jueves, 2 de septiembre de 2010

E. G.

Para Antonio Tejera Gaspar

No sé si a él aún lo acogerá la tierra, al hermano que queda, o será, cuando falte, depositado como tantos hoy en día en algún frío nicho de moderno cementerio. Ninguno de los hermanos tuvo que emigrar o, mejor dicho, ninguno dejó de llevar hasta el límite su resistencia a la adversidad, a la miseria, al desgaste de los años, a las sombras que se iban acumulando a su alrededor. Todos permanecieron en la tierra seca que los vio nacer, reproducirse, envejecer y morir. Tierra del nacimiento y de la muerte, nunca abandonada, ni siquiera en los peores años de hambruna, de sequía, de opresión. Aunque la vida le otorgó a cada uno de los hermanos un destino distinto, permanecieron siempre unidos hasta que fueron siendo llamados, casi en el orden en que habían nacido, a abandonar este mundo. Ninguno de ellos murió joven. Ninguno permaneció soltero. Ninguno dejó de tener hijos, pero tampoco ninguno tuvo tantos hijos como los siete que había tenido su madre. Los tiempos no eran propicios para alimentar muchas bocas. O las mujeres habían perdido buena parte de su fertilidad, como la tierra. Él, el hermano que queda, andaba renqueante la última vez que lo vi, hace ya años, con las piernas arqueadas y frágiles de quien tuvo que recorrer durante años caminos de piedra para llegar a terrenos donde trabajaba a destajo. Su cintura doblada no podía ya casi sostener su espalda, sus hombros, su cabeza. Había enviudado. Debe de vivir ahora con alguna de sus hijas. Se sentará, imagino, por las tardes, en una humilde silla colocada a la entrada de la casa. Habrá escuchado hipnotizado, este verano, el sonido de las olas que chocan contra el espigón. O habrá ido a reunirse, si aún puede caminar, con algún conocido de su edad en la plaza. Qué puede esperar quien se ha convertido en el hermano que queda. Con él se cerrará el círculo, será definitivamente arrasada la prole abundante que alguna vez jugó junto a corrales y eras, con cabras y conejos, bajo el sol implacable del sur, en un pequeño pueblo de cuyo nombre no quiero dejar de acordarme: El Río de Arico. No sé si a él aún lo acogerá la tierra, el día que falte, esa tierra que él nunca abandonó.

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