sábado, 4 de septiembre de 2010

DESPEDIDA

No hay mayor delicia que tenerte suavemente sujeto por la cintura mientras nos despedimos junto a la escalera del metro después de haber tomado unas coronitas hablando de gatos o de cine durante un par de horas. Al fondo de estas calles, ¿sabes?, más allá de donde la mirada puede ahora llegar, está la imposibilidad de la vida, el futuro que no nos espera. El sabor de la cerveza, mezclado al del limón, deja en la boca un regusto a la vez agrio y amargo. Pasaba mucha gente a nuestro lado, por detrás de nosotros, por delante, en todas direcciones, en aquella estación céntrica del metro, tan lejana ya, en la que unos instantes bastaron para contradecir la turbia ferocidad con que parece arrastrarnos el tiempo. Nada nos importaba salvo sentir nuestros labios entreabiertos a unos centímetros de distancia, a punto de rozarse, ¿o eran más importantes los dedos que apresaban sin fuerza las caderas, como si quisieran y al mismo tiempo no quisieran retenerlas? Las escaleras mecánicas, que nunca dejan de bajar o subir, de traer y de llevarse gente, no eran para nosotros ninguna invitación a nada, sino algo parecido a una amenaza, a unas fauces metálicas, chirriantes, por las que de pronto uno de los dos cuerpos podría desaparecer como absorbido hacia el exterior de aquel momento intacto. Cualquier palabra que dijéramos podría ser la última. Y eso mismo pensé cuando salí a la calle, ya solo, y no encontraba a un lado y a otro sino pasadizos que a ningún sitio llevaban, inhóspitos, por los que fluctuaban, como recién desenterrados, cuerpos sin verdadera vida, fantasmales en comparación con el tuyo, no solo tocado y sentido y casi, podría decir, profundamente inhalado por el mío, sino incluso aún más auténtico en la ausencia, como si desde que nos dimos la vuelta allí en el metro no hubiéramos hecho sino entrar un poco más adentro uno en el otro. Todo, sin embargo, acaba por perderse, aunque parezca retenido en la más sólida red. Pues al fondo, si miras bien, de estas calles que cruzo ya a altas horas de la noche no espera otro destino más que la disolución, la posibilidad, desde siempre cancelada, de una fragancia que siembre entre los cuerpos la unión indisoluble. Así es, y así hemos de sentirlo y de aceptarlo. Ya sabes, es como la coronita: refresca y embriaga en las noches de verano pero deja en la boca un regusto a la vez agrio y amargo.

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