lunes, 2 de abril de 2012

RELATO PARA UN PREMIO

En recuerdo de Paco Vidarte

En su famoso pero no por ello menos desconocido diario Samuel Pepys logra la extraña proeza de consignar durante miles de páginas, con todo detalle, los intríngulis más escondidos de su vida íntima, a la vez que, sorprendentemente, consigue rescatarla de su nadería y progresivo derrumbamiento para elevarla a la mayor intensidad, obteniendo así el milagro de que cualquier lector común, y no sólo los grises estudiosos de su obra, se encandile y progrese sin pausa, y con asombro cada vez mayor, en la lectura de ese simple e inagotable registro de banalidades rococós. ¡Bravo por Samuel Pepys! Cualquier otro (y yo el primero) fracasaría relatando sus visitas de cortesía, sus bailes de salón, sus molestos insomnios, sus envidias, sus planes, sus escapadas nocturnas por un Londres de hechizo, sus besos, sus ardides, sus gotas y sus gripes. Y no sólo porque quizás para cualquier otro la vida auténtica se compone, presuntamente, de escenas más trascendentales, de verdades más hondas, sino porque relatar lo vivido con la misma intensidad con que se lo vivió no deja de ser una excepción al alcance de unos pocos en un mundo que ha dado excelentes narradores que no viven o fascinantes vividores que no saben narrar. (Mucho más abundantes, claro está, los segundos que los primeros.) Si los señores miembros del jurado (sí, debo confesarlo ya: escribo este relato para presentarlo a un premio y ganarme, con suerte, unos cuantos eurillos sin apenas esfuerzo) fueran un poco inteligentes (y estoy seguro de que, si no todos lo son, al menos sí que todos pretenden serlo, lo que ya es algo), sabrían acaso distinguir entre las palabras que nacen del corazón de la vida y las que nacen ya contaminadas de impostura. ¿Ganaría hoy Samuel Pepys un premio? Tal vez diría, emulando a Bartleby, que preferiría no hacerlo, consciente de que el juicio emitido por unos señores convocados por un ayuntamiento, por una diputación, por un banco, por una caja de ahorros o por un ateneo de provincias no puede sino corromper el carácter sagrado (¡y alado, y alado!) de la literatura, del arte. Porque, ¿qué reciben esos cuatro o cinco jueces de pacotilla a cambio de leer, hojear o simplemente desechar sin leer ni hojear manuscritos que, en su mayoría, es cierto, no son sino obras de aficionados sin talento alguno, si es que su trabajo no se limita a proponer y defender a veces acaloradamente el nombre del amigo, protegido o protector que llevan in pectore y al que han prometido conceder el premio? Contrapartidas hay, sin duda, y de varios tipos: suculentos honorarios, almuerzos o cenas en hoteles de más o menos lujo, prestigio en los medios culturales e incluso dádivas que pueden consistir en un futuro premio que su actual premiado luchará para concederles o en parte del botín, digamos mil euros de los seis mil que obtuvo el ganador. Samuel Peyps no hubiera luchado contra este estado de cosas: se hubiera limitado, después de vomitar, a constatarlo, a registrarlo con pelos y señales en su diario. Pero dejemos a Pepys, no lo mezclemos más con nuestras mezquindades posmodernas. Hablemos de nosotros: de mí, por ejemplo, que estoy escribiendo este relato unos días antes de que termine el plazo de entrega que figura en las bases del premio. Desde luego, no soy uno de esos individuos (no se me ocurre otra palabra) que han asistido una o dos veces en su vida a un taller de escritura y se dedican, mimetizando las técnicas que su profesor mimetizó a su vez de escritores de segunda fila, a redactar ejercicios escolares, correctamente escritos tal vez, para enviarlos al mayor número posible de concursos por ver si salta la liebre. (¡Y lo asombroso es que salta, y con cuánta frecuencia!) No: yo no he aprendido a escribir. Tampoco voy a decir que haya nacido sabiendo, porque ni siquiera sé si sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que si alguna vez escribiera algo que creyera digno de ser leído ante Apolo y su cuadrilla de musas, y capaz de arrancarles, si no un aplauso de sus etéreas manos, sí al menos una breve sonrisa de sus rostros dorados, no tendría la desvergüenza de presentarlo a un premio literario (sintagma, ahora que lo escribo, absurdo e incluso oneroso). Hasta que eso ocurra, desde luego, no podré hacer otra cosa que presentarme una y otra vez a los innumerables premios que ofrecen nuestras instituciones para demostrar, si algún jurado me otorga su benevolencia (lo que hasta ahora nunca ha ocurrido: y cruzo los dedos) que la frecuentación de talleres y cursos de creación literaria no es la única vía para ganar premios literarios; que acaso también la soledad y el desamparo, como en el caso de Pepys (y se ve que no logro quitármelo de la cabeza), o la pasión, la ingenuidad y la vida, como en tantos otros escritores que no nombro para no ser acusado de erudito o sabihondo, pueden conducir a obtener la pálida gloria de un premio menor (aunque menores son todos). ¿No es mejor descubrir uno mismo a quién imitar, qué recursos aplicar para obtener determinados efectos, qué léxico usar en relación con el tema que se trata, o con el subgénero adoptado, no es mejor, digo, este aprendizaje autónomo, incluso gozoso a veces, que los turbios consejos de un narrador de cuarta o quinta fila que se ha visto abocado, por su definitiva falta de talento o por cualquier otro asunto igual de turbio, a hacer de la enseñanza en talleres presenciales o en cursillos online el ganapán que le permita no sólo sobrevivir, sino pagarse también regularmente putas y chaperos, por poner un ejemplo? Así, si me equivoco, me atribuyo a mí mismo los errores. Si empleo una palabra altisonante o inadecuada, sé que lo hice porque asumía un riesgo, y si me enredé en un período sintáctico insoluble, gozaré de la luz que me espere al final de tan oscuro túnel. Seré yo quien escriba, aunque lo haga mal, será mi propio rostro el que refleje el cristal de las palabras, y me divertiré azotando el ceño fruncido de esos lectores ociosos, bien pagados, que me leen ahora a la fuerza como miembros del jurado de turno, con anfibologías, quiasmos, exabruptos, sutilezas acaso inaccesibles para sus mentes embotadas tras la lectura de ochenta o noventa manuscritos. Podría dedicarle incluso una lindeza a cada uno de los ¿cuatro? ¿cinco? cofrades reunidos esta tarde (ahora, ahora mismo que vuelven a leerme, si he logrado llegar a la final) para emitir sus juicios a falta de otras diversiones más enérgicas, más sensuales, decrépitos catedráticos de universidad, poetas laureados, narradores de renombre que no han escrito en su vida una sola línea transgresora, críticos implacables con todos excepto consigo mismos o benévolos tan sólo con sus amigos, periodistas poderosos reciclados en autores de blogs casi infumables o concejales de cultura que en sus noches de domingo se duermen leyendo el último superventas. ¿Falta alguien? Falta el relato, dirán ellos, ustedes, convencidos de que no hay relato sin narración, sin historia, sin acontecimientos o anécdotas, sin personajes, sin espacios, sin tiempos. Tienen razón, claro: pero aquí estoy yo, personaje de mí mismo, y ellos, ustedes, sombras que el relato proyecta y que acabarán devorándolo, sumiéndolo en la nada (léase: dejándolo sin premio); el espacio es la página que nos convoca y nos reúne: nuestra balsa de náufragos en medio del mar intrascendente que nos rodea; el tiempo, ya lo dije, es el ahora, diverso y compartido a la vez, un tiempo que a ellos, mis jueces, les procura prebendas, dádivas, honores, y que a mí me concede tan sólo el efímero goce de escribir; y la trama, el tejido, la urdimbre de los hechos está clara: un hombre habla, otros le escuchan (para eso les pagan); unos dedican sus tardes a entretenerse y ligar en talleres de escritura, otros a luchar contra lo que no tiene nombre, lo insondable, el vacío; Samuel Pepys escribe cada día en su diario lo que vive y quienes no son Samuel Pepys leen una o dos veces al mes los manuscritos que otros, casi siempre aprendices, envían por quintuplicado a premios y concursos. ¿Que todo esto no conforma un relato? ¿Quién dictamina lo que es o no es un relato? Mientras escribo están ocurriendo numerosos sucesos, incidentes menores o mayores, comunes o insólitos, tranquilos o violentos, claros o ambiguos, pero, ¿podría un relato contenerlos a todos, reunirlos, trenzarlos, auscultarlos, descubrir su sentido? Aunque fuera posible (nada hay imposible para los que creen o esperan), yo prefiero contar apenas nada, o contar para mantener a raya la nada: decir, por ejemplo, que hace una semana falleció un amigo mío, pensador, escritor, con treinta y siete años (uno más que yo), a causa de un linfoma, y que antes de morir escribió un libro sincero, arriesgado, doloroso, intenso, un libro en el que pide que actuemos, que resistamos con todas nuestras fuerzas a la tentación de transigir, de amoldarse al dictamen de la mayoría. Es un libro valiente, escrito a trompicones, sin ninguna voluntad de estilo, sin talleres literarios a sus espaldas, pero auténtico, entrañable, necesario. Una bofetada de doscientas páginas, de esas que despiertan cariñosamente a alguien que dormita. Y una así, aunque algo más sonora, me gustaría a mí estamparle en plena cara a cada uno de ustedes, señores miembros del jurado, que ahora mismo, en lugar de estar leyendo, por ejemplo, ese libro, pierden su tiempo juzgando esta basura que he escrito. 

2 comentarios:

  1. Lo siento, Rafa, pero creo que no van a darte el premio, sobre todo porque el premio ya está dado y nadie ha leído los relatos (entre ellos el tuyo) que aspiraban a ganarlo. Saludos.

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  2. Jajaja. Nadie encendía las lámparas... nadie leyó los relatos. Nadie convocó el premio (creo que ya está ocurriendo, sobre todo con los de nuestras beneméritas cajas de ahorros) y nadie formó parte del jurado. Quizá a la literatura le fuera mejor con más nadies y menos álguienes... Un fuerte abrazo, amigo Iván.

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