Lo han llamado mucho tiempo después el bulevar del faro, seguramente
porque el término francés le garantiza mucho más glamur que palabras de nuestro
idioma como “avenida” o “paseo” a la zona de perfumerías, restaurantes, tiendas
de ropa y discotecas que se ha creado en torno a un faro que poco tiene ya, al
parecer, del aislamiento de antaño. Unos amigos me hablaron de un artista que
lo pintó hace unas décadas, una y otra vez, como un verdadero faro obsesivo,
totémico, en la lejanía de una de las puntas perdidas de la isla. El pintor fallecería
luego en accidente de tráfico —y sus obras quedarían no solo como las huellas
de otro tiempo más auténtico o esperanzado que el nuestro, sino como testimonios
de una mirada intensa y deslumbrada. Imagino que quienes recuerden ese faro de
otro tiempo no sabrán decidir si el proceso de rehabilitación consistió en un
mero revoque del material original o en una reconstrucción completa desde sus
cimientos. El faro erigido allí, en cualquier caso, se ha convertido en un
símbolo de la prosperidad turística de la zona. Cada tarde llegan al bulevar
decenas de autocares cargados de rubicundos tentetiesos nórdicos que son
depositados junto a sus cónyuges en las aceras por las que se accede a la
relumbrante avenida costera. No recuerdo qué hacía yo aquella tarde en que vi
descender de uno de esos autocares al suizo. Enseguida me llamó la atención su
aspecto de escritor de tercera fila, su delgadez enfermiza, sus lentes redondas
a lo Hermann Hesse, su tiesura. Muy pronto se separó del grupo con el que había
venido e hizo gala de una curiosidad solitaria que lo llevó a alejarse cada vez
más de los paseos centrales y a adentrarse, después de media hora, en un
palmeral desde el que se veía el faro ya muy desdibujado y que yo conocía por
otras visitas en pos de otros curiosos como aquel. No se percató de mi
presencia hasta que me aposté a la distancia de un par de palmeras y apoyé mi
espalda contra el tronco de una de ellas, que emitió un ligero crujido. Me
pareció sentir que no se asustó y que, por el contrario, agradeció la compañía
que con mi aparición allí se le brindaba. No tardó en acercarse. Para entonces
yo ya me había quitado la camiseta y exhibía como un reclamo que sabía
infalible mi torso de descendiente de antiguos esclavos africanos trasladados a
Cuba. Recordé, no sé por qué, unos versos del prócer José Martí en los que
hablaba de un paseo por la jungla en compañía de una de sus damas. No sé si me
identifiqué en ese momento con el héroe o con la puta, pero lo cierto es que la
conversación que, en un inglés medianamente correcto, reforzó mis sentimientos
patrióticos, me devolvió perdidos sones cubanos, intensificó mi nostalgia de la
isla y, de resultas de tanto sentimiento incontrolable, acepté la proposición
de acompañar al turista a su apartamento. Le ahorraré al paciente lector los
detalles de mis andanzas patrióticas. El suizo se congestionaba, sudaba como un
pollo, dulcificaba su dicción a cada una de mis embestidas y ejecutaba unos
extraños movimientos encadenados que me hicieron pensar que quizá en su juventud
hubiera practicado el ballet. Cuando terminamos la faena en el dormitorio
salimos a un balconcito que daba al bulevar y allí, arropados por una brisa que
yo hubiera preferido menos cálida, nos fumamos unos cigarrillos mientras
contemplábamos el atardecer. El suizo me propuso que me quedara con él unos
días. Yo dejé que mi mirada vagara por el horizonte durante un par de segundos
antes de contestarle. Recordé la bala perdida que mató a Martí. No sabía si me
estaba internando en terrenos pantanosos o si, después de mucho tiempo, se me
brindaba una oportunidad de prosperar. El suizo entró en el apartamento y, al
cabo de unos minutos, volvió con un par de billetes de doscientos euros en la
mano. Los colocó sobre la mesa, junto al cenicero, y me dijo que serían míos
—en aquel momento me pareció ver cuatro, pero luego supe que eran cinco— si me
quedaba unos días con él y continuaba cumpliendo con mis deberes patrióticos
(traduzco a un lenguaje honesto lo que él me espetó con términos soeces). Me
está comprando, recuerdo que pensé. Este suizo asqueroso se cree que puede encerrarme
aquí unos días con cuatro cochinos billetes de doscientos euros. Ni aunque me
pagara uno de esos billetes por cada una de las arrugas que he tenido que sufrirle
hace un rato me quedaría yo aquí. Le dije que se equivocaba conmigo, que yo era
una persona trabajadora e independiente y que la cantidad que había en ese
mismo momento sobre la mesa era el precio del servicio de lujo que acababa de
prestarle. Me miró como un basilisco entre sus ridículos cristalitos empañados.
Se alteró. Gritó como un condenado. Me dijo que me marchara, que nuestra
relación había terminado. Yo entré con dignidad en el salón para dirigirme
hacia la puerta. Sabía que estaba traicionando a mi patria, que el suizo estaba
a punto de burlarse de mi ingenuidad y de mi entrega. Le pedí que me diera al
menos uno de aquellos billetes. Se negó. Entonces lo abofeteé, ni siquiera
demasiado fuerte, y cayó al suelo. Desde allí se puso a patalear, a darles
patadas a los muebles, una patada a la mesa, otra al sofá, otra a la
estantería. El espectáculo era bochornoso. Lo agarré del pelo y le zumbé otra
bofetada que lo dejó seminconsciente. Se dedicó a gemir y a contonearse como si
estuviera representando algún paso de El
lago de los cisnes en el Zúrich de la posguerra. Le di un tercer golpe,
aunque esta vez con el puño, que lo dejó inmóvil y en silencio. Me acerqué
hasta la mesa del balcón y recogí los billetes. Cuando salí a la calle ya era
casi de noche y en el bulevar solo quedaban unos pocos grupos que regresaban a sus
autocares después de cenar. El faro, cuya luz ya no es más que parte de un decorado
comercial, parecía señalarme un camino en la noche.
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