literarias de autores/as de Tenerife; organizar un festival literario anual que ponga a la isla en el mapa de la literatura a nivel nacional; apoyar las movilidades de autores/as de Tenerife a actos literarios fuera de la isla; etc. 


En dos años y medio no he vuelto a tener noticias tuyas. Ni una sola vez has contactado conmigo para consultarme por la posibilidad de llevar a la práctica alguna —al menos una— de estas propuestas. ¿Para qué me pediste entonces que te las dejara por escrito? 


Si en aquel momento te hubieras tomado con un mínimo de seriedad la propuesta de creación de un espacio literario con programación regular, ahora no tendría que estar escribiéndote esta carta. Te dije en su momento que no era de recibo que en Tenerife no hubiera ni una sola casa-museo dedicada a un escritor, mientras que el Cabildo de Gran Canaria disponía de al menos tres: las dedicadas a Pérez Galdós, Tomás Morales y León y Castillo, cada una de ellas con su programación regular. 


Te escribo esta carta abierta tras la iniciativa de la revista Trasdemar, apoyada por más de 200 personalidades del mundo de la cultura insular, para que la Casona Estévanez-Borges sea destinada a actividades literarias (tal y como yo te propuse hace dos años y medio) y no a una segunda sede del Centro de Fotografía. 


No voy a enumerar de nuevo las ventajas y las razones de esa iniciativa ni por qué la Casona Estévanez-Borges no debe en ningún caso destinarse a la fotografía (ni, por supuesto, convertirse en un espacio de “uso compartido”). Basta leer la iniciativa de la revista Trasdemar para hacerse una idea muy clara de este asunto. A ella me remito. 


En nuestra reunión de hace dos años y medio te dije que la literatura de la isla necesitaba apoyo por parte del Cabildo. Ya ha pasado más de la mitad de la legislatura y no se ha hecho efectivo ese apoyo. No basta con unas pocas migajas presupuestarias, no basta con un par de convocatorias farragosas para cumplir el expediente. El Cabildo de Tenerife no dispone, a diferencia, de nuevo, del Cabildo de Gran Canaria, de una biblioteca insular, ni de un teatro insular. La cultura de esta isla no puede limitarse al Auditorio de Tenerife (arréglenlo, por favor, antes de que ocurra una desgracia) ni a la Sinfónica (que ha vivido tiempos mejores) ni a TEA Tenerife Espacio de las Artes (cuya programación, por cierto, ha dejado completamente de lado la literatura: ya te dije en aquella ocasión lo vergonzoso que era que se organizara una exposición del poeta y artista peruano Jorge Eduardo Eielson sin que se celebrara un recital en homenaje suyo). 


Tenerife vive un momento literario excepcional. Hay autores/as jóvenes escribiendo y publicando literatura de gran calidad. Coinciden hasta al menos cuatro o cinco generaciones en activo. Diría que por primera vez la literatura escrita en esta maltratada isla es reconocida fuera de nuestras fronteras por su capacidad para proponer mundos imaginarios novedosos y lenguajes propios. Lo único que hace falta es un poco de voluntad y altura políticas para que estos logros puedan cobrar una dimensión aún mayor gracias a un espacio dotado de una programación regular, con proyectos serios y de calidad, con talleres, clubes de lectura, encuentros, recitales, jornadas, festivales y conferencias en torno a la literatura. Y ese lugar no debe ser otro —por historia, por ubicación y por el famoso almendro cantado por Nicolás Estévanez, por muy deteriorado que esté: él lo volvió eterno— que la Casona Estévanez-Borges. 


Un cordial saludo,


Rafael-José Díaz



miércoles, 4 de marzo de 2026

A LA VELOCIDAD DEL SILENCIO

El niño ha cruzado ya muchas veces ese pasillo que no se detiene nunca en su vértigo de cristalino aluvión. Como si traspasara las fronteras que separan una realidad de otra paralela, refleja, doble, proyectada, como si en el otro lado lo esperara su figura transformada en otro niño al que no conoce todavía bien y con el que se cartea cada vez que se encierra en su cuarto a estudiar alfabetos, estrofas, partituras. Sabe lo sólido que es todo y a la vez se siente, si se lo propone, capacitado para atravesarlo. El día que dibujó con la secreción de una mucosa secreta los labios soñados que había visto reflejados en el espejo del salón supo que estaría condenado para siempre a buscar el rostro del que aquellos se habían desgajado. No era siempre un motivo de sorpresa para él escudriñar los vórtices que el pasillo albergaba, pues los había estudiado tantas veces, tantas veces había procurado invisibilizarse en ellos, que los conocía casi de memoria. En vez de haber sido trazado sobre la base de dos líneas paralelas, el pasillo se iba quebrando a medida que se desplegaba, se fracturaba antes de llegar a la cocina, de nuevo cerca de la puerta de su cuarto y una última vez pasado el dormitorio de sus padres. Era un pasillo en zigzag en cuyos recovecos el niño había ido dejando como unas migas que aquel doble recogía. Esconderse significó alguna vez encontrar aquellas migas, o al menos recomponer las migajas que su amigo imaginario había ido recolectando como parte de un juego en el que ambos parecían estar igual de implicados. Esto último, sin embargo, no pudo constatarlo nunca: creía ser él, casi siempre, el que empezaba los juegos. El pasillo, a veces, zumbaba. Alguien tocaba a la puerta que daba al rellano mientras, en el fondo, su madre o su hermana acababan de abrir la puerta del balcón. Atravesaba entonces el pasillo, que hasta aquel momento dormitaba, algo parecido a un relámpago de voces, a una flecha de aromas o a un murmullo de bengalas, que dejaba a la altura de su cuarto una mirífica resonancia que él estiraba la mano, el oído o la nariz para capturar en el momento justo. Era lo que alguna vez llamó, mucho más tarde, la pesca submarina. Porque, aunque situada en un tercer piso, aquella casa en la que vivía le parecía estar sumergida bajo las aguas, o en otras ocasiones flotando sobre el lomo de unas nubes, así que cada vez que despertaba por la mañana no sabía si volvía a emerger o a sumergirse, a sobrevolar o a caerse, y por eso cada noche lloraba como el condenado a muerte que sabe que al día siguiente será un cadáver arrojado a una fosa común. Sin embargo, una vez que se desperezaba y coqueteaba frente al espejo del baño, antes de que hubiera habido tiempo para que se formara ningún vaho, sentía como si su cuerpo pisara el fondo de la tierra, como si aquel pasillo fuera una especie de catacumba sobreiluminada que tenía la virtud de protegerlo de todos los males desatados afuera. Al llegar a la cocina para desayunar, junto a la figura de su madre que portaba un tazón recién lleno de leche, la luz de la ventana lo encandilaba. Devoraba las tostadas como si se estuviera comiendo pedazos de luz crujiente untados de una mantequilla que parecía oro puesto a fundir. Entraba a la despensa como a una cámara acorazada en la que podía desnudarse para que aquella luz no lo destruyera, y entonces se convertía en una criatura tenebrosa, se agachaba hasta donde su madre guardaba las cajas que contenían las botellas de leche y gateaba como lo había hecho no tantos años atrás, gateaba con sus pezuñas entreveradas de telas de araña que se habían ido depositando en los rincones, gateaba entre las más brillantes criaturas, que hacían de aquel lugar una cueva estrellada. Debió de ser por entonces cuando empezó a amar las arañas. Creyó haber descubierto una afinidad entre ellas y él, aunque solo sería más tarde cuando entendería algo de lo que ellas querían decirle por entonces (aún sigue tratando de entenderlo un poco mejor). A la mitad del pasillo había, colgado en la pared, un cuadro. Era la reproducción de una montaña que escalaría muchos años más tarde, una montaña de nieves perpetuas que por entonces funcionaba como una imagen hipnótica, una turbina por la que su fantasía se perdía hasta lugares que estaban más allá de la montaña, o en su interior, lugares cuya inexistencia no tendría después nunca deseos de demostrar, pues ya por entonces, cuando dispuso de los medios para hacerlo, no le interesaban apenas los límites entre lo real y lo imaginario. Cuando salía de la cocina, desayunado de toda aquella luz untada en oro, viajaba a la velocidad del silencio hasta su cuarto, y a la velocidad del silencio significaba en aquella época dando pasos como para seguir durmiendo en sus sueños como si no se hubiera despertado aún y aquel caminar significara una fase atípica del sueño de un sonámbulo, es decir, que no terminaba nunca de llegar a su cuarto a pesar de que debía recoger su cartera, sus libros, sus partituras, las cartas a medio terminar, para salir luego a tiempo de llegar puntual al colegio. Aquella última visita, sigilosa, a su habitación, que terminaba en una ventana desde la cual tantas veces había vigilado el mundo en busca de milagros con los que soñar despierto, lo confrontaba con su cama, hecha ya mientras tanto por las laboriosas manos de su madre, con su mesa de estudio, en la que dejaba, repartidos entre gavetas de un escritorio de pared y pequeñas cajas de cartón que habían contenido grapadoras, perforadoras o lupas, cientos, si no miles, de papeles de diversos tamaños escritos como con tinta invisible en los que había dejado que su vida transcurriera vivida por otro, alguien parecido a él que se asomaba a los espejos para depositar en ellos la impronta de sus labios, alguien capaz de esconderse acurrucado durante días en el patinillo que servía como respiradero junto a la cocina, alguien que a veces, mientras leía una carta, se tumbaba debajo de su cama y le daba una mano que él sentía cuando dejaba caer una de las suyas hasta el suelo justo antes de dormirse. Quizá, en el último momento, antes de irse, cogía uno de aquellos papeles para pasarse el día intentando descifrarlo, pues allí, pensaba, estaba escrito parte de lo que era, parte de lo que hubiera debido o deseado ser.  

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