domingo, 22 de mayo de 2011

CIFRAS, OLVIDOS

A veces me olvido de cómo me llamo. Suele ocurrirme cuando presiento que estoy a punto de tener que informar de mi nombre a uno de los desconocidos con los que me cruzo en la calle. Hoy han sido doscientos treinta y cuatro. Contados, como siempre, desde que dejo atrás, a primera hora de la mañana, la puerta del edificio donde vivo hasta que vuelvo a entrar, al mediodía, por ella. Los vecinos con los que pueda encontrarme en las escaleras, en el ascensor o en el vestíbulo —hoy no ha sido ninguno— no cuentan, claro está, por la sencilla razón de que se trata de rostros ya más o menos familiares cuyos nombres no siempre conozco pero que, desde luego, no suponen nunca la absoluta novedad, la radical sorpresa que un encuentro callejero con un desconocido implica casi siempre. Es en el preciso momento, como decía, en el que siento que podría establecerse un contacto con alguien en la calle, cuando se tambalea la seguridad de saber quién soy, cuando, incluso, sufro una especie de mareo que me obliga a frustrar el posible acercamiento, mío o suyo, deteniéndome en el portal de una casa o apoyándome en una de esas rejas que ostentan los escaparates de numerosos comercios. El desconocido pasa a mi lado defraudado por mi cambio de postura, porque de pronto le he dado la espalda después de esbozar una sonrisa que, aunque a distancia, anunciaba quizás una conversación, un intercambio. Lo que no sabe es que me estoy debatiendo en ese mismo momento entre ofrecerle mi rostro sin nombre o fingir un despiste momentáneo, una ausencia que oculte otra ausencia más grave: la desaparición del nombre en mi memoria. Puede, en ese mismo instante, como ocurrió el otro día, pasar a mi lado un gato en dirección a la avenida, quedarse unos segundos dudando si cruzar o no, un gato corpulento y al mismo tiempo elástico, elegante, y de pronto lanzarse como si fuera un suicida al otro lado. Es un gato sin nombre, callejero, que va huyendo de no se sabe qué sombra o que simplemente prosigue una ruta iniciada mucho antes, en cualquier caso un gato que, como todos los gatos, no sabe que tendría, para evitar ser atropellado, que mirar a derecha y a izquierda antes de lanzarse a cruzar la avenida. No ha perdido su nombre, pues no lo tuvo nunca, ni ha olvidado mirar a un lado y a otro, pues le basta confiarse a la agilidad de sus patas y tal vez, aunque menos, al rabillo del ojo. A mí, en cambio, me tiemblan las piernas, la mirada se me nubla, me pierdo en una soledad mayor que la habitual cuando, de pronto, me doy cuenta de que acabo de olvidarme de mi propio nombre. No me hago entonces muchas preguntas, ¿de qué serviría?, pero pienso que si incluso ese último asidero de la identidad lo acaba abandonando a uno es porque uno se encuentra al borde mismo de una tragedia similar a la que habría ocurrido si el gato hubiera sido atropellado. No creo que nosotros, por la simple razón de disponer de un nombre que casi siempre nos acompaña, tengamos más valor que un gato o que cualquier otro animal de este planeta. Es curioso, de todos modos, que lo que casi nunca olvido es el número de personas con las que me cruzo a diario. Suele oscilar entre las doscientas y las trescientas, aunque es rarísimo que coincida el mismo número. El presentimiento de un intercambio, de una conversación suele darse en una o dos ocasiones cada día. También ha habido algún día en que no ha acabado dándose. Y casi nunca ha ocurrido tres veces. No podría explicar qué es lo que desencadena el presentimiento, pero sí diré que suelo empezar a notarlo desde el mismo instante en que veo a la persona, aunque esta se encuentre todavía muy lejos. No es preciso que haya un cruce de miradas, ni siquiera un gesto que pueda interpretarse como una invitación o una sonrisa. Digamos que se establece una especie de corriente invisible que, en mi caso, suele provocar, como ya he dicho, que me olvide de cómo me llamo y me vea, por ello, imposibilitado para iniciar ningún tipo de contacto. Alguna rara vez en que el presentimiento ha tenido lugar en el preciso momento en que llegaba al portal de mi edificio y me disponía a abrir la puerta con la llave ha ocurrido algo extraño: ya dentro, en el vestíbulo, he recordado cómo me llamo y, a través de los cristales, no siempre impolutos, he visto al desconocido volverse hacia mí como si también él supiera mi nombre.

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