lunes, 18 de abril de 2011

CAUTIVERIO

El primer paso habría de ser ordenar un poco tu casa. O no solo un poco, sino a fondo. Recoger los papeles tirados sobre la mesa, las bolsas de plástico ya desprovistas de contenido —medicamentos, comida, ropa, cachivaches—, las migajas esparcidas en el poyo, los libros apilados en los bordes de la estantería, las camisas colgadas en los respaldos de las sillas, la vajilla amontonada en el escurridor, los lápices, las gomas, los bolígrafos que alguna vez empleas para apuntar cualquier cosa. A partir de ahí, todo podría mejorar. Dejarías tal vez de tener sueños turbulentos, sueños como el de anoche, en el que aparecías de pronto perdido entre callejuelas desconocidas a pesar de que visitabas, supuestamente, una localidad con la que estás familiarizado desde niño; abrías luego una verja y te adentrabas por lo que parecía uno de esos pasillos ajardinados entre los adosados de una urbanización hasta que divisabas un perro enorme que al verte empezaba a correr hacia ti; entonces dabas la vuelta para alcanzar de nuevo la entrada, pero en el momento preciso en que abrías la verja sentías en el muslo una dentellada que acabó con el sueño —aunque la seguías sintiendo, en cierto modo, al despertarte. Ahora que ya sabes cuál es el primer paso que has de dar, dalo. Empantanarte en la conmiseración de ti mismo, dejarte mecer por las voces que te atan a la inmovilidad, asilvestrarte, por decirlo así, en el interior de los bosques de tu propia desgana, no es más que un camino de perdición que conduce al abismo. Mira: el sol ha declinado, la tarde es apacible, fuera respirarás el mundo de otro modo, aunque creas ahora que allí nada te espera. Igual que esta mañana te hiciste la pregunta de si en aquella terraza vacía, en sombra, caería el sol por la tarde, y enseguida pensaste que no era el sol lo que podría llegar a caer sino su luz —¡qué compulsiva pasión por las metonimias la de esta lengua nuestra, te dijiste!—, del mismo modo, si sales esta tarde, estarán esperándote nuevas preguntas, nuevas palabras, nuevos retorcimientos de la lengua, imágenes, presencias, desapariciones, expectativas, movimientos, vacilaciones, fisuras, rostros, terrazas, pasos, emociones, a ti que, ahora cautivo, sin que, en cambio, nada ni nadie te retenga, sabes ya cuál es el primer paso que has de dar para llegar hasta la puerta, abrirla y recorrer con nuevos pasos la ciudad. Sé como esos fantasmas de la película que viste anoche: emprenden un viaje para encarnarse de nuevo en un ser vivo, huyen de las voces de sus propios pasados, se enfrentan a criaturas infernales que quisieran retenerlos en las convulsas prisiones de la culpa, de la melancolía y de la postración. Arráncate el vestido espectral que ahora te cubre y sé de nuevo un vivo entre los vivos.

2 comentarios:

  1. La pasión por el solipsismo o el aislamiento es una pasión legítima y una tentación en la que no es difícil caer o dejarte arrastrar cuando tantas cosas a tu alrededor reclaman tu atención o tu presencia. ¡Ah!, qué dulce y delicioso es entonces desaparecer y hacerles ver a todos que ya has muerto y que nadie puede ni preguntar por ti ni reclamarte ayuda. Quizá sólo entonces llegamos a encontrarnos con nosotros mismos y a conocernos un poco: "mi vida temporal anda precita / dentro el infierno del común trafago / que siempre añade un mal y un bien nos quita (...)" había escrito ya, tan moderno, el capitán Aldana. Cómo, Rafa, no sentir también lo que sintió Cavafis: "Si imposible es hacer tu vida como quieres (...)" Pásalo bien esta semana santa y un fuerte abrazo de tu amigo.

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  2. Aldana y Kavafis, querido Iván, son dos de mis poetas preferidos, a los que leo desde que era muy joven. Que los relaciones con mi rápido apunte de blog es de una generosidad que no deja de ser hiperbólica... Solo que en esta ocasión las palabras aluden a la necesidad de abandonar el solipsismo, la soledad, el cautiverio, para salir un poco al mundo y respirar mejor. Como si la casa fuera una especie de cárcel o de tumba que nos retuviera contra nuestra voluntad...

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