martes, 14 de septiembre de 2010

LOS PASILLOS

Ya no hay ninguna transparencia en los pasillos. Todos son turbios, ajenos, tanto si están abarrotados de objetos tirados por el suelo como si están impecablemente despejados o, en todo caso, decorados con uno o dos dibujos minimalistas. Y son turbios, sin duda, porque los recorres con la mirada nublada, y porque al final de ellos se encuentran los aseos en los que vomitarás o defecarás sudoroso, repantigado a veces en un sucio bidé, o en los que, tambaleante, grotesco, te darás una ducha tras la cual casi siempre terminarás mirándote en el espejo para encontrarte más delgado que nunca, cadavérico, estrecho de hombros, con la piel llena de manchas y la mirada apagada, una pura piltrafa por la que ni tú mismo moverías un dedo. Y, en estas condiciones, que alguien te espere de vuelta al otro lado del pasillo, desnudo en el sofá cama que ocupa medio salón, por ejemplo, que alguien esté dispuesto todavía a abrazar tu cuerpo o a acariciarlo sin ningún interés mercenario de por medio, incluso con una cierta pasión, que alguien, extrañamente, sienta algún tipo de atracción o de afecto todavía por ti… se explica quizá por la misma razón que te obliga a atravesar el pasillo cada media hora para acabar en el baño: las turbulencias de la noche, compartidas, revelan en ti tal vez un brillo que tú mismo no ves, pues en el fondo no existe, y si no un brillo al menos algún tipo de calor o de aroma o de sosiego que a alguien le basta, al parecer, para sentirse a gusto contigo durante un rato. Acaso no deberías preguntarte por qué, pero lo cierto es que ocurre y que no deja de intrigarte. Lo sabes desde hace tiempo: son turbios ya casi siempre los pasillos que comunican una soledad con otra. Y el intercambio o la compañía o la presencia o el abrazo, o como quiera llamarse a esos encuentros en pozos que la noche contiene para quienes no han querido o podido salvarse, son siempre fugaces y eternos a la vez, duran apenas unas horas y se desvanecen para siempre o duran para siempre y se desvanecen al cabo de unas horas. Turbios son los encuentros. Turbios son ahora los pasillos que hace tiempo te parecían transparentes. Pero si alguna luz extraviada reverbera, apenas visible, allá en el fondo, procuras, aunque sea difícil, guardarla intacta en tu corazón.

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