martes, 10 de abril de 2012

POR QUÉ LA POESÍA (NOTAS POLVORIENTAS —Y MUY POCO EXHAUSTIVAS— QUE PONGO AQUÍ A REMOZAR)

Porque una vez, de niño, jugué a dar grandes saltos entre las piedras que formaban una especie de sendero en uno de esos estanques que se construyen como adorno de los paseos turísticos. Y cuando saltaba temía caerme al agua. Y pensaba que el agua era profunda. Pero, aun así, saltaba.

Porque a veces, cuando me siento en el sillón después de un día de trabajo duro e inútil, se desmorona la pila de libros y cuadernos que he ido amontonando sin criterio. Y entonces leo un título que tenía olvidado. Y recuerdo. O aparece una página que escribí para nadie.

Porque el sueño no llega, muchas veces, y la noche abre manos que sólo se aplacan sobre un papel en blanco.

Porque sí.

Porque me he desvelado tantas veces, vencido en combates que nunca empiezo yo, empapado en un sudor espeso, y cuando abro los ojos no encuentro sino restos de imágenes que buscan un sentido, un orden nuevo, distinto del que una vez tuvieron cuando estaban completas o unidas o intactas. Y todo fluctúa entonces. Y me desvelo y apenas si pregunto porque sé que no dormiré más.

Porque ya no estás y tal vez nunca estuviste.

Porque temo dormirme y no despertar nunca.

Porque me levanto aún casi dormido y las palabras me ayudan a ir atravesando el día, esa fatiga, deslavazada quimera.

Porque nadie encendía las lámparas y en los bordes del camino se abría un abismo para el que no tenía alas.

Porque llovía. Y yo andaba por la acera de aquel parque sin paraguas. Los castaños de Indias, empapados, no me protegían. Deseé que no dejara nunca de llover, y que la lluvia me empapara aún más que a ellos.

Porque el amor es frágil y nunca sabemos si acaba de nacer o está empezando a morir.

Porque cada vez que volvía —pero, ¿adónde?— quería saber por qué había vuelto, dónde había estado, quién me estaba esperando aquí y quién se quedaba esperándome allá, lo que había aprendido y lo que había olvidado.

Porque las tardes pasan en silencio y al alargar las manos toco un viento muy frío que parece haber estado ahí desde siempre. Los dedos se agarrotan y olvidan la caricia ensayada en las horas de insomnio.

Porque no es mía la noche, sino de quien me la ha arrebatado. Oigo sus pasos que se alejan, el llanto que queda enredado en las entretelas de mi sueño. Respiro apenas, como si hubiera olvidado el modo de hacerlo. El arrebato.

Porque hay cabelleras en las que introducir nuestras manos sería como perderse en un bosque de algas o en una cascada de agua tibia; cabelleras casi adolescentes que ostentan jóvenes de miradas perdidas una vez que se han sentado en su asiento de la guagua que los llevará hasta la universidad; cabelleras inaccesibles aunque bastaría estirar el brazo para tocarlas y deslizarse por su interior, ese mundo que sólo podemos imaginar con nuestras pobres y lejanas palabras.

Porque hoy, en un sencillo tren de cercanías, recordé trenes de hace años, recorridos de noches enteras en un compartimento, balanceado mi cuerpo por el traqueteo constante, atraído por cuerpos ajenos que descansaban a mi lado, y recordé también algunos paisajes que veía desde las ventanas, árboles y lagos, pueblos y bosques, periferias y ovejas, y sobre todo el asombro de ver lo que nunca había visto, lo que nunca volvería a ver.

Porque hay sueños fálicos en los que, con la electricidad de una serpiente, otro cuerpo visita nuestro cuerpo, se apodera de él y hace que salgamos adonde no somos ya nosotros, a una pradera de sentidos distintos e inflamados. Como si entráramos de pronto en otro cuerpo que contuviera al nuestro a su vez. Y esos sueños, acaso, son rastros de los instantes más plenos de la vida, que, perdidos, regresan de vez en cuando a nuestras noches sedientas.

Porque el rostro de alguien a quien amé no tiene ya piel, no está formado ya por carne acariciable, por poros rebosantes de sudor en las tórridas noches en que nos cabalgábamos, jinete y montura intercambiables, el uno al otro; porque ese rostro existe ya sólo en forma de píxeles que brillan rodeados por un marco azulado en una ventana de la pantalla de mi ordenador. Y en un poema, aunque no recobre la carne, puedo engañarme al creer que ese rostro, al menos, logra ser evocado como el rostro auténtico que fue.

Porque después o más allá de cualquier dolor fingido puede abrirse en nosotros, como un arado que hiere la piel de la tierra, el dolor verdadero. Y las semillas que deja corren por la sangre hasta llegar al corazón. Y entonces a este sólo le cumple cantar o morir.

2 comentarios:

  1. "El mundo es feo y la gente está triste", por eso la poesía. La poesía es la prueba de que la vida no es suficiente, etc., etc. Hay tantas razones como poemas y poetas.

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  2. O la gente es fea y el mundo está triste, lo cual quizá es aún peor, mi querido Iván. Gracias por tus comentarios, con los que siempre aprendo. Un abrazo.

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