lunes, 12 de noviembre de 2012

SORIA


Para Julián, Susana y Violeta



La "curva de ballesta en torno a Soria" - Foto: Susana Corullón

¿De qué estaba huyendo cuando vine a Soria? Creo que llevaba demasiadas semanas sin salir de la ciudad espesa, abotargada, de su cargamento de seres extraviados e inhóspitos, de los atardeceres sin más expectativa que la de alcanzar en un breve paseo el principio de la Dehesa de la Villa para, en un giro de noventa grados, atroz como el movimiento de un autómata, volver al piso sin aprendizaje ni ganancia algunos. O quizá solo quería ponerles un rostro a las imágenes, un atrezzo a los nombres, una presencia a las palabras. Las palabras leídas en la adolescencia, en clases de instituto poco aprovechadas, clases en las que un profesor —parecido al que soy yo ahora, con mis mismas canas y con mi misma parsimonia— nos leía pasajes de un libro memorable, versos que no comprendíamos, descripciones de sitios imposibles, hacinados topónimos que nada nos decían, todo lejano y muerto, mudo e inservible. Todo, sin embargo, capaz de infiltrarse misteriosamente en alguna capa del espíritu, como esas palabras que se escuchan en sueños, se olvidan, pasan de contrabando a otro sueño, quedan como raspadas en la corteza de ese sueño y luego, al despertar, regresan a nosotros como palabras de una lengua extraña. Alcores, curva de ballesta, barbacana, cresta, San Saturio. Así que, cuando, después de perderme entre las calles de la ciudad moderna intentado encontrar el hostal donde iba alojarme, fui paseando por El Espolón, atravesé la calle de El Collado, pasé junto a la Concatedral y llegué hasta el puente sobre el Duero, me dije: no has llegado hasta aquí para saber ni para recordar, ni tampoco para sentir o para ver, sino para olvidar. Y olvidar significaba haber conseguido huir y, sin embargo, incorporar la huida al propio temblor de quien huía, huir hacia dentro de una huida distinta o huir de la propia huida que es huir. Ya empezamos con los juegos grotescos de palabras. Qué extraño, ahora que lo pienso, el verbo huir, sus sílabas que huyen y proliferan cuando se lo conjuga, en fin, las cosas de esta lengua macarrónica que hablamos. El puente sobre el Duero es un lugar a partir del cual puede comenzar otra historia. Uno se detiene allí y comprende que un río es una especie de lenta circulación entre lugares diversos, una compañía que respeta nuestro ritmo y a cuyo ritmo nos acomodamos porque no hay en él entrega ni imposición, sino ternura. La curva de ballesta surge entonces como dibujada en un paisaje de palabras: las palabras son fechas que se grabaron hace mucho en las cortezas de los árboles, insinuaciones de una brisa que sigue soplando desde entonces, una mirada aterida, un embozo del tiempo, una verdad a través de lo imposible. Somos los comensales de un banquete del aire y los chopos nos ofrecen su carne suculenta para que, irrigados con el vino de la memoria estremecida, nos deleitemos como príncipes vestidos con andrajos. El claustro de San Juan de Duero es una especie de mandala, pero un mandala en el que no hay reposo posible porque todo es allí inquietante y subversivo. Los rituales se han desvanecido y solo queda un teatro de piedra en el que cabe imaginarse cualquier cosa. Los templetes del interior de la capilla nos invitan a ir más allá, hasta el ábside desnudo, aunque sepamos que cualquier más allá no es sino una visión ilusoria. Ángeles encadenados a la boca del infierno, patrañas labradas en los más bellos capiteles, una voz exaltada que acabó adormecida después de un largo viaje. La tarde concluye en una librería en la que, en vez de comprar algún tomo de enjundiosa poesía castellana, me hago con la traducción de la obra de un poeta romántico alemán. Solo por ver cómo suenan el Danubio y el Rin en los brazos del Duero. Regreso al hostal y la recepcionista me informa de que el spa está disponible —es el primer hostal con spa que me encuentro, aunque “solo consiste en dos saunas, una turca y otra finlandesa”, me explica — siempre y cuando no me importe compartirlo con un chico y una chica “que no son pareja”. A mí, claro, no me importa nada compartir nada, pero no dispongo del bañador ni de las zapatillas que se requieren para acceder a ese servicio. Me tumbo, por lo tanto, en la cama y me dispongo a escuchar el ruido de los coches que, cada cierto tiempo, circulan por una calle más que secundaria. Pasan dos chicos africanos que se quedan mirando hacia la ventana desde la que fumo arriesgándome a contraer la peor gripe de mi vida. Pasan luego dos vándalos, es decir, dos lugareños que empuñan sendas litronas y golpean a su paso papeleras, retrovisores, puertas y contenedores. Entonces me doy cuenta de que he llegado a la Soria profunda, a la Soria de los locutorios regentados por hoscos ecuatorianos cuyos clientes son jóvenes dominicanos que buscan en internet putas brasileñas. San Saturio queda lejos. Allí el “santero”, como lo denominaban, vivía en otros tiempos en el interior de la ermita, cuidaba sus instalaciones, se dejaba una larga barba en imitación de la del santo y paseaba por la ciudad tocando una campanilla y pidiendo limosna. Yo sigo asomado a la ventana mientras el televisor muestra en directo la rueda de prensa en la que la alcaldesa de la gran capital, rodeada de concejales con aspecto de mafiosos, explica los detalles de una catástrofe en la que, a pesar de haber ocurrido en unas instalaciones propiedad del ayuntamiento, el ayuntamiento no ha tenido, según la alcaldesa, ninguna responsabilidad. Basta ver su cara ojerosa, sus mejillas mal maquilladas, su ceño fruncido, su mirada turbia, su hocico viperino y su postura inquisitorial para saber que miente. La puesta en escena se parecía a la de los dirigentes de un clan que ha convocado a sus subordinados para explicarles que, a pesar de que las cosas se puesto muy cuesta arriba, han decidido llevar la mascarada hasta el final. Sería desolador pasar un invierno aquí, pensé. Meses y meses bajo cero. Unas orillas blancas, un parque con el quiosco de música más ridículo que haya podido imaginarse, el más rancio casino en el que todos los poetas —¡bendita sea su memoria!— celebraron tertulias, la plomiza sensación de estar por debajo del nivel del mar, hundidos en una pequeña ciudad sumergida, fantasmal. Huyera de lo que huyera, no era aquel el lugar en el que resolver mis problemas. Volvería siempre, sí, al menos para asomarme a las orillas de los álamos cantores o para ver desde El Mirón el monte de las ánimas. Al menos para saber que las palabras no logran casi nunca salvar la realidad.     

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por la dedicatoria, fue un placer compartir unas horas de tu excursión a Soria. Te envío una foto de la "curva de ballesta", por si quisieras ilustrar con ella la entrada

    http://www.facebook.com/photo.php?fbid=10200118379747340&set=a.10200118379587336.2196692.1385823659&type=3&theater

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  2. Muchas gracias, querida Susana. Para mí también fue un placer compartir esas horas sorianas con ustedes. He incorporado la foto que me mandas a la entrada. ¡Queda muy bien! Es un lugar en el que uno se queda como paseando para siempre... Un abrazo para los tres.

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