jueves, 26 de abril de 2012

EN EL DIVÁN

—Sí, sí, doctor, es verdad que este tipo de sueños solo se me presenta cuando no duermo con él. La sedosa piel de su espalda, en la que apoyo mi mejilla derecha y contra la que me acurruco como si solo así estuviera en lo más protegido de la barcaza del sueño, esa piel cubierta de una pelusilla de finísimos pelitos oscuros que solo se distinguen cuando uno se recuesta sobre ella y la contempla de muy cerca; esa piel de su espalda extendida junto a mí, le decía, las noches que duermo con él, parece tener el poder de alejar ciertos sueños que, en cambio, se ensañan conmigo las noches en que duermo solo. No sé cómo explicarle, doctor, la suave disolución que experimento cuando él, a punto de dormirse o recién dormido ya, da unos eléctricos respingos con sus piernas, enlazadas con las mías, y luego, seguramente en la primera fase de su sueño, se estremece con todo su cuerpo un instante, como si hubiera dado un salto a otra dimensión, mientras yo lo tengo sujeto con mis brazos y me estremezco con él en esa sacudida en la que, quizá, se intercambien los papeles de quien ya duerme y de quien aún espera dormirse. Vea que es a partir de ese instante, a partir de ese calambrazo que queda resonando en los dos cuerpos abrazados en la frontera del sueño y la vigilia, cuando mi mejilla, adherida a la pelusa que cubre por entero su espalda, empieza a percibir el flujo de la protección, el calor o la calma de su cuerpo que, desde su entrega sin fisuras al abrazo del mío, se ha vuelto ya capaz de actuar sobre él, de brindarle una coraza contra ese tipo de sueños que aprovechan, sin embargo, cualquier noche solitaria para salir a mi encuentro. Creo que él, doctor, no conoce sus poderes taumatúrgicos. Sonríe y habla, brinca y se desnuda, se enrosca y se despereza, hace todo esto antes de que encontremos esa posición que parece perfecta y en la que, de pronto, su respiración se transforma, su perfil se recoge entre las palmas de mis manos, resulta vencido y a la vez vencedor, se duerme y al mismo tiempo espera a que me duerma también yo. No sé, ni siquiera, si, cuando de pronto regresa y siento la mordaza que aplica sobre la abertura por la que entran y salen los sueños de una mente dormida, lo hace consciente o inconscientemente, pues en todo ese proceso yo siento su benéfico influjo a través de la pelusa adorada de su espalda y no sé, a ciencia cierta, nada más, nada más. Dígame, doctor, ¿cree que tendría que disciplinarme y pasar más noches sin él para enfrentarme yo solo a esos sueños de que le hablo y aprender a vencerlos por mis propios medios? ¿O debo, más bien, pedirle que se quede a dormir todas las noches conmigo, de esa forma que le he descrito, mi cara hundida en el bosquecillo de liquen de su benéfica piel, mejilla contra espalda, las piernas enlazadas, una de mis manos en su vientre enroscado y la otra en su cuello de latidos, unas manos que son como las de quien se ata a un mástil para no escuchar el fragor de las mareas…?

sábado, 14 de abril de 2012

TENTENIGUADA

                                             Para Ángel Padrón

No recuerdas muy bien aquel lugar. Nadie hubiera dicho que hasta aquellas alturas la carretera continuara dando vueltas para llegar a una especie de barrio escondido detrás de tantas hondonadas. Pero ya sabes: cuando te empecinas en seguir conduciendo no hay modo de que te detengas. Así llegaste a Tenteniguada. Parece un nombre irreal, inventado, uno de esos apelativos casi siempre ridículos que los escritores inventan para sus comarcas o pueblos imaginarios. Quizá ahora te baste con recordarlo para saber que existió, pero entonces, cuando llegaste a las primeras casas, insólitas, de aquel lugar que no sabrías decir si era un pueblo, un caserío, un barrio o una pedanía, te pareció acaso menos real que ahora que tan solo sobrevive en tu recuerdo. El aire de Tenteniguada era todo lo fresco que, en cualquier mes del otoño o del invierno, puede serlo en las cumbres de una de aquellas islas. Las casas, arracimadas en torno a la carretera, se iban mostrando a medida que avanzabas: casas de dos o tres pisos, a veces estrambóticas, con sus garajes abiertos en los que se veía trajinar a campesinos junto a sus camionetas, a chicuelos alrededor de mesas puestas para la merienda, a señoras con sombreros de paja sentadas en el fondo como para pasar desapercibidas. Tenteniguada. Recuerdas vagamente un antiguo cine o teatro de fachada amarillenta en la que faltaban algunas de las letras con que se había trazado un nombre pintoresco e inútil. Después de algunas curvas, cuando ya parecía que el pueblo o barrio o lo que fuera que fuera aquel apretujamiento de casas a casi mil metros de altura se había terminado para dar paso, de nuevo, a la montañosa floresta, aparecía un nuevo grupo de casas, esta vez menos altas, más separadas las unas de las otras, como si no solo quisieran permanecer distanciadas del casco urbano, llamémoslo por una vez con este nombre honorable, sino que tuvieran a gala mantener una distancia prudente las unas de las otras. Las casas, tal vez, de quienes procedían de familias repudiadas en siglos anteriores por los habitantes del pueblo, o de quienes habían decidido llevar una vida independiente pero no del todo desligada de las costumbres comunales; casas cuya soledad producía en ti, el forastero que pasaba junto a ellas, la sensación de un desamparo consentido, de una frustración orgullosa. Los bares de Tenteniguada, que eran, si no recuerdas mal, tres o cuatro, dispuestos a lo largo de la carretera —lamentas ahora no haberte internado por las calles transversales, no haber seguido el rastro de los perros solitarios que descendían por callejuelas inhóspitas hasta quién sabe qué barrizales o escombreras— se parecían, al menos en su aspecto exterior, mucho los unos a los otros. Platos de chochos, te imaginabas, serían servidos en sus barras grasientas junto a vasos de vino del país que cuatro o cinco lugareños compartirían sentados en altos butacones giratorios. Al fondo, tres o cuatro mesas solitarias habrían concentrado desde tiempos inmemoriales —es decir, desde tiempos que ninguno de los vivos de entonces podría recordar sin mentirse a sí mismo— el eco de un desánimo en los rostros arrugados, partidas desbocadas de dominó o de baraja, ruidosas reyertas con desenlaces funestos de las que ningún juez llegó a tener jamás noticia. Tenteniguada. Qué absurdas derivas te llevaron hasta allí. Porque tú eras un forastero que no quería pasar por tal. Los magos con los que hablaste —sus dejes pendencieros, sus socarronas miradas— supieron enseguida, por un par de palabras foráneas que te delataron, que no eras de por allí. Estuviste a punto de sentarte a comer un chuletón como los que habías visto servir en una de las mesas, con mucha sal gruesa por encima, descomunales trozos de carne poco hecha cuya devoración, sin duda, resucitaría a un muerto y lo pondría a danzar la rumba allí mismo, pura energía como la de aquellos pastores reconvertidos en mecánicos, fuerza bruta en los brazos curtidos en miles de pulsos con otros brazos y con la invencible hostilidad de la vida. Tenteniguada era aquello, aquel mundo en el que desaparecer y en el que desconocerlo todo, la ebriedad del aire más alto de aquella isla, cinturas prohibidas de morenos adolescentes que al final de una calle, en un merendero improvisado, se palmeaban los hombros mientras charlaban casi fuera del mundo, todo aquello ofrecido al viajero de un día por el módico precio de su vida pasada, unos minutos de magia contra la pesadumbre de los años. Y más allá de aquellas calles, más allá de las últimas casas, solitarias, empezaba la cumbre verdadera, la montaña desnuda e implacable, el techo de la isla en el que, con un poco de suerte, a través de ralos pinares y a la vista de roques en eterno equilibrio, giraría el viajero el resto de su vida, o el resto, al menos, de la memoria de su vida.

martes, 10 de abril de 2012

POR QUÉ LA POESÍA (NOTAS POLVORIENTAS —Y MUY POCO EXHAUSTIVAS— QUE PONGO AQUÍ A REMOZAR)

Porque una vez, de niño, jugué a dar grandes saltos entre las piedras que formaban una especie de sendero en uno de esos estanques que se construyen como adorno de los paseos turísticos. Y cuando saltaba temía caerme al agua. Y pensaba que el agua era profunda. Pero, aun así, saltaba.

Porque a veces, cuando me siento en el sillón después de un día de trabajo duro e inútil, se desmorona la pila de libros y cuadernos que he ido amontonando sin criterio. Y entonces leo un título que tenía olvidado. Y recuerdo. O aparece una página que escribí para nadie.

Porque el sueño no llega, muchas veces, y la noche abre manos que sólo se aplacan sobre un papel en blanco.

Porque sí.

Porque me he desvelado tantas veces, vencido en combates que nunca empiezo yo, empapado en un sudor espeso, y cuando abro los ojos no encuentro sino restos de imágenes que buscan un sentido, un orden nuevo, distinto del que una vez tuvieron cuando estaban completas o unidas o intactas. Y todo fluctúa entonces. Y me desvelo y apenas si pregunto porque sé que no dormiré más.

Porque ya no estás y tal vez nunca estuviste.

Porque temo dormirme y no despertar nunca.

Porque me levanto aún casi dormido y las palabras me ayudan a ir atravesando el día, esa fatiga, deslavazada quimera.

Porque nadie encendía las lámparas y en los bordes del camino se abría un abismo para el que no tenía alas.

Porque llovía. Y yo andaba por la acera de aquel parque sin paraguas. Los castaños de Indias, empapados, no me protegían. Deseé que no dejara nunca de llover, y que la lluvia me empapara aún más que a ellos.

Porque el amor es frágil y nunca sabemos si acaba de nacer o está empezando a morir.

Porque cada vez que volvía —pero, ¿adónde?— quería saber por qué había vuelto, dónde había estado, quién me estaba esperando aquí y quién se quedaba esperándome allá, lo que había aprendido y lo que había olvidado.

Porque las tardes pasan en silencio y al alargar las manos toco un viento muy frío que parece haber estado ahí desde siempre. Los dedos se agarrotan y olvidan la caricia ensayada en las horas de insomnio.

Porque no es mía la noche, sino de quien me la ha arrebatado. Oigo sus pasos que se alejan, el llanto que queda enredado en las entretelas de mi sueño. Respiro apenas, como si hubiera olvidado el modo de hacerlo. El arrebato.

Porque hay cabelleras en las que introducir nuestras manos sería como perderse en un bosque de algas o en una cascada de agua tibia; cabelleras casi adolescentes que ostentan jóvenes de miradas perdidas una vez que se han sentado en su asiento de la guagua que los llevará hasta la universidad; cabelleras inaccesibles aunque bastaría estirar el brazo para tocarlas y deslizarse por su interior, ese mundo que sólo podemos imaginar con nuestras pobres y lejanas palabras.

Porque hoy, en un sencillo tren de cercanías, recordé trenes de hace años, recorridos de noches enteras en un compartimento, balanceado mi cuerpo por el traqueteo constante, atraído por cuerpos ajenos que descansaban a mi lado, y recordé también algunos paisajes que veía desde las ventanas, árboles y lagos, pueblos y bosques, periferias y ovejas, y sobre todo el asombro de ver lo que nunca había visto, lo que nunca volvería a ver.

Porque hay sueños fálicos en los que, con la electricidad de una serpiente, otro cuerpo visita nuestro cuerpo, se apodera de él y hace que salgamos adonde no somos ya nosotros, a una pradera de sentidos distintos e inflamados. Como si entráramos de pronto en otro cuerpo que contuviera al nuestro a su vez. Y esos sueños, acaso, son rastros de los instantes más plenos de la vida, que, perdidos, regresan de vez en cuando a nuestras noches sedientas.

Porque el rostro de alguien a quien amé no tiene ya piel, no está formado ya por carne acariciable, por poros rebosantes de sudor en las tórridas noches en que nos cabalgábamos, jinete y montura intercambiables, el uno al otro; porque ese rostro existe ya sólo en forma de píxeles que brillan rodeados por un marco azulado en una ventana de la pantalla de mi ordenador. Y en un poema, aunque no recobre la carne, puedo engañarme al creer que ese rostro, al menos, logra ser evocado como el rostro auténtico que fue.

Porque después o más allá de cualquier dolor fingido puede abrirse en nosotros, como un arado que hiere la piel de la tierra, el dolor verdadero. Y las semillas que deja corren por la sangre hasta llegar al corazón. Y entonces a este sólo le cumple cantar o morir.

jueves, 5 de abril de 2012

VIÑEDOS DE TEGUESTE

Pasé yo el otro día (todo esto viñedos) por aquí
caminando (lomas quietas, veladas) poco tiempo,
un paseo (pues el vino irradiaba sus melodías de sangre),
y pensaba en el tiempo (piconera o montaña
mordida en sus costados), en cuánto tiempo queda
hasta el fin de los tiempos (melodía
de un pájaro mecida por el viento),
paseaba y pensaba y reía en
mis adentros (mis adentros viñedos, cañerías resecas, un bidón oxidado,
la puerta que da al campo), y al volver me detuve
en una de esas tascas (se anunciaba la lluvia
como un tímido abrazo) que venden vino nuevo
para que arda en el cuerpo.

miércoles, 4 de abril de 2012

HOJA VOLANDERA ENCONTRADA EN SARNA PUS DE TENERIFE

¿Está este estar aquí ─esta estancia muda─
surcado de las voces que no escucho,
de las letras que, acaso,
en la permuta ciega,
se revelan cansadas, capturadas por algo
que es como mirar sin ver,
como un sueño perdido en la caediza cintura de la tarde o del whisky,

o es este estar aquí otra canción más que oigo,
engañosa voluta de lo más escondido,
esta rambla de asfalto, las imágenes vivas,
la extraña intervención de un nudo que ata el soplo al encuentro
espectral de dos niños que comparten colegio,
una canción o un pulso, un deseo o una magia
que este estar aquí hoy distraído genera?

lunes, 2 de abril de 2012

RELATO PARA UN PREMIO

En recuerdo de Paco Vidarte

En su famoso pero no por ello menos desconocido diario Samuel Pepys logra la extraña proeza de consignar durante miles de páginas, con todo detalle, los intríngulis más escondidos de su vida íntima, a la vez que, sorprendentemente, consigue rescatarla de su nadería y progresivo derrumbamiento para elevarla a la mayor intensidad, obteniendo así el milagro de que cualquier lector común, y no sólo los grises estudiosos de su obra, se encandile y progrese sin pausa, y con asombro cada vez mayor, en la lectura de ese simple e inagotable registro de banalidades rococós. ¡Bravo por Samuel Pepys! Cualquier otro (y yo el primero) fracasaría relatando sus visitas de cortesía, sus bailes de salón, sus molestos insomnios, sus envidias, sus planes, sus escapadas nocturnas por un Londres de hechizo, sus besos, sus ardides, sus gotas y sus gripes. Y no sólo porque quizás para cualquier otro la vida auténtica se compone, presuntamente, de escenas más trascendentales, de verdades más hondas, sino porque relatar lo vivido con la misma intensidad con que se lo vivió no deja de ser una excepción al alcance de unos pocos en un mundo que ha dado excelentes narradores que no viven o fascinantes vividores que no saben narrar. (Mucho más abundantes, claro está, los segundos que los primeros.) Si los señores miembros del jurado (sí, debo confesarlo ya: escribo este relato para presentarlo a un premio y ganarme, con suerte, unos cuantos eurillos sin apenas esfuerzo) fueran un poco inteligentes (y estoy seguro de que, si no todos lo son, al menos sí que todos pretenden serlo, lo que ya es algo), sabrían acaso distinguir entre las palabras que nacen del corazón de la vida y las que nacen ya contaminadas de impostura. ¿Ganaría hoy Samuel Pepys un premio? Tal vez diría, emulando a Bartleby, que preferiría no hacerlo, consciente de que el juicio emitido por unos señores convocados por un ayuntamiento, por una diputación, por un banco, por una caja de ahorros o por un ateneo de provincias no puede sino corromper el carácter sagrado (¡y alado, y alado!) de la literatura, del arte. Porque, ¿qué reciben esos cuatro o cinco jueces de pacotilla a cambio de leer, hojear o simplemente desechar sin leer ni hojear manuscritos que, en su mayoría, es cierto, no son sino obras de aficionados sin talento alguno, si es que su trabajo no se limita a proponer y defender a veces acaloradamente el nombre del amigo, protegido o protector que llevan in pectore y al que han prometido conceder el premio? Contrapartidas hay, sin duda, y de varios tipos: suculentos honorarios, almuerzos o cenas en hoteles de más o menos lujo, prestigio en los medios culturales e incluso dádivas que pueden consistir en un futuro premio que su actual premiado luchará para concederles o en parte del botín, digamos mil euros de los seis mil que obtuvo el ganador. Samuel Peyps no hubiera luchado contra este estado de cosas: se hubiera limitado, después de vomitar, a constatarlo, a registrarlo con pelos y señales en su diario. Pero dejemos a Pepys, no lo mezclemos más con nuestras mezquindades posmodernas. Hablemos de nosotros: de mí, por ejemplo, que estoy escribiendo este relato unos días antes de que termine el plazo de entrega que figura en las bases del premio. Desde luego, no soy uno de esos individuos (no se me ocurre otra palabra) que han asistido una o dos veces en su vida a un taller de escritura y se dedican, mimetizando las técnicas que su profesor mimetizó a su vez de escritores de segunda fila, a redactar ejercicios escolares, correctamente escritos tal vez, para enviarlos al mayor número posible de concursos por ver si salta la liebre. (¡Y lo asombroso es que salta, y con cuánta frecuencia!) No: yo no he aprendido a escribir. Tampoco voy a decir que haya nacido sabiendo, porque ni siquiera sé si sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que si alguna vez escribiera algo que creyera digno de ser leído ante Apolo y su cuadrilla de musas, y capaz de arrancarles, si no un aplauso de sus etéreas manos, sí al menos una breve sonrisa de sus rostros dorados, no tendría la desvergüenza de presentarlo a un premio literario (sintagma, ahora que lo escribo, absurdo e incluso oneroso). Hasta que eso ocurra, desde luego, no podré hacer otra cosa que presentarme una y otra vez a los innumerables premios que ofrecen nuestras instituciones para demostrar, si algún jurado me otorga su benevolencia (lo que hasta ahora nunca ha ocurrido: y cruzo los dedos) que la frecuentación de talleres y cursos de creación literaria no es la única vía para ganar premios literarios; que acaso también la soledad y el desamparo, como en el caso de Pepys (y se ve que no logro quitármelo de la cabeza), o la pasión, la ingenuidad y la vida, como en tantos otros escritores que no nombro para no ser acusado de erudito o sabihondo, pueden conducir a obtener la pálida gloria de un premio menor (aunque menores son todos). ¿No es mejor descubrir uno mismo a quién imitar, qué recursos aplicar para obtener determinados efectos, qué léxico usar en relación con el tema que se trata, o con el subgénero adoptado, no es mejor, digo, este aprendizaje autónomo, incluso gozoso a veces, que los turbios consejos de un narrador de cuarta o quinta fila que se ha visto abocado, por su definitiva falta de talento o por cualquier otro asunto igual de turbio, a hacer de la enseñanza en talleres presenciales o en cursillos online el ganapán que le permita no sólo sobrevivir, sino pagarse también regularmente putas y chaperos, por poner un ejemplo? Así, si me equivoco, me atribuyo a mí mismo los errores. Si empleo una palabra altisonante o inadecuada, sé que lo hice porque asumía un riesgo, y si me enredé en un período sintáctico insoluble, gozaré de la luz que me espere al final de tan oscuro túnel. Seré yo quien escriba, aunque lo haga mal, será mi propio rostro el que refleje el cristal de las palabras, y me divertiré azotando el ceño fruncido de esos lectores ociosos, bien pagados, que me leen ahora a la fuerza como miembros del jurado de turno, con anfibologías, quiasmos, exabruptos, sutilezas acaso inaccesibles para sus mentes embotadas tras la lectura de ochenta o noventa manuscritos. Podría dedicarle incluso una lindeza a cada uno de los ¿cuatro? ¿cinco? cofrades reunidos esta tarde (ahora, ahora mismo que vuelven a leerme, si he logrado llegar a la final) para emitir sus juicios a falta de otras diversiones más enérgicas, más sensuales, decrépitos catedráticos de universidad, poetas laureados, narradores de renombre que no han escrito en su vida una sola línea transgresora, críticos implacables con todos excepto consigo mismos o benévolos tan sólo con sus amigos, periodistas poderosos reciclados en autores de blogs casi infumables o concejales de cultura que en sus noches de domingo se duermen leyendo el último superventas. ¿Falta alguien? Falta el relato, dirán ellos, ustedes, convencidos de que no hay relato sin narración, sin historia, sin acontecimientos o anécdotas, sin personajes, sin espacios, sin tiempos. Tienen razón, claro: pero aquí estoy yo, personaje de mí mismo, y ellos, ustedes, sombras que el relato proyecta y que acabarán devorándolo, sumiéndolo en la nada (léase: dejándolo sin premio); el espacio es la página que nos convoca y nos reúne: nuestra balsa de náufragos en medio del mar intrascendente que nos rodea; el tiempo, ya lo dije, es el ahora, diverso y compartido a la vez, un tiempo que a ellos, mis jueces, les procura prebendas, dádivas, honores, y que a mí me concede tan sólo el efímero goce de escribir; y la trama, el tejido, la urdimbre de los hechos está clara: un hombre habla, otros le escuchan (para eso les pagan); unos dedican sus tardes a entretenerse y ligar en talleres de escritura, otros a luchar contra lo que no tiene nombre, lo insondable, el vacío; Samuel Pepys escribe cada día en su diario lo que vive y quienes no son Samuel Pepys leen una o dos veces al mes los manuscritos que otros, casi siempre aprendices, envían por quintuplicado a premios y concursos. ¿Que todo esto no conforma un relato? ¿Quién dictamina lo que es o no es un relato? Mientras escribo están ocurriendo numerosos sucesos, incidentes menores o mayores, comunes o insólitos, tranquilos o violentos, claros o ambiguos, pero, ¿podría un relato contenerlos a todos, reunirlos, trenzarlos, auscultarlos, descubrir su sentido? Aunque fuera posible (nada hay imposible para los que creen o esperan), yo prefiero contar apenas nada, o contar para mantener a raya la nada: decir, por ejemplo, que hace una semana falleció un amigo mío, pensador, escritor, con treinta y siete años (uno más que yo), a causa de un linfoma, y que antes de morir escribió un libro sincero, arriesgado, doloroso, intenso, un libro en el que pide que actuemos, que resistamos con todas nuestras fuerzas a la tentación de transigir, de amoldarse al dictamen de la mayoría. Es un libro valiente, escrito a trompicones, sin ninguna voluntad de estilo, sin talleres literarios a sus espaldas, pero auténtico, entrañable, necesario. Una bofetada de doscientas páginas, de esas que despiertan cariñosamente a alguien que dormita. Y una así, aunque algo más sonora, me gustaría a mí estamparle en plena cara a cada uno de ustedes, señores miembros del jurado, que ahora mismo, en lugar de estar leyendo, por ejemplo, ese libro, pierden su tiempo juzgando esta basura que he escrito. 

sábado, 24 de marzo de 2012

LUIS ALEMANY


(Luis Alemany. Foto: Diario de Avisos)

Siempre, como una presencia tutelar, pero sin embargo esquiva, extraterritorial, apartada y enigmática, estuvo allí: la figura de Luis Alemany, con su aura solitaria, recorriendo las mismas calles por las que yo había ido de niño al colegio o por las que, más tarde, descendería hasta los aledaños del mar para no saber muy bien qué hacer con tanto mediodía y tanta inmadurez, se superponía a los párrafos extensos de Los puercos de Circe, leída al final de mi adolescencia, a las circunvoluciones urbanas de la ciudad de otro tiempo descrita en esa novela de 1973, esa misma ciudad en la que yo lo veía siempre desde lejos como entregado a una errancia que, algunos lo sabíamos, se traducía en la soledad del hogar en líneas apretadas de prosa duradera, contumaz, transitable. Así que, al menos para mí, adolescente o estudiante universitario en la extrañeza de una ciudad que no comprendía del todo, que parecía desarbolarse por cada uno de sus recovecos, por cada uno de sus márgenes, pero que siempre, en cambio, conseguía restablecerse para que los pasos no se perdieran del todo, Luis Alemany era una especie de cautivo o de hechizado en el recinto de aquella capital atlántica, alguien que conocía todos los pasajes y a quien podía encontrársele en cualquiera de sus esquinas, siempre de camino a otro lado, sobre todo en las tardes, en la inquietud de los atardeceres que son a veces allí, en el indefinible espesor de aquellas calles, un momento de magia o de temblor. Él, que se había ido y había regresado o que, según su biografía, había llegado siendo un niño a la isla, compañero de mi padre en el colegio de San Ildefonso, parecía estar marchándose siempre o siempre regresando, en cualquier caso su mundo era el de un tránsito constante, ninguna pose estable, ningún pedestal desde el que pontificar, ninguna permanencia en estados de ánimo o en ideas, ni siquiera la constancia de una escritura metódica: más bien la alocución repentina, el impromptu fulgurante, las rachas de prosa que son como las ráfagas del viento que va y viene, un vaivén permanente, un ir y venir entre los géneros, un malestar profundo ante cualquier endiosamiento de sí mismo, es decir, ante el hecho de convertirse en una baba que rezuma de algún lugar del yo para alimentar los falsos yoes multiplicados y triunfales que muchos bobos con ínfulas generan sin remedio. Luis Alemany se escondía siempre, pero no para dejar de ser visto, sino para ver mejor. Creo que tenía la capacidad de cruzar de un barrio a otro de la capital por pasadizos que sólo él conocía. Podía vérsele a una hora en la Plaza de la Paz y al cabo de unos diez minutos frente al Cuartel de Almeida, desde el que se desplazaba más tarde, sin que se supiera bien cómo y en el espacio de unos pocos minutos, hasta los aledaños de la Piscina Municipal para, finalmente, en un alarde de agilidad que solo los prosistas extraordinarios poseen, terminar por dejarse ver poco después en la Alameda, sombrío o sonriente, viajero disoluto, viandante sin prosapia, enérgico, errabundo, memorable. Un día hablé con él por primera vez. Yo había encargado por teléfono una pizza en la pizzería que entonces se llamaba Bella Napoli, en la esquina de la calle en que vivía con el cruce de las calles Méndez Núñez y García Morato (nombres como estos ostentan u ostentaban las calles y avenidas de aquella ciudad generalísima). Cuando llegué para recoger la pizza encargada, vi a Luis Alemany acodado en la barra, con un whisky entre manos, conversando con alguien con palabras fosfóricas, veloces, sobre teatro de cámara y otras hazañas insulares. Me atreví a saludarlo, le dije que era hijo de un antiguo compañero suyo de colegio, es probable que le confesara mis pinitos literarios, pues, si no recuerdo mal, aquel encuentro ocurrió durante mi primer o segundo año universitario. Me quedé allí más de una hora escuchando una conversación que me transportaba a un pasado del que casi nada sabía: en las palabras volvía a cobrar vida todo un mundo perdido al que se me había invitado, por un golpe de azar, y por el que me guiaba, guía sin ninguna solemnidad, guía casi travieso, imperturbable entre el aroma de los whiskys bebidos (tres o cuatro, él; yo, uno), Luis Alemany, quien nunca, a pesar de que a partir de aquel día se convirtió para mí en alguien cercano y entrañable, ha dejado de irradiar un cierto misterio, como el de los seres cuyo destino es intercambiar con la noche confidencias sin fin.  

jueves, 22 de marzo de 2012

LE BORDOLAIS À L'AFFÛT

Para Claude Chambard

Cuando se le acabó el papel higiénico empezó a usar unas servilletas blancas de papel, muy grandes, que encontró colocadas en la repisa de la taza de uno de los váteres. Las usa también para sonarse, y no le resulta fácil a veces evitar mancharse los dedos con un poco de mucosidad acuosa mientras va desplegando la servilleta circularmente en busca de espacios intactos para descargar los restos que aún puedan quedarle en alguna de las dos fosas nasales.

*

Siempre duda si tirar al váter la servilleta manchada (de cualquiera de las distintas manchas que soporta). Al final siempre lo hace. Comprueba que la cisterna tiene potencia suficiente para que el váter no se atragante con ese objeto algo insólito, en cualquier caso menos asumible a priori que las serpentinas de papel higiénico que tan bien se deslizan por el hueco del váter cuando la cisterna activa sus gárgaras.

*

Mientras suenan, a lo lejos, las campanas de Saint Séverin, busca palabras en el diccionario: las que no conoce, para alumbrar como con una antorcha la línea que traduce; las que conoce, para sortear cualquier trampa dispuesta por la confianza excesiva. Así, al final, se posa sobre el texto un manto evanescente de sentido igual que sobre el aire se posan, fluctuantes, las campanas.

*

Si no fuera por los borrachos que tocaron el timbre de la puerta a las tres de la mañana ayer y antes de ayer, la casa sería el más perfecto reducto de tranquilidad que ha conocido. La moqueta de color marrón claro, el papel de las paredes, que imita un entramado de mimbre, las ventanas y las puertas, todas blancas, y la luz que nunca entra de forma violenta y se diría que acaricia el interior de cada habitación: sólo apetece quedarse ahí todo el tiempo posible, trabajar o dormitar, lo mismo da, pasar de un cuarto al otro en una trashumancia por la paz de la tarde. Concentrarse o distraerse en pensamientos y palabras.

*

No tiene ninguna historia que contar. Atado a unas pocas imágenes volátiles, como el anciano al bastón pese al cual no pudo evitar caerse esta tarde mientras él lo miraba por la ventana, gira una y otra vez en torno a los mismos vacíos. Si alguna sustancia pudiera llenarlos, se dice, o si alguna presencia apareciera frente a él sin que fuera su propia figura en el espejo, tal vez volverían las historias, o al menos no oiría el vacío alrededor de sus pasos, de sus imágenes.

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En un poema toda la memoria. Se interna uno por él como quien baja en canoa por un río, rodeado por árboles no menos ávidos de agua y de respuestas que el rostro del remero. Algún lugar a la sombra, recuerda que dice el poema del recuerdo, es bueno para dormirse. O al contrario, más bien. Da igual: giramos en medio del río y las sombras se transforman en luz y el sueño en atenta mirada e incluso, acaso, las orillas en agua y las palabras en cuerpo. ¿Qué es lo que permanece? ¿Tal vez lo que coincide siempre consigo mismo, lo que no cambia nunca, o lo que acepta transformarse manteniendo incorrupta alguna íntima parte de sí mismo? Memoria recobrada para siempre jamás: el poema.

*

Se queda despierto hasta tarde. Incluso hoy, que debería estar cansado por el poco sueño de anoche, pierde la noción del tiempo. Cuando mira el reloj son las dos y media.

*

En esas horas de la noche avanzada el silencio es profundo. Los oídos se aguzan. Oye pequeños ruidos. La lámpara genera en su interior ligeros restallidos, como si allí adentro revoloteara un insecto. Alguna madera cruje. La nevera no deja nunca de ronronear. Pero hay también sonidos que no identifica, músicas apagadas que oye de pronto como brotadas del interior de las paredes, o del sótano de la casa (al que ha bajado una sola vez). Breves estiramientos, soplos mínimos o silbidos en sordina conforman un extraño tejido que se superpone o desmiente al del silencio. Heráclito diría: todo suena.

*

Es la primera vez que se baja de la cama por el lado izquierdo en esta casa. Nunca antes, que recuerde, había dormido con dos ventanas frente a él: al despertar, cada ojo tiene un espejo en el que beber su propia luz. Para llegar a la puerta ha tenido que rodear entera la cama. Unas gotas en los cristales de las ventanas le indican que está lloviendo o que ha llovido durante la noche.

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Pasan los vientres de las nubes, amenazadores: como colosos que pudieran planear por los cielos sin apenas dañar, por piedad, a los terrestres. El vaivén de la luz, tras la mañana lluviosa. Los postigos se cierran de pronto. Sobresalto. No se deja engañar por la calma que sigue al momento en que sujeta los postigos al gancho en forma de dama medieval.

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Al masturbarse, antes de dormir, observa que la cantidad de semen vertida (entre el ombligo y los pezones, como es habitual cuando lo hace tumbado boca arriba) es similar a la de otras ocasiones en que ha estado varios días sin actividad sexual, ni siquiera solitaria. En cambio, le ha parecido que el placer era inferior al de otras veces, como si los espasmos propagados por la uretra fueran menos intensos. Ha pensado fugazmente, como suele ocurrirle, en alguna enfermedad, en algún principio de tumor adherido a las paredes interiores de su pene, que le impidiera a este proporcionarle el placer físico de siempre. Se propone probar de nuevo mañana y, sobre todo, observarse con atención para determinar si la mengua de placer, en caso de que persista, es efectiva o si se debe tal vez a que ya está condicionado mentalmente a sentirla.

*

Se recuerda en la cama, en acción, esta mañana, y apenas se reconoce. La imagen que de sí mismo forma su memoria inmediata le resulta tan extraña como la de un desconocido. Sofocado por cuatro jadeos, torpe, lento, carente de sensualidad, impotente a ratos, incapaz de sentir nada intensamente. Asco o desapego, no otra cosa siente cuando recuerda esa cita a hora tan temprana, la breve conversación en el sofá, la subida a la habitación después de los primeros besos, insípidos. Y luego la claridad en la habitación, que proyectaba el más cruel contraste sobre la escena oscura de aleatorios abrazos, de hambre saciada con sórdidas mordidas, de sudores mezclados que manchaban las sábanas. El único momento cuyo recuerdo no es turbio: cuando, empapado en sudor, se le ocurrió abrir la ventana como si, inconscientemente, más que dejar entrar el aire fresco, estuviera intentando hacer salir del dormitorio todas las impurezas, el vaho pestilente que allí habían formado los dos cuerpos.

*

Al despertar (duerme siempre sin almohada, apoyando un lado u otro de la cabeza directamente sobre la sábana) ve, a unos centímetros de sus ojos, una pestaña y un pequeño pelo también curvo, probablemente de una de sus cejas. Forman, vistos de tan cerca, la curiosa figura de dos arcos uno junto al otro, pero de distintos tamaños y grosores. Se queda un buen rato contemplando adormilado esta pequeña escena. Aunque no cree que quiera decir nada (¿por qué tendría nada que querer decir nada?), le resulta relajante y al mismo tiempo absurdo quedarse así un buen rato: libre de afanes, de prisas, de trabajos y hasta de sí mismo.

(Burdeos, julio de 2007)

sábado, 10 de marzo de 2012

LAS RECEPCIONES ILUSORIAS

Sin duda porque no reconoce que su cuerpo ya no es más que un páramo minado y porque sigue pensando que puede maltratarlo como antaño sin que apenas se resienta, como un jardín exuberante, tropical, en el que, por mucho que se las pisotee, las plantas vuelven a brotar sin dilación y sin esfuerzo; sin duda porque se cree todavía aquel joven profesor que acababa de obtener en un instituto del norte de la isla su primer destino, el otro día regresó a aquellos lugares y se sintió extraño. Visitó el hotel en cuyo restaurante había celebrado con sus compañeros la cena de navidad: escondido entre chalés y solares preparados para que se levanten en ellos aparatosas urbanizaciones de adosados unifamiliares, el hotel conservaba su apatía de hacía años, su escaso atractivo, los salones pomposos y desordenados, las balaustradas mendicantes, la recepción ilusoria. No logró descubrir en cuál de aquellos salones había bailado, ya entrada la noche y después de una cena sin demasiados alicientes, con una de sus compañeras, o con dos, mientras veía a otra de sus compañeras sentarse en el regazo de uno de sus compañeros, ya ambos completamente beodos, y comenzar a besarlo. Visitó también el propio instituto, rodeado de unos antiguos hornos de cal a modo de testimonio de un pasado insólito, de una época no demasiado lejana en la que todo parecía, sin embargo, remoto, incomprensible, extraño. La mayoría de sus antiguos compañeros no trabajaba ya allí. Uno de ellos, incluso, que era, precisamente, uno de los cuatro o cinco con los que mejor se llevaba, había muerto de un cáncer galopante, con menos de sesenta años, no hacía demasiado tiempo. Saludó al director, que seguía siéndolo (y que, extrañamente, apenas había envejecido, como si, en medio de tantos estragos y cancelaciones del tiempo, hubiera permanecido como el guardián inquebrantable de aquella época quizá no del todo acabada). Saludó también a un antiguo compañero de su departamento, el que mejor lo acogió, el que lo guió en aquel primer año de joven profesor sin experiencia. Su mirada había perdido mucho brillo. Sus hombros se habían encorvado. No se arrastraba aún por los pasillos para llegar hasta las aulas, pero se le notaba ya la aterradora visión de su propia caducidad, de su progresivo marchitamiento en el interior de aquel instituto de un pueblo costero de una provincia de ultramar. Ninguno de los alumnos a los que había dado clase continuaba en el instituto. Todos habían acabado ya su etapa de estudiantes de bachillerato o habían abandonado sus estudios secundarios. Le sorprendió su dificultad para recordar la mayoría de los rostros de quienes habían sido sus alumnos. Si exceptuaba a dos o tres con los que había mantenido algún tipo de enfrentamiento o a unos pocos a quienes se había encontrado años después en algún lugar (una playa, un aeropuerto, una discoteca), el resto de sus alumnos había desaparecido de su memoria: no eran ni siquiera un nombre, ni siquiera un rostro, ni siquiera una voz o unos modales, sino una masa amorfa a la que recordaba sentada frente a él mientras hablaba. La cafetería del instituto, situada en una esquina del patio del recreo, estaba administrada ahora por un matrimonio distinto del de entonces: la recordaba a ella, una mujer de mediana edad de andares voluptuosos y figura insinuante; y un poco menos a él, unos años mayor y siempre al acecho. En aquella cafetería había fumado sus primeros cigarrillos, solo uno cada día durante los primeros meses. A veces prefería pasar su media hora de recreo sentado en una terraza de la plaza del pueblo, un lugar acogedor en el que la camarera, con el paso del tiempo, le servía ya sin preguntarle su barraquito y le contaba entresijos de su vida de madre soltera poco afortunada en amores. La plaza no ha cambiado mucho. Sigue siendo uno de sus lugares preferidos en la isla. Sin embargo, las veces que ha vuelto a sentarse en la terraza ha notado la ausencia de aquella camarera, el hueco abierto entre su época de joven profesor sin experiencia y el presente, la imposibilidad de volver a sentir aquel cigarrillo, el único del día, fumado por su cuerpo joven en las mañanas soleadas, la carga de todo el peso de la vida que entonces no llevaba consigo, más ligero como era, más joven, más despreocupado. La casa donde vivió durante aquel curso continúa existiendo. Era la planta baja de una vivienda cuyos dueños ocupaban la planta alta. Al detener el coche frente a aquella vivienda, se entremezclaron con ese instante de inmovilidad algunos recuerdos de entonces, quizá no los más importantes o los que con más frecuencia habían vuelto a su memoria, sino unos recuerdos cualesquiera, como entresacados al azar: la escalibada que intentó preparar un día en el horno y que no resultó del todo comestible; las tortillas que en alguna ocasión encargaba en el restaurante de enfrente, que ha cambiado de nombre; la visita de alguien, para una cita a ciegas, a altas horas de la noche de un sábado y la larga conversación en el salón destinada a eludir lo ineludible. Acaso hubiera preferido recordar el ruido de las olas que llegaba lejano hasta su dormitorio los días de mar brava, el retumbar en sordina del agua contra los acantilados, o el cigarrillo que, unos meses después de empezar a fumar, reservaba para antes de dormirse, el segundo y último del día, acodado en el balcón acristalado que daba al valle fresco, a las noches tranquilas, esos pocos instantes que no acaban de regresar como debieran ahora que ha parado su coche frente a su vivienda de entonces. Debería arrancar y proseguir su camino por esas carreteras del norte de la isla, reconocer sin remedio que su cuerpo no es ya más que un terreno minado en el que en cualquier momento podría estallar la mina que lo mate y, sin embargo, seguir un poco más, no en busca de recuerdos y ponzoñas, sino en busca, esta vez, de lo nunca vivido.

lunes, 5 de marzo de 2012

ALARCOMA

Para perro viejo yo, no ellos. Intentaron engañarnos, Alarcoma, pero, aunque se hayan ido sin pagar, te aseguro que esto no va a quedar así. La lengua que hablaban no nos resultaba comprensible y, sin embargo, estoy seguro, pretendían que algún día también nosotros acabáramos hablándola. Lo que pidieron eran unos vinos, ¿o acaso eran unos vermús de grifo? Los restos aceitosos del plato en que escupieron las cáscaras de los altramuces no me permiten discernir, Alarcoma, si a aquellos dos sibilinos clientes que llegaron a nuestro bar hacia las doce les serviste como aperitivo una —como hubiera sido lo correcto— o dos raciones de altramuces. Casi siempre te extralimitas, pero en esta ocasión creo que te has sobredimensionado. Están hablando en rumano, me susurraste al oído, pero yo escuchaba rudas consonantes eslavas, verbos búlgaros, giros ucranianos, preposiciones serbias o hasta cosas peores. Otro cantar es que tú, Alarcoma, estés dispuesto a confundirlo todo y que tu desconocimiento de las ramas lingüísticas del primitivo indoeuropeo no te permita distinguir unas familias troncales de otras. Una vez más, estaba casi seguro, habría que empezar de nuevo. Los barrios en que vivimos, lo sabes, no están bien comunicados. Te he dado trabajo en mi bar, te he consentido casi todos tus caprichos —algunos inconfesables—, pero tú sigues rechazando mi amor y negándote a trasladarte a vivir conmigo en mi casa. Las copas de vino o de vermú, a saber, apuradas antes de que aquellos dos salieran corriendo del bar, con sus miradas hoscas, retadoras, en torno a la una de la madrugada, reflejaron durante un breve instante —un instante precioso— el rayo de luna que se colaba por la sucia cristalera tornasolada. Tus ojos inquisitivos, Alarcoma, les dijeron a los míos, contemplativos, que no, que ya estaba bien, que había que decidirse a poner los puntos sobre las íes y a no dejar títere con cabeza, es decir, o al menos eso interpreté yo, que alguno de los dos debía salir corriendo tras ellos para atraparlos y darles su merecido, sobre todo porque, después de visitar los lavabos del local en cuanto los dos clientes se esfumaron, habías aprendido que la imaginación no era, como tu limitada mente creía, una facultad omnipotente, al menos en lo que al sentido del olfato se refiere. Se habían marchado sin pagar, Alarcoma, tú mismo habías visto su ojeriza, su repentina desbandada, sus malos modales de eslavos buscavidas: entonces, ¿qué importancia podía tener que no hubieran tirado de la cisterna, que toda la cagalera producida probablemente por nuestros altramuces en mal estado hubiera quedado flotando en el agua que cubría hasta los bordes el inodoro, y que, por si fuera poco, se hubieran dedicado, acaso como venganza, a restregar en las paredes de nuestros lavabos los restos de sus apestosas deposiciones? Habían vociferado delante de nuestras narices su lengua bárbara, su viscoso dialecto no latino (o su latín corrompido de provincia olvidada, si es verdad, como me dijiste, que era rumano lo que hablaban); habían flirteado contigo, Alarcoma, que no tuviste reparo alguno en sonreírles, coqueto, y en servirles un vino tras otro, ¿o es que eran vermús de grifo, desgraciado?; habían guiñado sus rasgados ojos lascivos a algunos de nuestros más reputados clientes, quiero decir a algunas de nuestras clientas más putas, y, para más inri, incluso habían estado manoseándose mutuamente las respectivas entrepiernas a modo de provocación dirigida a incautos ignorantes como tú, Alarcoma. Y ahora, dime, ¿tengo que ser yo quien les limpie la mierda que han dejado en los servicios de nuestro bar para que tú salgas tras ellos, no a darles la paliza que se merecen —que para algo te pagué las clases de kickboxing—, sino a pedirles, seguro, sus números de teléfono? Ni hablar, Alarcoma: esos lavabos vas a limpiarlos ahora mismo tú, bonito.

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