jueves, 25 de noviembre de 2010

EL NUEVO REGALO

En aquella playa, ¿recuerdas?, que fue para nosotros algo así como la playa del fin del mundo, o incluso del fin de los tiempos, pues ¿acaso estábamos allí en un lugar o en un tiempo concretos?, aparecieron estas caracolas que hoy he querido inmortalizar para ti. En aquella playa, ¿o lo has olvidado ya?, las arenas ardían enredadas con tus pies que se enredaban a los míos que se enredaban a las olas persuasivas a su vez enredadas las unas con las otras. La misma forma en espiral de estos milagros que el mar nos regaló tenía en aquella playa el tiempo, que giraba alrededor de sí mismo e invitaba a los cuerpos a dejarse caer girando el uno sobre el otro por la ligera pendiente de la arena mojada hasta llegar al mar. Es posible que no recuerdes ya el paseo que di hasta el final de la playa, mientras tú contemplabas en los charcos, bajo la potente lupa del sol, los peces atrevidos o incautos que hasta allí habían llegado. Fue durante aquel paseo cuando encontré estas caracolas. Algo de aquel día, sin embargo, debe de haber permanecido en ti, pues durante los meses posteriores hablabas alguna vez del arrullo de la brisa, de las locas acometidas de las olas, del roque en equilibrio en lo alto del acantilado, de tantas otras cosas que vimos o sentimos y que solo porque éramos dos y porque todo lo compartíamos pudimos ver o sentir. Hablar de ellas después era volver a vivirlas, no con la nostalgia de haberlas perdido, sino con la alegría de saber que en cualquier momento podríamos recuperarlas. De las caracolas, de esas tres joyas delicadas cuyo único valor era el haberlas encontrado yo para ti y el haberlas aceptado tú como regalo mío, no hubo nunca necesidad de hablar, pues las teníamos siempre a la vista sobre algún estante en medio de libros o de discos, o en la mesa bajo el ventanal que daba a la terraza, o en la cómoda que había junto a nuestra cama. A la vista significaba entonces que su presencia silenciosa (pues aunque digan que se oye en ellas el mar si se las acerca al oído no es el mar lo que se oye, sino un viento que parece venir más bien del corazón) era para nosotros, que apenas nos fijábamos en ella, como la de esos lares de las casas antiguas que protegían a quienes las habitaban. ¿Crees tal vez que nos equivocamos? ¿Que no debí recogerlas aquel día o que no debiste aceptarlas de mis manos? ¿Que debimos haberlas devuelto al mar que nos las entregó? ¿Que sin ellas, sin su aliento escondido como al final de un laberinto, hubiera perdurado nuestro amor? Quién sabe. Lo que ahora sabemos o desconocemos no es lo mismo que sabíamos o desconocíamos entonces. Lo que entonces hicimos no coincide con lo que querríamos hacer ahora. Y todo adquiere con el paso del tiempo un sentido imprevisto. Cuando desmantelamos nuestra casa, después de la separación (pero ¿nos separamos o fue más bien un abandono de uno por el otro?), no sé por qué, yo conservé esas caracolas. En realidad eran tuyas, pero entendí que me las devolvías en silencio como para negar en cierto modo aquella tarde en que las encontré para ti. O quizá no quisiste llevártelas para dejarme algo tuyo que también era mío, algo que simbolizase aquel momento en que no había nada que no compartiéramos, nada que se interpusiera entre nosotros. Las he conservado durante todos estos años. Si alguna vez me atrevía a escuchar en su interior me parecía estar oyendo tus latidos, o la voz con que hablabas durante el sueño, un rumor parecido al de las olas, es cierto, pero más cálido y al mismo tiempo más lejano. Y un día ya no quise verlas ni escucharlas más. Las dispuse sobre una mesa, en torno a un jarrón que compré mucho después de que nos separáramos (un jarrón que podría contener tanto una flor como unas cenizas, pero que no contiene nada), y las fotografié. Ahí están, te las entrego de nuevo, pero esta vez no están mojadas porque acaban de ser sacadas del agua, ni desprenden el aroma salino del mar, ni guardan en su seno murmullos de ninguna clase. Son mi nuevo regalo para estos nuevos tiempos en los que todo no es ya sino una sombra de la vida.

(A partir de una fotografía de Otho Lloyd)

martes, 23 de noviembre de 2010

ANTES DE DORMIR

Como quien al caer por un precipicio se agarra con una sola mano a las ramas de alguna planta milagrosamente resistente que lo salva de acabar aplastado en el fondo del abismo, así unas palabras, escritas al borde de la noche, parecen salvar un día; un día que iba cayendo sin remedio por las laderas de la indiferencia, del alejamiento y de la desilusión se sobrepone de pronto, casi sin que ya lo esperáramos, y se encarama sobre sí mismo para agarrarse a las puntas sarmentosas de unas palabras cualesquiera, unas palabras que podría creerse unidas en sus raíces a la pared más sólida y que impiden, al menos mientras duran, mientras dura su magia de sílabas sopladas desde un aliento desconocido, que el día se desplome. Luego, claro, vendrá la condena de la postración, la soledad de la cama, el ritual de desvestirse una vez más para dar término al día sin saber si otro día nos espera al regreso del sueño –y, lo que es peor, sin saber para qué podríamos querer que otro día nos sea concedido al regreso del sueño. Del otro lado, de ese lugar en el que depositamos nuestros deseos más escondidos, de esa irradiación silenciosa que nunca deja de abrirse paso por nuestras venas aun cuando creamos que la sangre fluye por ellas con la lentitud de un agua estancada, no llega ya apenas ningún mensaje cómplice, como si hubiéramos perdido la comunicación que hasta ahora fluía. El silencio nos pesa; si al menos supiéramos qué lo ha generado, podríamos escarbar en busca de un antídoto entre nuestras reservas de palabras. Pero nada sabemos sobre lo que nada dice. Se han callado las voces, al final de este día; no escuchamos ya el chisporroteo con que tal vez nos habían estado engañando, y las palabras no bastan porque, por desgracia, no son las que hacen faltan. Y, aunque no nos atrevamos a dejar de escribir por miedo a lo que vendrá a continuación, sabemos que sería más justo, más valiente, más honesto, callar ahora antes de que sea el silencio el que nos haga callar.

domingo, 21 de noviembre de 2010

HOSTAL LOS ALPES

Siempre me han gustado los cuartos de hostal. Fueron en algunas épocas moradas ocasionales desde las que salía a pasear por ciudades más o menos desconocidas. No tiene sentido ahora elaborar un recuento (la memoria no es un listado de instantes, sino más bien una amalgama en la que se superponen las distintas capas de lo que hemos ido viviendo). Ayer, después de mucho tiempo, acabé en un cuarto de hostal. No lo planeé, claro. Fue el resultado de una coincidencia sobrevenida durante la noche, de un encuentro que requería una prolongación más íntima, la demorada continuidad de una noche compartida aunque se sepa que tras ella llegarán el corte inevitable, la despedida, la separación (el viaje, en este caso), la intensidad del recuerdo que se enfrenta a la pérdida, la progresiva disolución de lo sentido esa noche, el desapego, el olvido. Pero mientras los cuerpos se devoran en la hoguera del deseo no piensan en nada, y mucho menos en despedidas, disoluciones u olvidos. El cuarto era pequeño, opresivo. No daba a la calle, sino a un patio interior que ni siquiera se veía, pues la única salida a él era un ventanuco situado a altura considerable sobre la cabecera de la cama. Esta era como cualquier cama de hostal barato: un lecho para descansar en el que no se descansa, no solo porque no se ha ido allí para descansar, sino porque a la hora de dormir los cuerpos se hunden en el colchón desvencijado, y en las vueltas que dan constantemente en busca de la mejor posición para el descanso se acaban topando enseguida con la pared o con el suelo. Así que la noche transcurre, tras las furiosas o tiernas embestidas, tras todos los encaramamientos y los roces, las cosquillas y los abrazos, las incorporaciones y las omisiones, las mordidas, las torsiones y los apuntalamientos, en un insomnio casi placentero, en el que los cuerpos, erizados el uno por el otro, se acoplan aplacados durante lo que queda de noche. Junto a esta pareja aparentemente idílica que parece dormir aunque no lo haga hay un lavabo, una bañera, una mesita de noche y un armario. Las ropas yacen junto a la cama. Un ventilador de techo combate el calor del cuarto, caldeado en exceso. Los pensamientos conforman en la mente una maraña de cuartos habitados una noche, cuartos que se parecen todos y en los que se ha dormido solo o acompañado (y no siempre fue lo mismo una cosa que otra). ¿Qué es el insomnio sino un modo de poblar la noche, de llenar su oscuridad y su vacío con imágenes que surgen de donde no se esperaba que aún quedara nada? ¿Y puede en esta vida desearse algo mejor que un insomnio como este, poblado por dentro y acompañado por fuera, en el que los recuerdos imprevistos se enredan con las caricias de un cuerpo dulce y hermoso a nuestro lado?

lunes, 15 de noviembre de 2010

ESCARAMUZA

La habitación está en silencio. Te has acostado a la hora habitual. El día ha acabado, como siempre. Las imágenes pasan por tu mente con una rapidez que tu inmovilidad parece desmentir. ¿Es ahora cuando el día empieza realmente a vivir, ahora cuando corres sin trabas entre los setos, cuando bajas unas escaleras y subes por otras después de haber sido solo una sombra fugaz que el sol del mediodía no pudo perseguir? No hay gran diferencia, te dices (te dices sin palabras), pues todo lo que ocurrió durante el día sigue ocurriendo ahora mismo en tu mente de niño. Nada separa lo que ha dejado de existir de lo que sigue existiendo en las imágenes vivas que preceden al sueño. Mañana continuarás, desde que te levantes, los juegos en el césped, la captura de escarabajos, la persecución de lagartijas, los chapuzones en compañía de tu hermana y de los amigos de todos los veranos. La noche es solo una pausa entre una claridad y otra. Un descanso, la recuperación de la energía para el día siguiente. Sin embargo, las imágenes no te dejan dormir.

Al final te has dormido. Deben de ser las tres o las cuatro de la mañana cuando te despiertas. Una luz muy tenue entra por la rendija del balcón, seguramente la luz de la farola del paseo. La escalera está oscura. Tus padres deben de estar profundamente dormidos en su habitación del piso de abajo. Crees incluso escuchar cómo respiran. También tu hermana duerme, en la cama de al lado. Sientes unas ganas intensas de orinar. En alguna rara ocasión te ha ocurrido lo mismo: te has despertado a media noche con ganas de orinar y, cuando estabas llegando al final de la escalera que desemboca en la puerta misma del baño, has oído la voz de tu madre que te llamaba, desde la cama, preguntándote qué te ocurría, si te sentías mal, si no podías dormir. Ahora no quieres despertarla. Sabes que son los crujidos de la escalera los que la despiertan, pues su sueño es ligero, y sabes también que no hay forma de evitarlos aunque bajes despacio y con el máximo cuidado. Así que se te ocurre algo.

La idea es orinar sin tener que ir al baño. Como las ganas te apremian, no te lo piensas: lo harás en una de las gavetas vacías del armario. Así mismo, como suena. Te levantas muy lentamente, para que tu hermana no se despierte, y te acercas a la puerta de madera del armario, la abres, empiezas luego a abrir la gaveta con sumo cuidado, y allí tienes ya el lugar en el que podrás orinar sin temor a que se despierte tu madre. Orinas. Durante medio minuto sientes el alivio, esa sensación de liberación, como si te estuvieran desinflando desde dentro. La gaveta es grande y el orín se reparte por toda su superficie, formando una fina capa, una especie de charquito que brilla a la tenue luz que entra desde fuera. Como luego cierras la gaveta, y a continuación la puerta del armario, como además esa parte del armario apenas se utiliza, y como, por si fuera poco, en el colegio te han enseñado que el agua se evapora al contacto con el aire, confías en que, tal vez al día siguiente, habrán desaparecido ya las huellas de tu escaramuza nocturna. Vuelves a la cama, te acuestas, y enseguida te quedas dormido.

Y, claro, al día siguiente tu madre lo descubre todo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

TAHODIO, UNA VEZ MÁS

Por qué estas imágenes ahora, la carretera que bordea el barranco, los eucaliptos de troncos moteados tras los que duermen los muros de una especie de granja misteriosa, mientras avanzamos por una carretera que se estrecha en algunos puntos (y cuando esos puntos son curvas cerradas es preciso alertar con la bocina por si otro vehículo viniera en dirección contraria). He sabido hace poco que el amigo que a veces me llevaba en su coche, que entonces tendría poco más de cuarenta años y hoy rondará los sesenta y cinco, ha sido ingresado ya varias veces por problemas de salud mental. Yo lo recuerdo tan sano, jovial, vigoroso, sonriente, atento. Así lo sigo viendo ahora mismo al volante por aquella carretera que bordeaba el barranco y que, después de dejar atrás el grupo de eucaliptos plantados allí como para esconder algo, se confrontaba de pronto con una montaña majestuosa en cuyas faldas se sucedían las fincas de plataneras. Cruzábamos luego por un pequeño puente a no mucha altura (aunque en aquella época era para mí un puente largo, ancho y alto) hasta el otro lado del barranco, que pasaba a quedar entonces a mano derecha. La fábrica (nunca supe de qué) era un conjunto variado de edificios pintados de blanco, de un blanco sucio, tiznado, apretados unos junto a otros en el borde del barranco, unos edificios que desprendían un ruido constante que hoy no logro identificar, como si algo en su interior estuviera en perpetuo movimiento (esa fábrica en la que nunca nos atrevimos a entrar: tan solo alguna vez nos aventuramos hasta la entrada, hasta la plataforma de cemento en la que aparcaban los coches, o hasta una puerta grande de metal por la que nunca vimos entrar ni salir a nadie, pero que en cualquier momento podía abrirse para arrastrarnos al interior). Por qué, ahora, todas estas imágenes que la escritura reúne en un movimiento que no se parece al de entonces, a las curvas y recodos y bifurcaciones y apeaderos y túneles y caminos de cabras por los que transcurrieron todos aquellos años que hoy parecen lejanos. Alguien, creo, los está recordando también ahora mismo, tal vez de un modo menos confuso que yo, alguien para quien esas imágenes no están apelmazadas en el confuso vaivén de la adolescencia, sino que vibran en la luz de la primera madurez, de los cuarenta años recién cumplidos que reúnen el vigor casi todavía íntegro de la juventud y la sabiduría ya reposada de las múltiples lecciones de la vida, alguien que ahora los recuerda desde el abismo de la enfermedad, desde la cama de un hospital rodeado por una autopista ruidosa y por edificios sin ninguna identidad, anónimos. Acaso mis recuerdos hayan surgido ahora mismo para juntarse con los suyos. Quién sabe si algún día volverá alguno de los dos a atravesar la carretera que bordea el barranco, quién sabe si no se detendrá a escuchar el cuchicheo casi inaudible de las pequeñas piedras que se desprenden en lo alto y caen por las laderas, la queja desesperada de algún gallo atrapado en un corral, la canción solitaria de la brisa que pasa a saludar cada tabaiba, cada palmera, cada cable colgante entre un lado y el otro del barranco.

MI LUGAR PARA LA ETERNIDAD

Como hace años, en otra especie de congreso o de encuentro entre desconocidos con los que solo se comparten al principio unos intereses profesionales o creativos y luego, a medida que avanzan los días, se acaba compartiendo mucho más o se deja definitivamente de compartir lo poco que se compartía, me han apuntado hoy en una servilleta de papel una dirección que puede serme útil. En algún momento la sobremesa se ha disuelto (debe de haberse terminado el licor eslovaco servido en pequeños chokos diseñados para beber sake). Un poema leído de pronto logró crear el silencio a su alrededor. Las risas corrieron a esconderse entre las palabras, pero eran tan estrechos o tan precarios los huecos que se abrían entre estas que las risas caían en un abismo del que quién sabe cuánto tardarían en ser rescatadas. El poema hablaba de un lugar para la eternidad: «Este es mi lugar / para la eternidad / una pequeña silla de paja / el silencio y el verano / un muro que el cielo ha agrietado / como una calle / y mi alma que se acostumbra / a decir tú». La servilleta roja pasa de la mano al bolsillo. Qué fácil parece encontrar un lugar para la eternidad después de escuchar este poema. Cualquier lugar bastaría. Este cuarto, ahora. O el de al lado, en el que alguien escribe o traduce páginas bajo una lámpara que lleva horas sin apagarse. O un rincón cualquiera de la ciudad, mañana, en el que pueda detenerme, mirar alrededor, extrañarme de mí mismo, reconocerme un instante, recordar algún otro día de mi vida, olvidarlos todos, sentir el frío en las mejillas, abrirme como con la mano paso hasta el lugar del corazón en que la sangre borbotea caliente como una cascada roja en el paraíso, quedarme quieto y escuchar lo que pueda sin dejar de mirar hacia ninguna parte. La vida, entonces, estaría por fin desparramada en su lugar para la eternidad, fluiría hacia donde nunca pensamos que acabaría dirigiéndose, sin que por ello dejara de estar recogida en el lugar del que nunca ha salido, del que solo saldrá cuando no se llame ya vida. La servilleta roja está ahora sobre mi mesa. Ostenta una dirección que es un destino posible. Tal vez me encuentre allí dentro de cuánto tiempo. ¿Seguirá habiendo entonces un cuerpo en el que la vida esté contenida y que sea a la vez el lugar desde el que pueda, esa misma vida, salir de sí misma, encontrarse con otras, frotarse con las pieles de otras vidas en busca de una chispa, aun efímera, que le haga olvidar por un instante el oscuro reverso que le espera? Quién sabe. Nadie puede saber nada. Ojalá, tan solo, sean esta mesa, esta silla, esta noche de ahora mi lugar para la eternidad. Y ojalá se acostumbre mi alma a decir tú.

(Wernetshausen)

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL LAGO, AL FONDO, ACARICIADO UN INSTANTE

Fotografía: © Cristina de Melo

por la luz que se filtraba a través de alguna fisura entre las nubes, y que no habría visto si E., sentada a mi lado, no me lo hubiese señalado, recobró enseguida su apacible presencia de cinta desplegada sobre las faldas de unas montañas que poco a poco iban a ir perdiendo sus distintos colores para adoptar un azul uniforme como impreciso preludio de la oscuridad con que terminaría el día. La charla que nos estaba impartiendo aquella editora, ya casi anciana pero de ojos juveniles que no dejaban de chispear mientras la voz, serena, iba proyectando nombres de autores, historias, anécdotas e impresiones, se veía amenazada por la somnolencia de sobremesa que estaba a punto de arrastrarla consigo a unas profundidades en que todas aquellas palabras se hubieran mezclado con el dedo de luz que acariciaba el lago hasta producir no se sabe qué sueño imprevisto de cadáveres femeninos que son conducidos en un convoy hasta una granja en la que se les acondicionará para un viaje final que los devolverá a la vida. De algo así trataba Le Convoi du colonel Fürst, de Jean-Marc Lovay, “el hombre más libre que conozco”, dijo la editora, no sé si porque sabía de su afición a lanzarse en parapente desde las cimas de su Valais natal (aunque no hable nunca de eso en sus novelas) o porque se trata de un autor que desde los dieciséis años dejó de estudiar y se dedicó a ganarse la vida en diversos oficios a los que nunca se ha dejado atar de forma exclusiva. La prosa de Lovay, según dijo, está llena de constantes descubrimientos y sorpresas que la alejan de cualquier estilo reconocible; en ella, afirmó uno de los grandes amigos de Lovay, el poeta Maurice Chappaz, “por primera vez el sinsentido adquiere sentido”. Como la somnolencia y los repentinos descensos de volumen de la voz que escuchaba me impedían captar del todo lo que las palabras decían, no estoy seguro de que la singularidad de este escritor, tal y como nos fue descrita, se corresponda sin exageración a su singularidad real, pero al menos se me han despertado las ganas de comprobarlo leyendo alguna obra suya. Circularon después otros nombres, a los que presté menos atención, no solo porque iba pensando cada vez más que la charla había sido programada a una hora imprudente, sino porque la propia editora había mostrado su interés especial por Jean-Marc Lovay, mientras que al resto de autores suizos de lengua francesa que iba a presentarnos parecía situarlos en puestos secundarios: Catherine Safonoff, si no me equivoco una autora cuyas novelas, de signo autobiográfico, rescatan todo tipo de encuentros que la autora, en sus numerosos paseos en bicicleta, tiene por aquí y por allá, sin que la cotidianidad sea en este caso sinónimo de banalidad o de superficialidad, sino, al contrario, la puerta de acceso a un mundo de intimidades conflictivas e intensas; Rose-Marie Pagnard, autora de una obra misteriosa titulada Le Motif du rameau et autres liens invisibles, en la que despliega una sorprendente fuerza de imaginación que le permite, en una atmósfera estilizadamente oriental, describir la persecución que una mujer emprende por las calles de Tokio en busca de su marido, seducido por una japonesa casi invisible; Michel Layaz, autor de Les Larmes de ma mère, entre otras obras, del que no recuerdo nada de lo que su editora contó para incitarnos a leerlo e incluso a atrevernos alguna vez a traducirlo (objetivo último de aquella charla: ganar traductores de distintas lenguas para los autores de la editorial); y, finalmente, Adrien Pasquali, autor de desbordante inteligencia, ensayista, narrador, traductor, que se suicidó hace ya más de diez años casi con la edad que tengo yo ahora, y que descendía de inmigrantes italianos llegados a la Suiza francesa: su novela corta Le Pain du silence, que la editora me regaló y que ostenta un título tan bello, es la crónica de una infancia dura entre dos lenguas y entre dos culturas que acaban desembocando en el silencio (y, años más tarde, en la escritura; a la que a su vez sucederá el suicidio). Estas dos horas que ha durado la charla han sido como un paseo somnoliento por lugares casi solo entrevistos desde lejos, como si fuéramos atravesando los cantones del Jura, de Neuchâtel, de Vaud, de Friburgo, del Valais y de Ginebra desde un tren impaciente pero minucioso, mientras al fondo un lago, acariciado un instante horas atrás por un dedo de sol, forma ya parte indisoluble de la oscuridad que nos rodea.

(Wernetshausen)

miércoles, 10 de noviembre de 2010

ENTRE LENGUAS ANDA EL JUEGO

Entre lenguas anda el juego. Y entre letras. Elijo ―de entre los cientos de variantes tipográficas que me ofrece el ordenador― una que nunca había usado, pero que hace muchos años nos sirvió a unos amigos y a mí para señalar la búsqueda (quién sabe si vana) de la elegancia en una colección de libros de la que solo logramos publicar dos volúmenes. Es un tipo de letra, en efecto, elegante, cómodo, discreto y destacado a la vez, en el que las palabras van fluyendo sin demasiado esfuerzo, seguramente también porque no están hablando de nada, ni siquiera de sí mismas, pues, ¿acaso es algún tema para las palabras el molde que las contiene, la trama tipográfica que se ha elegido para ellas, el tipo de letra de nombre italiano que, seleccionado en un tamaño no demasiado grande ni demasiado pequeño, convierte la pantalla del ordenador en el simulacro de una página impresa? Y, en cambio, estas letras, me digo, son la impalpable frontera o el intangible puente entre mi cerebro y un discurso que va separándose de él a medida que se desarrolla, el receptáculo de algo que no existe en el infinitesimal instante previo al instante en que existe, y así, continúo diciéndome, las letras aparecen ante mi vista casi como los lugares mágicos en que se va creando a sí mismo el discurso, como una tela de araña que de pronto se nos muestra donde antes estaba solo la entrada de la cueva en la que nos escondimos de nuestros perseguidores. ¿Nos protegen también, acaso, las palabras, o sus elegantes formas negras alineadas unas junto a otras, como protegió a aquel otro ser humano, hace muchos siglos, la telaraña milagrosa que disuadió a sus enemigos de entrar en una cueva en la que probablemente, pensaron, no podría haberse escondido? ¿No nos mantienen retenidos dentro de nuestra guarida, protegidos en cierto modo, sí, protegidos de tanta cruda realidad o irrealidad como estaríamos condenados a experimentar sin esa tela protectora de las palabras, pero en definitiva aislados, incluso de los demás, aunque creamos comunicarnos con ellos, aislados incluso de nosotros mismos, de lo más auténtico o terrible o inalcanzable o silencioso de nosotros mismos? Pero había empezado diciendo que entre lenguas anda el juego. Y luego me desvié con la excusa de la tipografía hacia unas reflexiones insulsas. El juego al que me refería está vinculado a una tensión. Había, antes de que encendiera el ordenador, una tensión en la espera a la que me obligaba el hecho de que la única toma de corriente en que hubiera podido conectar el enchufe del ordenador estaba ocupada por el cargador del móvil, que hacía un rato que se estaba recargando. Me había propuesto dejar apagado el ordenador hasta que el móvil completara su carga. Pero al cabo de un tiempo empecé a sentir una especie de hormigueo. Había algo que realizaba cierta presión para salir, aunque yo no sintiera en ningún lugar de mi cuerpo esa presión. Tampoco podía atribuir el hormigueo al tic compulsivo de teclear, pues, de hecho, cuando llega el momento de hacerlo, no encuentro apenas placer en el juego autómata de los dedos que martillean las teclas. Sin embargo, había sin duda algo que, en algún lugar, iba cobrando una especie de vida, un movimiento contenido, inseguro, como el revoloteo de los pájaros que se preparan para echar a volar. En cuanto el ordenador estuvo encendido, las letras que los dedos proyectaban fueron formando las palabras de este texto que en cierto modo vienen de una parte de mi cuerpo y terminan en algún lugar fuera de él. Considero una osadía pretender que todo esto pueda venir de otro lugar que no sea mi cuerpo. Aunque, desde luego, estoy dispuesto a admitir que lo que quiera que sea que en algún momento indeterminado se puso en movimiento dentro de mí está alimentado por elementos innumerables de la más variada naturaleza que no son mi cuerpo pero que, en cierto modo extraño, coinciden en mi cuerpo y danzan y hasta acaso se funden dentro de él unos con otros hasta que terminan saliendo a algún lugar exterior (ahora mismo la pantalla del ordenador) en forma de palabras. Vacas. Un gato. Libros. Un ventanal a través del cual se iban volviendo azules las montañas. La luna. Personas. Conversaciones. La vida recluida durante una semana en una casa para traductores a ochocientos metros de altura. Una mariposa nocturna, ahora mismo, detrás del cristal de la ventana. Una pradera húmeda atravesada ayer para llegar a un banco en lo alto de un bosque. El sendero empinado en el que me resbalé mientras lo bajaba. Las barras de metal que sujetaban cada escalón de madera de ese sendero del bosque y que en mi imaginación coincidían exactamente al final de mi caída con el punto exacto de mi nuca en el que el contacto era mortal. Cincuenta vacas que venían por otro sendero conducidas por sus propietarios, vacas apacibles, que ni siquiera se adelantaban las unas a las otras, azuzadas por un perro raquítico al que cualquiera de ellas podría haberle destrozado el cuello con un simple pisotón. La anciana suiza que me habló en el sendero de esas vacas que se acercaban y con quien hablé durante diez minutos, en una lengua transparente, como si nos conociéramos desde siempre. El reflejo del sol, un instante, sobre el lago, allá abajo, captado a través del ventanal. Las lenguas que se cruzan y que en algún instante dejo de escuchar porque estoy pensando en algo que no sé bien lo que es. El nombre nunca escuchado de un escritor enigmático. Los caminos que parten de un libro que se está traduciendo y que nos llevan muy lejos hasta que al volver somos otros y el libro tampoco es ya el mismo. Un perro casi autista. La primera nieve, muy fina, como una exhalación, posada después de un par de horas sobre las copas de los árboles. Ovejas asustadizas. La casa en miniatura fabricada en lo alto del tronco de un árbol: ¿un nido de regalo o el escondite para los secretos de un adolescente? Y todo esto, todo lo que parece haber perdido el habla, o no haber aprendido nunca hablar, acaba entremezclándose con las palabras, como si estas, a pesar de venir del interior de mi cuerpo, vinieran de todo lo contemplado, de todo lo que, reunido en algún lugar caluroso capaz de devolverle la vida, renace ahora en forma de palabras.

(Wernetshausen)

lunes, 8 de noviembre de 2010

SEGUIR AVANZANDO, SEGUIR PERDIÉNDOSE,

se dijo, porque los círculos en que la vida se expande son cada vez más amplios, sin que deje de haber en el principio ―en un principio solo entrevisto a través de las nieblas de la nostalgia y del olvido― una especie de corazonada, la mordida de un lugar de la piel que más tarde sangrará hasta que la herida se infecte y se gangrene... Avanza, sin pensar en la pérdida pero rodeado de cuerpos desconocidos, de lenguas bruscas como borbotones de sangre, por pasillos, una y otra vez, siempre por pasillos que conducen los unos a los otros, un laberinto en el que se abren de vez en cuando habitaciones separadas por cortinajes sucios, habitaciones que podrían estar a su vez subdivididas en diferentes espacios, rincones extraviados en los que se oye el aliento jadeante de un cuerpo o se palpa sin querer el sudor pegajoso de una piel escondida. Seguir avanzando, seguir perdiéndose por ese laberinto que nunca, ni en sus peores pesadillas, llegó a imaginar, es tan aparentemente fácil como quedarse sentado en un sillón junto a una mesa atestada de botellas vacías, de colillas aplastadas sobre el cristal de un cenicero, mientras son los demás los que siguen avanzando, los que siguen perdiéndose en una rueda sin fin, como si estuvieran atados por una soga invisible de la que alguien, situado fuera del escenario, no dejara de tirar para ir retirándolos de la vista de ese espectador sentado en un sillón junto a una mesa atestada de huellas de anteriores ocupantes. Aquí estuvo hace años, aunque no recordaba con detalle las complicadas anfractuosidades de este laberinto. Como residuo de aquellas horas permanece tan solo la imagen de un breve encuentro, de una conversación, de una nacionalidad ―la serbia― dicha tal vez entonces como un dato más entre muchos y que la memoria ha guardado por algún extraño motivo. Igual que entonces, está ahora casi seguro de que todos sus afanes, las pequeñas frustraciones que implica cualquier búsqueda compulsiva en un lugar en el que hay mucha otra gente que busca lo mismo, acabarán convertidos en un paño de uniforme tonalidad grisácea situado en algún lugar de su confuso cerebro. Destacará, quién sabe durante cuánto tiempo, en el centro de ese paño, el relieve brillante de una piel africana, tersa, erizada, bellísima a la luz agrietada de una penumbra cambiante según irradiaba más o menos luz la pantalla de un televisor encendido en algún lugar del laberinto. Esa piel que bastaba rozar con las puntas de los dedos para que todo el cuerpo se agitara, se estirara en su enorme envergadura, convulso o, más bien, herido de deseo, electrizado: la magia de esa piel destacaría, sí, se dijo, sobre el grisáceo fondo de sus avances y sus pérdidas por aquellos pasillos giratorios, no como una refutación a su voluntad de seguir avanzando, de seguir perdiéndose ―pues ninguna otra cosa podía ya hacerse cuando se habían dejado atrás la certidumbre y el origen―, sino como una breve luz (el brillo de una luz sobre una piel oscura) rescatada de las sombras que se hundían las unas en las otras.

(Zúrich)