viernes, 10 de septiembre de 2010

PUNTA DE LA RASCA

Para Régulo Hernández

No sabe bien si va buscando algo.

Alguien con quien habló no hace mucho (y con quien no volvió a hablar) dijo haber venido una vez aquí a fotografiar pájaros.

Un amigo escribió o pintó hace tiempo estos paisajes, pero no recuerda, aunque le gustaría, ni los textos ni los dibujos.

Deja el coche en una de las calles del pueblo que limita con los descampados. Tras el bordillo de la acera empieza ya directamente la tierra. Toma uno de los senderos que parecen llevar a la costa.

Se vuelve hacia atrás una y otra vez. Imagina que alguien puede haberlo visto adentrarse hacia donde no hay nadie e ir detrás de él. Las casas van quedando cada vez más lejos.

El prestigio que envolvía este lugar se va desvaneciendo. La cercanía del pueblo ha convertido buena parte del malpaís en algo parecido a un vertedero.

Aunque apenas vivirán un par de miles de personas en la localidad, de reciente creación, la fama de violencia no ha hecho sino crecer con los años: asesinatos, violaciones, reyertas, narcotráfico, y casi siempre todo ello combinado. Cada vez que se vuelve a mirar hacia atrás, de aquellas casas mal construidas se desprende como un vapor o un tufo parecido al de un cuerpo lejano en descomposición.

Avanza a pesar del temor de encontrarse con algún paseante indeseado, alguien armado con una navaja, por ejemplo.

El camino se cruza con una carretera de tierra por la que hace poco debió de pasar algún vehículo, pues queda polvo suspendido en el aire.

Ninguno de los restos de objetos que se va encontrando tiene utilidad alguna. Servirían acaso como pistas de un crimen, pero de momento no hay crimen.

Tampoco hay pájaros para fotografiar, salvo las habituales gaviotas, que a veces ni siquiera parecen pájaros.

Definitivamente, no va buscando nada. Responde con sus pasos al hastío de la tarde, a un par de horas del verano en las que no ha encontrado nada mejor que hacer.

En algún momento nota que se va acercando a la costa. El paisaje ha ido limpiándose. Piedras negras y alucinados arbustos son el último bastión de la isla contra el mar.

Va haciendo equilibrios por un estrecho promontorio de roca hasta llegar a una punta desnuda desde la que, si no fuera por el vértigo, bastaría estirar un poco la mano para tocar el mar.

Se dice que está en ese momento exacto en el extremo sur de la isla. Recuerda otros confines. Aunque quisiera evitarla, la emoción, parecida a un ligero trastorno intensificado por el viento y por el oleaje, hace que desee quedarse en ese sitio un buen rato.

Finalmente, decide regresar. Por el camino encuentra uno de esos paneles que señalan la protección de un paisaje natural. Los oligarcas de turno, irresponsables caciques de nuestra república bananera e insular, camuflan con un proteccionismo de pacotilla sus insaciables intereses urbanísticos.

Maldice a alcaldes, empresarios de la construcción, presidentes y consejeros del gobierno autónomo y del cabildo insular, directores de banco, dueños de cadenas hoteleras, magistrados de tribunales regionales, concejales, directores de periódicos. Todos aliados para dejar desprotegido este paisaje protegido con el fin de que un día, muy pronto, toda esta costa, como tantas otras en las islas, pueda ser recorrida por un paseo marítimo bordeado de centros comerciales y modernos apartamentos frente a un vistoso puerto deportivo.

Después de maldecirlos, regresa adonde había dejado el coche, que sigue intacto. Arranca, atraviesa el pueblo y llega a la carretera general. La tarde ha sido apacible. Por un lado se alegra y por otro siente lástima de alejarse de aquí. Empieza a anochecer.

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