lunes, 4 de abril de 2011

MIENTRAS ESPERABA

Estaba esperando a alguien. El silencio era el de las tres de la tarde, esa hora en que ha ocurrido ya o no ha ocurrido aún todo lo que, en nuestras vidas sin importancia, tiene alguna importancia. La madre de uno de mis alumnos se está muriendo, me han informado hoy. Debe de tener una edad parecida a la mía, pues yo tengo ya la edad en que podría ser el padre de mis alumnos si hubiera sido padre a la edad en que mis padres se convirtieron en los míos. Cada uno vive en su exclusiva celdilla de colmena y apenas sabe quién vive al lado, debajo, arriba o enfrente. Esa ventana, por ejemplo, frente a la mía: ¿cuánto tiempo lleva cerrada su persiana? ¿Tengo alguna idea de cómo es el rostro que, supongo, alguna vez se habrá asomado a ella? La muerte tendrá lugar en la casa, pues le han permitido que abandone el hospital. Será cuestión de un par de semanas. Cuántas veces (quiero decir: ¿muchas o pocas?) he vuelto a pensar en aquella alumna mía que murió de un derrame cerebral y cuyo último examen quedó sin corregir en mi escritorio. O en aquel alumno, al que solo veía un día por semana y con el que apenas pude hablar, pues casi no parecía ya existir, que se suicidó hace unos años. O en aquel compañero, profesor de francés, muerto de un cáncer fulminante de pulmón, que me ayudó a preparar programaciones y otros documentos casi siempre inútiles en mi primer año en el segundo instituto en que trabajé. Dicho así, parecen pocas las muertes a las que me ha tocado asistir (y este verbo, me temo, agiganta mi escueta experiencia de ellas) en el marco de estos diez años de docencia. ¿Son realmente pocas? A lo único que puede recurrirse ya, nos han comentado hoy, es a los cuidados paliativos. Tendré que corregir esta semana las actividades que marque para casa mientras pienso que la madre de ese alumno (un alumno de rendimiento medio y de comportamiento exquisito) está siendo sedada porque le quedan solo unas semanas de vida. Hablaremos de sintagmas, de cohesión textual, de metáforas y de aliteraciones mientras una mujer joven está siendo arrasada por dentro, está siendo atacada sin piedad por las células de su propio cuerpo que ha decidido, ¿puede decirse así?, destruirse a sí mismo. Qué ejemplificante. Qué didáctico. Pero ¿acaso puedo enseñarle algo que le ayude a llorar o a temblar menos, a rezar de otro modo, a enfrentarse a esa muerte sin tanto dolor? No ha llegado aún la persona a la que estaba esperando. Se oyen como en sordina el ruido metálico de calderos o sartenes que alguien friega, el de pasos que se arrastran, el de persianas que se cierran, el de un timbre que suena, el de una cisterna de la que se tira. Todos esos pequeños e insignificantes ruidos provocados por personas que viven cada una en su exclusiva celdilla de colmena y que dejarán de escucharse cuando mueran. Y ahora alguien toca a mi puerta.

5 comentarios:

  1. "...en nuestras vidas sin importancia"
    Frase certera. La mujer muriendo y alrededor de ella harto dolor en esas vidas sin importancia. Y todo pasa. Un beso Rafael.

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  2. Otro beso enorme para ti, querida Yamily, desde esta distancia en la que siempre te recuerdo con cariño y que espero atravesar un día para volver a verte.

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  3. Tu texto recuerda el poema "Tabaquería" de Pessoa: nadie sabe nada del otro, y los datos que tenemos de los demás tampoco nos ayudan demasiado a saber quiénes son. Me ha gustado el texto y esa reflexión sobre la muerte que va acumulándose sobre nosotros como una losa invisible. Un abrazo.

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  4. Uf, "Tabaquería" son palabras mayores... pero ese texto, amigo Iván, ¿no era de un tal Álvaro de Campos? ¡Abrazos!

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  5. Sí, tienes razón, me he confudido de heterónimo o, más bien, de poeta. ¡Abrazos!

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