domingo, 24 de abril de 2011

DIEZ AÑOS SIN ALBERTO GIORDANO


Cómo se nos empobreció la vida con tu muerte. Tal día como hoy, 24 de abril, pero de hace diez años. Aunque lleváramos algún tiempo sin vernos y aunque los últimos encuentros no hubieran podido ir más allá de un breve saludo, siempre cariñoso, festivo, envolvente, en la cafetería de la universidad o en sus aledaños, no tuve nunca la impresión de que estuvieras lejos, de que la conversación se hubiera interrumpido, de que la fiesta permanente hubiera decaído alguna vez. Estas, la conversación, la fiesta, no tenían sentido sin tu presencia, quiero decir que, por ejemplo, no se me ocurrió nunca, pasados los años, escribirte una carta para darte noticias de mis andanzas alemanas, pues tenía la intuición de que un intercambio epistolar hubiera sido para ti un pálido simulacro del embeleso constante de las palabras compartidas, de los abrazos, de las risas, de los guiños catapultados en varias direcciones, ambiguos los guiños, las risas, las palabras, pero nunca los abrazos, que lo eran siempre de cariño y de amistad. Sin embargo, era tan intenso el recuerdo de esos momentos compartidos que, a pesar de las distancias que va imponiendo la vida, de esa errancia particular que cada uno emprende en busca acaso de una imagen menos borrosa de sí mismo, seguían irradiando desde el fondo, desde la memoria, desde una especie de presente perpetuo, invulnerable. Se nos empobreció la vida, en cambio, y esta vez definitivamente, cuando supimos que habías muerto. No comprendí, cuando me lo contaron, que alguien tan lleno de vida pudiera marcharse en un brevísimo instante. Cómo podía explicarse que poco antes de morir estuvieras, como te imaginaba, recitando inspirado algún poema en lengua portuguesa, qué digo inspirado, más bien fervoroso o entusiasmado o iluminado o extático (ninguna de estas palabras consigue describirte bien). Era inconcebible que, de pronto, hubiera dejado de existir quien hacía de la existencia una participación permanente, alguien para quien el mero mirar a los demás era un acto de entrega, una persona que estaba llena de voces ajenas (inmensos conocimientos de varias tradiciones literarias) que había hecho suyas para regalárselas a su vez a los demás en un intercambio sin fin. Todo esto era inexplicable, inconcebible y atroz. Para las diez o doce personas que asistimos a tu curso sobre “Literatura portuguesa contemporánea” en el año, si no me equivoco, 1990, entre ellas mis amigos Goretti Ramírez y Gregorio Gutiérrez, estar allí era un privilegio de tal magnitud que cuando salíamos lo hacíamos como si guardáramos algún secreto que tú nos hubieras confiado. Éramos casi como iniciados de alguna cofradía, testigos de una revelación que a partir de ese momento estaba destinada a transformar nuestras vidas. Y esto era así porque todo lo que tú decías en tus clases, cada palabra y cada gesto, cada comentario y cada interpretación, cada reflexión y cada duda, tenía su origen en tu propio ser, en tu propio pensamiento o personalidad o corazón o espíritu (como quiera que podamos llamar a lo más íntimo de un hombre). Muchas veces recuerdo alguna de aquellas palabras y no consigo dejar de asociarla a la imagen que conservo de ti: por ejemplo, paseando a buen ritmo, con tu chaqueta azul algo desgastada, por una avenida de Santa Cruz de Tenerife, ajeno a todo lo que te rodeaba y, sin embargo, extrañamente incorporado de un modo necesario a un paisaje que hiciste tuyo, creo, sin demasiado esfuerzo. Otras veces me he preguntado si llegaste a la isla huyendo de algo, de alguna decepción o dolor, de un desengaño o de una gran soledad, pero me digo que eso, en todo caso, no es asunto mío y forma parte de tu enigma esencial. Nos regalabas libros cuando volvías de un viaje. Recuerdo una cena, con Goretti y conmigo, en uno de los restaurantes chinos que están como suspendidos sobre el puerto de Santa Cruz: hablábamos sobre asuntos cotidianos, casi triviales, y de pronto citaste un pasaje del Bhagavad-Gita que nos hizo pensar que en la vida todo es superficial y profundo a la vez, como aquel mismo instante en que cenábamos arroz tres delicias y acaso pollo con almendras y parecía uno más de tu vida y de la nuestra y lo era y no lo era. O como cuando te imaginaba en tu piso de la zona residencial cercana al puerto viendo una de esas telenovelas (recuerdo uno de los títulos: La loba herida) que eran para ti, según nos dijiste (en serio y en broma, por supuesto), todo un tratado de narratología. Años después de que te marcharas di una vez un paseo por la zona en la que vivías, aquel barrio nuevo construido junto a las primeras estribaciones de los montes de Anaga. Aquel día escribí mentalmente un relato en el que tú eras el protagonista: deambulabas por aquellas calles que se habían convertido en tu destino; te detenías en los escaparates de las tiendas de ropa de los comerciantes rusos; pedías un barraquito en una cafetería; te sentabas a fumar en uno de los bancos de una plaza inhóspita a la que, sin embargo, el sol, mezclado con la brisa del mar, dotaba de una atemporalidad casi sagrada. Eras lo más alejado del engreimiento académico, de la solemnidad cuyo único fin es enmascarar la incompetencia. Fustigabas con más virulencia el engreimiento que la mediocridad, salvo que, como solías recordar, ambas propiedades solían darse conjuntamente en algunos de los profesores de las facultades de letras de nuestra universidad. No tuviste reparo en ser uno más de los jóvenes que, en una furgoneta casi destartalada, acudíamos a visitar a nuestros amigos de Icod para almorzar mientras tramábamos alguno de los números de la revista Paradiso. Una foto (que temo haber perdido) da testimonio de uno de esos almuerzos. Se te veía joven en ella (nosotros éramos casi unos niños). No sé qué más decir. Sé que acaba de publicarse una obra tuya, Five, una novela en la que estuviste trabajando durante tus años de Tenerife y que tu muerte te impidió revisar. Estoy seguro de que cuando la lea volverás a estar vivo de algún modo. Cada vez que alguna de las personas que te conoció ha compartido conmigo una anécdota tuya, un recuerdo, una imagen, he sentido el alborozo de un reencuentro. Es como si, a pesar de lo mucho que se nos empobreció la vida después de tu muerte, tu unánime presencia en el recuerdo de todos los que te conocieron fuera la garantía de que aún sigues estando con nosotros, de que aún, como decía Camilo Pessanha en unos versos que amabas, “só, incessante, um son de flauta chora”.*

* Le agradezco al profesor José Juan Batista el envío de la foto, tomada en el mes de abril de 2001.

3 comentarios:

  1. Viva, pues, Alberto Giordano, para siempre, en nuestra memoria, dentro de nosotros, en cualquier resquicio en el que se encuentre la poesía... Gran Alberto Giornado, el magnífico.

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  2. Recuerdo una tarde en el despacho de Pepe pocos días antes de que muriera don Alberto Giordano. Yo estaba estudiando tercero de Filología y Pepe y yo estamos hablando, me parece, de un trabajo mío sobre Francois Villon y Jorge Manrique. No recuerdo bien por qué salieron a colación los nombres de Pessoa, Dante, Gil Vicente y, por fin, Alberto Giordano; pero pocas veces habré oído jamás a nadie hablar con tanta admiración y tanto cariño de otra persona. Las palabras de Pepe sobre don Alberto me llenaron de consuelo y de calor. Me dije que si alguien podía querer y admirar así a otra persona, la vida de esa persona estaba ya sobradamente justificada y jamás estaría sola; aunque lo sintiera. Me sentí reconfortado porque pensé que quizás hubiera alguien que sintiera todo aquel afecto y cariño por mí. Así que lo que había comenzado como la resolución de una simple cuestión académica (la corrección de un trabajo sobre literatura medieval)se convirtió de repente en una gran terapia humana. Yo no conocía a don Alberto y, al salir del despacho, Pepe me invitó a pasar a saludarlo. Sus palabras me habían impresionado tanto que, añadidas a mi timidez proverbial, me llevaron a negarme a aquella simple presentación. Jamás se me pasó por la cabeza lo que ocurriría apenas dos días después, cuando Alberto Giordano murió. He pensado muchas veces en aquella tarde con la tristeza de no haber podido intercambiar entonces unas pocas palabras con un ser al que tanto amor se le brindaba por parte de tantas personas a las que admiro y quiero. Un fuerte abrazo y gracias por la generosidad cariñosa de tu memoria.

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  3. Gracias a los dos, Isidro e Iván, por los comentarios. Iván: muchas veces el no haber conocido a alguien que luego se marcharía para siempre nos deja el regusto agridulce de un zarpazo del destino unido a un extraño vínculo (que dura siempre) con quien se ha ido. Es como si justamente esa ausencia revelara el envés luminoso de una presencia incesante. Qué hermoso lo que dices sobre Pepe (otra de esas personas especiales) y sobre su cariño por Alberto Giordano. Un fuerte abrazo.

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