viernes, 27 de mayo de 2011

LA CONTRACITA

El afán de sobreponerse al descalabro que desde hacía tiempo parecía amenazarlo le hizo detenerse a la puerta del bar en el que se había citado con su antigua pareja para tratar ciertos asuntos pendientes. Como le había entrado, no sabía cómo ni cuándo, agua a su reloj, a resultas de lo cual se le había parado, no estaba seguro de si había llegado tarde o temprano a la cita. Miró a través de la cristalera hacia el interior del bar y confirmó su presentimiento de que aún no habría llegado nadie. Del techo, por encima de la barra, colgaba un circuito eléctrico como el de una telesilla en miniatura, solo que, en vez de esquiadores ávidos de nieve, se paseaba por él una vaquita de plástico que, no sé si sonriente o compungida, no se cansaba nunca de completar una y otra vez aquel trayecto circular, vicioso. Los días se habían ido desvaneciendo, quiero decir que quedaban muy lejos ya los embelesos iniciales, los cortejos silenciosos de tanto anochecer, los dulces aturdimientos que, al despertar cada mañana, los envolvían como para que sus miembros no se desenredaran nunca. Se habían ido convirtiendo, sus días, en carcasas vacías, en mondas pisoteadas, en sombras agrietadas por las que aún, turbia e inservible, se filtraba la luz que un día los bañó. La vaquita seguía girando imperturbable cuando se dio cuenta de que el camarero, un jipi de casi sesenta años, de mirada acuciante, le hacía una seña con la mano. No, no, pensó, no quiero entrar todavía. Esperaré un poco, daré un paseo por la manzana, me asomaré a la avenida para respirar un poco de humo. Sonrió con la boca pequeña. Esbozó un ademán que no se supo si era un principio de excusa o un amago de reverencia. Era algo así como decir para qué al mismo tiempo que lo que tú digas. Lo cierto es que se despejó a sí mismo el camino, me refiero a que miró hacia otro lado, aunque sin olvidar a la vaquita que reía o lloraba en las alturas, y adelantó unos pasos hasta el comienzo de la calle. No estaba ya demasiado seguro de que los asuntos varios que quería tratar con su expareja no constituyeran un catálogo de imbecilidades y antiguallas capaces tan solo de provocar somnolencia en uno y otro interlocutor. Bien, se dijo, veamos qué hay por aquí. Se encontraba frente a un teatro que parecía una fortaleza medieval, solo que, en vez de por muros de piedra, estaba protegida por murallas de cristal en lo alto de las cuales, a modo de almenas, señoreaban unos focos que acribillaban sin piedad al más precavido viandante. Una lluvia anoréxica empezó a postularse. Su recorrido, que no era de por sí demasiado nítido, siguió desdibujándose hasta que, después de cruzar un par de calles e incluso la propia avenida perfumada por el aliento de los taxis, las motocicletas, los turismos y los autobuses municipales, dio con sus huesos, que ya tiritaban, en un pequeño jardín en el que no había nada excepto un árbol, un banco y una pelota. Cónchales, se dijo, de quién será esa pelota. No se preguntó en ningún momento por el dueño o los dueños del árbol y del banco, que posiblemente no eran tampoco públicos sino propiedad de alguna empresa contratada al efecto por el edil de turno (a cambio de comisiones o prebendas), sino que, ingenuo como era, pensó solo en el pobre niño que se habría olvidado, requerido por una madre tiránica o por un padre desatento, de su juguete preferido. Esperaré aquí a que vuelva, se dijo. Vigilaré la pelota hasta que su dueño la eche en falta, tal vez ya en casa, instalado frente al televisor o jugando en su cuarto al póquer virtual, para que cuando llegue al parque de nuevo con su padre o con su madre recupere, en virtud de mi custodia, su pelota. Y así lo hizo, me temo. Esperemos con él, qué otra cosa podemos hacer, veamos cómo se sienta comedido en el banco que un edil mandó instalar a la empresa de su primo junto al árbol que otro edil encargó —“ponle un punto tropical al arbolito”, le dijo— a la empresa del hijo de su amante. Sigámoslo en sus pensamientos, que lo llevan, ahora, hasta el bar en el que debería estar esperando a su expareja para escuchar excusas desproporcionadas, argumentos falaces, falsos propósitos de enmienda, faroles, filosofías baratas, apremios, soluciones, diagnósticos, bravatas, pretensiones. Allí, en el bar, mientras espera mentalmente a quien nunca habrá de llegar —aunque ya haya llegado—, su pensamiento se transforma en una mirada curiosa que va del jipi alevoso a la vaca forzada a rumiar el infinito. Así, así, ¿no te da vergüenza, abusador?, ¿no ves que la vaquita quisiera descender, oler de nuevo un prado suizo, animal, abusador? Todo esto piensa sin querer mientras permanece erguido en el banco carísimo junto a la pseudojacaranda o el pseudoflamboyán, con la pelota entre sus brazos, como si la acunara, ¿y no la acuna de verdad mientras espera a que su dueño llegue?, ¿no lo espera realmente aun presintiendo que tal vez nunca llegará?

2 comentarios:

  1. Por eso es mejor no preparar nada, no hacer planes. Las citas nunca son con quien se espera o se tiene pactada alguna, sino con lo inesperado, con la sorpresa, con la vida misma: uno de sus grandes regalos es que nunca sabes lo que pasará, para bien o para mal.Sobre esa pelota escribió Rilke: "Du runder, der das warme aus zwei händen im fliegen (...)". Un saludo.

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  2. O el principio de incertidumbre aplicado a la propia vida... aunque muy lejos de lo que una editorial errática, un antólogo camuflado (y poeta ubicuo que se ha puesto el mundo por montera) y unos poetas complacientes han venido a denominar "poesía ante la incertidumbre". Un abrazo.

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