viernes, 22 de noviembre de 2013

VISITA A UNA EXPOSICIÓN DE MARTÍN CHIRINO

Una escultura de Martín Chirino —Lady Tenerife— va siempre conmigo como parte del paisaje de mi infancia. Asomada, casi en el borde, al barranco que cruza por detrás de la plaza del Colegio de Arquitectos, su rojo escandaloso, provocador, combinaba a la perfección con el gris del hormigón de una plaza y de un edificio que estaban construidos para demostrar que había entonces  —no sé si aún la hay— alguna posibilidad de transformar el territorio en una amalgama coherente de arquitectura y paisaje. Aquella escultura era en sí misma, como la plaza, un lugar habitable, era un reducto en el interior de un reducto, una cuna y un balancín, un espacio en el que se hubiera podido incluso dormir gracias a sus curvas adaptables a cualquier espalda humana, y si acaso no dormir sí al menos recostarse y charlar mientras contemplábamos el cono de montaña terrosa que se destacaba en el fondo como un extraño decorado para las noches de entonces. Estoy hablando de algunas noches de la adolescencia, de la primera juventud, en las que llegarse hasta aquella plaza, hasta Lady Tenerife, era una corta escapada para quien, como yo, vivía en el barrio del Toscal y no tenía más que bajar un pedazo de la rambla para encontrarse en un mundo que, estando tan cerca, era ya otro, apuntaba en otra dirección, anunciaba otra manera de mirar y de concebir el espacio que yo entonces apenas empezaba a vislumbrar. La ciudad quedó atrás, me fui alejando, viví durante años en otro país, en otra isla, me trasladé al continente, a la península, y algunas veces, cuando volvía, me daba un garbeo por la plaza, casi siempre de noche, circundaba la escultura, la tocaba, sentía el frío del metal, quizá cada vez menos atenuado por un rojo que me seguía gustando, pero que no me proporcionaba ya la comunión del principio sino algo parecido a lo que nos hace sentir un amigo de la infancia, una presencia y una complicidad que no dejaban nunca de estar allí aunque me hubiera alejado tanto. Volvía de aquellos paseos con la impresión de que había dejado de ver algo, de que no conseguía llegar hasta el final, como si una parte de mi vida se hubiera quedado en el camino, perdida, y yo quisiera convencerme de que era allí, en aquel lugar que alguna vez había significado una verdad incuestionable, donde debía recuperarla. Esto nunca ocurría. El tiempo, el curso de la vida, me fue mostrando otras esculturas de Chirino, algunas incluso mayores que Lady Tenerife, siempre de metal, blancas o sin pintar, a veces situadas en lugares privilegiados junto al mar, en otras ciudades de las islas, en otras plazas, curvas torturadas por una especie de baile brusco en busca del principio, como si el propio escultor, en cada una de sus obras, estuviera buscando una postura perdida, un aliento sentido en contacto directo con la tierra viva, palpitante, y luego olvidado para siempre. Vi también cabezas gigantescas, cráneos deformes, casi elefantiásicos. Estuve también frente a un aeróvoro, un objeto dibujado en el aire mitad pájaro mitad viento, grácil y desplegado, repentino, brillante, propiedad de un amigo que lo tenía entonces en el salón de su casa. Era la primera escultura de pequeño tamaño, íntima, recogida, que veía de Martín Chirino, y debo decir que me gustó, quizá porque era un objeto que no se imponía, que dejaba que cualquiera circulara a su alrededor, como esos pájaros que pasan muy cerca de nosotros y no nos rozan de milagro. Supe que se trataba de una obra antigua, quizá de los años sesenta o setenta —no lo recuerdo bien—, una especie de ramalazo o aleteo captado por los ojos y construido fielmente por las manos. Más adelante mi amigo la vendió, supongo que en respuesta a una oferta favorable por parte de algún museo de arte contemporáneo. Estuve mucho tiempo sin ver otras obras de Martín Chirino. Cuando regresaba a mi ciudad natal, apenas pasaba ya por la plaza del Colegio de Arquitectos a saludar a Lady Tenerife para contarle al oído aventurillas que ella, desgastado ya su maquillaje e inevitablemente decrépita como dama venida a menos que era, habría escuchado ya con una displicencia que solo podía hacerme daño. La miraba de reojo si pasaba por la rambla. Sé que estuvo casi agonizante y que luego la remozaron, le dieron una buena capa de colorete y pareció recobrar la lozanía que yo recordaba. Pero en el fondo no había nada que hacer. Todo aquel tiempo no había hecho más que alejarme a medida que ella, poco a poco, se oxidaba. Hoy, después de muchos años, un viernes frío de noviembre, he ido a ver una pequeña exposición de Martín Chirino en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Unas pocas piezas que formarán parte del fondo de su futura fundación en Las Palmas de Gran Canaria. No hubo ni una sola pieza que me conmoviera. Curvas en equilibrio decorativo, cabezas africanas de bronce con espirales por boca, una espiral de plomo en un cuadro sobre papel, otra espiral que se va hundiendo por el centro pero uno se pregunta para qué, dos piezas simétricas que parecen engranajes o mandíbulas dispuestas a morderlo a uno si pasa por el medio, una especie de instrumento de tortura cuyo título viene a ser algo similar a “máquina sin utilidad alguna”, dos figuras cónicas rellenas de piedrecillas —blancas y negras respectivamente— a las que el escultor ha dado el tópico nombre de aquel insufrible poema decimonónico de Nicolás Estévanez: Mi patria es una roca. Piezas todas que no lograba dejar de imaginarme pensadas y construidas para salones de casas o mansiones, acristaladas terrazas interiores con vistas al mar o a la montaña, jardines de lujosas residencias cuyos propietarios habían adquirido por precios exorbitantes piezas similares a aquellas, piezas de las mismas series que no lograban conmoverme. ¿Era tal vez que había quedado incapacitado para sentir algo ante obras como aquellas? ¿Me faltaban la perspectiva, el conocimiento, la información para lograr contemplar aquellas formas? Pero, aunque me preguntaba todo esto, no conseguía tampoco encontrar la coherencia del conjunto, la necesidad de aquel batiburrillo de obras sin duda maestras en cuanto a su ejecución, piezas impecables en su forjado, en su acabado, incluso en su instalación en la sala. Y, sin embargo, sentía que había un gran fracaso allí. El artista se había pasado media vida buscando escapar de las contorsiones que lo obsesionaban. Forzaba una y otra vez la materia metálica, el hierro, el bronce, para forjar formas que terminaban siempre por aprisionarlo. En las piezas más nuevas, esas curvas gráciles tan ornamentales, ante las que cualquiera se quedaría con la boca abierta preguntándose cómo el hierro podía parecer tan leve, o en esos obtusos hornos abiertos por arriba con una cruz que dejaba ver las piedrecillas blancas o negras que contenían, el artista proclamaba su legado final. Y lo que ese legado nos transmitía era una postura demasiado servil y complaciente ante la poderosa materia, el reconocimiento de que quizá solo nos era dado jugar con ella, retorcerla como un ilusionista, casi de modo histriónico, pues carecíamos de la fuerza para llegar a domarla y recrearla. Yo recordaba las formas que había visto en las rocas volcánicas, en los acantilados, en las grutas, en algunos barrancos de las islas, y me decía que esta sala no contenía en comparación más que sofisticados juguetes para ricos. Así de crudo y seguramente de equivocado era lo que pensaba. Pido disculpas. Y me preguntaba si acaso lo que alguna vez llegué a sentir junto a aquel barranco de Santa Cruz de Tenerife, en la plaza, acurrucado en el interior de Lady Tenerife, en aquellos rojos labios o cejas o pestañas o rizos que eran tan fríos al tacto pero tan entrañables junto al corazón, no tenía más que ver conmigo, con mi novedad en el mundo, con la brisa de la bahía cercana, con las tabaibas y las palomas que el barranco agitaba al atardecer, que con aquella escultura. Y a esa pregunta no quería contestar y no quisiera que se piense que con este texto lo hago.  

2 comentarios:

  1. Mariano de Santa Ana23 de noviembre de 2013, 17:10

    Vaya, por fin, otra voz sensible que lo dice en público -en privado son legión. Chirino hace muchos años que sólo hace regalos de empresa de una cursilería insufrible.

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  2. Alguien tendría que decirle --y él tendría que saber escucharlo-- que lo único que está consiguiendo con estas obras de los últimos años, ornamentales, previsibles e innecesarias, es empañar toda una trayectoria intensa, personal y emotiva. Sin embargo, suele ser habitual en artistas de talla llegados a un amplio nivel de reconocimiento --y lo mismo les ocurre, me temo, a los poetas-- que no están dispuestos a escuchar a nadie o, en todo caso, escuchan solo lo que quieren que les digan. Ojalá en este caso sea diferente. Gracias por escribir y un cordial saludo.

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