jueves, 26 de abril de 2012
EN EL DIVÁN
—Sí, sí, doctor, es verdad que este tipo de sueños solo se me presenta
cuando no duermo con él. La sedosa piel de su espalda, en la que apoyo mi
mejilla derecha y contra la que me acurruco como si solo así estuviera en lo
más protegido de la barcaza del sueño, esa piel cubierta de una pelusilla de
finísimos pelitos oscuros que solo se distinguen cuando uno se recuesta sobre
ella y la contempla de muy cerca; esa piel de su espalda extendida junto a mí, le
decía, las noches que duermo con él, parece tener el poder de alejar ciertos
sueños que, en cambio, se ensañan conmigo las noches en que duermo solo. No sé
cómo explicarle, doctor, la suave disolución que experimento cuando él, a punto
de dormirse o recién dormido ya, da unos eléctricos respingos con sus piernas,
enlazadas con las mías, y luego, seguramente en la primera fase de su sueño, se
estremece con todo su cuerpo un instante, como si hubiera dado un salto a otra
dimensión, mientras yo lo tengo sujeto con mis brazos y me estremezco con él en
esa sacudida en la que, quizá, se intercambien los papeles de quien ya duerme y
de quien aún espera dormirse. Vea que es a partir de ese instante, a partir de
ese calambrazo que queda resonando en los dos cuerpos abrazados en la frontera
del sueño y la vigilia, cuando mi mejilla, adherida a la pelusa que cubre por
entero su espalda, empieza a percibir el flujo de la protección, el calor o la
calma de su cuerpo que, desde su entrega sin fisuras al abrazo del mío, se ha
vuelto ya capaz de actuar sobre él, de brindarle una coraza contra ese tipo de
sueños que aprovechan, sin embargo, cualquier noche solitaria para salir a mi
encuentro. Creo que él, doctor, no conoce sus poderes taumatúrgicos. Sonríe y
habla, brinca y se desnuda, se enrosca y se despereza, hace todo esto antes de que
encontremos esa posición que parece perfecta y en la que, de pronto, su respiración
se transforma, su perfil se recoge entre las palmas de mis manos, resulta
vencido y a la vez vencedor, se duerme y al mismo tiempo espera a que me duerma
también yo. No sé, ni siquiera, si, cuando de pronto regresa y siento la
mordaza que aplica sobre la abertura por la que entran y salen los sueños de
una mente dormida, lo hace consciente o inconscientemente, pues en todo ese
proceso yo siento su benéfico influjo a través de la pelusa adorada de su
espalda y no sé, a ciencia cierta, nada más, nada más. Dígame, doctor, ¿cree
que tendría que disciplinarme y pasar más noches sin él para enfrentarme yo solo
a esos sueños de que le hablo y aprender a vencerlos por mis propios medios? ¿O
debo, más bien, pedirle que se quede a dormir todas las noches conmigo, de esa
forma que le he descrito, mi cara hundida en el bosquecillo de liquen de su
benéfica piel, mejilla contra espalda, las piernas enlazadas, una de mis manos
en su vientre enroscado y la otra en su cuello de latidos, unas manos que son
como las de quien se ata a un mástil para no escuchar el fragor de las mareas…?
sábado, 14 de abril de 2012
TENTENIGUADA
Para
Ángel Padrón
No recuerdas muy bien aquel lugar. Nadie hubiera dicho que
hasta aquellas alturas la carretera continuara dando vueltas para llegar a una
especie de barrio escondido detrás de tantas hondonadas. Pero ya sabes: cuando
te empecinas en seguir conduciendo no hay modo de que te detengas. Así
llegaste a Tenteniguada. Parece un nombre irreal, inventado, uno de esos
apelativos casi siempre ridículos que los escritores inventan para sus comarcas
o pueblos imaginarios. Quizá ahora te baste con recordarlo para saber que
existió, pero entonces, cuando llegaste a las primeras casas, insólitas, de
aquel lugar que no sabrías decir si era un pueblo, un caserío, un barrio o una
pedanía, te pareció acaso menos real que ahora que tan solo sobrevive en tu
recuerdo. El aire de Tenteniguada era todo lo fresco que, en cualquier mes del
otoño o del invierno, puede serlo en las cumbres de una de aquellas islas. Las
casas, arracimadas en torno a la carretera, se iban mostrando a medida que
avanzabas: casas de dos o tres pisos, a veces estrambóticas, con sus garajes
abiertos en los que se veía trajinar a campesinos junto a sus camionetas, a
chicuelos alrededor de mesas puestas para la merienda, a señoras con sombreros
de paja sentadas en el fondo como para pasar desapercibidas. Tenteniguada. Recuerdas
vagamente un antiguo cine o teatro de fachada amarillenta en la que faltaban
algunas de las letras con que se había trazado un nombre pintoresco e inútil.
Después de algunas curvas, cuando ya parecía que el pueblo o barrio o lo que
fuera que fuera aquel apretujamiento de casas a casi mil metros de altura se
había terminado para dar paso, de nuevo, a la montañosa floresta, aparecía un
nuevo grupo de casas, esta vez menos altas, más separadas las unas de las
otras, como si no solo quisieran permanecer distanciadas del casco urbano,
llamémoslo por una vez con este nombre honorable, sino que tuvieran a gala
mantener una distancia prudente las unas de las otras. Las casas, tal vez, de
quienes procedían de familias repudiadas en siglos anteriores por los
habitantes del pueblo, o de quienes habían decidido llevar una vida
independiente pero no del todo desligada de las costumbres comunales; casas
cuya soledad producía en ti, el forastero que pasaba junto a ellas, la
sensación de un desamparo consentido, de una frustración orgullosa. Los bares
de Tenteniguada, que eran, si no recuerdas mal, tres o cuatro, dispuestos a lo
largo de la carretera —lamentas ahora no haberte internado por las calles
transversales, no haber seguido el rastro de los perros solitarios que
descendían por callejuelas inhóspitas hasta quién sabe qué barrizales o
escombreras— se parecían, al menos en su aspecto exterior, mucho los unos a los
otros. Platos de chochos, te imaginabas, serían servidos en sus barras grasientas
junto a vasos de vino del país que cuatro o cinco lugareños compartirían sentados
en altos butacones giratorios. Al fondo, tres o cuatro mesas solitarias habrían
concentrado desde tiempos inmemoriales —es decir, desde tiempos que ninguno de
los vivos de entonces podría recordar sin mentirse a sí mismo— el eco de un
desánimo en los rostros arrugados, partidas desbocadas de dominó o de baraja,
ruidosas reyertas con desenlaces funestos de las que ningún juez llegó a tener
jamás noticia. Tenteniguada. Qué absurdas derivas te llevaron hasta allí.
Porque tú eras un forastero que no quería pasar por tal. Los magos con los que
hablaste —sus dejes pendencieros, sus socarronas miradas— supieron enseguida,
por un par de palabras foráneas que te delataron, que no eras de por allí.
Estuviste a punto de sentarte a comer un chuletón como los que habías visto
servir en una de las mesas, con mucha sal gruesa por encima, descomunales
trozos de carne poco hecha cuya devoración, sin duda, resucitaría a un muerto y
lo pondría a danzar la rumba allí mismo, pura energía como la de aquellos
pastores reconvertidos en mecánicos, fuerza bruta en los brazos curtidos en miles
de pulsos con otros brazos y con la invencible hostilidad de la vida.
Tenteniguada era aquello, aquel mundo en el que desaparecer y en el que
desconocerlo todo, la ebriedad del aire más alto de aquella isla, cinturas
prohibidas de morenos adolescentes que al final de una calle, en un
merendero improvisado, se palmeaban los hombros mientras charlaban casi fuera del
mundo, todo aquello ofrecido al viajero de un día por el módico precio de su
vida pasada, unos minutos de magia contra la pesadumbre de los años. Y más allá
de aquellas calles, más allá de las últimas casas, solitarias, empezaba la
cumbre verdadera, la montaña desnuda e implacable, el techo de la isla en el
que, con un poco de suerte, a través de ralos pinares y a la vista de roques en
eterno equilibrio, giraría el viajero el resto de su vida, o el resto, al
menos, de la memoria de su vida.
martes, 10 de abril de 2012
POR QUÉ LA POESÍA (NOTAS POLVORIENTAS —Y MUY POCO EXHAUSTIVAS— QUE PONGO AQUÍ A REMOZAR)
Porque una vez, de niño, jugué a dar grandes saltos entre
las piedras que formaban una especie de sendero en uno de esos estanques que se
construyen como adorno de los paseos turísticos. Y cuando saltaba temía caerme
al agua. Y pensaba que el agua era profunda. Pero, aun así, saltaba.
Porque a veces, cuando me siento en el sillón después de un
día de trabajo duro e inútil, se desmorona la pila de libros y cuadernos que he
ido amontonando sin criterio. Y entonces leo un título que tenía olvidado. Y
recuerdo. O aparece una página que escribí para nadie.
Porque el sueño no llega, muchas veces, y la noche abre
manos que sólo se aplacan sobre un papel en blanco.
Porque sí.
Porque me he desvelado tantas veces, vencido en combates que
nunca empiezo yo, empapado en un sudor espeso, y cuando abro los ojos no
encuentro sino restos de imágenes que buscan un sentido, un orden nuevo,
distinto del que una vez tuvieron cuando estaban completas o unidas o intactas.
Y todo fluctúa entonces. Y me desvelo y apenas si pregunto porque sé que no
dormiré más.
Porque ya no estás y tal vez nunca estuviste.
Porque temo dormirme y no despertar nunca.
Porque me levanto aún casi dormido y las palabras me ayudan
a ir atravesando el día, esa fatiga, deslavazada quimera.
Porque nadie encendía las lámparas y en los bordes del
camino se abría un abismo para el que no tenía alas.
Porque llovía. Y yo andaba por la acera de aquel parque sin
paraguas. Los castaños de Indias, empapados, no me protegían. Deseé que no
dejara nunca de llover, y que la lluvia me empapara aún más que a ellos.
Porque el amor es frágil y nunca
sabemos si acaba de nacer o está empezando a morir.
Porque cada vez que volvía
—pero, ¿adónde?— quería saber por qué había vuelto, dónde había estado, quién
me estaba esperando aquí y quién se quedaba esperándome allá, lo que había
aprendido y lo que había olvidado.
Porque las tardes pasan en
silencio y al alargar las manos toco un viento muy frío que parece haber estado
ahí desde siempre. Los dedos se agarrotan y olvidan la caricia ensayada en las
horas de insomnio.
Porque no es mía la noche,
sino de quien me la ha arrebatado. Oigo sus pasos que se alejan, el llanto que
queda enredado en las entretelas de mi sueño. Respiro apenas, como si hubiera
olvidado el modo de hacerlo. El arrebato.
Porque hay cabelleras en
las que introducir nuestras manos sería como perderse en un bosque de algas o
en una cascada de agua tibia; cabelleras casi adolescentes que ostentan jóvenes
de miradas perdidas una vez que se han sentado en su asiento de la guagua que
los llevará hasta la universidad; cabelleras inaccesibles aunque bastaría
estirar el brazo para tocarlas y deslizarse por su interior, ese mundo que sólo
podemos imaginar con nuestras pobres y lejanas palabras.
Porque hoy, en un sencillo
tren de cercanías, recordé trenes de hace años, recorridos de noches enteras en
un compartimento, balanceado mi cuerpo por el traqueteo constante, atraído por
cuerpos ajenos que descansaban a mi lado, y recordé también algunos paisajes
que veía desde las ventanas, árboles y lagos, pueblos y bosques, periferias y
ovejas, y sobre todo el asombro de ver lo que nunca había visto, lo que nunca
volvería a ver.
Porque hay sueños fálicos
en los que, con la electricidad de una serpiente, otro cuerpo visita nuestro
cuerpo, se apodera de él y hace que salgamos adonde no somos ya nosotros, a una
pradera de sentidos distintos e inflamados. Como si entráramos de pronto en
otro cuerpo que contuviera al nuestro a su vez. Y esos sueños, acaso, son
rastros de los instantes más plenos de la vida, que, perdidos, regresan de vez
en cuando a nuestras noches sedientas.
Porque el rostro de
alguien a quien amé no tiene ya piel, no está formado ya por carne acariciable,
por poros rebosantes de sudor en las tórridas noches en que nos cabalgábamos,
jinete y montura intercambiables, el uno al otro; porque ese rostro existe ya
sólo en forma de píxeles que brillan rodeados por un marco azulado en una
ventana de la pantalla de mi ordenador. Y en un poema, aunque no recobre la
carne, puedo engañarme al creer que ese rostro, al menos, logra ser evocado
como el rostro auténtico que fue.
jueves, 5 de abril de 2012
VIÑEDOS DE TEGUESTE
Pasé yo el otro
día (todo esto viñedos) por aquí
caminando (lomas
quietas, veladas) poco tiempo,
un paseo (pues
el vino irradiaba sus melodías de sangre),
y pensaba en el
tiempo (piconera o montaña
mordida en sus
costados), en cuánto tiempo queda
hasta el fin de
los tiempos (melodía
de un pájaro
mecida por el viento),
paseaba y
pensaba y reía en
mis adentros
(mis adentros viñedos, cañerías resecas, un bidón oxidado,
la puerta que da
al campo), y al volver me detuve
en una de esas
tascas (se anunciaba la lluvia
como un tímido
abrazo) que venden vino nuevo
para que arda en
el cuerpo.
miércoles, 4 de abril de 2012
HOJA VOLANDERA ENCONTRADA EN SARNA PUS DE TENERIFE
¿Está este estar aquí ─esta estancia muda─
surcado de las voces que no escucho,
de las letras que, acaso,
en la permuta ciega,
se revelan cansadas, capturadas por algo
que es como mirar sin ver,
como un sueño perdido en la caediza cintura de la tarde o
del whisky,
o es este estar aquí otra canción más que oigo,
engañosa voluta de lo más escondido,
esta rambla de asfalto, las imágenes vivas,
la extraña intervención de un nudo que ata el soplo al
encuentro
espectral de dos niños que comparten colegio,
una canción o un pulso, un deseo o una magia
que este estar aquí hoy
distraído genera?
lunes, 2 de abril de 2012
RELATO PARA UN PREMIO
En recuerdo de Paco Vidarte
sábado, 24 de marzo de 2012
LUIS ALEMANY
(Luis Alemany. Foto: Diario de Avisos)
Siempre, como una presencia tutelar, pero sin embargo esquiva, extraterritorial, apartada y enigmática, estuvo allí: la figura de Luis Alemany, con su aura solitaria, recorriendo las mismas calles por las que yo había ido de niño al colegio o por las que, más tarde, descendería hasta los aledaños del mar para no saber muy bien qué hacer con tanto mediodía y tanta inmadurez, se superponía a los párrafos extensos de Los puercos de Circe, leída al final de mi adolescencia, a las circunvoluciones urbanas de la ciudad de otro tiempo descrita en esa novela de 1973, esa misma ciudad en la que yo lo veía siempre desde lejos como entregado a una errancia que, algunos lo sabíamos, se traducía en la soledad del hogar en líneas apretadas de prosa duradera, contumaz, transitable. Así que, al menos para mí, adolescente o estudiante universitario en la extrañeza de una ciudad que no comprendía del todo, que parecía desarbolarse por cada uno de sus recovecos, por cada uno de sus márgenes, pero que siempre, en cambio, conseguía restablecerse para que los pasos no se perdieran del todo, Luis Alemany era una especie de cautivo o de hechizado en el recinto de aquella capital atlántica, alguien que conocía todos los pasajes y a quien podía encontrársele en cualquiera de sus esquinas, siempre de camino a otro lado, sobre todo en las tardes, en la inquietud de los atardeceres que son a veces allí, en el indefinible espesor de aquellas calles, un momento de magia o de temblor. Él, que se había ido y había regresado o que, según su biografía, había llegado siendo un niño a la isla, compañero de mi padre en el colegio de San Ildefonso, parecía estar marchándose siempre o siempre regresando, en cualquier caso su mundo era el de un tránsito constante, ninguna pose estable, ningún pedestal desde el que pontificar, ninguna permanencia en estados de ánimo o en ideas, ni siquiera la constancia de una escritura metódica: más bien la alocución repentina, el impromptu fulgurante, las rachas de prosa que son como las ráfagas del viento que va y viene, un vaivén permanente, un ir y venir entre los géneros, un malestar profundo ante cualquier endiosamiento de sí mismo, es decir, ante el hecho de convertirse en una baba que rezuma de algún lugar del yo para alimentar los falsos yoes multiplicados y triunfales que muchos bobos con ínfulas generan sin remedio. Luis Alemany se escondía siempre, pero no para dejar de ser visto, sino para ver mejor. Creo que tenía la capacidad de cruzar de un barrio a otro de la capital por pasadizos que sólo él conocía. Podía vérsele a una hora en la Plaza de la Paz y al cabo de unos diez minutos frente al Cuartel de Almeida, desde el que se desplazaba más tarde, sin que se supiera bien cómo y en el espacio de unos pocos minutos, hasta los aledaños de la Piscina Municipal para, finalmente, en un alarde de agilidad que solo los prosistas extraordinarios poseen, terminar por dejarse ver poco después en la Alameda, sombrío o sonriente, viajero disoluto, viandante sin prosapia, enérgico, errabundo, memorable. Un día hablé con él por primera vez. Yo había encargado por teléfono una pizza en la pizzería que entonces se llamaba Bella Napoli, en la esquina de la calle en que vivía con el cruce de las calles Méndez Núñez y García Morato (nombres como estos ostentan u ostentaban las calles y avenidas de aquella ciudad generalísima). Cuando llegué para recoger la pizza encargada, vi a Luis Alemany acodado en la barra, con un whisky entre manos, conversando con alguien con palabras fosfóricas, veloces, sobre teatro de cámara y otras hazañas insulares. Me atreví a saludarlo, le dije que era hijo de un antiguo compañero suyo de colegio, es probable que le confesara mis pinitos literarios, pues, si no recuerdo mal, aquel encuentro ocurrió durante mi primer o segundo año universitario. Me quedé allí más de una hora escuchando una conversación que me transportaba a un pasado del que casi nada sabía: en las palabras volvía a cobrar vida todo un mundo perdido al que se me había invitado, por un golpe de azar, y por el que me guiaba, guía sin ninguna solemnidad, guía casi travieso, imperturbable entre el aroma de los whiskys bebidos (tres o cuatro, él; yo, uno), Luis Alemany, quien nunca, a pesar de que a partir de aquel día se convirtió para mí en alguien cercano y entrañable, ha dejado de irradiar un cierto misterio, como el de los seres cuyo destino es intercambiar con la noche confidencias sin fin.
jueves, 22 de marzo de 2012
LE BORDOLAIS À L'AFFÛT
Para Claude Chambard
Cuando se le acabó el papel higiénico empezó a usar unas
servilletas blancas de papel, muy grandes, que encontró colocadas en la repisa
de la taza de uno de los váteres. Las usa también para sonarse, y no le resulta
fácil a veces evitar mancharse los dedos con un poco de mucosidad acuosa
mientras va desplegando la servilleta circularmente en busca de espacios
intactos para descargar los restos que aún puedan quedarle en alguna de las dos
fosas nasales.
*
Siempre duda si tirar al váter la servilleta manchada (de
cualquiera de las distintas manchas que soporta). Al final siempre lo hace.
Comprueba que la cisterna tiene potencia suficiente para que el váter no se atragante
con ese objeto algo insólito, en cualquier caso menos asumible a priori que las
serpentinas de papel higiénico que tan bien se deslizan por el hueco del váter
cuando la cisterna activa sus gárgaras.
*
Mientras suenan, a lo lejos, las campanas de Saint Séverin,
busca palabras en el diccionario: las que no conoce, para alumbrar como con una
antorcha la línea que traduce; las que conoce, para sortear cualquier trampa dispuesta
por la confianza excesiva. Así, al final, se posa sobre el texto un manto evanescente
de sentido igual que sobre el aire se posan, fluctuantes, las campanas.
*
Si no fuera por los borrachos que tocaron el timbre de la
puerta a las tres de la mañana ayer y antes de ayer, la casa sería el más
perfecto reducto de tranquilidad que ha conocido. La moqueta de color marrón
claro, el papel de las paredes, que imita un entramado de mimbre, las ventanas
y las puertas, todas blancas, y la luz que nunca entra de forma violenta y se
diría que acaricia el interior de cada habitación: sólo apetece quedarse ahí
todo el tiempo posible, trabajar o dormitar, lo mismo da, pasar de un cuarto al
otro en una trashumancia por la paz de la tarde. Concentrarse o distraerse en
pensamientos y palabras.
*
No tiene ninguna historia que contar. Atado a unas pocas
imágenes volátiles, como el anciano al bastón pese al cual no pudo evitar
caerse esta tarde mientras él lo miraba por la ventana, gira una y otra vez en
torno a los mismos vacíos. Si alguna sustancia pudiera llenarlos, se dice, o si
alguna presencia apareciera frente a él sin que fuera su propia figura en el
espejo, tal vez volverían las historias, o al menos no oiría el vacío alrededor
de sus pasos, de sus imágenes.
*
En un poema toda la memoria. Se interna uno por él como
quien baja en canoa por un río, rodeado por árboles no menos ávidos de agua y
de respuestas que el rostro del remero. Algún lugar a la sombra, recuerda que
dice el poema del recuerdo, es bueno para dormirse. O al contrario, más bien.
Da igual: giramos en medio del río y las sombras se transforman en luz y el
sueño en atenta mirada e incluso, acaso, las orillas en agua y las palabras en
cuerpo. ¿Qué es lo que permanece? ¿Tal vez lo que coincide siempre consigo
mismo, lo que no cambia nunca, o lo que acepta transformarse manteniendo
incorrupta alguna íntima parte de sí mismo? Memoria recobrada para siempre
jamás: el poema.
*
Se queda despierto hasta tarde. Incluso hoy, que debería
estar cansado por el poco sueño de anoche, pierde la noción del tiempo. Cuando
mira el reloj son las dos y media.
*
En esas horas de la noche avanzada el silencio es profundo.
Los oídos se aguzan. Oye pequeños ruidos. La lámpara genera en su interior
ligeros restallidos, como si allí adentro revoloteara un insecto. Alguna madera
cruje. La nevera no deja nunca de ronronear. Pero hay también sonidos que no
identifica, músicas apagadas que oye de pronto como brotadas del interior de
las paredes, o del sótano de la casa (al que ha bajado una sola vez). Breves
estiramientos, soplos mínimos o silbidos en sordina conforman un extraño tejido
que se superpone o desmiente al del silencio. Heráclito diría: todo suena.
*
Es la primera vez que se baja de la cama por el lado
izquierdo en esta casa. Nunca antes, que recuerde, había dormido con dos
ventanas frente a él: al despertar, cada ojo tiene un espejo en el que beber su
propia luz. Para llegar a la puerta ha tenido que rodear entera la cama. Unas
gotas en los cristales de las ventanas le indican que está lloviendo o que ha
llovido durante la noche.
*
Pasan los vientres de las nubes, amenazadores: como colosos
que pudieran planear por los cielos sin apenas dañar, por piedad, a los
terrestres. El vaivén de la luz, tras la mañana lluviosa. Los postigos se
cierran de pronto. Sobresalto. No se deja engañar por la calma que sigue al
momento en que sujeta los postigos al gancho en forma de dama medieval.
*
Al masturbarse, antes de dormir, observa que la cantidad de
semen vertida (entre el ombligo y los pezones, como es habitual cuando lo hace
tumbado boca arriba) es similar a la de otras ocasiones en que ha estado varios
días sin actividad sexual, ni siquiera solitaria. En cambio, le ha parecido que
el placer era inferior al de otras veces, como si los espasmos propagados por
la uretra fueran menos intensos. Ha pensado fugazmente, como suele ocurrirle,
en alguna enfermedad, en algún principio de tumor adherido a las paredes
interiores de su pene, que le impidiera a este proporcionarle el placer físico
de siempre. Se propone probar de nuevo mañana y, sobre todo, observarse con
atención para determinar si la mengua de placer, en caso de que persista, es
efectiva o si se debe tal vez a que ya está condicionado mentalmente a
sentirla.
*
Se recuerda en la cama, en acción, esta mañana, y apenas se
reconoce. La imagen que de sí mismo forma su memoria inmediata le resulta tan
extraña como la de un desconocido. Sofocado por cuatro jadeos, torpe, lento,
carente de sensualidad, impotente a ratos, incapaz de sentir nada intensamente.
Asco o desapego, no otra cosa siente cuando recuerda esa cita a hora tan
temprana, la breve conversación en el sofá, la subida a la habitación después
de los primeros besos, insípidos. Y luego la claridad en la habitación, que
proyectaba el más cruel contraste sobre la escena oscura de aleatorios abrazos,
de hambre saciada con sórdidas mordidas, de sudores mezclados que manchaban las
sábanas. El único momento cuyo recuerdo no es turbio: cuando, empapado en
sudor, se le ocurrió abrir la ventana como si, inconscientemente, más que dejar
entrar el aire fresco, estuviera intentando hacer salir del dormitorio todas las
impurezas, el vaho pestilente que allí habían formado los dos cuerpos.
*
Al despertar (duerme siempre sin almohada, apoyando un lado
u otro de la cabeza directamente sobre la sábana) ve, a unos centímetros de sus
ojos, una pestaña y un pequeño pelo también curvo, probablemente de una de sus cejas.
Forman, vistos de tan cerca, la curiosa figura de dos arcos uno junto al otro,
pero de distintos tamaños y grosores. Se queda un buen rato contemplando
adormilado esta pequeña escena. Aunque no cree que quiera decir nada (¿por qué
tendría nada que querer decir nada?), le resulta relajante y al mismo tiempo
absurdo quedarse así un buen rato: libre de afanes, de prisas, de trabajos y
hasta de sí mismo.
(Burdeos, julio de 2007)
sábado, 10 de marzo de 2012
LAS RECEPCIONES ILUSORIAS
Sin duda porque no reconoce que su cuerpo ya no es más que un páramo
minado y porque sigue pensando que puede maltratarlo como antaño sin que apenas
se resienta, como un jardín exuberante, tropical, en el que, por mucho que se las
pisotee, las plantas vuelven a brotar sin dilación y sin esfuerzo; sin duda
porque se cree todavía aquel joven profesor que acababa de obtener en un
instituto del norte de la isla su primer destino, el otro día regresó a
aquellos lugares y se sintió extraño. Visitó el hotel en cuyo restaurante había
celebrado con sus compañeros la cena de navidad: escondido entre chalés y solares
preparados para que se levanten en ellos aparatosas urbanizaciones de adosados
unifamiliares, el hotel conservaba su apatía de hacía años, su escaso
atractivo, los salones pomposos y desordenados, las balaustradas mendicantes,
la recepción ilusoria. No logró descubrir en cuál de aquellos salones había
bailado, ya entrada la noche y después de una cena sin demasiados alicientes,
con una de sus compañeras, o con dos, mientras veía a otra de sus compañeras
sentarse en el regazo de uno de sus compañeros, ya ambos completamente beodos,
y comenzar a besarlo. Visitó también el propio instituto, rodeado de unos
antiguos hornos de cal a modo de testimonio de un pasado insólito, de una época
no demasiado lejana en la que todo parecía, sin embargo, remoto,
incomprensible, extraño. La mayoría de sus antiguos compañeros no trabajaba ya allí. Uno
de ellos, incluso, que era, precisamente, uno de los cuatro o cinco con los que
mejor se llevaba, había muerto de un cáncer galopante, con menos de sesenta
años, no hacía demasiado tiempo. Saludó al director, que seguía siéndolo
(y que, extrañamente, apenas había envejecido, como si, en medio de tantos estragos
y cancelaciones del tiempo, hubiera permanecido como el guardián inquebrantable
de aquella época quizá no del todo acabada). Saludó también a un antiguo
compañero de su departamento, el que mejor lo acogió, el que lo guió en aquel
primer año de joven profesor sin experiencia. Su mirada había perdido mucho
brillo. Sus hombros se habían encorvado. No se arrastraba aún por los pasillos
para llegar hasta las aulas, pero se le notaba ya la aterradora visión de su
propia caducidad, de su progresivo marchitamiento en el interior de aquel
instituto de un pueblo costero de una provincia de ultramar. Ninguno de los
alumnos a los que había dado clase continuaba en el instituto. Todos habían
acabado ya su etapa de estudiantes de bachillerato o habían abandonado sus
estudios secundarios. Le sorprendió su dificultad para recordar la mayoría de
los rostros de quienes habían sido sus alumnos. Si exceptuaba a dos o tres con los
que había mantenido algún tipo de enfrentamiento o a unos pocos a quienes se
había encontrado años después en algún lugar (una playa, un aeropuerto, una
discoteca), el resto de sus alumnos había desaparecido de su memoria: no eran
ni siquiera un nombre, ni siquiera un rostro, ni siquiera una voz o unos
modales, sino una masa amorfa a la que recordaba sentada frente a él mientras
hablaba. La cafetería del instituto, situada en una esquina del patio del
recreo, estaba administrada ahora por un matrimonio distinto del de entonces:
la recordaba a ella, una mujer de mediana edad de andares voluptuosos y figura
insinuante; y un poco menos a él, unos años mayor y siempre al acecho. En
aquella cafetería había fumado sus primeros cigarrillos, solo uno cada día
durante los primeros meses. A veces prefería pasar su media hora de recreo sentado
en una terraza de la plaza del pueblo, un lugar acogedor en el que la camarera,
con el paso del tiempo, le servía ya sin preguntarle su barraquito y le
contaba entresijos de su vida de madre soltera poco afortunada en amores. La
plaza no ha cambiado mucho. Sigue siendo uno de sus lugares preferidos en la isla. Sin
embargo, las veces que ha vuelto a sentarse en la terraza ha notado la ausencia
de aquella camarera, el hueco abierto entre su época de joven profesor sin
experiencia y el presente, la imposibilidad de volver a sentir aquel cigarrillo,
el único del día, fumado por su cuerpo joven en las mañanas soleadas, la carga
de todo el peso de la vida que entonces no llevaba consigo, más ligero como era,
más joven, más despreocupado. La casa donde vivió durante aquel curso continúa
existiendo. Era la planta baja de una vivienda cuyos dueños ocupaban la planta
alta. Al detener el coche frente a aquella vivienda, se entremezclaron con ese
instante de inmovilidad algunos recuerdos de entonces, quizá no los más
importantes o los que con más frecuencia habían vuelto a su memoria, sino unos
recuerdos cualesquiera, como entresacados al azar: la escalibada que intentó
preparar un día en el horno y que no resultó del todo comestible; las tortillas
que en alguna ocasión encargaba en el restaurante de enfrente, que ha cambiado
de nombre; la visita de alguien, para una cita a ciegas, a altas horas de la noche
de un sábado y la larga conversación en el salón destinada a eludir lo
ineludible. Acaso hubiera preferido recordar el ruido de las olas que llegaba
lejano hasta su dormitorio los días de mar brava, el retumbar en sordina del
agua contra los acantilados, o el cigarrillo que, unos meses después de empezar
a fumar, reservaba para antes de dormirse, el segundo y último del día, acodado
en el balcón acristalado que daba al valle fresco, a las noches tranquilas,
esos pocos instantes que no acaban de regresar como debieran ahora que ha
parado su coche frente a su vivienda de entonces. Debería arrancar y proseguir
su camino por esas carreteras del norte de la isla, reconocer sin remedio que
su cuerpo no es ya más que un terreno minado en el que en cualquier momento
podría estallar la mina que lo mate y, sin embargo, seguir un poco más, no en
busca de recuerdos y ponzoñas, sino en busca, esta vez, de lo nunca vivido.
lunes, 5 de marzo de 2012
ALARCOMA
Para perro viejo yo, no ellos. Intentaron engañarnos, Alarcoma, pero,
aunque se hayan ido sin pagar, te aseguro que esto no va a quedar así. La
lengua que hablaban no nos resultaba comprensible y, sin embargo, estoy seguro,
pretendían que algún día también nosotros acabáramos hablándola. Lo que
pidieron eran unos vinos, ¿o acaso eran unos vermús de grifo? Los restos
aceitosos del plato en que escupieron las cáscaras de los altramuces no me
permiten discernir, Alarcoma, si a aquellos dos sibilinos clientes que llegaron
a nuestro bar hacia las doce les serviste como aperitivo una —como hubiera sido
lo correcto— o dos raciones de altramuces. Casi siempre te extralimitas, pero
en esta ocasión creo que te has sobredimensionado. Están hablando en rumano, me
susurraste al oído, pero yo escuchaba rudas consonantes eslavas, verbos
búlgaros, giros ucranianos, preposiciones serbias o hasta cosas peores. Otro
cantar es que tú, Alarcoma, estés dispuesto a confundirlo todo y que tu
desconocimiento de las ramas lingüísticas del primitivo indoeuropeo no te
permita distinguir unas familias troncales de otras. Una vez más, estaba casi
seguro, habría que empezar de nuevo. Los barrios en que vivimos, lo sabes, no
están bien comunicados. Te he dado trabajo en mi bar, te he consentido casi
todos tus caprichos —algunos inconfesables—, pero tú sigues rechazando mi amor
y negándote a trasladarte a vivir conmigo en mi casa. Las copas de vino o de
vermú, a saber, apuradas antes de que aquellos dos salieran corriendo del bar,
con sus miradas hoscas, retadoras, en torno a la una de la madrugada,
reflejaron durante un breve instante —un instante precioso— el rayo de luna que
se colaba por la sucia cristalera tornasolada. Tus ojos inquisitivos, Alarcoma,
les dijeron a los míos, contemplativos, que no, que ya estaba bien, que había
que decidirse a poner los puntos sobre las íes y a no dejar títere con cabeza,
es decir, o al menos eso interpreté yo, que alguno de los dos debía salir
corriendo tras ellos para atraparlos y darles su merecido, sobre todo porque,
después de visitar los lavabos del local en cuanto los dos clientes se
esfumaron, habías aprendido que la imaginación no era, como tu limitada mente
creía, una facultad omnipotente, al menos en lo que al sentido del olfato se
refiere. Se habían marchado sin pagar, Alarcoma, tú mismo habías visto su
ojeriza, su repentina desbandada, sus malos modales de eslavos buscavidas:
entonces, ¿qué importancia podía tener que no hubieran tirado de la cisterna, que
toda la cagalera producida probablemente por nuestros altramuces en mal estado hubiera
quedado flotando en el agua que cubría hasta los bordes el inodoro, y que, por
si fuera poco, se hubieran dedicado, acaso como venganza, a restregar en las paredes
de nuestros lavabos los restos de sus apestosas deposiciones? Habían vociferado
delante de nuestras narices su lengua bárbara, su viscoso dialecto no latino (o
su latín corrompido de provincia olvidada, si es verdad, como me dijiste, que
era rumano lo que hablaban); habían flirteado contigo, Alarcoma, que no tuviste reparo alguno en sonreírles, coqueto, y en servirles un vino tras otro,
¿o es que eran vermús de grifo, desgraciado?; habían guiñado sus rasgados ojos
lascivos a algunos de nuestros más reputados clientes, quiero decir a algunas
de nuestras clientas más putas, y, para más inri, incluso habían estado
manoseándose mutuamente las respectivas entrepiernas a modo de provocación
dirigida a incautos ignorantes como tú, Alarcoma. Y ahora, dime, ¿tengo que ser
yo quien les limpie la mierda que han dejado en los servicios de nuestro bar
para que tú salgas tras ellos, no a darles la paliza que se merecen —que para algo
te pagué las clases de kickboxing—, sino a pedirles, seguro, sus números de teléfono?
Ni hablar, Alarcoma: esos lavabos vas a limpiarlos ahora mismo tú, bonito.
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