domingo, 10 de junio de 2012

EL BULEVAR

Lo han llamado mucho tiempo después el bulevar del faro, seguramente porque el término francés le garantiza mucho más glamur que palabras de nuestro idioma como “avenida” o “paseo” a la zona de perfumerías, restaurantes, tiendas de ropa y discotecas que se ha creado en torno a un faro que poco tiene ya, al parecer, del aislamiento de antaño. Unos amigos me hablaron de un artista que lo pintó hace unas décadas, una y otra vez, como un verdadero faro obsesivo, totémico, en la lejanía de una de las puntas perdidas de la isla. El pintor fallecería luego en accidente de tráfico —y sus obras quedarían no solo como las huellas de otro tiempo más auténtico o esperanzado que el nuestro, sino como testimonios de una mirada intensa y deslumbrada. Imagino que quienes recuerden ese faro de otro tiempo no sabrán decidir si el proceso de rehabilitación consistió en un mero revoque del material original o en una reconstrucción completa desde sus cimientos. El faro erigido allí, en cualquier caso, se ha convertido en un símbolo de la prosperidad turística de la zona. Cada tarde llegan al bulevar decenas de autocares cargados de rubicundos tentetiesos nórdicos que son depositados junto a sus cónyuges en las aceras por las que se accede a la relumbrante avenida costera. No recuerdo qué hacía yo aquella tarde en que vi descender de uno de esos autocares al suizo. Enseguida me llamó la atención su aspecto de escritor de tercera fila, su delgadez enfermiza, sus lentes redondas a lo Hermann Hesse, su tiesura. Muy pronto se separó del grupo con el que había venido e hizo gala de una curiosidad solitaria que lo llevó a alejarse cada vez más de los paseos centrales y a adentrarse, después de media hora, en un palmeral desde el que se veía el faro ya muy desdibujado y que yo conocía por otras visitas en pos de otros curiosos como aquel. No se percató de mi presencia hasta que me aposté a la distancia de un par de palmeras y apoyé mi espalda contra el tronco de una de ellas, que emitió un ligero crujido. Me pareció sentir que no se asustó y que, por el contrario, agradeció la compañía que con mi aparición allí se le brindaba. No tardó en acercarse. Para entonces yo ya me había quitado la camiseta y exhibía como un reclamo que sabía infalible mi torso de descendiente de antiguos esclavos africanos trasladados a Cuba. Recordé, no sé por qué, unos versos del prócer José Martí en los que hablaba de un paseo por la jungla en compañía de una de sus damas. No sé si me identifiqué en ese momento con el héroe o con la puta, pero lo cierto es que la conversación que, en un inglés medianamente correcto, reforzó mis sentimientos patrióticos, me devolvió perdidos sones cubanos, intensificó mi nostalgia de la isla y, de resultas de tanto sentimiento incontrolable, acepté la proposición de acompañar al turista a su apartamento. Le ahorraré al paciente lector los detalles de mis andanzas patrióticas. El suizo se congestionaba, sudaba como un pollo, dulcificaba su dicción a cada una de mis embestidas y ejecutaba unos extraños movimientos encadenados que me hicieron pensar que quizá en su juventud hubiera practicado el ballet. Cuando terminamos la faena en el dormitorio salimos a un balconcito que daba al bulevar y allí, arropados por una brisa que yo hubiera preferido menos cálida, nos fumamos unos cigarrillos mientras contemplábamos el atardecer. El suizo me propuso que me quedara con él unos días. Yo dejé que mi mirada vagara por el horizonte durante un par de segundos antes de contestarle. Recordé la bala perdida que mató a Martí. No sabía si me estaba internando en terrenos pantanosos o si, después de mucho tiempo, se me brindaba una oportunidad de prosperar. El suizo entró en el apartamento y, al cabo de unos minutos, volvió con un par de billetes de doscientos euros en la mano. Los colocó sobre la mesa, junto al cenicero, y me dijo que serían míos —en aquel momento me pareció ver cuatro, pero luego supe que eran cinco— si me quedaba unos días con él y continuaba cumpliendo con mis deberes patrióticos (traduzco a un lenguaje honesto lo que él me espetó con términos soeces). Me está comprando, recuerdo que pensé. Este suizo asqueroso se cree que puede encerrarme aquí unos días con cuatro cochinos billetes de doscientos euros. Ni aunque me pagara uno de esos billetes por cada una de las arrugas que he tenido que sufrirle hace un rato me quedaría yo aquí. Le dije que se equivocaba conmigo, que yo era una persona trabajadora e independiente y que la cantidad que había en ese mismo momento sobre la mesa era el precio del servicio de lujo que acababa de prestarle. Me miró como un basilisco entre sus ridículos cristalitos empañados. Se alteró. Gritó como un condenado. Me dijo que me marchara, que nuestra relación había terminado. Yo entré con dignidad en el salón para dirigirme hacia la puerta. Sabía que estaba traicionando a mi patria, que el suizo estaba a punto de burlarse de mi ingenuidad y de mi entrega. Le pedí que me diera al menos uno de aquellos billetes. Se negó. Entonces lo abofeteé, ni siquiera demasiado fuerte, y cayó al suelo. Desde allí se puso a patalear, a darles patadas a los muebles, una patada a la mesa, otra al sofá, otra a la estantería. El espectáculo era bochornoso. Lo agarré del pelo y le zumbé otra bofetada que lo dejó seminconsciente. Se dedicó a gemir y a contonearse como si estuviera representando algún paso de El lago de los cisnes en el Zúrich de la posguerra. Le di un tercer golpe, aunque esta vez con el puño, que lo dejó inmóvil y en silencio. Me acerqué hasta la mesa del balcón y recogí los billetes. Cuando salí a la calle ya era casi de noche y en el bulevar solo quedaban unos pocos grupos que regresaban a sus autocares después de cenar. El faro, cuya luz ya no es más que parte de un decorado comercial, parecía señalarme un camino en la noche.

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