viernes, 5 de octubre de 2012

EL BARRIO DE BUENOS AIRES


Para Javier Hernández Velázquez, que nos trajo sueños desde Goslar
 

No sé quién me habló del barrio de Buenos Aires. Prácticamente incomunicado, conectado con el centro por una única línea de microbús que cuando se aproximaba a las primeras casas del barrio empezó a traquetear a medida que iba superando los baches, los socavones, los montículos de asfalto sin nivelar y los cadáveres aplastados de gatos o de ratas, Buenos Aires estaba constituido por tres calles paralelas de las que la central ostentaba el título de avenida y cuyos lados presentaban la siguiente disposición: el lado occidental, orientado hacia el centro, colgaba, por decirlo así, sobre uno de los ramales de la autovía de circunvalación, a la que podía accederse por medio de unas escaleras que nadie utilizaba, en previsión de asaltos, violaciones, reyertas o hurtos; el lado oriental, a apenas un kilómetro del mar, desembocaba en una especie de vía de servicio en la que se sucedían: 1) Una gasolinera minúscula compuesta de dos surtidores y una tiendita de repuestos; 2) Un negocio de aparejos de pesca —cañas, redes, anzuelos, trajes de neopreno y ballestas submarinas—; 3) Una discoteca que ocupaba una antigua nave de almacenamiento de maquinaria industrial; y 4) Una pajarería. Creo que fue al dueño de la pajarería a quien me recomendaron que preguntara por los pisos en alquiler. Según me dijeron, la pestilencia constante que infundían al aire de la zona los tanques de la cercana refinería de petróleo —orgullo de la ciudad—, el aislamiento y la incomunicación del barrio —más de una hora tardaba el microbús en salvar la distancia entre el extrarradio y el centro— y las frecuentes violaciones y reyertas protagonizadas por bandas absolutamente fuera de control habían tenido como consecuencia el despoblamiento parcial de la barriada y la consiguiente bajada del precio de los alquileres. Se conseguían verdaderas gangas, me habían dicho para animarme, pisos de tres habitaciones con balcón y vistas al mar por menos de doscientos euros mensuales con los gastos incluidos. Los carteles que anunciaban pisos en alquiler sobresalían, en efecto, de numerosas ventanas. Sin embargo, mientras recorría las calles —en cinco minutos se visitaba el barrio entero—, sentí como si, a pesar de que no había nadie en los balcones, nadie parado en los portales ni asomado a las ventanas, estuvieran vigilándome desde varios sitios distintos para comprobar que ya me marchaba. No había un solo negocio, un solo bar, ni siquiera una mísera tienda de comestibles como las que todavía podían encontrarse en los demás barrios de la capital. Parecía como si todos se hubieran marchado de allí pero al mismo tiempo siguieran al acecho por si llegaba alguien nuevo. El único lugar amable parecía ser el local de una asociación que anunciaba cursos de yoga, bicicletas en préstamo, actividades de senderismo para padres con bebés de cero a tres años —una modalidad nueva recién llegada a nuestro país en la que se usaban cochecitos especiales de montaña— y talleres de escritura creativa. El horario de la asociación, sin embargo, no figuraba por ninguna parte y el aspecto externo del local no permitía saber si abriría por la tarde o si había sido abandonado años atrás. El dueño de la pajarería desconocía que hubiera pisos en alquiler. Según sus palabras casi literales, aquel no era un barrio adecuado para mudarse a vivir sino para mandarse a mudar. No parecía darse cuenta de que de sus palabras se deducía la idea —por otra parte fácil de entender— de que, a medida que la gente se marchara, irían quedando pisos libres para nuevos inquilinos. Los chicos de la gasolinera, a los que fui a preguntar a continuación, en vez de responderme, me preguntaron si necesitaba algún repuesto de la tienda. Por pura dignidad, y hasta con rabia, me fui de allí sin contestarles, decidido a llamar directamente a alguno de los números anunciados en los carteles de los pisos en alquiler. Aunque todos los edificios se parecían, me dio la impresión de que había algunos en los que unas macetas de geranios bien regados puestas al sol en los balcones les daban un toque algo más elegante que a los demás. Llamé a un número de teléfono y no contestó nadie. Lo mismo ocurrió con los cuatro números siguientes. Cuando me dirigía hacia la parada del microbús, por la puerta del negocio de aparejos de pesca apareció un señor de ojos de mero —uno de esos especímenes de ojos saltones y ojeras como bolsas en las que parecen haber depositado la lenta pus del sueño de la vida— que me hizo una señal para que me acercara. No somos muy amigos de extraños por aquí, me dijo; los únicos extraños que aceptamos somos nosotros mismos, pero de eso, de cuando nos instalamos aquí como forasteros sin que realmente lo fuéramos, hace ya mucho tiempo.

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