sábado, 18 de junio de 2011

LA PASAJERA

Ella iba callada mirando por la ventana. No fue difícil descubrirla: el autobús iba repleto y lo único que se podía hacer, salvo mirar alejarse la ciudad como si fuera cayendo la luz, era fijarse una y otra vez en los compañeros de viaje. Y ella destacaba. Apenas parpadeaba, no cambiaba de gesto, movía lentamente el cuello o los ojos como si estuviera hipnotizada, se posaba un dedo en los labios y lo mantenía allí durante un rato largo. Su mirada parecía perdida o resignada, aunque también podía pensarse que estuviera maquinando algo, algún plan no demasiado diabólico pero sí lo suficientemente malvado como para que alguien se retorciera sin saber si lo hacía de placer o de dolor. Era una mirada perdida pero a la vez recogida, perfectamente serena al tiempo que incontrolable. Miraba siempre hacia fuera, la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda. Después de un rato me di cuenta de que su rostro se reflejaba en el ventanal del autobús. Empecé a mirarla a través de ese espejo. Se conjugaba mejor con la desesperanza, con la inutilidad de mi mirada mirarla en esa réplica pálida, confusa, que, sin embargo, aventajaba a su rostro real en inocencia, en distancia, en indefinición, en todo lo que a mi imaginación le convenía para dotarla de un mínimo atisbo de respuesta. Pero ella no me miraba. Ni una sola vez me miró. Y, en cambio, me parecía evidente que se sabía mirada. Era como una sensación, parecida a la que se siente cuando nos siguen por la calle sin que hayamos de volver la cabeza ni una sola vez hacia atrás. Su belleza no puede describirse. Con el dedo posado sobre el labio, sin ninguna intención, como quien palpa lo que nunca se llegará a conocer del todo, imitaba a una máscara, acallaba el estrépito interior y el exterior, alejaba cualquier pensamiento lascivo y conseguía que acabara preguntándome quién era, qué hacía en esa línea, adónde iba, en qué estaba pensando exactamente, qué habían visto sus ojos antes de ver el mundo esa tarde, todas esas preguntas que basta formular para que nos recuerden a cáscaras vacías en las que nunca hubo un fruto ni nada que se le parezca. Hubo un instante, un único instante que duró unos segundos, en el que yo hubiera podido intervenir, acercarme. Pero, seguramente en obediencia a un destino que —lo sé desde hace tiempo—no es más que una condena, lo dejé escapar, como siempre. El señor que iba sentado a su lado bajó del autobús. Quedó libre el asiento y el camino hasta él estaba despejado: en tres segundos me hubiera podido sentar allí y… quién sabe. Pero al cuarto segundo una filipina feísima que parecía un caballo se cambió de asiento, pues debía de estar incómoda en el suyo —como si no fueran todos iguales—, y ocupó por sorpresa el que, sin duda, no estaba destinado a mí. Pocas paradas después me bajé. No la miré por última vez, como habría querido. Me complace pensar que quizá en el instante en el que yo descendía me haya mirado ella sin querer.

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