domingo, 5 de septiembre de 2010

PLAYA SAN JUAN

Pensando en un verano de hace dos o tres años, concretamente en un paseo nocturno, después de cenar, por Playa San Juan, acaba de ocurrírseme, pero como un chispazo, la idea de que tal vez haya un vínculo mucho más sólido que el que el sentido común pueda indicar entre aquel momento y el actual, entre esta soledad y aquella, como si algo no alcanzado entonces, un paso no dado, una flor no aspirada en aquellas jardineras, una ola no escuchada con suficiente atención en su ronco retroceso tras dejase caer contra las rocas de la costa, allá abajo, oscuras en la noche; como si algo que hubiera quedado suspendido entonces igual que la invisible maresía a la altura del rostro al borde del acantilado estuviera actuando aquí ahora mismo, con una intensidad variable, no tanto relacionada con la mayor o menor conciencia del recuerdo de aquella noche sino más bien con extraños flujos de energía que, como larvas por debajo de la piel, actuaran bajo otra piel, la del deseo, en el foso de todo lo desechado, en el gran vertedero de nuestra memoria. Larvas de quienes fuimos y de quienes no fuimos, de aquellos en quienes pensamos y de aquellos en quienes no pensamos, de aquello que hicimos y de aquello que no hicimos.

Si fuera solo aquel paseo que di por Playa San Juan y que más o menos recuerdo, sería fácil trazar una línea entre entonces y hoy y preguntarme qué fuerzas se trasvasan de un lugar a otro, de aquella noche a esta tarde. Pero son muchos los momentos extintos que lanzan sus chispas desde el oscuro país en que sus cuerpos quedaron congelados. De qué serviría nombrarlos, y no tanto los momentos, que no tienen nombre, sino los lugares en que transcurrieron, si esos lugares fueron muchas veces sede de momentos diversos, en épocas dispares, en soledad o en compañía; es más, si esos nombres solo para mí son capaces de evocar el momento especial que contuvieron, si para cualquier otro son cáscaras vacías. Nombres como Ojos de Garza, como la Playa del Cabrón, como Llanes o como la Caleta de Adeje, dichos así tal y como me vienen ahora a la mente, en desorden y, en cambio, sin confundirse unos con otros, separados el almuerzo junto al mar y la visión de las casas casi montadas sobre la arena de Ojos de Garza del único baño solitario en las aguas límpidas de la Playa del Cabrón, separadas las sonrisas ya desdibujadas en un promontorio de Llanes de las varias excursiones hasta la Caleta de Adeje bajo el sol más abrasador del verano en la isla. Podría seguir, pero de qué serviría.

Tal vez estos domingos que uno dedica a quedarse encerrado en casa, sin ganas de salir por falta de alicientes, después de saturarse la mente de lecturas, de inmovilidad, de voces de vecinos en el patio, de nada digno de recuerdo, conllevan justamente estos desplazamientos de la memoria, estas derivas incontrolables de un lugar a otro, esta sensación de vasos comunicantes alojados en nuestro interior. Tal vez es aquella plena libertad, aun en el marco delimitado de la isla, que en esos momentos parece no existir, la libertad de ir conduciendo por la noche en dirección a Playa San Juan, la terraza junto al mar en la que me recuerdo cenando pescado, papas arrugadas y vino blanco, la brisa llena de rumores, los jóvenes que pasan en grupo, morenos, alegres, veraniegos, y luego el paseo por la nueva escollera, el bramido del mar, la noche que no tiene fin; tal vez son todos esos elementos de un pequeño mundo encapsulado en la memoria, un mundo en el que estoy plenamente vivo acaso solo porque así me recuerdo, los que han desencadenado hace un rato la idea de que hay, como decía, un vínculo sólido y extraño entre la plenitud de aquel momento y el vacío de este.

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