Generoso como solo pueden serlo quienes nos
quieren de verdad, José Carlos Cataño ha publicado en su blog unos
apuntes --llenos de vivencias-- sobre mi cuaderno Disolución, publicado el año pasado en la colección Léucade de Tenerife. Disolverse es quizá el destino de algunos textos --o de todos. Lo que resulta ya más insólito es la pertinacia con que un cuadernillo escrito en tiempos más felices que los actuales insiste en perderse una y otra vez en los vericuetos que José Carlos describe tan bien en su texto. Lo
comparto aquí, por si alguien quiere inmiscuirse en estas peripecias de
vida y escritura.
http://josecarloscatano.blogspot.com.es/2012/11/perdida-disolucion-rafael-jose-diaz.html
miércoles, 21 de noviembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
SORIA
Para
Julián, Susana y Violeta
¿De qué estaba huyendo cuando vine a Soria? Creo que llevaba demasiadas semanas sin salir de la ciudad espesa, abotargada, de su cargamento de seres extraviados e inhóspitos, de los atardeceres sin más expectativa que la de alcanzar en un breve paseo el principio de la Dehesa de la Villa para, en un giro de noventa grados, atroz como el movimiento de un autómata, volver al piso sin aprendizaje ni ganancia algunos. O quizá solo quería ponerles un rostro a las imágenes, un atrezzo a los nombres, una presencia a las palabras. Las palabras leídas en la adolescencia, en clases de instituto poco aprovechadas, clases en las que un profesor —parecido al que soy yo ahora, con mis mismas canas y con mi misma parsimonia— nos leía pasajes de un libro memorable, versos que no comprendíamos, descripciones de sitios imposibles, hacinados topónimos que nada nos decían, todo lejano y muerto, mudo e inservible. Todo, sin embargo, capaz de infiltrarse misteriosamente en alguna capa del espíritu, como esas palabras que se escuchan en sueños, se olvidan, pasan de contrabando a otro sueño, quedan como raspadas en la corteza de ese sueño y luego, al despertar, regresan a nosotros como palabras de una lengua extraña. Alcores, curva de ballesta, barbacana, cresta, San Saturio. Así que, cuando, después de perderme entre las calles de la ciudad moderna intentado encontrar el hostal donde iba alojarme, fui paseando por El Espolón, atravesé la calle de El Collado, pasé junto a la Concatedral y llegué hasta el puente sobre el Duero, me dije: no has llegado hasta aquí para saber ni para recordar, ni tampoco para sentir o para ver, sino para olvidar. Y olvidar significaba haber conseguido huir y, sin embargo, incorporar la huida al propio temblor de quien huía, huir hacia dentro de una huida distinta o huir de la propia huida que es huir. Ya empezamos con los juegos grotescos de palabras. Qué extraño, ahora que lo pienso, el verbo huir, sus sílabas que huyen y proliferan cuando se lo conjuga, en fin, las cosas de esta lengua macarrónica que hablamos. El puente sobre el Duero es un lugar a partir del cual puede comenzar otra historia. Uno se detiene allí y comprende que un río es una especie de lenta circulación entre lugares diversos, una compañía que respeta nuestro ritmo y a cuyo ritmo nos acomodamos porque no hay en él entrega ni imposición, sino ternura. La curva de ballesta surge entonces como dibujada en un paisaje de palabras: las palabras son fechas que se grabaron hace mucho en las cortezas de los árboles, insinuaciones de una brisa que sigue soplando desde entonces, una mirada aterida, un embozo del tiempo, una verdad a través de lo imposible. Somos los comensales de un banquete del aire y los chopos nos ofrecen su carne suculenta para que, irrigados con el vino de la memoria estremecida, nos deleitemos como príncipes vestidos con andrajos. El claustro de San Juan de Duero es una especie de mandala, pero un mandala en el que no hay reposo posible porque todo es allí inquietante y subversivo. Los rituales se han desvanecido y solo queda un teatro de piedra en el que cabe imaginarse cualquier cosa. Los templetes del interior de la capilla nos invitan a ir más allá, hasta el ábside desnudo, aunque sepamos que cualquier más allá no es sino una visión ilusoria. Ángeles encadenados a la boca del infierno, patrañas labradas en los más bellos capiteles, una voz exaltada que acabó adormecida después de un largo viaje. La tarde concluye en una librería en la que, en vez de comprar algún tomo de enjundiosa poesía castellana, me hago con la traducción de la obra de un poeta romántico alemán. Solo por ver cómo suenan el Danubio y el Rin en los brazos del Duero. Regreso al hostal y la recepcionista me informa de que el spa está disponible —es el primer hostal con spa que me encuentro, aunque “solo consiste en dos saunas, una turca y otra finlandesa”, me explica — siempre y cuando no me importe compartirlo con un chico y una chica “que no son pareja”. A mí, claro, no me importa nada compartir nada, pero no dispongo del bañador ni de las zapatillas que se requieren para acceder a ese servicio. Me tumbo, por lo tanto, en la cama y me dispongo a escuchar el ruido de los coches que, cada cierto tiempo, circulan por una calle más que secundaria. Pasan dos chicos africanos que se quedan mirando hacia la ventana desde la que fumo arriesgándome a contraer la peor gripe de mi vida. Pasan luego dos vándalos, es decir, dos lugareños que empuñan sendas litronas y golpean a su paso papeleras, retrovisores, puertas y contenedores. Entonces me doy cuenta de que he llegado a la Soria profunda, a la Soria de los locutorios regentados por hoscos ecuatorianos cuyos clientes son jóvenes dominicanos que buscan en internet putas brasileñas. San Saturio queda lejos. Allí el “santero”, como lo denominaban, vivía en otros tiempos en el interior de la ermita, cuidaba sus instalaciones, se dejaba una larga barba en imitación de la del santo y paseaba por la ciudad tocando una campanilla y pidiendo limosna. Yo sigo asomado a la ventana mientras el televisor muestra en directo la rueda de prensa en la que la alcaldesa de la gran capital, rodeada de concejales con aspecto de mafiosos, explica los detalles de una catástrofe en la que, a pesar de haber ocurrido en unas instalaciones propiedad del ayuntamiento, el ayuntamiento no ha tenido, según la alcaldesa, ninguna responsabilidad. Basta ver su cara ojerosa, sus mejillas mal maquilladas, su ceño fruncido, su mirada turbia, su hocico viperino y su postura inquisitorial para saber que miente. La puesta en escena se parecía a la de los dirigentes de un clan que ha convocado a sus subordinados para explicarles que, a pesar de que las cosas se puesto muy cuesta arriba, han decidido llevar la mascarada hasta el final. Sería desolador pasar un invierno aquí, pensé. Meses y meses bajo cero. Unas orillas blancas, un parque con el quiosco de música más ridículo que haya podido imaginarse, el más rancio casino en el que todos los poetas —¡bendita sea su memoria!— celebraron tertulias, la plomiza sensación de estar por debajo del nivel del mar, hundidos en una pequeña ciudad sumergida, fantasmal. Huyera de lo que huyera, no era aquel el lugar en el que resolver mis problemas. Volvería siempre, sí, al menos para asomarme a las orillas de los álamos cantores o para ver desde El Mirón el monte de las ánimas. Al menos para saber que las palabras no logran casi nunca salvar la realidad.
lunes, 29 de octubre de 2012
EL NACIMIENTO DE UN NUEVO BLOG
Acabo de abrir un blog destinado a
confabulaciones, dispepsias, liviandades y elucubraciones varias. Se
titula 'Parodias y profanaciones' y contiene un archivo (que unos
llamarán tesoro y otros, azote) de textos que una vez figuraron en estas 'Travesías'.
Aquí el enlace o desenlace:
www.parodiasyprofanaciones.blogspot.com
www.parodiasyprofanaciones.blogspot.com
viernes, 5 de octubre de 2012
EL BARRIO DE BUENOS AIRES
Para Javier Hernández Velázquez, que nos trajo sueños desde Goslar
No sé quién me habló del barrio de Buenos Aires.
Prácticamente incomunicado, conectado con el centro por una única línea de
microbús que cuando se aproximaba a las primeras casas del barrio empezó a
traquetear a medida que iba superando los baches, los socavones, los montículos
de asfalto sin nivelar y los cadáveres aplastados de gatos o de ratas, Buenos
Aires estaba constituido por tres calles paralelas de las que la central ostentaba
el título de avenida y cuyos lados presentaban la siguiente disposición: el
lado occidental, orientado hacia el centro, colgaba, por decirlo así, sobre uno
de los ramales de la autovía de circunvalación, a la que podía accederse por
medio de unas escaleras que nadie utilizaba, en previsión de asaltos,
violaciones, reyertas o hurtos; el lado oriental, a apenas un kilómetro del
mar, desembocaba en una especie de vía de servicio en la que se sucedían: 1) Una
gasolinera minúscula compuesta de dos surtidores y una tiendita de repuestos; 2)
Un negocio de aparejos de pesca —cañas, redes, anzuelos, trajes de neopreno y ballestas
submarinas—; 3) Una discoteca que ocupaba una antigua nave de almacenamiento de
maquinaria industrial; y 4) Una pajarería. Creo que fue al dueño de la
pajarería a quien me recomendaron que preguntara por los pisos en alquiler. Según
me dijeron, la pestilencia constante que infundían al aire de la zona los
tanques de la cercana refinería de petróleo —orgullo de la ciudad—, el
aislamiento y la incomunicación del barrio —más de una hora tardaba el microbús
en salvar la distancia entre el extrarradio y el centro— y las frecuentes
violaciones y reyertas protagonizadas por bandas absolutamente fuera de control
habían tenido como consecuencia el despoblamiento parcial de la barriada y la
consiguiente bajada del precio de los alquileres. Se conseguían verdaderas
gangas, me habían dicho para animarme, pisos de tres habitaciones con balcón y
vistas al mar por menos de doscientos euros mensuales con los gastos incluidos.
Los carteles que anunciaban pisos en alquiler sobresalían, en efecto, de
numerosas ventanas. Sin embargo, mientras recorría las calles —en cinco minutos
se visitaba el barrio entero—, sentí como si, a pesar de que no había nadie en
los balcones, nadie parado en los portales ni asomado a las ventanas,
estuvieran vigilándome desde varios sitios distintos para comprobar que ya me
marchaba. No había un solo negocio, un solo bar, ni siquiera una mísera tienda
de comestibles como las que todavía podían encontrarse en los demás barrios de
la capital. Parecía como si todos se hubieran marchado de allí pero al mismo
tiempo siguieran al acecho por si llegaba alguien nuevo. El único lugar amable
parecía ser el local de una asociación que anunciaba cursos de yoga, bicicletas
en préstamo, actividades de senderismo para padres con bebés de cero a tres
años —una modalidad nueva recién llegada a nuestro país en la que se usaban
cochecitos especiales de montaña— y talleres de escritura creativa. El horario
de la asociación, sin embargo, no figuraba por ninguna parte y el aspecto
externo del local no permitía saber si abriría por la tarde o si había sido
abandonado años atrás. El dueño de la pajarería desconocía que hubiera pisos en
alquiler. Según sus palabras casi literales, aquel no era un barrio adecuado
para mudarse a vivir sino para mandarse a mudar. No parecía darse cuenta de que
de sus palabras se deducía la idea —por otra parte fácil de entender— de que, a
medida que la gente se marchara, irían quedando pisos libres para nuevos
inquilinos. Los chicos de la gasolinera, a los que fui a preguntar a
continuación, en vez de responderme, me preguntaron si necesitaba algún
repuesto de la tienda. Por pura dignidad, y hasta con rabia, me fui de allí sin
contestarles, decidido a llamar directamente a alguno de los números anunciados
en los carteles de los pisos en alquiler. Aunque todos los edificios se parecían,
me dio la impresión de que había algunos en los que unas macetas de geranios
bien regados puestas al sol en los balcones les daban un toque algo más
elegante que a los demás. Llamé a un número de teléfono y no contestó nadie. Lo
mismo ocurrió con los cuatro números siguientes. Cuando me dirigía hacia la
parada del microbús, por la puerta del negocio de aparejos de pesca apareció un
señor de ojos de mero —uno de esos especímenes de ojos saltones y ojeras como
bolsas en las que parecen haber depositado la lenta pus del sueño de la vida—
que me hizo una señal para que me acercara. No somos muy amigos de extraños por
aquí, me dijo; los únicos extraños que aceptamos somos nosotros mismos, pero de
eso, de cuando nos instalamos aquí como forasteros sin que realmente lo
fuéramos, hace ya mucho tiempo.
lunes, 17 de septiembre de 2012
CANTOBLANCO
Llegas
y hay unos almendros
que no
lo dicen todo, en flor,
pero
aquello que dicen
lo
dicen para nadie, pues esperan desde hace tanto tiempo
que han
olvidado ya el deseo de ocultarse
o el
deseo de darse.
lunes, 10 de septiembre de 2012
HOPPER EN MADRID
¿No hay algo
gelatinoso, como caramelizado, incluso pasteloso en muchas de estas pinturas?
Sí, ya sé que es un disparate, pero hay —o veo yo— un cierto rictus soufflé
—lo que quiera que esto signifique— en la luz que abotarga edificios que son como grandes tartas
de cumpleaños en medio de ciudades inhóspitas.
Y no lo digo
—lo de gelatinoso, caramelizado y hasta pasteloso— solo por la actitud exageradamente solemne de buena parte de
los personajes pintados. Viendo estas pinturas, se puede pensar que la vida
consiste en plantarse frente a una ventana para contemplar el patio trasero de
una fábrica en sombras por toda la eternidad. O que los baños de luz a las
siete de la mañana conducen a una iluminación no exclusivamente cutánea.
Fingen, y fingen triplemente, puesto que han sido pintados mientras fingían que
fingían, todos estos personajes sin rostro.
¿Será por
eso por lo que aquí, en la exposición, la gente se permite hablar de cualquier
cosa, de una transacción inmobiliaria en el valle de Arán o de la última contrarreloj
de la vuelta ciclista? Una pintura que permita a quienes la contemplan o la
circunscriben hablar incluso con mayor intimidad de lo habitual sobre cualquier
tema. Una pintura que no solo no escucha a quienes van a verla, sino que además
les ofrece el marco ideal para sus conversaciones compulsivas.
Tan
compulsivas que, en un momento determinado, uno de los vigilantes tiene que
chistar para que los visitantes se callen.
En algunas
pinturas —como esa, tan célebre, en la que una chica lee un papel en
una habitación— el artista parece haber llegado hasta el grado cero de la
curiosidad. Uno se pregunta por qué no ha esperado un poco más para pintarla
desnuda. ¿O acaso se llega hasta donde se puede llegar, es decir, se pinta como
si uno fuera el botones que ha abierto de improviso la puerta del cuarto y se
ha encontrado la escena de la recién llegada ya casi del todo desvestida? El
misterio de lo que lee ha dado lugar, supongo, a ríos de malsana tinta
interpretativa. Yo creo que es la lista de servicios del hotel.
Hay gente que mira estos cuadros con envidia. Confieso que no se me alcanza si se trata de envidia por no haberlos pintado, envidia por no poder estar dentro del cuadro en ese momento o envidia por no ser su propietario.
Hay gente que mira estos cuadros con envidia. Confieso que no se me alcanza si se trata de envidia por no haberlos pintado, envidia por no poder estar dentro del cuadro en ese momento o envidia por no ser su propietario.
¿Hay un
límite para el número de ventanas que un hombre puede pintar a lo largo de su
vida?
Pocos se han
atrevido a pintar el viento. Hopper lo pinta.
Es un mundo
en el que, a pesar de la sinuosa presencia de la luz —que una y otra vez insiste en detenerse donde no debiera—, se tiene la impresión de estar encerrado sin ninguna
posibilidad de escapar. Y no me refiero tanto a los cuadros de interiores, sino
sobre todo a los de exteriores: las llanuras son aterradoras, los puentes solo
sirven para mordisquear las conciencias, los balcones no son más que pozos de
luz y los bikinis, siento decirlo, parecen modernos cinturones de castidad.
Calculo que
habrá más de doscientos visitantes en las cuatro o cinco salas de que consta la
exposición. Esto no hay Hopper que lo resista. Llega un momento en que para ver
un matiz de crepúsculo en un surtidor de gasolinera tiene uno que darse de
codazos con un par de marujas.
Por aquí
anda siempre la hierba como una presencia entre la luz y la sombra.
A pesar de
todas las sandeces que yo pueda decir, Hopper es un pintor extraordinario y cada
una de estas obras merecería que se permaneciera contemplándola —a solas y en silencio— durante horas.
viernes, 7 de septiembre de 2012
LA URRACA
La urraca que pasó junto a mí parecía estar ciega. Esos
pájaros nunca se acercan tanto si no es por alguna causa mayor como esa. Iba
dando saltos, como si no se atreviera a volar, saltos de tres en tres o de
cuatro en cuatro, saltos hacia delante como si solo supiera avanzar a tientas y
casi a rastras, apoyándose al caer firmemente en la hierba, temerosa. Son unos
bichos monstruosos las urracas. Esta, además de un pájaro ciego, parecía un
autómata, una especie de máquina acorazada en su avance campo a través. Cuando
pasó junto a mí yo alargué la mano como para comprobar si me veía. Aunque no
llegué a tocarla, solo se desvió al escuchar el ruido involuntario que hice cuando
me giraba hacia atrás en el banco donde estaba sentado. Creo que no vio mi
brazo alargado hacia ella y que si yo hubiera sido más silencioso al girarme
casi hubiera conseguido rozarla. Era un pájaro atroz que se impulsaba solo para
saciar su compulsión de movimiento. No se le veían los ojos, quizá porque era
ya una urraca anciana y los llevaba tapados con matas de pelo colgante. Debía
de ser eso: no una ceguera producida por accidente o por enfermedad, sino la
ceguera propia de quien ha envejecido más allá de lo razonable. Nadie, por
supuesto, le había hecho el favor de cortarle las matas de pelo colgante que le
impedían ver; no existe todavía un servicio municipal de atención a las urracas que
pueblan nuestros parques. Se las consiente, pero nadie se ocupa de que nazcan
sanas, de que crezcan sin enfermedades, de que se reproduzcan apropiadamente y
de que mueran sin excesivo sufrimiento. Y aquella urraca, por la que acabé
sintiendo lástima, pues en muy poco nos diferenciábamos si teníamos en cuenta
el escaso presupuesto que las administraciones públicas destinan a quienes, a
pesar de todo, seguimos considerándonos sus ciudadanos, parecía consciente de
su destino aciago. Su búsqueda era la ansiosa persecución de una escapatoria
imposible. Yo no podía quedarme toda la tarde sentado en aquel banco
contemplándola. Cada día los tiempos se nos vuelven más exiguos y es menor el espacio
de nuestras vidas que dedicamos a la provechosa actividad de la contemplación.
De todas formas, en aquel preciso momento de la tarde, puedo asegurarlo, yo era
el único habitante del universo —pues es ahí donde vivimos y es ese el único
lugar al que podemos llamar nuestra maldita casa: el universo— que perseguía
con la mirada a aquella urraca. Esta coincidencia no me volvía más importante
que nadie ni tampoco convertía aquel instante en diferente de muchos otros
vividos o atravesados sin apenas vivirlos. Es una mera constatación cuya única
finalidad es que, en cierto modo, se perciba el inmenso abandono en que se
encontraba la abuela urraca en aquel parque. Debía de haber cumplido ya hace
tiempo su misión procreadora. Sus hijos, a los que sin duda había criado como
cualquier urraca responsable, andarían ahora desperdigados entre las arboledas
de aquel o de otro parque. Sus ocasionales compañeros en la procreación debían
de haber acabado, la mayoría, aplastados contra el asfalto por las ruedas de coches y camiones. Era casi una urraca póstuma, una urraca
conclusiva, una urraca de la que ya no dependía nada salvo su propia vida de
saltos desorientados en la hierba. No podía pasarme mucho tiempo mirándola, así
que me volví hacia la avenida, hacia las parejas que corrían, hacia las madres
que paseaban sus carritos, hacia los otros bancos ocupados por gente solitaria.
Y entonces me pareció escuchar un aleteo. Miré hacia donde estaba la urraca y
no la vi. Creo que había echado a volar a través de los árboles.
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