miércoles, 8 de septiembre de 2010

COINCIDENCIA

Cruzas despreocupadamente la gran ciudad, o al menos una de sus más céntricas y populosas avenidas, a media tarde, junto a los bajos desolados de un edificio monstruoso. (Alelado, un guardia de seguridad custodia lo que parece el estómago de un inmenso pajarraco posado, petrificado desde hace años: se limita a leer el periódico junto al detector de metales; y hace bien.) El sol pega de pronto en los cristales sucios de los escaparates y de las puertas, como si rebotara después de haber estado dando saltos por la plaza aledaña, y por un instante la luz acrecentada te hace ralentizar el ritmo de los pasos, sin que te hayas sentido deslumbrado o cegado: simplemente te adaptas, de un modo inconsciente, a la nueva cadencia de la tarde, al sol sobrevenido, a través de la plaza y los cristales, hasta la avenida por la que caminas. Pero no es solo un cambio de ritmo lo que sientes. Por alguna extraña razón, ese instante coincide también con un movimiento interior: algo así como si cavaras en tu corazón, como si abrieras una zanja por la que pudiera discurrir la pregunta que te haces y que tiene que ver con la sinceridad contigo mismo. No es que pienses en modo alguno que te engañas, sino que a veces has llegado a sentir que en determinadas situaciones o contextos actúas como si no fueras tú, como si fuera otro quien en ese momento lleva las riendas de tu vida, tal vez porque tú te retraes debido a la timidez, o porque desde tiempo inmemorial has aprendido a ponerte una máscara protectora, o porque quedas paralizado o estremecido ante ciertas combinaciones de hechos o de personas. Compruebas, sorprendido, que el instante en que el sol, como un arroyo que se desborda, se desliza hasta ti y en cierto modo te empapa —y es, en efecto, un instante que no dura—, coincide con esa exigencia en forma de pregunta, la exigencia de ser más transparente o al menos todo lo transparente que puedas ser en cualquier situación. Sería fácil que dijeras entonces que la luz exterior reclama o convoca a la luz interior. Bastantes tonterías de este tipo has dicho ya otras veces. Es algo más simple: no una revelación, ni una llamada, sino una coincidencia o una conjunción, mientras vas caminando, despreocupado, por la gran avenida hacia la parada de la guagua.

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