Una escultura de Martín Chirino —Lady Tenerife— va siempre conmigo como parte del paisaje de mi
infancia. Asomada, casi en el borde, al barranco que cruza por detrás de la plaza
del Colegio de Arquitectos, su rojo escandaloso, provocador, combinaba a la
perfección con el gris del hormigón de una plaza y de un edificio que estaban
construidos para demostrar que había entonces —no sé si aún la hay— alguna posibilidad de
transformar el territorio en una amalgama coherente de arquitectura y paisaje.
Aquella escultura era en sí misma, como la plaza, un lugar habitable, era un
reducto en el interior de un reducto, una cuna y un balancín, un espacio en el
que se hubiera podido incluso dormir gracias a sus curvas adaptables a
cualquier espalda humana, y si acaso no dormir sí al menos recostarse y charlar
mientras contemplábamos el cono de montaña terrosa que se destacaba en el fondo
como un extraño decorado para las noches de entonces. Estoy hablando de algunas
noches de la adolescencia, de la primera juventud, en las que llegarse hasta
aquella plaza, hasta Lady Tenerife,
era una corta escapada para quien, como yo, vivía en el barrio del Toscal y no
tenía más que bajar un pedazo de la rambla para encontrarse en un mundo que,
estando tan cerca, era ya otro, apuntaba en otra dirección, anunciaba otra manera
de mirar y de concebir el espacio que yo entonces apenas empezaba a vislumbrar.
La ciudad quedó atrás, me fui alejando, viví durante años en otro país, en otra
isla, me trasladé al continente, a la península, y algunas veces, cuando
volvía, me daba un garbeo por la plaza, casi siempre de noche, circundaba la
escultura, la tocaba, sentía el frío del metal, quizá cada vez menos atenuado
por un rojo que me seguía gustando, pero que no me proporcionaba ya la comunión
del principio sino algo parecido a lo que nos hace sentir un amigo de la
infancia, una presencia y una complicidad que no dejaban nunca de estar allí aunque me hubiera
alejado tanto. Volvía de aquellos paseos con la impresión de que había dejado
de ver algo, de que no conseguía llegar hasta el final, como si una parte de mi
vida se hubiera quedado en el camino, perdida, y yo quisiera convencerme de que
era allí, en aquel lugar que alguna vez había significado una verdad
incuestionable, donde debía recuperarla. Esto nunca ocurría. El tiempo, el
curso de la vida, me fue mostrando otras esculturas de Chirino, algunas incluso
mayores que Lady Tenerife, siempre de
metal, blancas o sin pintar, a veces situadas en lugares privilegiados junto al
mar, en otras ciudades de las islas, en otras plazas, curvas torturadas por una
especie de baile brusco en busca del principio, como si el propio escultor, en
cada una de sus obras, estuviera buscando una postura perdida, un aliento
sentido en contacto directo con la tierra viva, palpitante, y luego olvidado
para siempre. Vi también cabezas gigantescas, cráneos deformes, casi
elefantiásicos. Estuve también frente a un aeróvoro, un objeto dibujado en el
aire mitad pájaro mitad viento, grácil y desplegado, repentino, brillante, propiedad
de un amigo que lo tenía entonces en el salón de su casa. Era la primera
escultura de pequeño tamaño, íntima, recogida, que veía de Martín Chirino, y
debo decir que me gustó, quizá porque era un objeto que no se imponía, que
dejaba que cualquiera circulara a su alrededor, como esos pájaros que pasan muy
cerca de nosotros y no nos rozan de milagro. Supe que se trataba de una obra
antigua, quizá de los años sesenta o setenta —no lo recuerdo bien—, una especie
de ramalazo o aleteo captado por los ojos y construido fielmente por las manos.
Más adelante mi amigo la vendió, supongo que en respuesta a una oferta
favorable por parte de algún museo de arte contemporáneo. Estuve mucho tiempo
sin ver otras obras de Martín Chirino. Cuando regresaba a mi ciudad natal, apenas
pasaba ya por la plaza del Colegio de Arquitectos a saludar a Lady Tenerife para contarle al oído
aventurillas que ella, desgastado ya su maquillaje e inevitablemente decrépita
como dama venida a menos que era, habría escuchado ya con una displicencia que
solo podía hacerme daño. La miraba de reojo si pasaba por la rambla. Sé que
estuvo casi agonizante y que luego la remozaron, le dieron una buena capa de
colorete y pareció recobrar la lozanía que yo recordaba. Pero en el fondo no
había nada que hacer. Todo aquel tiempo no había hecho más que alejarme a
medida que ella, poco a poco, se oxidaba. Hoy, después de muchos años, un
viernes frío de noviembre, he ido a ver una pequeña exposición de Martín
Chirino en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Unas pocas piezas que formarán
parte del fondo de su futura fundación en Las Palmas de Gran Canaria. No hubo
ni una sola pieza que me conmoviera. Curvas en equilibrio decorativo, cabezas
africanas de bronce con espirales por boca, una espiral de plomo en un cuadro
sobre papel, otra espiral que se va hundiendo por el centro pero uno se
pregunta para qué, dos piezas simétricas que parecen engranajes o mandíbulas
dispuestas a morderlo a uno si pasa por el medio, una especie de instrumento de
tortura cuyo título viene a ser algo similar a “máquina sin utilidad alguna”, dos
figuras cónicas rellenas de piedrecillas —blancas y negras respectivamente— a
las que el escultor ha dado el tópico nombre de aquel insufrible poema decimonónico
de Nicolás Estévanez: Mi patria es una
roca. Piezas todas que no lograba dejar de imaginarme pensadas y
construidas para salones de casas o mansiones, acristaladas terrazas interiores
con vistas al mar o a la montaña, jardines de lujosas residencias cuyos
propietarios habían adquirido por precios exorbitantes piezas similares a
aquellas, piezas de las mismas series que no lograban conmoverme. ¿Era tal vez
que había quedado incapacitado para sentir algo ante obras como aquellas? ¿Me
faltaban la perspectiva, el conocimiento, la información para lograr contemplar
aquellas formas? Pero, aunque me preguntaba todo esto, no conseguía tampoco
encontrar la coherencia del conjunto, la necesidad de aquel batiburrillo de
obras sin duda maestras en cuanto a su ejecución, piezas impecables en su
forjado, en su acabado, incluso en su instalación en la sala. Y, sin embargo, sentía
que había un gran fracaso allí. El artista se había pasado media vida buscando
escapar de las contorsiones que lo obsesionaban. Forzaba una y otra vez la
materia metálica, el hierro, el bronce, para forjar formas que terminaban siempre
por aprisionarlo. En las piezas más nuevas, esas curvas gráciles tan
ornamentales, ante las que cualquiera se quedaría con la boca abierta
preguntándose cómo el hierro podía parecer tan leve, o en esos obtusos hornos
abiertos por arriba con una cruz que dejaba ver las piedrecillas blancas o
negras que contenían, el artista proclamaba su legado final. Y lo que ese
legado nos transmitía era una postura demasiado servil y complaciente ante la
poderosa materia, el reconocimiento de que quizá solo nos era dado jugar con
ella, retorcerla como un ilusionista, casi de modo histriónico, pues carecíamos
de la fuerza para llegar a domarla y recrearla. Yo recordaba las formas que
había visto en las rocas volcánicas, en los acantilados, en las grutas, en
algunos barrancos de las islas, y me decía que esta sala no contenía en
comparación más que sofisticados juguetes para ricos. Así de crudo y
seguramente de equivocado era lo que pensaba. Pido disculpas. Y me preguntaba
si acaso lo que alguna vez llegué a sentir junto a aquel barranco de Santa Cruz
de Tenerife, en la plaza, acurrucado en el interior de Lady Tenerife, en aquellos rojos labios o cejas o pestañas o rizos
que eran tan fríos al tacto pero tan entrañables junto al corazón, no tenía más
que ver conmigo, con mi novedad en el mundo, con la brisa de la bahía cercana,
con las tabaibas y las palomas que el barranco agitaba al atardecer, que con
aquella escultura. Y a esa pregunta no quería contestar y no quisiera que se
piense que con este texto lo hago.
viernes, 22 de noviembre de 2013
jueves, 24 de octubre de 2013
jueves, 10 de octubre de 2013
PARAPOÉTICA
Para no cantar qué,
para que si cuándo cantar cómo,
para casi cantar si,
para cuando siempre cantar no,
para sin cantar cantar para,
para porque según cantar cómo,
para dónde por qué cantar cuándo,
para qué cantar qué.
martes, 8 de octubre de 2013
LECTURA DE FABIO PUSTERLA EN SANTANDER
(Esta lectura, en la que Rafael Fombellida y yo acompañamos al poeta suizo de lengua italiana Fabio Pusterla, se desarrolló el 20 de agosto de 2009 en el Palacio de la Magdalena de Santander, en el marco de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Pocos meses antes, la editorial Quálea había publicado Bocksten, un precioso libro de Pusterla del que el autor y su traductor, un servidor, leímos en Santander algunos fragmentos en italiano y español, respectivamente. No hace mucho descubrí que la lectura fue grabada completa y colgada en internet por el Servicio de Prensa de la U.I.M.P., así que aprovecho para difundirla aquí por si a algún lector de este blog le interesa aproximarse a la obra y la persona de Fabio Pusterla.)
lunes, 30 de septiembre de 2013
LA GRIETA DEL REGRESO
Vino a dar otra vez la
luz
en la frontera
entre el mundo de
enredos, desvaríos y rémoras
en que estaba viviendo
hasta hace nada
y la corteza de una
gracia nueva.
Un gato aparece de
repente
y me mira con recelo o
asombro
porque, pienso, soy para
él una sorpresa parecida
a la que él es para mí,
y en esa raya
que es un hilo de tiempo
indefinido
nos perdemos los dos o
huimos como cada uno puede o sabe,
él con la cola levantada
y ágiles pasos de ballet
y yo en el consabido tránsito
de una palabra a otra.
Y todo porque vino una
vez más la luz
a dar en la frontera
entre dos mundos de huesos.
domingo, 18 de agosto de 2013
ENTREVISTA DE INVIERNO PUBLICADA EN VERANO
(Entrevista realizada por José Andrés Dulce y publicada el 18 de agosto de 2013 en el periódico El Día)
lunes, 12 de agosto de 2013
PALABRAS QUE EL POETA ESCUCHA CUANDO ESTÁ SENTADO POR DEBAJO DEL SUEÑO
Palabras
que el poeta escucha
cuando
está sentado por debajo del sueño,
enharinada
su tez como recién salida de un baño de luz blanca:
no
visites las ruinas,
desenfunda
la espada con que cortarás la cabeza del dragón,
atiende
al milagro de una tela de araña tendida en el ojo de la brisa,
afánate
en la perplejidad,
lame
tus heridas,
desenvuelve
sin prisa los pequeños regalos imprevistos,
pulveriza
los límites que una vez te impusiste,
graba a
fuego unas pocas palabras en tu corazón,
construye
como entonces castillos en la arena que defenderás de la marea que crece,
destruye
como entonces los castillos que construiste como una señal dejada contra lo
inexorable,
alienta
la división,
comparece
en la pérdida,
refunde
el desamparo hasta que se convierta en la amalgama de esperanza y lamento
en que ya apenas creías,
arde,
alimenta
el ardor hasta en las horas más frías,
desnúdate solo para quien se desnude a su vez con la pura intención de fundirse
contigo,
no
ayunes si no es para alimentarte de inocencia,
nada
hasta la boya y rodéala al llegar para trazar el círculo de lo nadado en el interior
de tu alma,
escóndete
antes de que quien cuenta hasta diez se vuelva para buscarte, pero
escóndete en un
santiamén, sobre una rama o en un pliegue del aire,
imagina
tus vísceras expuestas, tus miembros amputados, tu sangre derramada como
nuevos modos de ser,
como reversos tuyos,
no
toques a la puerta de la casa frente al parque sino con la aldaba de entonces que
desapareció hace ya tiempo,
colúmpiate
sin parar,
pasa
con sigilo junto a las jaulas en que duermen los pájaros que están a punto de morir,
tatúate
en la yema del dedo corazón un corazón de ángel, un músculo de éter destinado
a latir hasta
el fin de los tiempos,
enciérrate
en un cuarto con miles de libélulas nocturnas para que, cuando salgas, todo
tu cuerpo brille,
tiemble y vuele a través de la noche,
pedalea,
revuélvete
en la sombra,
arranca
de cuajo la cadena que te ata a la celda que algunos llaman la no vida,
sal,
siéntate
por debajo del sueño,
escucha
otras palabras, no estas, siempre otras, otras palabras.
sábado, 3 de agosto de 2013
PALM-MAR
Unas pocas piedras agrupadas en forma de una especie de círculo. Yo venía de hipnotizar junto a la costa a unos pequeños peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea. Los pasos habían auscultado las montañas, unas montañas que eran como jorobas amontonadas en el malpaís, jorobas pardas cubiertas de cardones. No se oía nada. Ni brisa, ni pájaros, ni crujidos de lagartos entre las aulagas, ni el mar ni el resquemor de nada. Tierra blanca, arena roja, pequeñas piedras negras que siglos atrás habían ardido lanzadas por los cráteres. Caminos que se bifurcaban y desaparecían. Aviones que llegaban, majestuosos, desde el interior del océano. Junto a la casa abandonada se había construido el túmulo, una especie de círculo de piedras que recordaba a una persona muerta en aquel lugar. Los peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea se quedaban inmóviles cuando yo me acercaba, se escondían entre los guijarros y las algas como si mi sombra los hipnotizara. ¿Había vivido aquella mujer allí, en la casa abandonada, en los cuartuchos cuyas paredes rebosaban de pinturas y nombres? Malpaís de minúsculas piedras negras que nadie parecía haber tocado nunca. Extraños brotes de vida entre la grava que pisaba al pasar en dirección a la costa. La isla en el horizonte era una gran montaña que se había desprendido de algún sueño o de la propia mirada que la contemplaba. La noche envolvería los pasos hasta que no pudiera ver ya por dónde caminaba. Un nombre, unas palabras en inglés, una fecha de casi una década atrás recordaban en medio de una especie de círculo a la mujer que había muerto junto a la casa abandonada. Restos de fogatas y gaviotas posadas en el mar. Cicatrices de los pasos que hendían el camino al borde de unas montañas que apenas si lo eran. Qué paciencia indecible la de un pez atrapado en un charco hasta que la marea que sube vuelva para rescatarlo. La aridez junto al mar, como una contradicción, como un revés contra el cielo, como la única respuesta al comienzo de la noche. Hay quien se hubiera quitado la ropa y se hubiera lanzado al mar, en brazos de las tinieblas, para escapar de la vida. Es posible que decir todo esto sirva apenas para nada. La costra de tabaibas resecas que cubría las montañas entraba en los ojos como una canción escuchada desde siempre pero no comprendida nunca. Una especie de círculo, como si de dentro de él no pudiera escapar el recuerdo de quien allí había muerto, como una frase que resumiera la vida de alguien para siempre. Regresé por la costa hasta la urbanización en la que había aparcado el coche. El mar, el tierno, mimoso mar del sur, se diluía en la noche. No había hecho más que asustar a un par de peces cuya espera yo no comprendía aunque pensara que quizá debía aprender de ella. Me había detenido a leer las palabras inglesas que recordaban la muerte de una mujer a la que imaginaba joven y que no era para mí más que un nombre protegido por una especie de impenetrable círculo de piedras. La luz se contraía hasta quedar reducida a una franja rosada que se superponía a la isla dibujada o soñada en el horizonte. Cuántos secretos, malpaís. Parecía vacío tu vacío. Si pudiera aprender a atravesarte en silencio, sin llevarme conmigo nada de lo que guardas...
sábado, 27 de julio de 2013
EL CAMINO DEL VALLE
Aquel era un cementerio que no invitaba a entrar, ante el
que uno prefería detenerse y pasear su vista
─Cementerio de Bellavista lo
llaman─ en círculo alrededor de las montañas, un cementerio al que los
familiares de los muertos acudían solo unos minutos para depositar tímidamente
unas flores, unas flores compradas al florero apostado al pie de la carretera de acceso, ni
siquiera en la puerta del cementerio sino a unos cuantos cientos de metros de él,
como si no fuera lícito o conveniente permanecer mucho tiempo junto a las
tumbas ─tumbas que no eran más que nichos arracimados en filas horizontales y
verticales a lo largo de muros blancos, inhóspitos. Mientras caminaba, por primera
vez en mi vida, por aquella carretera, veía bajar a los coches que acababan de
subir, esta vez ya sin los escuálidos ramos de flores depositados, imaginaba,
como una exhalación en los floreros pasmados frente a las lápidas. Del
aparcamiento del cementerio salían a toda prisa los coches de los visitantes
que habían cumplido con las flores y, quizá, con el rezo de una breve e
insípida oración. No tengo a nadie aquí, me dije. Nunca tendré a nadie aquí. No
volveré a pasar tal vez nunca más por aquí, frente a este cementerio que ha
otorgado a sus muertos la mejor de las vistas, eterna pero inútil, sobre el
valle, el mar y las montañas. La carretera bordeaba el cementerio, de muros
elevados como para que ningún muerto escapase, muros de los que asomaban unas
gárgolas destinadas quizá a conducir supuraciones póstumas, sudores de
cadáveres, hieles de dudosa resurrección. Continuaba la carretera por la parte
posterior del cementerio y se internaba por entre los recovecos de los montes,
por lo que a partir de ahí recibía el nombre de camino del valle. Un cadáver de lagartija bizcochado, cuya cabeza
se desprendió cuando intenté moverlo con un pie; otro de rana aplastado contra
el asfalto; otro, en la cuneta, de un perro peludo que desprendía un fuerte olor a
putrefacción; un último cadáver, más adelante, de una rata, en medio de la carretera,
cuya sangre reciente era libada por un enjambre de moscas insaciables: esa fue la compañía que salió a recibirme al principio del camino del
valle. La muerte se expone aquí sin tapujos, sale al paso como un aviso
para el caminante, la muerte seca o la muerte candente, la muerte que aplasta o
la muerte que acuna, la muerte que achicharra o la muerte que desangra. Camino
por entre recovecos plagados de muerte. Muerte
que avanza a la vista de muertes precedentes, muerte que aprende de
otras muertes el estricto resultado de la muerte: una lámina, un bizcocho, un
revoltijo, una pelambrera oculta entre las zarzas. Y los nichos, ya dejados
atrás, como un torpe subterfugio, el más patente testimonio de nuestra
incapacidad de concebir la muerte como lo que es: como una inmovilidad, una
absoluta disponibilidad final, una confusión o comunión con lo que nos rodea, la
sequedad definitiva. Viajeros, ustedes que algún día tomarán este perdido camino del valle: sepan que proseguí,
que no me detuve al borde del camino porque aún no había llegado mi hora. El sol
de un sábado del mes de julio en aquel valle del norte de la isla no era mi
enemigo y calentaba sin excesos mi mejilla, mi sien, mi oreja y mi brazo
derechos. Era casi mediodía. Caminaba hacia el norte. Racimos de uvas agraces resplandecían en las
laderas cubiertas de viñedos. Daban ganas de probar esa amargura, ese sinsabor
de lo que aún no está resuelto, de lo que, por su propia inmadurez, tiene acaso
la virtud de curar la amargura, el sinsabor de lo demasiado maduro. Casas
desperdigadas, ocultas entre las arboledas, perdidas en los confines de las
montañas, solitarias. Un caballo que miró, un perro que ladró, un gato que
dormitaba, burros que comían en un improvisado alpendre: esa fue la compañía que salió a despedirme al final del camino del valle. Ustedes están vivos,
no saben que por aquí ronda la muerte, que bajo este sol engañoso se esconde
una zarpa inexorable. Ustedes, perros, lagartos, golondrinas, burros,
cernícalos, palomas, gatos, caballos, muchachos que pintaban la azotea de una
de las casas como si fueran a tirarse sin querer desde ella, ustedes no imaginan
cuánto cuesta sobrevivir, hasta qué punto el sol nos ilumina, libera nuestras
vidas y nos salva en la medida en que solo vivamos el presente, este instante
de aquí junto al abismo de todos los cadáveres. En una de esas casas soñó
anoche quizá un campesino el mismo sueño que yo, un sueño en el que todo volvía a ser como era antes o incluso mejor. El camino del valle continúa
internándose entre los recovecos de los montes, traza un semicírculo para que
podamos darle la espalda al sol y nos devuelve al principio, al lugar en el que el florero,
al pie de la carretera, vende unas flores mustias que muy poco les importan a
los muertos.
(Tegueste)
sábado, 6 de julio de 2013
REGRESO A LA CIUDAD QUE ME VIO NACER
Parecíamos habernos desentendido de todo esto y resulta
que ahora, de nuevo, circulan las palabras. Punto en boca. ¿Qué es lo que
quieres decir? ¿Acabas de empezar y ya te estás conteniendo? También circulan de
nuevo los cuerpos, cuerpos como alfanjes engrasados en la madrugada, cuerpos
como panoplias desencajadas cuyos miembros, solidarios, tiran los unos de los otros
y todos al mismo tiempo de la nada que llevan a cuestas. Un sueño tuve anoche.
Alcancé a escuchar que decía frente a una puerta ─siempre
esas puertas en atroces sucesiones de pasillos anónimos, ¡hasta cuándo estas
absurdas obsesiones, mequetrefe!─ que no se
preocuparan, que era yo quien se encargaba de recoger las copas en donde ustedes,
los invitados, habían degustado las natillas de leche de camella. Espinas de
alfonsinos preparados a la espalda y devorados como por gatos hambrientos desde
hacía varios días colgaban de las paredes señalando el camino hacia la
habitación definitiva. Creo que estábamos en el museo militar y que el lugar en
el que iba a cumplirse nuestra condena era el salón de actos. La puerta de
entrada, cuyo umbral flanqueaban dos obuses, hervía de invitados a una charla
en la que participarían dos eminentes escritores capitalinos. Uno de ellos
hablaría de los personajes de sus novelas, todos ellos excluidos de la sociedad
por uno u otro motivo: “los excluidos”, como los definió luego el autor. Gente
que frecuentaba cafetines sórdidos y casas de lenocinio y que al filo de la
madrugada aparecía por los alrededores del mercado en busca de un último whisky
aguado con el que apagar las penas finales. Mientras todo esto se desarrollaba
en la voz ─cavernosa, certera, mordaz─ del
creador de “los excluidos”, unas gruesas gotas de agua espesa como saliva me caían
sobre los brazos procedentes del aparato de aire acondicionado que, situado
justo encima de mí, al final del salón, no era capaz de refrescar el ambiente
si no era mediante ese goteo salivoso minuciosamente vertido sobre el oyente
concreto que estuviera sentado bajo él, en aquel caso yo. Era algo así como la
venganza de Nelson, la saliva refrigerada de Nelson que maldecía desde
ultratumba y por toda la eternidad a los pobladores de la ciudad que se atrevió
a arrancarle uno de sus brazos, era acaso la supuración gelatinosa del muñón
del brazo derecho del almirante Nelson lo que estaba cayendo sobre mí. ¿Y yo
qué se supone que debía hacer entonces: lamerme las gotas para aplacar la ira
del insigne marino o arremeter contra el capitán general, allí presente para
recibir no sé qué título honorífico, por no haber echado mano de la última
partida presupuestaria enviada por el ministerio de defensa con el fin de
arreglar aquel maldito aparato de aire acondicionado? La catadura moral, no voy
a quedarme sin decirlo, de muchos de nuestros militares y escritores es más que
dudosa. Se escudan en la tradición para justificar cualquier cosa. Y son
capaces de vender toda una sarta de mediocridades bajo la excusa de que continúan
y dialogan con la línea principal de la literatura insular. ¡Farsantes! En el
museo militar se dijo también ─lo escuché en un corrillo de
arquitectos que se reunió al final del acto frente a una gigantesca maqueta de
la ciudad, puerto y plaza de glorioso pasado─ que era una pena que
se hubieran perdido todas las fortalezas, que apenas quedaran, y ni siquiera
completos, uno o dos de los castillos que siglos atrás proliferaban en la costa
y constituían uno de nuestros orgullos principales y nada menos que la fuente y
el origen de nuestra identidad inalterada. Como se leía en un panel
explicativo, las “derrotas infringidas” (sic) a numerosos corsarios y
almirantes extranjeros por parte de nuestras tropas apostadas en esas
fortalezas habían conseguido defender la ciudad y mantenerla fiel a la corona
española. ¡Manda cojones! Aquí la devastación se convierte en relumbre. La
carnicería se denomina defensa. Las matanzas se transforman en orgullo insular.
A los cañones se los llama tigres. Las banderas ensangrentadas ondean al viento
en una mañana luminosa en la que el rojo de la sangre se confunde con
el resplandor de la canícula. ¡Embaucadores! Camino como a ciegas por las calles
de la ciudad que me vio nacer. No veo nada, es solo ella la que vio, la que ve
y la que verá, de ella son los ojos que en cada esquina se abren para ver y
decir qué es lo que hay que ver en lo visible y qué es lo que no debe verse en
lo invisible ─o al contrario. Voy caminando y lo único que
me libera de esa mirada impuesta es el olor, el olor de lo que lleva muerto
muchos años y resurge para no sé qué, ¿para qué puede resurgir lo que lleva
años muerto y enterrado? Cuerpos como enredaderas en un balcón con la fresquita, cuerpos que en una
azotea, fuera de cualquier mirada pero expuestos al olfato de quien todo lo
huele, se desnudan, se trenzan, se desatan, convulsos, vuelven a anudarse y difunden
sobre la ciudad un perfume de piel sedienta, de mucosa voraz. El “joven muerto”
de un poema en el que se lo menciona quizá demasiado a la ligera regresa a
través de los patios interiores, de los patinillos, de las azoteas montadas
unas sobre otras, de los cables y las antenas que desgarran la noche como un
dolor que no deja nunca de manar. Regresa quizá como un fantasma de carne no sé
si perfumada o viscosa con el que hablo después de dormir unos minutos en una
casa que no me pertenece. Me sale al paso en la escalera y hablamos sobre su
padre muerto, me pregunta por qué yo sigo viviendo, qué pacto he firmado para
sobrevivir a tantos de los míos. Yo le respondo señalándole una mancha que
acaba de aflorar en mi lengua y a la que he dado en llamar “punto en boca”. Esa
mancha me salva. Esa mancha, que mancha todo lo que digo, que mancha el aire
que respiro y la comida que como y las palabras que formo con la saliva
sobrante, es mi amuleto de la suerte. Con los amigos, en callejones sudorosos,
junto a nidos de cucarachas, en las noches de bochorno de esta ciudad que no se
dejó vencer, comparto a veces un gin-tónic mientras, en la mesa de al lado,
unos gitanos rumanos beben unas litronas gigantescas que los hacen vociferar
como si estuvieran en medio de la estepa. Mientras no nos quiten las ramblas ni
la estatua del caudillo rodeada de una fuente en la que derramar al final de la
noche los residuos corporales producto del gin-tónic, mientras no nos retiren
la plaza de toros que nos recuerda al pasar la distancia que media entre
quienes pasamos ahora y quienes hace veinte años pasaron junto a ella, mientras
ningún alcalde menudo ni malpuesto nos birle el revoltijo de árboles al que
todo el mundo llama parque y que nos permite escondernos para inhalar los
miasmas prohibidos de esta noche voraz de aniversario y regreso: mientras nada de eso nos
sea retirado, nosotros seguiremos viniendo a contarnos las marranadas con que
nos regala la vida, los juicios sumariales que nos imponen a diario instancias sobrehumanas y los acertijos en que nos hemos convertido para
nosotros mismos. Seremos, lo sabemos, contumaces. Seremos implacables. Luego,
una vez cumplido el ritual de degeneración, nos marcharemos. Eres, ciudad,
nuestro vomitadero, eres el lavadero para nuestros culos siempre sucios, eres
la morgue en donde nuestros cadáveres son acicalados para que estén presentables
de cara a su próxima función, eres el sumidero de nuestros sueños, el campo,
poblado de espantapájaros, de nuestra juventud, eres el prostíbulo de nuestra
madurez, el pozo negro de nuestros negros destinos, el estercolero de todas nuestras
miserias. Nos necesitas y te necesitamos. No hay entre nosotros ni una pizca de
amor. Tampoco una pizca de odio. Un día, dentro de muchos años, volveremos
aquí como marineros llegados de puertos lejanos, nadie nos reconocerá, visitaremos
las capillas desacralizadas de los que habían sido nuestros cultos, cantaremos
canciones cuyas letras estuvimos a punto de olvidar y nos internaremos por un
callejón en el que unos desconocidos nos apuñalarán o nos golpearán con bates
de béisbol. En ese mismo instante, al tiempo que la eternidad, comenzará quizás
el amor.
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