jueves, 20 de octubre de 2011

UNOS FRAGMENTOS DE ANNE PERRIER



(Anne Perrier en su casa de Lausana, años 60)

Casi enteramente desconocida (al menos fuera de su país natal), silenciosa, invisible, secreta, anonadada en palabras que apenas
son nada, como en el final del poema “El pequeño prado”, una misma palabra repetida como una invocación ("Una voz dice nada nada nada"), como un nudo entre el silencio y el alma, en una paradoja en la que apenas decir nada es decir casi todo, o al menos seguir diciendo en voz muy baja pero inquebrantable una palabra desnuda, errante en su búsqueda y a la vez asentada en una luz ancestral, muy propia, única. Estoy hablando de Anne Perrier, nacida en 1922 en Lausana, donde sigue viviendo, una de las poetas (uno de los poetas) actuales más importantes de no solo de la Suiza francófona, sino de la lengua francesa en su conjunto. No soy yo, por supuesto, quien lo afirma: escritores y críticos tan prestigiosos como Marion Graf, Philippe Jaccottet, José-Flore Tappy o Jeanne-Marie Baude han destacado la inconfundible intensidad de la obra de Perrier, sin que, en cualquier caso, sus poemas hayan dejado de pertenecer al ámbito (tal vez gozoso) de la reducida intimidad de unos pocos lectores entregados. Voz nómada (La voix nomade, de 1986, es uno de sus títulos mayores) procedente de una vida en esencia sedentaria (con pocas excepciones, como la del viaje a Creta, que marcará un segmento de su trayectoria), la poesía de Anne Perrier no deja nunca de interrogarse, como una tenaz cascada de preguntas que dura ya más de sesenta años, por nuestra presencia en el tiempo, por lo visible y lo invisible que nos fundan, por la mirada que busca en cada mínimo gesto de las cosas un puente intangible hacia otro mundo. Los fragmentos que traduzco a continuación son los escogidos por Philippe Jaccottet del libro Le petit pré (1960) para su antología de la poesía suiza de expresión francesa Die Lyrik der Romandie. Eine zweisprachige Anthologie (Carl Hanser Verlag, Múnich, 2008).

EL PEQUEÑO PRADO

Hay que ser muy pequeño para entrar en mi reino
Solo una cabeza de niño
Podrá encontrar lugar entre mis palmas
No quiero a nadie grande
Ni que pese demasiado
En mis rodillas de luz
¿Qué buscáis más allá? Yo soy la madre
Del puro amor
*
Este es mi lugar
Para la eternidad
Una pequeña silla de paja
El silencio y el verano
Un muro que el cielo ha agrietado
Como una calle
Y mi alma que se acostumbra
A decir tú
*
En el agua de tus ojos
Soy el berro salvaje
No me pidas que florezca
No sé cómo hacen
Las rosas para madurar
Estoy verde en el fondo
De un agua lenta que me cubre
*
Pobreza mi casa
Ninguna otra me espera sino tú
Te amo y me das miedo
Por qué
Ya no hay huellas
¿Quién puede mostrarme el camino?
Ando y el tiempo pasa
Una voz dice nada nada nada


(Anne Perrier, Foto © Yvonne Böhler)

2 comentarios:

  1. Desconocía a Anne Perrier, pero agradezco mucho desde aquí este bello poema y la información dada. Gracias, porque es muy saludable que nuestra atención no recaiga siempre sobre los mismos nombres. Un fuerte abrazo.

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  2. Con mucho retraso te respondo, querido Iván: acabo de enterarme de que hace poco (creo que en este mismo mes de marzo de 2012) acaban de darle a Anne Perrier el Gran Premio de Literatura de Francia, por primera vez concedido a una mujer. Me he enterado por el blog de Zoé Valdés (que no conocía y al que he llegado por pura casualidad: al parecer ella, Valdés, asistió al solemne acto de entrega, en el que participó la nieta de Anne Perrier, pues la avanzada edad de la escritora le impidió acudir). Me alegra la noticia porque, estoy seguro, la obra de Perrier va a ser más leída a partir de ahora. Un abrazo cariñoso.

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