viernes, 6 de julio de 2012

TARDE METÁLICA

Bajo a la ciudad y me compro un cuaderno. Las tinajas siguen donde siempre. Al gran hotel le han maquillado las fachadas y, es de suponer, le han revestido las entrañas de algún tipo de piedra extraída de canteras situadas en montañas protegidas por la ley.

Promete ser una tarde metálica, pues me dirijo a la inauguración de una exposición titulada Metales. Me intriga saber si se trata de metales pintados o de pinturas metalizadas. Por lo pronto, el nombre de la artista es prometedor: Maribel Nazco.

En el cuaderno escribiré lo que sigue. Unos apuntes como quien no quiere la cosa. Para no aburrirme demasiado mientras me tomo un barraquito en una terraza de la calle San José.

En la zona de chabolas ─o vestigios de chabolas─ que rodea el hotel, un barrio que algunos llaman Las Lavanderas, exactamente en una calle sin salida que desemboca en medio del barranco, unos pánfilos musculados estaban jugando a un deporte precursor del fútbol local y que consiste en emitir unos sonidos caprinos cada vez que se toca con los pies un balón del tamaño de un cráneo humano.

Al apuesto camarero que atiende en la terraza podría contarle, si me atreviera a darle conversación, lo que sé de la ciudad, de esta misma ciudad en la que ahora estamos aunque él no estuviera ─lo intuyo─ cuando estuve yo y yo solo esté de paso ahora que él vive aquí. Poco más podría contarle, teniendo en cuenta la diferencia de edad, el desconocimiento mutuo, mi incapacidad para avanzar temáticamente en las conversaciones y su aparente curiosidad por el mundo que lo rodea.

Al menos dos bares he visto ya con las persianas de metal bajadas hasta la mitad, como si estuvieran abriendo o cerrando en ese momento, supongo que para evitar que entre calor desde la calle.

Escucho ciertas voces masculinas genuinamente canarias que discuten alrededor de unos cubatas. Son las voces de tres presuntos padres de familia de edad avanzada. Voces gangosas ─iba a decir fangosas, cascadas por el tabaco y la bebida. Voces cavernosas escuchadas en esta gruta al aire libre que es la parte baja de la ciudad.

El templo masónico ─me animo a hacer un poco de turismo─ continúa cerrado, cada vez más ruinoso, sin placa alguna que lo identifique, encajonado entre edificios de viviendas multicolores quizá promocionadas por el primo o el hermano del alcalde anterior. Un templo más a la orilla del olvido. (Un día el actual alcalde ordenará demolerlo por la noche y al día siguiente nadie se dará cuenta de su ausencia.)

Peluquerías donde hubo restaurantes. Farmacias de diseño donde hubo tiendas de enmarcado de cuadros. Franquicias de asesoramiento de dietas eficaces donde hubo videoclubs o merenderos. Y todo vacío, a la espera de los clientes para los que se pensaron estos establecimientos que pasado mañana tendrán que ser desmantelados porque el mercado ha cambiado o porque triunfó la competencia.

La pareja formada por el escritor de inminente renombre y el cuarentón de aspecto siempre juvenil que lleva más de veinte años frecuentando sin pretensiones lo más chic de lo chic de la noche chicharrera.

La sensación de estar en una ciudad que se parece a otra nunca visitada, una ciudad rioplatense, pero con un desfase de décadas entre una y otra, como si el tiempo hubiera pasado aquí de otro modo o como si los desajustes se debieran no tanto al desorden de los tiempos como a la desquiciada visión de quien no es bienvenido a pesar de haber sido invitado.

Flamboyanes en las plazas, moscas en los bares. Las flores rojas conforman tras caer alfombras de ensueño en rotondas acondicionadas con bancos y columpios para solaz de las familias biempensantes. Las moscas se posan en las orejas de los borrachos tragaperras de los bares.

No hay demasiados poetas en la inauguración de Metales. Algún crítico de arte abotargado, pulcro y relamido a quien tuve que dejar de leer porque perdió por completo el criterio, es decir, la capacidad de discernir entre lo mediocre y lo brillante. Como no hay apenas poetas, pocos, si no ninguno, serán mañana los artículos sesudos que reflexionen en la prensa local sobre la metálica intriga de esta exposición: ¿cuadros hechos con metales o metales pintados? Yo no la he visto con demasiada paciencia y prefiero no opinar. Me gustaron más, eso sí lo diré, algunos cuadros en los que los metales buscaban sus orígenes terrestres hasta llegar a parecerse a una colada de lava ya fría que otros en los que los metales se erizaban intentando imitar la rozadura de dos cuerpos.  

El cuaderno ha cumplido su misión. Lo mejor sería arrancar las páginas en blanco, casi todas. Y, de paso, también las escritas. Pero no: sentimos la recalcitrante necesidad de decir y de decirnos. No sabemos simplemente dejarnos decir ─o dejar de decirnos.  

sábado, 16 de junio de 2012

ARGUAMUL

Quienes nunca hayan estado en Arguamul quizá no consigan imaginarse bien lo que quisiera describir aquí. (Quien ha estado en un lugar posee la arrogancia de una certeza: la certeza de haber estado en un lugar; quien ha estado en un lugar apartado posee, además, la arrogancia de una singularidad: la singularidad de haber estado en un lugar apartado. Cualquiera de estas dos arrogancias, me parece, es perfectamente disculpable.) Haré todo lo posible por canalizar los torrentes de imágenes que me ofrece mi abundante recuerdo en pinceladas accesibles, pues de otro modo estaría abusando de la imaginación y la paciencia del incauto lector. Me esmeraré en trasladar a las palabras una cierta sensación de apartamiento, quizá recurriendo a símiles o tropos un tanto exagerados pero justamente por ello, así lo espero, eficaces.

Para llegar a Arguamul debe conducirse, después de dejar la carretera dorsal de la isla, por un laberinto de pistas de tierra que concluye abruptamente y da paso a lo que podría denominarse un simple camino de cabras. Se deja el coche arrimado a un borde del barranco y se echa a andar con el mapa en la mano durante kilómetros en lo que a partir de entonces parece casi una isla desierta. La soledad retumba bajo los pies. Se suda solo para aplacar la sed de un viento racheado que sube por los costados del barranco. Se orina después de un par de horas sobre una tierra verdosa que acoge la deposición como parte del riego celeste que da vida a los numerosos bosques de palmeras.

Se sigue caminando hasta que se atraviesa un grupo de casas de barro en las que viven unos jipis alemanes que parecen drogados con leche de tabaiba. Una niña cuelga de los brazos de su supuesta madre y mira al caminante con unos ojos que no contienen traza alguna de desamparo sino, más bien, visiones impenetrables de la tierra nutricia. Vale más atravesar deprisa esas casas, pues no se sabe quién más habita en ellas, si algún patriarca desmemoriado o loco o si alguna antigua bruja lugareña contratada por los jipis para confeccionar brebajes de tomo y lomo.

Quienes nunca hayan estado en Arguamul, ya lo avisé al principio, tendrán dificultades para sentir que lo que digo pueda ser el comienzo o el final de una vivencia auténtica. Aseguro, sin embargo, a quienes desconfíen por ignorancia o por costumbre que hago todo lo posible por no alejarme ni un ápice de la sacrosanta veracidad de la experiencia. Así, cuando volví la vista, ya estaban lejos las casas de los jipis y me encontraba en lo alto de un promontorio casi antediluviano que atesoraba, al parecer, más de una cueva natural quizá hasta no muchos años atrás habitada. Sin embargo, mi destino era la playa de Arguamul y todo lo que me distrajese de él debía ser desechado, ya fueran cuevas de guanches o casas de mugrientos jipis alemanes.

Desde el promontorio antedicho contemplé la playa de Arguamul extendida a lo lejos. Pude haber detenido allí mi periplo, pues ver a lo lejos no es menos (o es incluso a veces más) que pisar de cerca, sobre todo si hay que seguir caminando un par de kilómetros para llegar a una monótona playa de pedruscos perdida en una isla que parece estar durmiendo una siesta perpetua. Por alguna razón, supe que debía bajar hasta la orilla, descalzarme y sentir en mi piel aquel solitario mar de Arguamul. Quizá lo supe entonces porque sospechaba que un día querría hablar de ello con conocimiento de causa, es decir, con la seguridad que da la constatación de unos hechos vividos y depositados para siempre en la alcancía del recuerdo.

Quienes no hayan estado nunca en Arguamul podrán quizá decir que estuvieron un día allí después de leer estas palabras mías que serán para ellos el sustituto de la vida, la prótesis de una experiencia de la que siempre carecieron, el simulacro de una memoria en blanco. Así que prosigamos. Qué podría decir de ese momento único, extático, en que pisé la playa de Arguamul. En kilómetros a la redonda, no solo si miraba hacia el bendito horizonte, sino también si recreaba la vista en las alturas boscosas o en el agreste y caprichoso dédalo de roques diseminados a lo largo de los acantilados, no se veía ni un alma. Yo era allí una especie de náufrago salvado en el mismo momento en el que había naufragado. No sabía qué hacer con mi cuerpo, pues los juegos solitarios son bastante aburridos cuando no hay ni siquiera la posibilidad de un espectador escondido al acecho. Cumplí el ritual de descalzarme y dejar que unas olas mansas como corderos bíblicos lamieran mis pies llenos de llagas. Lo confesaré, sí: me desnudé, pero no me bañé, no me creí digno de tanta perfección, de tanta inmensidad. Me daba miedo profanar aquel mar con mi cuerpo sucio en todos los sentidos. Verán: quería que Arguamul siguiera siendo para mí un santuario, un lugar intacto al que peregrinar a partir de entonces al menos en mi imaginación. Y para defenderlo de mis ansias posesivas tuve que abandonarlo rápido, no recrearme demasiado en él, regresar por el mismo camino hasta las casas de los jipis y luego hasta el coche de alquiler arrimado al borde del barranco. Tuve que renunciar a él para poder volver siempre a él.

Quienes no hayan estado en Arguamul no sabrán nunca, y bien que lo siento por ellos, cómo es de verdad Arguamul, qué puede dejarse y qué no puede dejarse allí, qué nos regala y qué nos roba, qué nos pregunta y qué no nos responde, cuánto se pierde, cuánto se deja de ganar allí.  

domingo, 10 de junio de 2012

EL BULEVAR

Lo han llamado mucho tiempo después el bulevar del faro, seguramente porque el término francés le garantiza mucho más glamur que palabras de nuestro idioma como “avenida” o “paseo” a la zona de perfumerías, restaurantes, tiendas de ropa y discotecas que se ha creado en torno a un faro que poco tiene ya, al parecer, del aislamiento de antaño. Unos amigos me hablaron de un artista que lo pintó hace unas décadas, una y otra vez, como un verdadero faro obsesivo, totémico, en la lejanía de una de las puntas perdidas de la isla. El pintor fallecería luego en accidente de tráfico —y sus obras quedarían no solo como las huellas de otro tiempo más auténtico o esperanzado que el nuestro, sino como testimonios de una mirada intensa y deslumbrada. Imagino que quienes recuerden ese faro de otro tiempo no sabrán decidir si el proceso de rehabilitación consistió en un mero revoque del material original o en una reconstrucción completa desde sus cimientos. El faro erigido allí, en cualquier caso, se ha convertido en un símbolo de la prosperidad turística de la zona. Cada tarde llegan al bulevar decenas de autocares cargados de rubicundos tentetiesos nórdicos que son depositados junto a sus cónyuges en las aceras por las que se accede a la relumbrante avenida costera. No recuerdo qué hacía yo aquella tarde en que vi descender de uno de esos autocares al suizo. Enseguida me llamó la atención su aspecto de escritor de tercera fila, su delgadez enfermiza, sus lentes redondas a lo Hermann Hesse, su tiesura. Muy pronto se separó del grupo con el que había venido e hizo gala de una curiosidad solitaria que lo llevó a alejarse cada vez más de los paseos centrales y a adentrarse, después de media hora, en un palmeral desde el que se veía el faro ya muy desdibujado y que yo conocía por otras visitas en pos de otros curiosos como aquel. No se percató de mi presencia hasta que me aposté a la distancia de un par de palmeras y apoyé mi espalda contra el tronco de una de ellas, que emitió un ligero crujido. Me pareció sentir que no se asustó y que, por el contrario, agradeció la compañía que con mi aparición allí se le brindaba. No tardó en acercarse. Para entonces yo ya me había quitado la camiseta y exhibía como un reclamo que sabía infalible mi torso de descendiente de antiguos esclavos africanos trasladados a Cuba. Recordé, no sé por qué, unos versos del prócer José Martí en los que hablaba de un paseo por la jungla en compañía de una de sus damas. No sé si me identifiqué en ese momento con el héroe o con la puta, pero lo cierto es que la conversación que, en un inglés medianamente correcto, reforzó mis sentimientos patrióticos, me devolvió perdidos sones cubanos, intensificó mi nostalgia de la isla y, de resultas de tanto sentimiento incontrolable, acepté la proposición de acompañar al turista a su apartamento. Le ahorraré al paciente lector los detalles de mis andanzas patrióticas. El suizo se congestionaba, sudaba como un pollo, dulcificaba su dicción a cada una de mis embestidas y ejecutaba unos extraños movimientos encadenados que me hicieron pensar que quizá en su juventud hubiera practicado el ballet. Cuando terminamos la faena en el dormitorio salimos a un balconcito que daba al bulevar y allí, arropados por una brisa que yo hubiera preferido menos cálida, nos fumamos unos cigarrillos mientras contemplábamos el atardecer. El suizo me propuso que me quedara con él unos días. Yo dejé que mi mirada vagara por el horizonte durante un par de segundos antes de contestarle. Recordé la bala perdida que mató a Martí. No sabía si me estaba internando en terrenos pantanosos o si, después de mucho tiempo, se me brindaba una oportunidad de prosperar. El suizo entró en el apartamento y, al cabo de unos minutos, volvió con un par de billetes de doscientos euros en la mano. Los colocó sobre la mesa, junto al cenicero, y me dijo que serían míos —en aquel momento me pareció ver cuatro, pero luego supe que eran cinco— si me quedaba unos días con él y continuaba cumpliendo con mis deberes patrióticos (traduzco a un lenguaje honesto lo que él me espetó con términos soeces). Me está comprando, recuerdo que pensé. Este suizo asqueroso se cree que puede encerrarme aquí unos días con cuatro cochinos billetes de doscientos euros. Ni aunque me pagara uno de esos billetes por cada una de las arrugas que he tenido que sufrirle hace un rato me quedaría yo aquí. Le dije que se equivocaba conmigo, que yo era una persona trabajadora e independiente y que la cantidad que había en ese mismo momento sobre la mesa era el precio del servicio de lujo que acababa de prestarle. Me miró como un basilisco entre sus ridículos cristalitos empañados. Se alteró. Gritó como un condenado. Me dijo que me marchara, que nuestra relación había terminado. Yo entré con dignidad en el salón para dirigirme hacia la puerta. Sabía que estaba traicionando a mi patria, que el suizo estaba a punto de burlarse de mi ingenuidad y de mi entrega. Le pedí que me diera al menos uno de aquellos billetes. Se negó. Entonces lo abofeteé, ni siquiera demasiado fuerte, y cayó al suelo. Desde allí se puso a patalear, a darles patadas a los muebles, una patada a la mesa, otra al sofá, otra a la estantería. El espectáculo era bochornoso. Lo agarré del pelo y le zumbé otra bofetada que lo dejó seminconsciente. Se dedicó a gemir y a contonearse como si estuviera representando algún paso de El lago de los cisnes en el Zúrich de la posguerra. Le di un tercer golpe, aunque esta vez con el puño, que lo dejó inmóvil y en silencio. Me acerqué hasta la mesa del balcón y recogí los billetes. Cuando salí a la calle ya era casi de noche y en el bulevar solo quedaban unos pocos grupos que regresaban a sus autocares después de cenar. El faro, cuya luz ya no es más que parte de un decorado comercial, parecía señalarme un camino en la noche.

sábado, 2 de junio de 2012

EL BOTARATE

Para Miguel Pérez Alvarado


1

Cuando algunos amigos me preguntan (una de tantas preguntas a las que no se puede responder) si echo de menos las islas, si no me falta el mar, si sobrevivo en el secano de una ciudad sin mar, en esa lejanía del mar que está a tantos kilómetros que incluso a la memoria le cuesta a veces trabajo recordarlo, esbozo una sonrisa y no sé qué contestarles. El mar que se pierde, les digo a unos pocos, no se recupera nunca. El mar al que se regresa, me lanzo, presocrático, a creer, no es nunca el mismo mar. El mar tenebroso atesorado dentro, en los vericuetos de quien lo recuerda a su pesar, no es más que una tiniebla sin rayo que la cruce. Si van un poco más allá, a veces no solo algunos amigos sino también meros conocidos o recién conocidos, y me plantean la socorrida ecuación que identifica el acto de escribir con la pasividad de la nostalgia, me exalto un poco y les respondo que no se escribe nunca para recuperar nada, que no hay nunca nada que recuperar y que lo único que se consigue escribiendo es alejar por un rato el aburrimiento cotidiano. Así, con este exabrupto, los mantengo a distancia. Pues quien mucho curiosea acaba como la mayoría de los gatos: saltando a la desesperada a su siguiente vida. Quizá haya en mi respuesta una pequeña parte de verdad. Escribir puede ser una protección contra el aburrimiento o también, a veces, el acto más aburrido del mundo. ¿No se escribe siempre a falta de algo mejor? A ver quién es el guapo (escritor) que no preferiría estar bañándose en una de esas calas rodeadas de rocas caprichosas moldeadas por el viento antes que inclinado y destrozándose la espalda mientras escribe unas frases casi siempre obsoletas que no van a leerle, si acaso, más que un par de amigos compasivos. Y quien dice bañándose dice también refocilándose en cualquier situación placentera imaginable. Escribir no es en el fondo más que traicionarse a sí mismo. Así que esas monsergas de que debería escribirse arrodillado como quien reza ante un altar o que con la escritura se salva y se celebra para siempre la realidad que se escapa o, incluso, que a través de la escritura alcanzamos cierto estado de conocimiento superior que nos permite tomar mayor conciencia de nosotros mismos, en fin: no son más que eso, monsergas, componendas para no tener que reconocer la verdad del asunto. Desde luego, de cara a la galería (a la galería de uno mismo), suenan maravillosamente bien todas esas loables misiones de la escritura. En realidad, se escribe porque uno no ha sido capaz de vivir como la vida manda.

2

Por eso no es más que una aberración ver a ese escritor, que puede ser uno mismo, sentarse al atardecer en una terraza del paseo, a la altura de la calle Portugal, y sacar un cuaderno. La imagen revela todo su patetismo cuando al cuaderno se le agrega un bolígrafo con el que el escritor comienza a arañar una de las hojas. Acaba de salir de un establecimiento masculino situado en la calle Portugal y ha decidido disfrutar del contraste entre el aire viciado de esa gruta posmoderna y la brisa marina que sopla desde el mar. Como se siente una especie de botarate que pierde su tiempo en esfuerzos casi siempre infructuosos por intercambiar un poco de placer momentáneo con otros individuos, decide investirse de su personalidad provechosa, es decir, tener al alcance el cuaderno y el bolígrafo con los que se redimirá de tanta miseria. Veámoslo cómo primero recorre con la mirada la playa en el atardecer, cuenta los pocos bañistas que aún resisten, se demora en algún gesto o en alguna postura, continúa hasta el final de la playa y percibe, a lo lejos, el fastuoso auditorio, regresa repasando la fila de edificios de variadas alturas que constituyen la primera línea del paseo, atrapa un instante a alguno de los paseantes, gente solitaria, parejas, grupos, jóvenes en camisetas de asillas, corredores, familias que conversan tomándose un helado. Regresa con la mirada a su cuaderno y escribe. Ha elegido una terraza poco asocada y, por lo tanto, poco concurrida. Su figura solitaria es triste, sentado allí como el último y ya casi trastornado defensor de un puesto fronterizo, su cerveza a medio beber en una mano y el bolígrafo pensativo en la otra, apartado del verdadero transcurso de la vida, de las conversaciones y de los paseos, de las callejuelas que llevan al centro de la ciudad y de los balcones desde donde quienes han decidido vivir plenamente contemplan por un instante, mientras preparan la cena, a los últimos chicuelos subidos a la barra. No se sabe qué escribe. Quisiera, acaso, ser capaz de interrogarse por su propia vida, enunciarse a sí mismo los problemas que arrastra, dibujar, si hace falta, sus deformidades, sus carencias, todo ese lado monstruoso que aflora, por ejemplo, en el establecimiento de la calle Portugal. Pero, por alguna razón, da numerosos rodeos, evita ciertos términos, se traza un plan en el que apenas cabe una parte de su vida y termina escribiendo una especie de poema breve y estilizado que podría leerse como un mantra o una letanía. La playa empieza a vaciarse. El paseo se extiende a lo largo de kilómetros como una serpentina repleta de lugares, rincones, tiendas, casas, placitas, bancos, miradores que él casi se conoce de memoria. Arranca la página escrita del cuaderno y hace con ella una bolita que guarda en el bolsillo derecho del pantalón. Está de nuevo frente a una página en blanco. Lo conmueve la brisa, esa brisa racheada que parece desprenderse del mar y que lo envuelve como si quisiera encerrarlo, a él solo, en una burbuja que le permita mirar la realidad sin tener que participar en ella. Intenta no pensar en el final de ese instante, en el momento en que tendrá que pagar lo consumido y regresar al coche, aparcado en la misma calle Portugal, para atravesar la ciudad y dirigirse, por autopista, al pueblo donde vive. Guarda el cuaderno en la mochila y el bolígrafo en el bolsillo izquierdo del pantalón. Aún le queda un poco de cerveza. Se queda un poco más contemplando las montañas de la costa norte de la isla, ya difuminadas. Aprovecha el único momento sin brisa para marcharse.

miércoles, 30 de mayo de 2012

LA CAMISA

Es una camisa a cuadros negros y rojos. De esas que uno se compra pensando que le quedarán bien —y, de hecho, en el espejo del probador del establecimiento, cuando uno se la está probando, se ve elegante con ella— y luego, con el paso del tiempo, son apartadas, uno las rehúye y se lo piensa diez veces antes de ponérsela. Lleva unos cuatro días secándose colgada en las cuerdas de la tendedera. No hará falta decir que, con este calor infame, quedó seca diez minutos después de colgarla. El resto del tiempo ha estado tendida para nada, retiesa como una camisa en el aire de un verano sin brisa. Creo que ha sido esto, el hecho de que el calor la ha ido resecando y descoloriendo (si este gerundio existe), lo que provocó que anoche apareciera en uno de mis sueños. No se debe menospreciar la relación que existe entre una realidad disminuida y un sueño dislocado. Alguien se me iba acercando con la camisa rojinegra puesta e incluso con dos de los botones superiores desabrochados. Era mi propia camisa y yo, sin embargo, actuaba como si fuera del todo normal que alguien la llevara puesta. Lo más sorprendente es que ese individuo era un hombre bastante más grueso que yo, quiero decir que sus brazos, su estómago, sus caderas y su cuello alcanzaban proporciones notables que mi camisa, con su talla mediana, no hubiera sido capaz de albergar en su realidad cotidiana. Pero incluso las camisas se distorsionan en los sueños; y esta mía, henchida al hospedar un cuerpo tan orondo, parecía gozosa, transpiraba, iba hasta impúdicamente arremangada. El individuo se me acercaba peligrosamente. No sabía cómo reaccionar. Creo que incluso le tendí los brazos, quizás solo por ver si mi camisa, en un arranque de reconocimiento o de nostalgia, volvía en sí y se me entregaba de nuevo. Pero nada ni nadie vuelve a las andadas, y mucho menos en los sueños. En la indiferente realidad de esta tarde en que escribo, la camisa sigue colgada. De vez en cuando parece columpiarse levemente como si me estuviera amenazando con regresar a aquel sueño. He pasado un buen rato intentando descubrir si hay algún pasadizo por el que la camisa hubiera podido deslizarse desde la tendedera al cuerpo de aquel grasiento individuo. Creo que no lo hay. Al parecer, se trató de un proceso de autoteletransporte por monotonía. La camisa, cansada de pender como un espantapájaros frente a las ventanas de mis vecinos —que cuentan, chismosos como son, los días que la ropa lleva tendida a la intemperie—, decidió por su cuenta y riesgo trasladarse a un ectoplasma de más de cien kilos para seguir exhibiendo sus horrendos cuadros rojos y negros en algún mundo paralelo a este. Yo creo que lo hizo para ridiculizarme, pues el espectáculo al que tuve que asistir era grotesco y por unos brevísimos instantes creí estar viéndome frente a un espejo con treinta kilos de más. Su venganza consistía en una ilusión óptica, pero por suerte no me dejé engañar. La camisa se desplazaba en dirección a donde yo estaba, vestida con un corpachón de aúpa que le quedaba incluso largo (o la camisa a él, que ya no sé ni lo que digo). Todo transcurría como en un espejo, por lo que tuve que armarme con todas mis dotes de autocomplacencia y narcisismo para rechazar que la imagen que se me presentaba fuera la de mi propio cuerpo. Los sueños nos ofrecen en ocasiones imágenes de nosotros mismos como si fuéramos otros. En este caso era algo similar, solo que la camisa pretendía que confundiera la imagen de otro con la de mí mismo. No lo consentí. Realmente no acabo de entender las motivaciones de esa desdichada prenda de ropa para tan rastrero comportamiento. Siempre la he tratado bien. Nunca, ni en los días del más tórrido verano, he permitido que se intoxique con mi sudor; no la he llevado nunca a ninguna de esas lavanderías en las que una máquina anónima retuerce por unos pocos euros, en sus sucias entrañas, cualquier prenda que se le ofrezca; jamás la he dejado demasiado tiempo ociosa en el armario y, a pesar de que en los últimos tiempos han sido otras mis camisas preferidas, me la he puesto regularmente y la he paseado por ahí. Si ahora lleva unos cuatro días colgada como un espantapájaros de la tendedera del balcón, no es porque yo lo haya querido así aposta. He estado distraído. He tenido demasiado trabajo. He estado fuera de casa mucho tiempo. No creo que sea de recibo que de pronto, sin merecérmelo, esta camisa de los mil demonios se me aparezca superpuesta a un cuerpo hinchado y deforme con la pretensión de asustarme o de entristecerme. Creo que, mal que me pese, tendré que darle su merecido.

SONETO A LA MANERA DE MANUEL VERDUGO

En la fuente, Narciso, acecha tu figura:
herrumbrosos reflejos de tu rostro real
que tú contemplas mudo, encandilado, leal
a ti mismo, a tu imagen de agua y de locura.

“Ven, Narciso” te llama con voz sin amargura
la fuente en ese patio de una ciudad fatal
que ya no reconoce a los héroes, desleal
cementerio de próceres de rampante grisura.  

Y así, tú le respondes con tu pasión divina
y te asomas, dios niño, al borde de la fuente:
¡dibujas con tu rostro una sonrisa albina

que compite en gracejo con la pose patente
del agua cantarina del pozo o de la puente
de que te tiras, necio! Ved un dios que declina.

      (De un libro titulado Organillo de alejandrinos)

sábado, 26 de mayo de 2012

CARTA A UN JOVEN AMIGO

Mi joven y querido amigo:

si aún fuera posible, sin caer en el ridículo, revitalizar ciertos discursos —los elogios horacianos a la vida retirada, las cartas taoístas al amigo del alma desde monasterios perdidos en las montañas chinas—, te contaría lo que he sentido hoy al comerme un par de nísperos a media tarde.

El níspero es la fruta que menos engaña. El color de su piel se corresponde al de su carne. Las manchas que, cuando están demasiado maduros, afloran a su piel señalan trozos ya estropeados de carne que pueden rebanarse limpiamente sin que el resto del fruto haya quedado afectado. El sabor de los nísperos armoniza muy bien con su color anaranjado, y su dulzor intenso, pero en absoluto meloso, deja en la boca un regusto deliciosamente ácido. Yo podría pasarme las horas comiéndome un níspero tras otro. Aunque lo mejor es hacerlo recién cogidos del árbol, como he hecho alguna vez en casa de mis padres. Allí, en un pequeño jardín, el nisperero y el papayero dialogan casi como un hombre y una mujer. (El papayero, con su tronco de cintura de avispa y sus frutos colgantes, arracimados, voluptuosos; el nisperero, laberíntico y sobrio, sombrío y hasta señorial.)

Comerse un par de nísperos una tarde no demasiado calurosa de un sábado de mayo es uno de los pocos placeres que permite la vida en una ciudad, como esta, de más de seis millones de cadáveres. Sé que estás pensando en trasladarte a vivir aquí, pero te rogaría que antes de hacerlo sopesaras en una balanza las posibles ganancias y las posibles pérdidas. No se encuentran nísperos en todas las épocas del año. Cuenta con la posibilidad de que, cuando te instales en alguno de los barrios de esta capital, te sientas al principio como un extranjero que no conoce a casi nadie y luego, con el paso de los meses y hasta de los años, como un extranjero que conoce de vista a todo el mundo pero al que nadie conoce. Entre este tipo de alternativas se desarrollará tu vida, permíteme que sea amistosamente profético, si te trasladas a vivir aquí. Y, sin embargo, encontrar una fruta que no te engañe apenas, que dure unos cuantos días en el frutero sin que se estropee del todo y que, una tarde como la de hoy, se te ofrezca con sus manchas transparentes para que la peles, la laves, le rebanes sus trozos estropeados y te la comas sin pensar en nada, es una experiencia que puede compensar.

Créeme si te digo que la edad es lo único que permite comprender ciertas cosas. Desde ese punto de vista, se puede ir perdiendo energía, entusiasmo, frescura, espontaneidad, fuerza y pasión con el paso de los años, pero de algo puedes estar seguro: de que comprenderás cosas de las que a tus veinte o incluso a tus treinta ni siquiera habías tomado conciencia. Dirás que parezco un viejo brujo con la repelente misión de aconsejar a los jóvenes y a los extraviados, pero nada más lejos de mi intención. Solo quería transmitirte lo bien que me encuentro. Hacía mucho que no te mandaba noticias.

Mi joven amigo, no te desanimes. Cada momento contiene un envés en el que están escondidos algunos secretos que habrás de aprender a utilizar en el futuro. Ahora mismo, por ejemplo, me estás escuchando hablarte de esta tarde de hoy, con su brisa, sus nísperos, su equilibrio, su ternura o su ausencia —esa ausencia que tanto echamos de menos cuando nos sentimos asediados por la depredación del presente—, pero mañana, cuando empiece un nuevo día y estas palabras no sean más que un vago y lejano discurso que se entremezcló con los de algunos de tus sueños (pues toda palabra, venga de donde venga, comete la impureza de mezclarse con otras: y es este mestizaje lo que somos), tú pisarás sobre ellas como sobre un trampolín que te impulse en uno de tus saltos, en uno de los tantos saltos en que consistirá tu vida. Así que no me pongas mucho asunto. Tritura todo lo escuches para que, una vez transformado en cualquier otra cosa, no se quede colgando como una losa amenazante sobre tu cabeza. El benjamín es el que corría por los bajíos buscando los burgados con que entretener a sus hermanos mayores. Hablo de aquellos atardeceres en la isla que no nos serán devueltos nunca pero cuyo recuerdo puede o no compensar. Que compense o no compense: esa es la cuestión.

Y, al abrazarte fuerte para despedirme, te digo una vez más: a mí me han compensado hoy estos nísperos.  

lunes, 7 de mayo de 2012

EL AMIGO URUGUAYO

Tengo curiosidad por saber si soy capaz de ordenar en unas cuantas líneas coherentes la historia de apenas una semana, una historia que comenzó junto a la pista de baile de un bar emblemático del barrio de El Toscal y terminó en el arcén de una de esas carreteras entre matorrales de zarzas que parecen más bien abiertas por recuas de mulas que destinadas al tráfico rodado y que no son del todo infrecuentes en el municipio rural de La Esperanza. Parece que con esta primera frase, quizás demasiado larga, he conseguido delimitar el comienzo y el final de una historia, pero las meras coordenadas topográficas no resultan suficientes, pues más importante, acaso, sería reconstruir la nube etílica que rodeó las primeras palabras de acercamiento, creo que un poco descaradas tanto por mi parte como por la suya, y el efecto submarino del humo del hachís consumido en el interior del coche en el que, de un modo tan brusco como inexplicable, nos quedamos contemplándonos las caras sumidos en un silencio de ultratumba que dio al traste con todo, si es que había algo, algo real y mínimamente sólido, que pudiera haberse ido al traste en esa última escena de la farsa. Van siendo demasiadas palabras para tan pocas frases, me temo, pues o bien estoy intentando comprimirlo todo sin atreverme todavía a decir nada de lo que ocurrió entre el comienzo y el final de la historia o bien todo es tan indefinidamente desplegable como esos instantes que, se diría, no acaban nunca de empezar y no terminan nunca de acabar. Esta cuarta frase que ahora comienza abordará, ya inevitablemente, la continuación del comienzo, pretenderá demostrar que no fueron pura fantasmagoría los despendolados arrumacos en uno de los garajes de la calle General O’Donnell, esa travesía de reminiscencias irlandesas y de decrépita elegancia chicharrera a la que habíamos ido en busca de un nuevo pub que, según mi nuevo amigo uruguayo —y disculpen si no se lo presento, pues su nombre es uno de los datos que se quedaron por el camino en esta historia—, habían abierto unos amigos suyos; y, en efecto, antes de los rifirrafes desbordados a los que apenas pude ponerles coto en la rampa de cemento de uno de esos garajes pequeñoburgueses de General O'Donnell, nos bebimos unos rones en aquel pub de diseño cuya clientela, a aquellas horas, coincidía exactamente con la suma de nosotros dos y de los dos camareros, chico y chica, que nos acompañaron con unos chupitos de remate invitación de la casa. Si nos olvidamos de que vamos todavía por la quinta frase de esta sórdida crónica y salimos a la calle, como hicimos entonces mi amigo uruguayo y yo, sentiremos, permítanme ciertos arrebatos líricos, el aire de la madrugada santacrucera de uno de los veranos de hace siete u ocho años, es decir, el perfume casi irreconocible de los flamboyanes desleído en el esmog vomitado por los tubos de escape —y uso aquí el término rioplatense para lo que nosotros, más finos y puristas, llamamos sin complejo alguno polución. Dije en la primera frase que trataría de contar la historia de apenas una semana, pero no sé si exageré, pues ahora, en este comienzo de la frase número seis, quién lo diría después de más de quinientas palabras, me doy cuenta de que los sucesos que sucedieron a la salida a la calle después de los rones que pagué y no debí pagar nunca en aquel pub de diseño no son tantos como pensaba antes de emprender esta aventura —si puede llamarse aventura a la actividad, más bien aburrida si se la compara con otras, de teclear en el ordenador una noche de tantas para unir las palabras que vayan surgiendo con deslavazados recuerdos de una época demasiado lejana. Séptima frase: esta será concluyente, pues, tras la pretensión de mi amigo uruguayo, fallida gracias a mis insistentes recatos, de que consumáramos un acto de lo más obsceno en la nocturnidad de la rampa bien iluminada de uno de los garajes más pijos de la zona, propuse que acudiéramos a una pensión sita en el mismo barrio de El Toscal, cuyo dueño, que dormitaba acodado en el mostrador de la recepción, nos pidió que abonáramos por adelantado el exiguo precio de la habitación doble, lo que, echando mano de mi cartera —y comprobando de paso que aún la llevaba encima—, efectué, creo recordar, con bastante buen ánimo y sin remilgo alguno. No he dejado adrede para la octava frase la descripción de las horas que pasamos en aquella pensión, pues, de hecho, ni siquiera es demasiado importante para lo que aquí pretendo conseguir, para la vana impronta de coherencia que quisiera imprimirle a lo absolutamente incoherente, trasladar a quienquiera que lea estas líneas la subversión alucinante de aquel par de horas en el que un compendio —y prodigio— de virilidad porteña se comportó del modo más sumiso y hasta suplicante ante el alelado ejemplar de niño bien toscalero que era yo en aquella época; la fogosidad, pude comprobar sin necesidad de recordar a Heráclito, no se alimenta más que de fuego y todo fuego no es más que llama alimentada. Se darán cuenta, si han logrado llegar a esta novena frase del relato, de que la sabiduría adquirida entonces, en la pensión Mova —revelo su nombre por si alguien, un día, siente la curiosidad de revisar el polvoriento libro de registros para constatar que, en efecto, una noche perdida de hace siete u ocho años dos personas, una de las cuales responde a mi nombre, se alojaron allí— estuvo condicionada, esa sabiduría pensionista, decía, por el fuego de los rones y por la llamarada de las embestidas. Unos días más tarde, pero no dos o tres, sino cuatro o cinco días más tarde, nos citamos con la intención de ir a comprar hachís, una droga que habíamos mencionado en nuestras conversaciones, y fumarnos unos porros en algún lugar medianamente apartado; lo siento, pero la décima frase no ha dado para más. En la undécima diré que fuimos en mi coche a un polígono de viviendas, una de esas barriadas de las que había oído decir que no eran mal lugar para hacerse con la droga que buscábamos, en concreto el célebre polígono del Padre Anchieta, de nombre venerable y carcomida sustancia, donde mi amigo uruguayo se bajó y, tras entablar rápida y amigable conversación con uno de los pilluelos que descansaban sentados en en un muro junto a la valla de entrada del polígono, se internó con el solícito anfitrión y con veinte euros que le dejé para el negocio, hasta que, quince minutos más tarde, y cuando ya casi me había preparado para lo peor, regresó con unas chinas de lo que en ese inframundo denominan polen o costo, es decir, lo más de lo más, adquiridas con la firme convicción de que su calidad era sencillamente extraordinaria. La duodécima frase, con la que termina esta historia, contiene lo impensable, el trayecto hasta el monte de La Esperanza ya avanzada la noche, la búsqueda de una extraña tasca situada en una especie de alpendre que, sin embargo, no logramos encontrar, la decisión de parar el coche en el arcén de una estrecha carretera bordeada de zarzas en la que se puede decir que nos habíamos perdido, el porro o canuto que el amigo uruguayo preparó con esmero, el demorado acto de fumárnoslo a medias, el humo repartido en oleadas por el interior del vehículo, la mirada abstraída y el silencio con los que, durante unos minutos, nos quedamos mirándonos, mi mano que se fue aproximando lentamente a su cuello o a su mejilla para acariciarlos y, de pronto, la brusquedad con la que retiró mi mano y volvió la cara, el mohín de estupor en el que ya no pude reconocerlo, como si se hubiera transformado en otra persona, como si él tampoco me reconociera ya entonces, su modo acelerado de bajar el cristal de la ventanilla del coche para dejar salir el humo y, por último, el tono imperioso con que dijo: “Vámonos”.  

miércoles, 2 de mayo de 2012

UN POEMA DE ANXO PASTOR


La vida, en ocasiones, nos depara encuentros que quizá nunca creímos merecer y que convierten nuestras andaduras terrenales en algo un poco más valioso, más habitable y menos turbio. No recuerdo muy bien cómo nos pusimos en contacto Anxo Pastor y yo, si fue él quien me escribió o si fui yo quien lo hizo. Sí sé que desde aquel momento nuestras conversaciones, nuestros intercambios y nuestros encuentros han sido una de esas no demasiado frecuentes razones que la vida nos da para perseverar, para seguir preguntándonos e investigándonos a nosotros mismos en busca de nuevas razones para nuevas preguntas. Anxo Pastor (Vilardonas, Ribas do Sil, Lugo, 1959) pinta y dibuja, lee y escribe, dirige una pequeña galería de arte, Arcana, que se ha convertido en un espacio de resistencia en Vilagarcía de Arousa resistencia contra las famas de oropel, resistencia contra tantos enmudecimientos, resistencia contra la engolada sabiduría de los popes, resistencia contra la degradación del arte en pura mercadería. Todo parece conformar para Anxo Pastor la temblorosa respuesta a una única pregunta. Si dibuja, si escribe, si pinta, si expone, si lee o si viaja, está siempre buscando las huellas de una presencia evasiva. Sus espacios preferidos son las periferias, las orillas, los páramos, los claros del bosque y las costas perdidas. Sus personajes son casi siempre seres solitarios, desposeídos de algún bien que quizá una vez retuvieron sin saberlo, mendigos de un poco de sabiduría, paseantes perdidos en paisajes que no los reconocen, agrimensores expulsados para siempre del castillo. Anxo Pastor ha tenido el detalle de enviarme su poema inédito “Beira dun canto”, escrito en gallego y que, con algunas indicaciones y sugerencias suyas, he traducido para presentarlo en este blog. Al poema lo acompaña un dibujo del autor. Esas orillas de un canto, invernales, en las que poco o nada queda ya de la “antigua caballería”, conservan, sin embargo, los resquicios de un misterio, de una belleza. El poeta responde a ese misterio, a esa belleza con palabras escritas “a la orilla de un canto”. Quizá al lector le interese saber que la palabra gallega “raiola”, que figura en el séptimo verso, y que he traducido por “brillo”, significa, según el autor, algo mucho más sutil, una especie de rayo lento de invierno, un rayo de sol casi furtivo “que se va abriendo camino ante nuestros ojos y que nos expande sensitivamente”. Mucho me temo que, igual que ocurre con la palabra gallega “luar”, tampoco para “raiola”, que es tal vez su contrapunto solar, existe en castellano un equivalente adecuado. O, al menos, yo no lo he encontrado.  

(Poema original gallego y dibujo: pinchar en la imagen para ampliarla) 

ORILLA DE UN CANTO

Anxo Pastor

Mi amor de niebla
enmudecieron estas piedras
y se tiñeron de un manto gris
su dulce verdor.

¿Dónde se refugió
nuestra antigua caballería?
El brillo del sol entre la hierba.

No escuchas el eco
de las montañas azules
el rumor de días largos
y nuestro desdén
de las cosechas para el invierno.

No sé, nada sabemos
de estas orillas ahora sin nombre
y cómo su llama sobrevive
y cómo sobreviven el miedo y el olvido
el misterio y la belleza.

  (Traducción de Rafael-José Díaz)

jueves, 26 de abril de 2012

EN EL DIVÁN

—Sí, sí, doctor, es verdad que este tipo de sueños solo se me presenta cuando no duermo con él. La sedosa piel de su espalda, en la que apoyo mi mejilla derecha y contra la que me acurruco como si solo así estuviera en lo más protegido de la barcaza del sueño, esa piel cubierta de una pelusilla de finísimos pelitos oscuros que solo se distinguen cuando uno se recuesta sobre ella y la contempla de muy cerca; esa piel de su espalda extendida junto a mí, le decía, las noches que duermo con él, parece tener el poder de alejar ciertos sueños que, en cambio, se ensañan conmigo las noches en que duermo solo. No sé cómo explicarle, doctor, la suave disolución que experimento cuando él, a punto de dormirse o recién dormido ya, da unos eléctricos respingos con sus piernas, enlazadas con las mías, y luego, seguramente en la primera fase de su sueño, se estremece con todo su cuerpo un instante, como si hubiera dado un salto a otra dimensión, mientras yo lo tengo sujeto con mis brazos y me estremezco con él en esa sacudida en la que, quizá, se intercambien los papeles de quien ya duerme y de quien aún espera dormirse. Vea que es a partir de ese instante, a partir de ese calambrazo que queda resonando en los dos cuerpos abrazados en la frontera del sueño y la vigilia, cuando mi mejilla, adherida a la pelusa que cubre por entero su espalda, empieza a percibir el flujo de la protección, el calor o la calma de su cuerpo que, desde su entrega sin fisuras al abrazo del mío, se ha vuelto ya capaz de actuar sobre él, de brindarle una coraza contra ese tipo de sueños que aprovechan, sin embargo, cualquier noche solitaria para salir a mi encuentro. Creo que él, doctor, no conoce sus poderes taumatúrgicos. Sonríe y habla, brinca y se desnuda, se enrosca y se despereza, hace todo esto antes de que encontremos esa posición que parece perfecta y en la que, de pronto, su respiración se transforma, su perfil se recoge entre las palmas de mis manos, resulta vencido y a la vez vencedor, se duerme y al mismo tiempo espera a que me duerma también yo. No sé, ni siquiera, si, cuando de pronto regresa y siento la mordaza que aplica sobre la abertura por la que entran y salen los sueños de una mente dormida, lo hace consciente o inconscientemente, pues en todo ese proceso yo siento su benéfico influjo a través de la pelusa adorada de su espalda y no sé, a ciencia cierta, nada más, nada más. Dígame, doctor, ¿cree que tendría que disciplinarme y pasar más noches sin él para enfrentarme yo solo a esos sueños de que le hablo y aprender a vencerlos por mis propios medios? ¿O debo, más bien, pedirle que se quede a dormir todas las noches conmigo, de esa forma que le he descrito, mi cara hundida en el bosquecillo de liquen de su benéfica piel, mejilla contra espalda, las piernas enlazadas, una de mis manos en su vientre enroscado y la otra en su cuello de latidos, unas manos que son como las de quien se ata a un mástil para no escuchar el fragor de las mareas…?

sábado, 14 de abril de 2012

TENTENIGUADA

                                             Para Ángel Padrón

No recuerdas muy bien aquel lugar. Nadie hubiera dicho que hasta aquellas alturas la carretera continuara dando vueltas para llegar a una especie de barrio escondido detrás de tantas hondonadas. Pero ya sabes: cuando te empecinas en seguir conduciendo no hay modo de que te detengas. Así llegaste a Tenteniguada. Parece un nombre irreal, inventado, uno de esos apelativos casi siempre ridículos que los escritores inventan para sus comarcas o pueblos imaginarios. Quizá ahora te baste con recordarlo para saber que existió, pero entonces, cuando llegaste a las primeras casas, insólitas, de aquel lugar que no sabrías decir si era un pueblo, un caserío, un barrio o una pedanía, te pareció acaso menos real que ahora que tan solo sobrevive en tu recuerdo. El aire de Tenteniguada era todo lo fresco que, en cualquier mes del otoño o del invierno, puede serlo en las cumbres de una de aquellas islas. Las casas, arracimadas en torno a la carretera, se iban mostrando a medida que avanzabas: casas de dos o tres pisos, a veces estrambóticas, con sus garajes abiertos en los que se veía trajinar a campesinos junto a sus camionetas, a chicuelos alrededor de mesas puestas para la merienda, a señoras con sombreros de paja sentadas en el fondo como para pasar desapercibidas. Tenteniguada. Recuerdas vagamente un antiguo cine o teatro de fachada amarillenta en la que faltaban algunas de las letras con que se había trazado un nombre pintoresco e inútil. Después de algunas curvas, cuando ya parecía que el pueblo o barrio o lo que fuera que fuera aquel apretujamiento de casas a casi mil metros de altura se había terminado para dar paso, de nuevo, a la montañosa floresta, aparecía un nuevo grupo de casas, esta vez menos altas, más separadas las unas de las otras, como si no solo quisieran permanecer distanciadas del casco urbano, llamémoslo por una vez con este nombre honorable, sino que tuvieran a gala mantener una distancia prudente las unas de las otras. Las casas, tal vez, de quienes procedían de familias repudiadas en siglos anteriores por los habitantes del pueblo, o de quienes habían decidido llevar una vida independiente pero no del todo desligada de las costumbres comunales; casas cuya soledad producía en ti, el forastero que pasaba junto a ellas, la sensación de un desamparo consentido, de una frustración orgullosa. Los bares de Tenteniguada, que eran, si no recuerdas mal, tres o cuatro, dispuestos a lo largo de la carretera —lamentas ahora no haberte internado por las calles transversales, no haber seguido el rastro de los perros solitarios que descendían por callejuelas inhóspitas hasta quién sabe qué barrizales o escombreras— se parecían, al menos en su aspecto exterior, mucho los unos a los otros. Platos de chochos, te imaginabas, serían servidos en sus barras grasientas junto a vasos de vino del país que cuatro o cinco lugareños compartirían sentados en altos butacones giratorios. Al fondo, tres o cuatro mesas solitarias habrían concentrado desde tiempos inmemoriales —es decir, desde tiempos que ninguno de los vivos de entonces podría recordar sin mentirse a sí mismo— el eco de un desánimo en los rostros arrugados, partidas desbocadas de dominó o de baraja, ruidosas reyertas con desenlaces funestos de las que ningún juez llegó a tener jamás noticia. Tenteniguada. Qué absurdas derivas te llevaron hasta allí. Porque tú eras un forastero que no quería pasar por tal. Los magos con los que hablaste —sus dejes pendencieros, sus socarronas miradas— supieron enseguida, por un par de palabras foráneas que te delataron, que no eras de por allí. Estuviste a punto de sentarte a comer un chuletón como los que habías visto servir en una de las mesas, con mucha sal gruesa por encima, descomunales trozos de carne poco hecha cuya devoración, sin duda, resucitaría a un muerto y lo pondría a danzar la rumba allí mismo, pura energía como la de aquellos pastores reconvertidos en mecánicos, fuerza bruta en los brazos curtidos en miles de pulsos con otros brazos y con la invencible hostilidad de la vida. Tenteniguada era aquello, aquel mundo en el que desaparecer y en el que desconocerlo todo, la ebriedad del aire más alto de aquella isla, cinturas prohibidas de morenos adolescentes que al final de una calle, en un merendero improvisado, se palmeaban los hombros mientras charlaban casi fuera del mundo, todo aquello ofrecido al viajero de un día por el módico precio de su vida pasada, unos minutos de magia contra la pesadumbre de los años. Y más allá de aquellas calles, más allá de las últimas casas, solitarias, empezaba la cumbre verdadera, la montaña desnuda e implacable, el techo de la isla en el que, con un poco de suerte, a través de ralos pinares y a la vista de roques en eterno equilibrio, giraría el viajero el resto de su vida, o el resto, al menos, de la memoria de su vida.

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