viernes, 22 de noviembre de 2013

VISITA A UNA EXPOSICIÓN DE MARTÍN CHIRINO

Una escultura de Martín Chirino —Lady Tenerife— va siempre conmigo como parte del paisaje de mi infancia. Asomada, casi en el borde, al barranco que cruza por detrás de la plaza del Colegio de Arquitectos, su rojo escandaloso, provocador, combinaba a la perfección con el gris del hormigón de una plaza y de un edificio que estaban construidos para demostrar que había entonces  —no sé si aún la hay— alguna posibilidad de transformar el territorio en una amalgama coherente de arquitectura y paisaje. Aquella escultura era en sí misma, como la plaza, un lugar habitable, era un reducto en el interior de un reducto, una cuna y un balancín, un espacio en el que se hubiera podido incluso dormir gracias a sus curvas adaptables a cualquier espalda humana, y si acaso no dormir sí al menos recostarse y charlar mientras contemplábamos el cono de montaña terrosa que se destacaba en el fondo como un extraño decorado para las noches de entonces. Estoy hablando de algunas noches de la adolescencia, de la primera juventud, en las que llegarse hasta aquella plaza, hasta Lady Tenerife, era una corta escapada para quien, como yo, vivía en el barrio del Toscal y no tenía más que bajar un pedazo de la rambla para encontrarse en un mundo que, estando tan cerca, era ya otro, apuntaba en otra dirección, anunciaba otra manera de mirar y de concebir el espacio que yo entonces apenas empezaba a vislumbrar. La ciudad quedó atrás, me fui alejando, viví durante años en otro país, en otra isla, me trasladé al continente, a la península, y algunas veces, cuando volvía, me daba un garbeo por la plaza, casi siempre de noche, circundaba la escultura, la tocaba, sentía el frío del metal, quizá cada vez menos atenuado por un rojo que me seguía gustando, pero que no me proporcionaba ya la comunión del principio sino algo parecido a lo que nos hace sentir un amigo de la infancia, una presencia y una complicidad que no dejaban nunca de estar allí aunque me hubiera alejado tanto. Volvía de aquellos paseos con la impresión de que había dejado de ver algo, de que no conseguía llegar hasta el final, como si una parte de mi vida se hubiera quedado en el camino, perdida, y yo quisiera convencerme de que era allí, en aquel lugar que alguna vez había significado una verdad incuestionable, donde debía recuperarla. Esto nunca ocurría. El tiempo, el curso de la vida, me fue mostrando otras esculturas de Chirino, algunas incluso mayores que Lady Tenerife, siempre de metal, blancas o sin pintar, a veces situadas en lugares privilegiados junto al mar, en otras ciudades de las islas, en otras plazas, curvas torturadas por una especie de baile brusco en busca del principio, como si el propio escultor, en cada una de sus obras, estuviera buscando una postura perdida, un aliento sentido en contacto directo con la tierra viva, palpitante, y luego olvidado para siempre. Vi también cabezas gigantescas, cráneos deformes, casi elefantiásicos. Estuve también frente a un aeróvoro, un objeto dibujado en el aire mitad pájaro mitad viento, grácil y desplegado, repentino, brillante, propiedad de un amigo que lo tenía entonces en el salón de su casa. Era la primera escultura de pequeño tamaño, íntima, recogida, que veía de Martín Chirino, y debo decir que me gustó, quizá porque era un objeto que no se imponía, que dejaba que cualquiera circulara a su alrededor, como esos pájaros que pasan muy cerca de nosotros y no nos rozan de milagro. Supe que se trataba de una obra antigua, quizá de los años sesenta o setenta —no lo recuerdo bien—, una especie de ramalazo o aleteo captado por los ojos y construido fielmente por las manos. Más adelante mi amigo la vendió, supongo que en respuesta a una oferta favorable por parte de algún museo de arte contemporáneo. Estuve mucho tiempo sin ver otras obras de Martín Chirino. Cuando regresaba a mi ciudad natal, apenas pasaba ya por la plaza del Colegio de Arquitectos a saludar a Lady Tenerife para contarle al oído aventurillas que ella, desgastado ya su maquillaje e inevitablemente decrépita como dama venida a menos que era, habría escuchado ya con una displicencia que solo podía hacerme daño. La miraba de reojo si pasaba por la rambla. Sé que estuvo casi agonizante y que luego la remozaron, le dieron una buena capa de colorete y pareció recobrar la lozanía que yo recordaba. Pero en el fondo no había nada que hacer. Todo aquel tiempo no había hecho más que alejarme a medida que ella, poco a poco, se oxidaba. Hoy, después de muchos años, un viernes frío de noviembre, he ido a ver una pequeña exposición de Martín Chirino en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Unas pocas piezas que formarán parte del fondo de su futura fundación en Las Palmas de Gran Canaria. No hubo ni una sola pieza que me conmoviera. Curvas en equilibrio decorativo, cabezas africanas de bronce con espirales por boca, una espiral de plomo en un cuadro sobre papel, otra espiral que se va hundiendo por el centro pero uno se pregunta para qué, dos piezas simétricas que parecen engranajes o mandíbulas dispuestas a morderlo a uno si pasa por el medio, una especie de instrumento de tortura cuyo título viene a ser algo similar a “máquina sin utilidad alguna”, dos figuras cónicas rellenas de piedrecillas —blancas y negras respectivamente— a las que el escultor ha dado el tópico nombre de aquel insufrible poema decimonónico de Nicolás Estévanez: Mi patria es una roca. Piezas todas que no lograba dejar de imaginarme pensadas y construidas para salones de casas o mansiones, acristaladas terrazas interiores con vistas al mar o a la montaña, jardines de lujosas residencias cuyos propietarios habían adquirido por precios exorbitantes piezas similares a aquellas, piezas de las mismas series que no lograban conmoverme. ¿Era tal vez que había quedado incapacitado para sentir algo ante obras como aquellas? ¿Me faltaban la perspectiva, el conocimiento, la información para lograr contemplar aquellas formas? Pero, aunque me preguntaba todo esto, no conseguía tampoco encontrar la coherencia del conjunto, la necesidad de aquel batiburrillo de obras sin duda maestras en cuanto a su ejecución, piezas impecables en su forjado, en su acabado, incluso en su instalación en la sala. Y, sin embargo, sentía que había un gran fracaso allí. El artista se había pasado media vida buscando escapar de las contorsiones que lo obsesionaban. Forzaba una y otra vez la materia metálica, el hierro, el bronce, para forjar formas que terminaban siempre por aprisionarlo. En las piezas más nuevas, esas curvas gráciles tan ornamentales, ante las que cualquiera se quedaría con la boca abierta preguntándose cómo el hierro podía parecer tan leve, o en esos obtusos hornos abiertos por arriba con una cruz que dejaba ver las piedrecillas blancas o negras que contenían, el artista proclamaba su legado final. Y lo que ese legado nos transmitía era una postura demasiado servil y complaciente ante la poderosa materia, el reconocimiento de que quizá solo nos era dado jugar con ella, retorcerla como un ilusionista, casi de modo histriónico, pues carecíamos de la fuerza para llegar a domarla y recrearla. Yo recordaba las formas que había visto en las rocas volcánicas, en los acantilados, en las grutas, en algunos barrancos de las islas, y me decía que esta sala no contenía en comparación más que sofisticados juguetes para ricos. Así de crudo y seguramente de equivocado era lo que pensaba. Pido disculpas. Y me preguntaba si acaso lo que alguna vez llegué a sentir junto a aquel barranco de Santa Cruz de Tenerife, en la plaza, acurrucado en el interior de Lady Tenerife, en aquellos rojos labios o cejas o pestañas o rizos que eran tan fríos al tacto pero tan entrañables junto al corazón, no tenía más que ver conmigo, con mi novedad en el mundo, con la brisa de la bahía cercana, con las tabaibas y las palomas que el barranco agitaba al atardecer, que con aquella escultura. Y a esa pregunta no quería contestar y no quisiera que se piense que con este texto lo hago.  

PRESENTACIÓN EN BARCELONA DE "LA CREPITACIÓN. POESÍA REUNIDA 1991-2006"


jueves, 10 de octubre de 2013

PARAPOÉTICA

Para no cantar qué,
para que si cuándo cantar cómo,
para casi cantar si,
para cuando siempre cantar no,
para sin cantar cantar para,
para porque según cantar cómo,
para dónde por qué cantar cuándo,
para qué cantar qué.

martes, 8 de octubre de 2013

LECTURA DE FABIO PUSTERLA EN SANTANDER


(Esta lectura, en la que Rafael Fombellida y yo acompañamos al poeta suizo de lengua italiana Fabio Pusterla, se desarrolló el 20 de agosto de 2009 en el Palacio de la Magdalena de Santander, en el marco de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Pocos meses antes, la editorial Quálea había publicado Bocksten, un precioso libro de Pusterla del que el autor y su traductor, un servidor, leímos en Santander algunos fragmentos en italiano y español, respectivamente. No hace mucho descubrí que la lectura fue grabada completa y colgada en internet por el Servicio de Prensa de la U.I.M.P., así que aprovecho para difundirla aquí por si a algún lector de este blog le interesa aproximarse a la obra y la persona de Fabio Pusterla.)

lunes, 30 de septiembre de 2013

LA GRIETA DEL REGRESO

Vino a dar otra vez la luz
en la frontera
entre el mundo de enredos, desvaríos y rémoras
en que estaba viviendo hasta hace nada
y la corteza de una gracia nueva.
Un gato aparece de repente
y me mira con recelo o asombro
porque, pienso, soy para él una sorpresa parecida
a la que él es para mí,
y en esa raya
que es un hilo de tiempo indefinido
nos perdemos los dos o huimos como cada uno puede o sabe,
él con la cola levantada y ágiles pasos de ballet
y yo en el consabido tránsito
de una palabra a otra.
Y todo porque vino una vez más la luz
a dar en la frontera entre dos mundos de huesos.  

domingo, 18 de agosto de 2013

lunes, 12 de agosto de 2013

PALABRAS QUE EL POETA ESCUCHA CUANDO ESTÁ SENTADO POR DEBAJO DEL SUEÑO


Palabras que el poeta escucha
cuando está sentado por debajo del sueño,
enharinada su tez como recién salida de un baño de luz blanca:

no visites las ruinas,
desenfunda la espada con que cortarás la cabeza del dragón,
atiende al milagro de una tela de araña tendida en el ojo de la brisa,
afánate en la perplejidad,
lame tus heridas,
desenvuelve sin prisa los pequeños regalos imprevistos,
pulveriza los límites que una vez te impusiste,
graba a fuego unas pocas palabras en tu corazón,
construye como entonces castillos en la arena que defenderás de la marea que crece,
destruye como entonces los castillos que construiste como una señal dejada contra lo
                                                                                                                                  inexorable,
alienta la división,
comparece en la pérdida,
refunde el desamparo hasta que se convierta en la amalgama de esperanza y lamento
                                                                                                           en que ya apenas creías,
arde,
alimenta el ardor hasta en las horas más frías,
desnúdate solo para quien se desnude a su vez con la pura intención de fundirse
                                                                                                                                    contigo,               
no ayunes si no es para alimentarte de inocencia,
nada hasta la boya y rodéala al llegar para trazar el círculo de lo nadado en el interior
                                                                                                                                      de tu alma,
escóndete antes de que quien cuenta hasta diez se vuelva para buscarte, pero
         escóndete en un santiamén, sobre una rama o en un pliegue del aire,       
imagina tus vísceras expuestas, tus miembros amputados, tu sangre derramada como
                                                                           nuevos modos de ser, como reversos tuyos,
no toques a la puerta de la casa frente al parque sino con la aldaba de entonces que
                                                                                                    desapareció hace ya tiempo,
colúmpiate sin parar,
pasa con sigilo junto a las jaulas en que duermen los pájaros que están a punto de morir,
tatúate en la yema del dedo corazón un corazón de ángel, un músculo de éter destinado
                                                                                               a latir hasta el fin de los tiempos,
enciérrate en un cuarto con miles de libélulas nocturnas para que, cuando salgas, todo
                                                            tu cuerpo brille, tiemble y vuele a través de la noche,
pedalea,
revuélvete en la sombra,
arranca de cuajo la cadena que te ata a la celda que algunos llaman la no vida,
sal,
siéntate por debajo del sueño,
escucha otras palabras, no estas, siempre otras, otras palabras.

              

sábado, 3 de agosto de 2013

PALM-MAR

Unas pocas piedras agrupadas en forma de una especie de círculo. Yo venía de hipnotizar junto a la costa a unos pequeños peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea. Los pasos habían auscultado las montañas, unas montañas que eran como jorobas amontonadas en el malpaís, jorobas pardas cubiertas de cardones. No se oía nada. Ni brisa, ni pájaros, ni crujidos de lagartos entre las aulagas, ni el mar ni el resquemor de nada. Tierra blanca, arena roja, pequeñas piedras negras que siglos atrás habían ardido lanzadas por los cráteres. Caminos que se bifurcaban y desaparecían. Aviones que llegaban, majestuosos, desde el interior del océano. Junto a la casa abandonada se había construido el túmulo, una especie de círculo de piedras que recordaba a una persona muerta en aquel lugar. Los peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea se quedaban inmóviles cuando yo me acercaba, se escondían entre los guijarros y las algas como si mi sombra los hipnotizara. ¿Había vivido aquella mujer allí, en la casa abandonada, en los cuartuchos cuyas paredes rebosaban de pinturas y nombres? Malpaís de minúsculas piedras negras que nadie parecía haber tocado nunca. Extraños brotes de vida entre la grava que pisaba al pasar en dirección a la costa. La isla en el horizonte era una gran montaña que se había desprendido de algún sueño o de la propia mirada que la contemplaba. La noche envolvería los pasos hasta que no pudiera ver ya por dónde caminaba. Un nombre, unas palabras en inglés, una fecha de casi una década atrás recordaban en medio de una especie de círculo a la mujer que había muerto junto a la casa abandonada. Restos de fogatas y gaviotas posadas en el mar. Cicatrices de los pasos que hendían el camino al borde de unas montañas que apenas si lo eran. Qué paciencia indecible la de un pez atrapado en un charco hasta que la marea que sube vuelva para rescatarlo. La aridez junto al mar, como una contradicción, como un revés contra el cielo, como la única respuesta al comienzo de la noche. Hay quien se hubiera quitado la ropa y se hubiera lanzado al mar, en brazos de las tinieblas, para escapar de la vida. Es posible que decir todo esto sirva apenas para nada. La costra de tabaibas resecas que cubría las montañas entraba en los ojos como una canción escuchada desde siempre pero no comprendida nunca. Una especie de círculo, como si de dentro de él no pudiera escapar el recuerdo de quien allí había muerto, como una frase que resumiera la vida de alguien para siempre. Regresé por la costa hasta la urbanización en la que había aparcado el coche. El mar, el tierno, mimoso mar del sur, se diluía en la noche. No había hecho más que asustar a un par de peces cuya espera yo no comprendía aunque pensara que quizá debía aprender de ella. Me había detenido a leer las palabras inglesas que recordaban la muerte de una mujer a la que imaginaba joven y que no era para mí más que un nombre protegido por una especie de impenetrable círculo de piedras. La luz se contraía hasta quedar reducida a una franja rosada que se superponía a la isla dibujada o soñada en el horizonte. Cuántos secretos, malpaís. Parecía vacío tu vacío. Si pudiera aprender a atravesarte en silencio, sin llevarme conmigo nada de lo que guardas...

sábado, 27 de julio de 2013

EL CAMINO DEL VALLE


Aquel era un cementerio que no invitaba a entrar, ante el que uno prefería detenerse y pasear su vista  Cementerio de Bellavista lo llaman─ en círculo alrededor de las montañas, un cementerio al que los familiares de los muertos acudían solo unos minutos para depositar tímidamente unas flores, unas flores compradas al florero apostado al pie de la carretera de acceso, ni siquiera en la puerta del cementerio sino a unos cuantos cientos de metros de él, como si no fuera lícito o conveniente permanecer mucho tiempo junto a las tumbas ─tumbas que no eran más que nichos arracimados en filas horizontales y verticales a lo largo de muros blancos, inhóspitos. Mientras caminaba, por primera vez en mi vida, por aquella carretera, veía bajar a los coches que acababan de subir, esta vez ya sin los escuálidos ramos de flores depositados, imaginaba, como una exhalación en los floreros pasmados frente a las lápidas. Del aparcamiento del cementerio salían a toda prisa los coches de los visitantes que habían cumplido con las flores y, quizá, con el rezo de una breve e insípida oración. No tengo a nadie aquí, me dije. Nunca tendré a nadie aquí. No volveré a pasar tal vez nunca más por aquí, frente a este cementerio que ha otorgado a sus muertos la mejor de las vistas, eterna pero inútil, sobre el valle, el mar y las montañas. La carretera bordeaba el cementerio, de muros elevados como para que ningún muerto escapase, muros de los que asomaban unas gárgolas destinadas quizá a conducir supuraciones póstumas, sudores de cadáveres, hieles de dudosa resurrección. Continuaba la carretera por la parte posterior del cementerio y se internaba por entre los recovecos de los montes, por lo que a partir de ahí recibía el nombre de camino del valle. Un cadáver de lagartija bizcochado, cuya cabeza se desprendió cuando intenté moverlo con un pie; otro de rana aplastado contra el asfalto; otro, en la cuneta, de un perro peludo que desprendía un fuerte olor a putrefacción; un último cadáver, más adelante, de una rata, en medio de la carretera, cuya sangre reciente era libada por un enjambre de moscas insaciables: esa fue la compañía que salió a recibirme al principio del camino del valle. La muerte se expone aquí sin tapujos, sale al paso como un aviso para el caminante, la muerte seca o la muerte candente, la muerte que aplasta o la muerte que acuna, la muerte que achicharra o la muerte que desangra. Camino por entre recovecos plagados de muerte. Muerte  que avanza a la vista de muertes precedentes, muerte que aprende de otras muertes el estricto resultado de la muerte: una lámina, un bizcocho, un revoltijo, una pelambrera oculta entre las zarzas. Y los nichos, ya dejados atrás, como un torpe subterfugio, el más patente testimonio de nuestra incapacidad de concebir la muerte como lo que es: como una inmovilidad, una absoluta disponibilidad final, una confusión o comunión con lo que nos rodea, la sequedad definitiva. Viajeros, ustedes que algún día tomarán este perdido camino del valle: sepan que proseguí, que no me detuve al borde del camino porque aún no había llegado mi hora. El sol de un sábado del mes de julio en aquel valle del norte de la isla no era mi enemigo y calentaba sin excesos mi mejilla, mi sien, mi oreja y mi brazo derechos. Era casi mediodía. Caminaba hacia el norte. Racimos de uvas agraces resplandecían en las laderas cubiertas de viñedos. Daban ganas de probar esa amargura, ese sinsabor de lo que aún no está resuelto, de lo que, por su propia inmadurez, tiene acaso la virtud de curar la amargura, el sinsabor de lo demasiado maduro. Casas desperdigadas, ocultas entre las arboledas, perdidas en los confines de las montañas, solitarias. Un caballo que miró, un perro que ladró, un gato que dormitaba, burros que comían en un improvisado alpendre: esa fue la compañía que salió a despedirme al final del camino del valle. Ustedes están vivos, no saben que por aquí ronda la muerte, que bajo este sol engañoso se esconde una zarpa inexorable. Ustedes, perros, lagartos, golondrinas, burros, cernícalos, palomas, gatos, caballos, muchachos que pintaban la azotea de una de las casas como si fueran a tirarse sin querer desde ella, ustedes no imaginan cuánto cuesta sobrevivir, hasta qué punto el sol nos ilumina, libera nuestras vidas y nos salva en la medida en que solo vivamos el presente, este instante de aquí junto al abismo de todos los cadáveres. En una de esas casas soñó anoche quizá un campesino el mismo sueño que yo, un sueño en el que todo volvía a ser como era antes o incluso mejor. El camino del valle continúa internándose entre los recovecos de los montes, traza un semicírculo para que podamos darle la espalda al sol y nos devuelve al principio, al lugar en el que el florero, al pie de la carretera, vende unas flores mustias que muy poco les importan a los muertos.

                                                                                                                     (Tegueste)
         

sábado, 6 de julio de 2013

REGRESO A LA CIUDAD QUE ME VIO NACER


Parecíamos habernos desentendido de todo esto y resulta que ahora, de nuevo, circulan las palabras. Punto en boca. ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Acabas de empezar y ya te estás conteniendo? También circulan de nuevo los cuerpos, cuerpos como alfanjes engrasados en la madrugada, cuerpos como panoplias desencajadas cuyos miembros, solidarios, tiran los unos de los otros y todos al mismo tiempo de la nada que llevan a cuestas. Un sueño tuve anoche. Alcancé a escuchar que decía frente a una puerta siempre esas puertas en atroces sucesiones de pasillos anónimos, ¡hasta cuándo estas absurdas obsesiones, mequetrefe! que no se preocuparan, que era yo quien se encargaba de recoger las copas en donde ustedes, los invitados, habían degustado las natillas de leche de camella. Espinas de alfonsinos preparados a la espalda y devorados como por gatos hambrientos desde hacía varios días colgaban de las paredes señalando el camino hacia la habitación definitiva. Creo que estábamos en el museo militar y que el lugar en el que iba a cumplirse nuestra condena era el salón de actos. La puerta de entrada, cuyo umbral flanqueaban dos obuses, hervía de invitados a una charla en la que participarían dos eminentes escritores capitalinos. Uno de ellos hablaría de los personajes de sus novelas, todos ellos excluidos de la sociedad por uno u otro motivo: “los excluidos”, como los definió luego el autor. Gente que frecuentaba cafetines sórdidos y casas de lenocinio y que al filo de la madrugada aparecía por los alrededores del mercado en busca de un último whisky aguado con el que apagar las penas finales. Mientras todo esto se desarrollaba en la voz cavernosa, certera, mordaz del creador de “los excluidos”, unas gruesas gotas de agua espesa como saliva me caían sobre los brazos procedentes del aparato de aire acondicionado que, situado justo encima de mí, al final del salón, no era capaz de refrescar el ambiente si no era mediante ese goteo salivoso minuciosamente vertido sobre el oyente concreto que estuviera sentado bajo él, en aquel caso yo. Era algo así como la venganza de Nelson, la saliva refrigerada de Nelson que maldecía desde ultratumba y por toda la eternidad a los pobladores de la ciudad que se atrevió a arrancarle uno de sus brazos, era acaso la supuración gelatinosa del muñón del brazo derecho del almirante Nelson lo que estaba cayendo sobre mí. ¿Y yo qué se supone que debía hacer entonces: lamerme las gotas para aplacar la ira del insigne marino o arremeter contra el capitán general, allí presente para recibir no sé qué título honorífico, por no haber echado mano de la última partida presupuestaria enviada por el ministerio de defensa con el fin de arreglar aquel maldito aparato de aire acondicionado? La catadura moral, no voy a quedarme sin decirlo, de muchos de nuestros militares y escritores es más que dudosa. Se escudan en la tradición para justificar cualquier cosa. Y son capaces de vender toda una sarta de mediocridades bajo la excusa de que continúan y dialogan con la línea principal de la literatura insular. ¡Farsantes! En el museo militar se dijo también lo escuché en un corrillo de arquitectos que se reunió al final del acto frente a una gigantesca maqueta de la ciudad, puerto y plaza de glorioso pasado que era una pena que se hubieran perdido todas las fortalezas, que apenas quedaran, y ni siquiera completos, uno o dos de los castillos que siglos atrás proliferaban en la costa y constituían uno de nuestros orgullos principales y nada menos que la fuente y el origen de nuestra identidad inalterada. Como se leía en un panel explicativo, las “derrotas infringidas” (sic) a numerosos corsarios y almirantes extranjeros por parte de nuestras tropas apostadas en esas fortalezas habían conseguido defender la ciudad y mantenerla fiel a la corona española. ¡Manda cojones! Aquí la devastación se convierte en relumbre. La carnicería se denomina defensa. Las matanzas se transforman en orgullo insular. A los cañones se los llama tigres. Las banderas ensangrentadas ondean al viento en una mañana luminosa en la que el rojo de la sangre se confunde con el resplandor de la canícula. ¡Embaucadores! Camino como a ciegas por las calles de la ciudad que me vio nacer. No veo nada, es solo ella la que vio, la que ve y la que verá, de ella son los ojos que en cada esquina se abren para ver y decir qué es lo que hay que ver en lo visible y qué es lo que no debe verse en lo invisible o al contrario. Voy caminando y lo único que me libera de esa mirada impuesta es el olor, el olor de lo que lleva muerto muchos años y resurge para no sé qué, ¿para qué puede resurgir lo que lleva años muerto y enterrado? Cuerpos como enredaderas en un balcón con la fresquita, cuerpos que en una azotea, fuera de cualquier mirada pero expuestos al olfato de quien todo lo huele, se desnudan, se trenzan, se desatan, convulsos, vuelven a anudarse y difunden sobre la ciudad un perfume de piel sedienta, de mucosa voraz. El “joven muerto” de un poema en el que se lo menciona quizá demasiado a la ligera regresa a través de los patios interiores, de los patinillos, de las azoteas montadas unas sobre otras, de los cables y las antenas que desgarran la noche como un dolor que no deja nunca de manar. Regresa quizá como un fantasma de carne no sé si perfumada o viscosa con el que hablo después de dormir unos minutos en una casa que no me pertenece. Me sale al paso en la escalera y hablamos sobre su padre muerto, me pregunta por qué yo sigo viviendo, qué pacto he firmado para sobrevivir a tantos de los míos. Yo le respondo señalándole una mancha que acaba de aflorar en mi lengua y a la que he dado en llamar “punto en boca”. Esa mancha me salva. Esa mancha, que mancha todo lo que digo, que mancha el aire que respiro y la comida que como y las palabras que formo con la saliva sobrante, es mi amuleto de la suerte. Con los amigos, en callejones sudorosos, junto a nidos de cucarachas, en las noches de bochorno de esta ciudad que no se dejó vencer, comparto a veces un gin-tónic mientras, en la mesa de al lado, unos gitanos rumanos beben unas litronas gigantescas que los hacen vociferar como si estuvieran en medio de la estepa. Mientras no nos quiten las ramblas ni la estatua del caudillo rodeada de una fuente en la que derramar al final de la noche los residuos corporales producto del gin-tónic, mientras no nos retiren la plaza de toros que nos recuerda al pasar la distancia que media entre quienes pasamos ahora y quienes hace veinte años pasaron junto a ella, mientras ningún alcalde menudo ni malpuesto nos birle el revoltijo de árboles al que todo el mundo llama parque y que nos permite escondernos para inhalar los miasmas prohibidos de esta noche voraz de aniversario y regreso: mientras nada de eso nos sea retirado, nosotros seguiremos viniendo a contarnos las marranadas con que nos regala la vida, los juicios sumariales que nos imponen a diario instancias sobrehumanas y los acertijos en que nos hemos convertido para nosotros mismos. Seremos, lo sabemos, contumaces. Seremos implacables. Luego, una vez cumplido el ritual de degeneración, nos marcharemos. Eres, ciudad, nuestro vomitadero, eres el lavadero para nuestros culos siempre sucios, eres la morgue en donde nuestros cadáveres son acicalados para que estén presentables de cara a su próxima función, eres el sumidero de nuestros sueños, el campo, poblado de espantapájaros, de nuestra juventud, eres el prostíbulo de nuestra madurez, el pozo negro de nuestros negros destinos, el estercolero de todas nuestras miserias. Nos necesitas y te necesitamos. No hay entre nosotros ni una pizca de amor. Tampoco una pizca de odio. Un día, dentro de muchos años, volveremos aquí como marineros llegados de puertos lejanos, nadie nos reconocerá, visitaremos las capillas desacralizadas de los que habían sido nuestros cultos, cantaremos canciones cuyas letras estuvimos a punto de olvidar y nos internaremos por un callejón en el que unos desconocidos nos apuñalarán o nos golpearán con bates de béisbol. En ese mismo instante, al tiempo que la eternidad, comenzará quizás el amor.       

ENTRADA DESTACADA

SOPHIA HIDALGO HERNÁNDEZ EN LOS 'DIÁLOGOS EN LA GRANJA'

 

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