Parecíamos habernos desentendido de todo esto y resulta
que ahora, de nuevo, circulan las palabras. Punto en boca. ¿Qué es lo que
quieres decir? ¿Acabas de empezar y ya te estás conteniendo? También circulan de
nuevo los cuerpos, cuerpos como alfanjes engrasados en la madrugada, cuerpos
como panoplias desencajadas cuyos miembros, solidarios, tiran los unos de los otros
y todos al mismo tiempo de la nada que llevan a cuestas. Un sueño tuve anoche.
Alcancé a escuchar que decía frente a una puerta ─siempre
esas puertas en atroces sucesiones de pasillos anónimos, ¡hasta cuándo estas
absurdas obsesiones, mequetrefe!─ que no se
preocuparan, que era yo quien se encargaba de recoger las copas en donde ustedes,
los invitados, habían degustado las natillas de leche de camella. Espinas de
alfonsinos preparados a la espalda y devorados como por gatos hambrientos desde
hacía varios días colgaban de las paredes señalando el camino hacia la
habitación definitiva. Creo que estábamos en el museo militar y que el lugar en
el que iba a cumplirse nuestra condena era el salón de actos. La puerta de
entrada, cuyo umbral flanqueaban dos obuses, hervía de invitados a una charla
en la que participarían dos eminentes escritores capitalinos. Uno de ellos
hablaría de los personajes de sus novelas, todos ellos excluidos de la sociedad
por uno u otro motivo: “los excluidos”, como los definió luego el autor. Gente
que frecuentaba cafetines sórdidos y casas de lenocinio y que al filo de la
madrugada aparecía por los alrededores del mercado en busca de un último whisky
aguado con el que apagar las penas finales. Mientras todo esto se desarrollaba
en la voz ─cavernosa, certera, mordaz─ del
creador de “los excluidos”, unas gruesas gotas de agua espesa como saliva me caían
sobre los brazos procedentes del aparato de aire acondicionado que, situado
justo encima de mí, al final del salón, no era capaz de refrescar el ambiente
si no era mediante ese goteo salivoso minuciosamente vertido sobre el oyente
concreto que estuviera sentado bajo él, en aquel caso yo. Era algo así como la
venganza de Nelson, la saliva refrigerada de Nelson que maldecía desde
ultratumba y por toda la eternidad a los pobladores de la ciudad que se atrevió
a arrancarle uno de sus brazos, era acaso la supuración gelatinosa del muñón
del brazo derecho del almirante Nelson lo que estaba cayendo sobre mí. ¿Y yo
qué se supone que debía hacer entonces: lamerme las gotas para aplacar la ira
del insigne marino o arremeter contra el capitán general, allí presente para
recibir no sé qué título honorífico, por no haber echado mano de la última
partida presupuestaria enviada por el ministerio de defensa con el fin de
arreglar aquel maldito aparato de aire acondicionado? La catadura moral, no voy
a quedarme sin decirlo, de muchos de nuestros militares y escritores es más que
dudosa. Se escudan en la tradición para justificar cualquier cosa. Y son
capaces de vender toda una sarta de mediocridades bajo la excusa de que continúan
y dialogan con la línea principal de la literatura insular. ¡Farsantes! En el
museo militar se dijo también ─lo escuché en un corrillo de
arquitectos que se reunió al final del acto frente a una gigantesca maqueta de
la ciudad, puerto y plaza de glorioso pasado─ que era una pena que
se hubieran perdido todas las fortalezas, que apenas quedaran, y ni siquiera
completos, uno o dos de los castillos que siglos atrás proliferaban en la costa
y constituían uno de nuestros orgullos principales y nada menos que la fuente y
el origen de nuestra identidad inalterada. Como se leía en un panel
explicativo, las “derrotas infringidas” (sic) a numerosos corsarios y
almirantes extranjeros por parte de nuestras tropas apostadas en esas
fortalezas habían conseguido defender la ciudad y mantenerla fiel a la corona
española. ¡Manda cojones! Aquí la devastación se convierte en relumbre. La
carnicería se denomina defensa. Las matanzas se transforman en orgullo insular.
A los cañones se los llama tigres. Las banderas ensangrentadas ondean al viento
en una mañana luminosa en la que el rojo de la sangre se confunde con
el resplandor de la canícula. ¡Embaucadores! Camino como a ciegas por las calles
de la ciudad que me vio nacer. No veo nada, es solo ella la que vio, la que ve
y la que verá, de ella son los ojos que en cada esquina se abren para ver y
decir qué es lo que hay que ver en lo visible y qué es lo que no debe verse en
lo invisible ─o al contrario. Voy caminando y lo único que
me libera de esa mirada impuesta es el olor, el olor de lo que lleva muerto
muchos años y resurge para no sé qué, ¿para qué puede resurgir lo que lleva
años muerto y enterrado? Cuerpos como enredaderas en un balcón con la fresquita, cuerpos que en una
azotea, fuera de cualquier mirada pero expuestos al olfato de quien todo lo
huele, se desnudan, se trenzan, se desatan, convulsos, vuelven a anudarse y difunden
sobre la ciudad un perfume de piel sedienta, de mucosa voraz. El “joven muerto”
de un poema en el que se lo menciona quizá demasiado a la ligera regresa a
través de los patios interiores, de los patinillos, de las azoteas montadas
unas sobre otras, de los cables y las antenas que desgarran la noche como un
dolor que no deja nunca de manar. Regresa quizá como un fantasma de carne no sé
si perfumada o viscosa con el que hablo después de dormir unos minutos en una
casa que no me pertenece. Me sale al paso en la escalera y hablamos sobre su
padre muerto, me pregunta por qué yo sigo viviendo, qué pacto he firmado para
sobrevivir a tantos de los míos. Yo le respondo señalándole una mancha que
acaba de aflorar en mi lengua y a la que he dado en llamar “punto en boca”. Esa
mancha me salva. Esa mancha, que mancha todo lo que digo, que mancha el aire
que respiro y la comida que como y las palabras que formo con la saliva
sobrante, es mi amuleto de la suerte. Con los amigos, en callejones sudorosos,
junto a nidos de cucarachas, en las noches de bochorno de esta ciudad que no se
dejó vencer, comparto a veces un gin-tónic mientras, en la mesa de al lado,
unos gitanos rumanos beben unas litronas gigantescas que los hacen vociferar
como si estuvieran en medio de la estepa. Mientras no nos quiten las ramblas ni
la estatua del caudillo rodeada de una fuente en la que derramar al final de la
noche los residuos corporales producto del gin-tónic, mientras no nos retiren
la plaza de toros que nos recuerda al pasar la distancia que media entre
quienes pasamos ahora y quienes hace veinte años pasaron junto a ella, mientras
ningún alcalde menudo ni malpuesto nos birle el revoltijo de árboles al que
todo el mundo llama parque y que nos permite escondernos para inhalar los
miasmas prohibidos de esta noche voraz de aniversario y regreso: mientras nada de eso nos
sea retirado, nosotros seguiremos viniendo a contarnos las marranadas con que
nos regala la vida, los juicios sumariales que nos imponen a diario instancias sobrehumanas y los acertijos en que nos hemos convertido para
nosotros mismos. Seremos, lo sabemos, contumaces. Seremos implacables. Luego,
una vez cumplido el ritual de degeneración, nos marcharemos. Eres, ciudad,
nuestro vomitadero, eres el lavadero para nuestros culos siempre sucios, eres
la morgue en donde nuestros cadáveres son acicalados para que estén presentables
de cara a su próxima función, eres el sumidero de nuestros sueños, el campo,
poblado de espantapájaros, de nuestra juventud, eres el prostíbulo de nuestra
madurez, el pozo negro de nuestros negros destinos, el estercolero de todas nuestras
miserias. Nos necesitas y te necesitamos. No hay entre nosotros ni una pizca de
amor. Tampoco una pizca de odio. Un día, dentro de muchos años, volveremos
aquí como marineros llegados de puertos lejanos, nadie nos reconocerá, visitaremos
las capillas desacralizadas de los que habían sido nuestros cultos, cantaremos
canciones cuyas letras estuvimos a punto de olvidar y nos internaremos por un
callejón en el que unos desconocidos nos apuñalarán o nos golpearán con bates
de béisbol. En ese mismo instante, al tiempo que la eternidad, comenzará quizás
el amor.
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excelente. siempre con tu ojo semi-pesimista que me encanta. un abrazo.
ResponderBorrarGracias, mi querida Isabelina. Esto es lo que pasa por llevar mucho tiempo sin venir. Que todo resurge distorsionado y gelatinoso. ¿Nos vemos pronto? Besos.
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