martes, 22 de abril de 2014

LA RATA

Esa rata, que corre desesperadamente para escapar de las ruedas del coche que acaba de incorporarse a la rotonda en dirección al parque, viene de zamparse unos apetitosos restos de muslos de pollo que el empleado nocturno de la oficina de correos dejó antes de marcharse en una bandeja colocada junto a la silla en la que suelen transcurrir sus ocho horas de jornada laboral. Frente a la silla, tapizada de un verde oscuro y dotada de dos apoyabrazos metálicos no precisamente cómodos, se encuentran las casillas de los apartados de correos cuya vigilancia tiene encomendada el empleado nocturno los fines de semana. Durante una de las dos o tres cabezaditas que se permite cada noche, la rata mencionada, en su búsqueda de algo que llevarse a la boca, anduvo sigilosa royendo unos documentos que esa misma tarde habían sido depositados en el apartado número 10.139. Se trataba de una carta certificada enviada desde un país latinoamericano, de una postal remitida desde uno de los pueblos de la isla y de un sobre sin remitente en cuyo interior se encontraban dos fotografías. La rata se ensañó especialmente con la postal, de la que arrancó casi completa una esquina por la que asomaba un árbol autóctono, dicen que milenario, cuya sangre, de virtudes afrodisíacas, sirvió tradicionalmente para fortalecer a los caciques de edad avanzada en su búsqueda imperiosa de prole masculina. La carta certificada y el sobre con fotografías, que quedaron casi del todo intactos, no serían recogidos por el propietario del apartado de correos hasta una semana más tarde. (Los restos de la postal, que por otra parte solo contenía un poema de amor, le fueron escamoteados por el funcionario del turno de mañana.) Una de las fotografías, que mostraba el torso desnudo de un hombre de mediana edad recostado en una hamaca en medio de un jardín tropical, fue rota en veinte pedazos antes de ser lanzada al cubo de la basura. La otra fotografía, más amarillenta, representaba a un joven, quizá el mismo de la otra fotografía veinte años antes, aunque esto nunca se supo con certeza, sentado en la escalinata de un muelle mientras recreaba la vista en las maniobras de atraque de un trasatlántico al atardecer. A la barandilla del trasatlántico se asoma sonriente una mujer de mediana edad que, al desembarcar, se dirigirá solitaria a la única pensión del barrio marinero. Allí la estará esperando el padre del joven que está sentado contemplando las maniobras de atraque del trasatlántico al atardecer, aunque él no lo sabe. En la habitación número 15, al llegar la mujer, las cortinas se corren, el champán se descorcha y el corsé se desata. El dueño de la pensión, que cierra el establecimiento después de la llegada de su último cliente de esa noche, un crupier del casino, se dirige vacilante hasta un bar cochambroso situado en una esquina del barrio marinero y que todo el mundo conoce como ‘El Quitapenas’. Los flamboyanes han florecido y un desgarrado chisporroteo de flores rojas hace creer a un cliente que, borracho como una cuba, abandona el local, que por fin ha llegado a la ciudad el tirador profesional contratado para fusilar a todas las hediondas palomas. Crispado, tembloroso, pero en el fondo complacido, baja por una de las calles que dan al puerto hasta que se encuentra con el solar en el que muchos años atrás se levantaban las oficinas de la Casa de la Radio. Junto al solar, iluminada por la magra luz que depara una farola oxidada, una de las últimas ciudadelas habitadas de la ciudad convoca en su patio central a unos pocos vecinos. Al fondo, en uno de los cuartuchos, que hace cien años formaba parte de la pensión de caballeros regentada por doña Pura, una fotografía en blanco y negro enmarcada pobremente sobre una mesa camilla, conserva intacta la sonrisa de un niño de unos cuatro años que murió poco después de que se tomara la instantánea. Los pasos que se oyen en el cuartucho de arriba, pasos de zuecos de dentro de casa de solterón empedernido, se deben a los delirios esquizoides de un caballero, hijo natural de uno de los antiguos clientes de la pensión de doña Pura, que desde hace unos años se muestra incapaz de gestionar correctamente sus deposiciones. Así, por ejemplo, unas veces orina despreocupadamente en el patio comunal, otras envuelve sus excrementos en papel higiénico y los tira al tejado de las viviendas de enfrente y otras, en fin, se pone de cuclillas en uno de los rellanos de la escalera que comunica la planta baja con la planta alta y deposita en silencio una cagada por lo general blanduzca, inodora y parda. El padre de este caballero, que fue viajante de comercio y que, al menos dos veces al año, visitaba Buenos Aires, trajo una vez un libro publicado en la Argentina. Dentro de aquel libro, que el viajante de comercio había comprado en un puesto callejero del barrio de Palermo, se encontraba, doblada a la mitad, una esquela conmemorativa del décimo aniversario de la muerte de una tal Micaela Díaz Casanova, oriunda de Santa Cruz de Tenerife y residente en Buenos Aires desde 1913, que había muerto a causa de la última epidemia de cólera que arrasó la ciudad rioplatense. Uno de los chiquillos que se reían cuando veían salir de la ventana del cuartucho superior del fondo de la ciudadela uno de esos revoltijos que contenían, ya todos lo sabían, las cagarrutas del hijo bastardo del viajante de comercio, frecuentó con el paso del tiempo, ya al final de su adolescencia, los paseos laterales del parque central, conversó a altas horas de la madrugada con señores que llegaron a proponerle paseos en sus limusinas a los miradores de la parte alta “para contemplar la ciudad a la luz de la luna”  y aceptó en alguna ocasión acompañarlos hasta sus mansiones rodeadas de jardines y rejas para una ligera colación o un baño en el recién instalado jacuzzi. Fue así como, en uno de aquellos paseos, una noche de aguacero, cuando el coche, conducido por un chófer mulato expresamente traído de Santo Domingo al regreso de la emigración, derrapó al tomar demasiado deprisa una curva, el muchacho, su benefactor y el mulato murieron en el acto despeñados por el precipicio de la Vuelta de los Pájaros. El inspector que se ocupó del caso tenía un hija que, al parecer, conocía al muchacho de haber tomado juntos alguna leche merengada en La Flor de Alicante y que lloró su muerte como si al saber que nunca más lo vería le hubieran resultado insoportables los recuerdos de las leches merengadas compartidas. La esposa del propietario de la limusina, enterada de la tristeza inconsolable de la hija del inspector, se propuso invitarla una tarde a tomar el té para ver juntas la colección de sellos que ella y su esposo habían reunido durante años y que estaba reputada como la más importante de la isla. Uno de aquellos sellos, impreso con un raro defecto de color en las Islas Maldivas en 1889, era la joya indiscutible de aquella colección. Representaba en negro el perfil de una reina sobre un fondo verde con dos rayas magenta, y precisamente esas rayas, esa anomalía, ese incomprensible defecto de fábrica, habían convertido aquel sello en uno de los más valiosos, no ya de aquella colección, sino del mundo entero. Aquella tarde la hija del inspector de policía hizo algo de lo que solo muchos años más tarde se arrepentiría. Dejó a medias su té y, con la excusa de que se encontraba indispuesta, y no sin antes haberse colocado inadvertidamente el famoso sello entre índice y pulgar, pidió permiso para ir al baño. Una vez allí, abrió la ventana, que daba a un patio interior, buscó una puerta que la condujo a un dédalo de habitaciones que al final, por desgracia, acabó desembocando en el mismo salón donde la señora, con el álbum abierto entre sus piernas y los ojos casi embadurnados de lágrimas, se disponía ya a llamar a la policía para denunciar el robo de su sello. La niña dejó la estampilla sobre una cómoda. Sin una palabra, echó a correr. La señora la miró marcharse con el corazón destrozado. Era una tarde casi dorada, de esas que parecen haberse detenido por milagro: el cielo, un conjunto de espejos transparentes, reflejaba la luz que de él mismo brotaba. Algo invitaba a permanecer inmóvil en uno de aquellos miradores de la ciudad alta, como a la espera de un acontecimiento, como al margen del tiempo, habitante de una ciudad de luz, señor de unos dominios sin límite visible, centinela avisado en lo alto de los promontorios, prócer numinoso, mágico oteador de inmensidades. Él, quienquiera que fuese, el alelado transeúnte que pasaba por allí, se sintió flotar, aquietado, y se dejó llevar por esa calma hasta que el inevitable crepúsculo lo retrotrajo a la realidad. Hizo autoestop, volvió a la zona marinera, cruzó la plaza y, junto a una de las jardineras, vio a la rata. Entre los dientecillos le asomaba uno de los huesos del muslo de pollo que acababa de zamparse. La rata lo miró desde su hambre saciada, inmunda, humillante. Entonces él la odió con un odio que era como el reverso de toda aquella luz incontaminada del aire. Dio unos pasos tras ella y la alcanzó. La pisó, la escachó, le separó la cabeza del cuerpo, las patas del tronco, los dientes de la boca. Y allí, descuartizada, la dejó, a la vista de todos, sobre los azulejos desgastados de la plaza.


jueves, 13 de marzo de 2014

EL HERPES


Hoy ha vuelto a aflorar el herpes zóster. Hace un tiempo que creo que su periodicidad tiene que ver con los recuerdos de aquello, pero lo que me genera algunas dudas es que no siempre esa periodicidad ha sido igual de regular. Cuando la doctora me preguntó con qué frecuencia aparecía, estuve dudando unos instantes. “Entre dos y tres meses” fue mi respuesta. Pero sabía que no siempre había sido así. Las ampollas con que se manifiesta suelen ser tres, cuatro, cinco. En ocasiones han aparecido solo dos y muy raramente una sola o más de cinco. Las primeras veces —pero esto lo recuerdo ya muy vagamente, como si hubiera ocurrido en otra vida, en otro cuerpo o simplemente en sueños— las ampollas brotaron en el dedo anular de la mano izquierda, a media altura, entre la primera y la segunda falange. Pero un día abandonaron el dedo para siempre y se trasladaron a la palma de la mano. Allí han seguido surgiendo, año tras año, hasta ahora. Las ampollas que han brotado hoy son cuatro. Están situadas entre las dos rayas centrales, casi en el centro exacto de la palma. Son como un pequeño campamento levantado en medio de dos ríos. El proceso es siempre el mismo: el primer día apenas si se notan salvo por una ligera comezón acompañada de un leve enrojecimiento; luego, entre el segundo y el tercer día, crecen, se llenan de lo que yo pensaba que era pus pero, según la doctora, no es más que el líquido propio que producen las ampollas del herpes zóster; hacia el cuarto día ese líquido parece haber sido absorbido por el interior de la piel y las ampollas se endurecen, se agrandan y dejan de arder; al quinto o sexto día, adquieren una ligera costra de piel reseca y, en lo que había sido la protuberancia ardorosa, aparece ahora una bolsita crujiente que luego, al séptimo u octavo día, acaba cayéndose y dejando entrever la piel nueva que se ha formado debajo y que, inequívocamente, es de un color más sonrojado que la que la rodea. Al principio, cuando aún no sabía que se trataba de un herpes, pinchaba las ronchas con un alfiler al segundo o tercer día, dejaba que saliera lo que yo creía que era pus, limpiaba por dentro, con alcohol, los agujeritos que se formaban, les recortaba con un cortaúñas la piel de los bordes, dejaba al aire esos pequeños cráteres cuyo origen desconocía y terminaba así, de un modo tan brutal y, según creía yo entonces, efectivo, con esas intromisiones en mi extremidad superior izquierda. Llegué a pensar, cuando aún no sabía que se trataba de un herpes, que aquella saña, aquella intolerancia mía del principio, había podido ser la causa —o una de las causas— de que las ronchas no hubieran dejado de aparecer. Pero la doctora me dijo que los herpes se caracterizan por eso: por que permanecen siempre ahí, en estado latente, y afloran periódicamente en la misma zona del cuerpo. Así que ahora convivo con él. Sigo pensando que sus apariciones no tienen nada de casual, que son los recuerdos de aquello los que lo convocan y atraen, o al menos los que lo hacen abandonar su “estado latente”. Unos recuerdos como esos no regresan de balde. Tampoco, y aunque a veces me lo propongo y creo casi conseguirlo, resulta fácil borrarlos. Me digo que el precio que tengo que pagar es mínimo, que, en definitiva, mientras el herpes se limite a esas tres, cuatro o cinco ampollas de nada en la palma de la mano izquierda, será inocuo e indoloro. He oído hablar, sin embargo, de herpes que afectan a regiones más sensibles, o que atacan con más virulencia zonas como las caderas, los genitales, incluso los ojos o la boca. Ahora, a diferencia de como lo trataba al principio, he acabado mimando a mi herpes, lo unto con una crema que me recetó la doctora, lo vigilo y protejo durante todo el proceso, incluso diría que, cuando tarda en regresar, me preocupo y me inquieto. Forma parte de mí. Hasta ahora —y ténganse quienes estén leyendo esto por privilegiados— nadie sabía de su existencia y, en cierto modo, constituye una marca que, si he de creer a la doctora, permanecerá indeleble hasta el final de mis días, por lo que, en momentos como este, cuando surge de nuevo, bendigo siempre su precaria lealtad, que me acompañará mientras pueda afirmar que esto es mi cuerpo o que este cuerpo es mío.   

martes, 25 de febrero de 2014

JOSÉ HERRERA EXPONE EN GÜÍMAR

José Herrera, ese artista que lleva más de treinta años creando su obra en silencio, alejado de las distracciones y de, por pocas que sean, las incitaciones que un medio como el insular pone a disposición de los creadores; José Herrera, que no ha dejado nunca de trabajar porque para él el trabajo es casi una manera de respirar --una respiración amenazada, sin embargo, por los muchos obstáculos que la vida, cuando se la vive de verdad, va poniendo a nuestro paso--; José Herrera, cuya obra, desde hace mucho tiempo, no se inserta en corrientes ni en movimientos sino que busca apartada y solitaria la expresión de un mundo que solo ella puede expresar; José Herrera, que ha dialogado con otros artistas, con poetas, con músicos, con campesinos, con artesanos, con los propios animales que nos van saliendo al paso, con los árboles a los que les basta que nos acerquemos para susurrarnos algún secreto; José Herrera, cuya disponibilidad para la amistad verdadera es casi infinita y que le da la misma importancia a un almuerzo en algún restaurante perdido del Macizo de Anaga que al remate de alguna pieza empezada tiempo atrás --quizá porque esa comida, ese lugar semiapartado, ese intercambio de impresiones con amigos y esa luz que, filtrada por laurisilva, acompaña en todo momento el cruce de palabras y rostros no son tan diferentes de los espacios que José Herrera crea en sus extrañas esculturas o dibujos: espacios interiores pero perfectamente a la vista, lugares recogidos a los que puede accederse, proyecciones de sueños que procuran al espectador alguna ruta por la que ir desde su dolor hasta la calma; José Herrera, respetado por todos, incómodo --para algunos-- porque no forma parte de todo, más bien de casi nada, tímido en esos momentos en los que él mismo es el protagonista, invisible cuando ha ido tan solo a escuchar o a acompañar, insular por sus hondas vivencias de una tierra cuya luz fragmentada bulle en el fondo de cada una de sus obras, universal porque su relato es el de un creador perdido entre la irresoluble necesidad de dar testimonio y la conciencia de que es tan poco lo que puede darse o decirse. José Herrera ha elegido ahora una casa, un antiguo caserón que imagino sencillo, austero, quizás deshabitado, en la villa sureña de Güímar, al pie de la corona forestal, en un valle en el que confluyen estratos históricos, zona de misterios, verdadera ladera este de la isla, lugar de las revelaciones y, sobre todo, promontorio privilegiado desde el que contemplar a lo lejos el mar entre las discretas ventanas de un viejo caserón. La obra de José Herrera es la celebración del calor que difunde una materia que ha sido incorporada como parte de nosotros mismos, del propio cuerpo, sin ninguna violencia. Un regreso a los objetos que nos importan de verdad, a las posturas que nos permiten reencontrar cierta cara frente al raudo frenesí con el que el mundo pasa y nos despoja. Desde aquí, querido Pepe, mis mejores deseos de éxito para este nuevo trabajo que es, en el fondo, el de siempre: entregarte del todo por medio de tu arte, hacer que quien se acerque y se detenga ante tus piezas piense que hay una razón superior por la que la vida merece ser vivida y que esa razón, cuyo nombre no conoces, no conocemos, ha inspirado esas obras que nos hablan desde su silencio y su verdad.



                                                          (Fotografía: Claudia Torres)

   (Fotografía: Claudia Torres)


sábado, 15 de febrero de 2014

UN PERSONAJE PARA 'BIBLI'






(Un personaje para BIBLI. Edición de 60 carpetas realizadas artesanalmente con un texto inédito de Rafael-José Díaz y una obra original de Fernando Álamo. Editadas por BIBLI (www.bibli.tf) en febrero de 2014 con motivo de la exposición 'Unplugged', de Fernando Álamo.)

jueves, 6 de febrero de 2014

EL INTERIOR DEL PÁRPADO



Como ya algunos saben, el pasado lunes 3 de febrero publiqué mi primera novela, El interior del párpado. Novela corta, relato largo, diario ficticio, confesiones imaginarias o informe sobre un desmoronamiento: no sé bien lo que es. Desde las páginas de este blog quisiera, en primer lugar, dar las gracias a Guadalupe Martín Santana, editora de Attikus, por el interés y el permanente entusiasmo que ha demostrado tanto en los meses previos a la publicación del libro como en estos primeros días de "lanzamiento". También a algunos amigos que leyeron la obra y ofrecieron generosamente sus comentarios y sugerencias: Montserrat Armas, Roberto A. Cabrera, Santiago Gil. Debo decir que estoy encantado con la experiencia de publicar por primera vez en formato de libro electrónico (y tanto más con la preciosa portada gentileza de Augusto Vives). Conocemos de sobra las ventajas y virtudes del libro en papel, su corporalidad, su olor, los rastros que nuestros propios dedos dejan en sus páginas, las manchas de café, los granos de arena, las hojas otoñales, todos esos pequeños misterios que un libro en papel guarda entre sus páginas. Fechas, notas, apuntes, subrayados. ¿Pero por qué no había de tener también el libro electrónico sus misterios propios, singulares? He visto estos días a algunos amigos y compañeros con la novela descargada en sus tabletas, he comprobado la instantaneidad, la inmediatez, casi mágicas, con que el libro queda instalado en nuestros dispositivos portátiles --extensiones, si saben usarse bien, de nuestra mente, de nuestra memoria, de nuestro cuerpo, incluso--, he pensado en esos posibles lectores --que prefiero atentos y críticos a numerosos y atolondrados-- de este o del otro lado del océano que, ahora mismo, en cualquier rincón del amplio territorio de nuestra lengua, pueden, "con un solo clic", empezar a leer El interior del párpado. Esa fluidez, esa capacidad de transportar los textos sin el peso y sin la corruptibilidad del papel: quizá eso nos fascina al tiempo que nos asusta. Si apenas conozco lo que yo mismo escribí hace algunos años aquí en Madrid es porque, en cierto modo, logré olvidar al que fui durante aquellos meses de compulsiva y quizá terapéutica escritura. Los fantasmas que en ella se convocan quedaron, por suerte, creo, encerrados, cautivos en las páginas de este libro, en el interior de un párpado. Si ahora los comparto es quizá para saber si, permeables a otras miradas, a otros ojos distintos de los míos, siguen mostrando su amenazante y a la vez inocua impresencia.

Este es el enlace en el que puede adquirirse El interior del párpado

lunes, 13 de enero de 2014

EL CHILAU (CHILL-OUT)

Estábamos, lector, en lo que se llama un chilau (chill-out). Una reunión de desconocidos que se juntan --o coinciden-- en casa de otro desconocido para apurar hasta la apoteosis --psicosomática, sexual, histérica-- la fiesta iniciada muchas horas antes. Te ahorraré los detalles más sórdidos. Si quieres --solo si quieres--, lector, puedes imaginar pegotes de sustancias no identificadas desparramados por las mesas, botes con lo que allí se llama chorri, que viene a ser una especie de ácido para el mantenimiento de baterías de coches que, usado por algunos desaprensivos, los convierte en simios desaforados capaces de magrearse hasta con la pata de una mesa. Y no solo eso: puedes imaginarte escenas aún más repulsivas, todo un surtido de muecas infrahumanas, desvergüenzas y babas propias de las más inmundas cloacas de la villa y corte, todo un repertorio de sordideces que quizá tu mente, púdica como la imagino --como la deseo--, prefiera, como yo, evitarte por tu propio bien. Imaginarás --pues, a pesar de tu pudicia, te adivino imaginativo-- que por allí también circulaban el tabaco, la marihuana, el hachís, los nevaditos de cocaína, el crac (crack) y hasta una nueva variedad de droga fumable que, según me contaron, se produce combinando un poco de plastilina, nitrito de isopropilo, salvia en polvo y unas gotas del líquido preseminal recién vertido por alguien que se haya mantenido virgen hasta los cincuenta años, y que se estila fumar en una pipa larga que va pasando de boca en boca. Personalmente, me abstuve de consumir este último producto, por lo que no pude comprobar por mí mismo sus efectos, pero sí que notaba que después de cada calada se producía en quienes lo consumían una reacción curiosa: se echaban al suelo y, mientras gateaban y se olisqueaban unos a otros, emitían unos sonidos mitad maullido mitad rebuzno que, mezclados con la efervescente música que ofrecía un improvisado diyey (deejay o dj), quizá el más sobrio del grupo con excepción de un servidor --dejemos las cosas claras--, componían una banda sonora impecable para aquel pandemónium. Puedes imaginar que el humo que soltaban todos aquellos cigarrillos y pipas rellenos de las más variopintas sustancias había convertido el salón en el que se desarrollaba el chilau (chill-out) en un espacio agobiante, en un lugar en el que costaba respirar, etc. Cuando a alguien se le ocurrió la idea de desplazarnos --como una caravana de lunáticos-- a un after de tarde, todos estuvieron de acuerdo, especialmente un chico israelí, bastante taciturno, que no fumaba nada y que se limitaba a beber a grandes sorbos chorri mezclado con cocacola. Dijo que le venía bien "coger aire" porque aquello --y presta ahora mucha atención, lector de mis amores-- empezaba a parecerse "a una cámara de gas". Alguien que posiblemente no entendió bien lo que dijo (el israelí hablaba un español más que modesto) le preguntó a que se refería. Entonces el israelí explicó que las cámaras de gas eran unos lugares en los que los alemanes habían "metido a muchas personas de mi país y las habían matado con gas tóxico". Le preguntó al otro si lo había escuchado alguna vez y el otro le respondió que sí. Luego siguieron charlando y recogiendo sus cosas --chaquetas, botes, tabaco, latas de cerveza-- porque ya todo el mundo quería marcharse. Así fue como terminó aquel chilau (chill-out). Quería, necesitaba contártelo, lector, tal y como lo viví. 

sábado, 4 de enero de 2014

LA MONTAÑA DE FASNIA

No estuvo nadie esta tarde junto a la ermita de Nuestra Señora de la Montaña. No pudo estar nadie en un lugar en el que no puede haber nadie. ¿Qué sintió la montaña cuando la rajaban de abajo arriba para construir la carretera en forma de espiral que comunica la autopista con el pueblo? Mucho antes de que el volcán se apagara, de que las casas del primer caserío se desparramaran por las lomas circundantes, mucho antes de que nadie subiera los cuatrocientos metros de altura hasta la cumbre de la Montaña de Fasnia, ya gemía aquí el viento, ardía y asolaba el sol, reverdecían las tabaibas con un poco de lluvia, acunaba el mar otras islas a lo lejos en el horizonte. Nadie puede entender lo que una montaña es capaz de sufrir. Creímos que podíamos humillarla impunemente, trazar una carretera que la partiría primero por la base, luego a media altura y por último casi en lo más alto. No sentimos compasión alguna cuando empezamos a ver las consecuencias del expolio: las vísceras expuestas, las raíces colgantes, los barranquillos interrumpidos en su recorrido hasta el mar, rocas en arriesgado equilibrio, toda la piedra blanca que la montaña guardaba puesta a secar al sol, las cicatrices, las costuras, las marcas debidas a nuestra completa falta de respeto. Nadie puede subir ya a la ermita de Nuestra Señora de la Montaña porque la montaña hace tiempo que fue profanada. La ermita sigue estando en lo alto. Allí se celebraron antiguamente bodas, peregrinaciones, promesas, bautizos, funerales, plegarias, romerías. Nadie puede ya permanecer junto a la ermita de Nuestra Señora de la Montaña porque la montaña sangra o, si no sangra ya, sangró y la sangre seca recubre hoy las heridas. Hay, sin embargo, un coche aparcado junto a la ermita. Parece incluso que alguien recorriera el terraplén que sirve como aparcamiento y avanzara, como un aparecido, hasta el costado de la ermita. Pero todo eso es imposible: no puede haber nadie donde ya no puede haber nadie, nadie puede ya subir hasta la ermita que coronaba la montaña porque ya no hay montaña y quizá tampoco ermita. Desde los vehículos que en cinco minutos suben al pueblo desde la autopista los ojos de los ocupantes pueden apreciar el daño hecho a la montaña, pero a ninguno de ellos se le ocurriría detener el vehículo, echar un poco de tierra sobre la carretera, intentar, aunque sea imposible, cubrir las oquedades, reparar los cortes, volver a componer las formas originales del terreno. Hay alguna tierra caída sobre la carretera, pero es probablemente el viento que no cesa quien la ha arrastrado hasta allí. Es el viento quien se apiada tal vez de la montaña, quien escucha sus quejidos y sufre al oír cómo crujen en carne viva sus entrañas. La rodea todo el tiempo, sopla sobre ella como para aplacar un dolor que no conoce, cauteriza con derrumbes, con demoliciones misericordiosas, las heridas abiertas. Nadie ruega ya a ningún dios junto a la ermita. Hace tiempo que todos los dioses abandonaron este lugar. Apenas queda gente en los alrededores. El pueblo no prospera. Los árboles se resecan, las tierras de labranza no producen, las calles se han ido despoblando y todo yace semimuerto, aplastado por la soledad. Tal vez sea cierto que ahora mismo hay alguien junto a la ermita, y acaso esa persona, si de verdad lo es, haya llegado desde el interior de la montaña, atravesando laberintos o heridas mucho más antiguas hasta llegar a lo alto y poder, si no arrodillarse, puesto que ya no hay dioses ante los que hacerlo, sí al menos decir en silencio unas palabras de arrepentimiento y de perdón. Los habitantes del pueblo, los pocos que quedan, no sabrán nada, solo notarán que junto a la ermita no está ya el misterioso vehículo y que la carretera se irá, lentamente, barrida por el mismo viento de siempre, vaciando de tierra. Seguirá sin haber nunca nadie junto a la ermita de Nuestra Señora de la Montaña, pero un día, quizá, uno de ellos, uno de los habitantes, le llevará por la noche una flor a la virgen, la dejará junto a la imagen y volverá, sudoroso, a su casa en las lomas. Esa noche tendrá fiebre y soñará que la montaña, desgajada de la tierra, se habrá marchado flotando sobre el mar para no volver nunca.

martes, 31 de diciembre de 2013

PÉRDIDA, DISOLUCIÓN


José Carlos Cataño me envía el texto que escribió sobre mi relato Disolución (Léucade, Tenerife, 2012) y que estuvo colgado en su blog virtual hasta hace no mucho. Con su permiso, y porque me parece un texto emotivo y certero, lo publico ahora aquí. La combinación de la aventura del propio y travieso cuadernillo con la otra, casi igual de autodestructiva, que en él se cuenta, le permite a José Carlos Cataño trazar un recorrido personal por las páginas del que fue uno de los primeros textos narrativos que escribí allá por 2006, cuando vivía en Agüimes (Gran Canaria). Puede consultarse aquí el proyecto de las plaquettes Léucade. R.-J.D.

PÉRDIDA, DISOLUCIÓN. RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

José Carlos Cataño

Me entregó su cuaderno en Madrid, hace meses; no controlo el tiempo, ignoro en dónde está la agenda; el almanaque de pared por el que a veces paso está vencido. Coloqué el ejemplar en la zona visible de los libros por leer, y se extravió.

Disolución, se llama el cuaderno de Rafael-José Díaz. Ha sido editado por Léucade, colección de la que cuida, desde Tenerife, el poeta y narrador Francisco León. El pie de imprenta: febrero de 2012. Una vez más, ¿cómo se hacen visibles fuera de Canarias empeños editoriales como Léucade? ¿Quiénes, de fuera de las Islas, los tienen en cuenta? (Hace poco, y lo digo como excepción, José Ángel Cilleruelo, barcelonés, también poeta y narrador, me rogaba que le pasara todo cuanto pudiera conseguirle de  Eugenio Padorno a partir de determinado título).

Un día de este mes localicé el relato del amigo; (qué difícil escribir sobre los amigos). Comencé a leerlo, con visos de que no lo dejaría hasta terminarlo, pero un imprevisto me obligó a lo contrario y lo llevé, esta vez, adonde deposito los libros que necesito tener a mano en este momento. Volvió a desaparecer. Días atrás había hecho limpieza de periódicos sí, he vuelto a leer la prensa, sobre todo para seguir las andanzas de la banda patriótica de Cataluña y me temí lo peor, pues el cuaderno es eso, 21 páginas, que fácilmente, en un descuido, pueden pasar desapercibidas.

Avergonzado, le rogué que me castigara por el crimen de tirar Disolución con la basura de los periódicos, pero que al mismo tiempo me remitiera otro ejemplar, y dedicado, como lo hizo cuando nos encontramos en Madrid. 

Se lo tomó como un santo. Yo, no obstante, seguía levantando montañas de papel, revolviendo pilas de libros encontrándome, por cierto, con otro título de Léucade por leer, el ensayo de Miguel Pérez Alvarado En el arar la mar, maldiciendo que esta casa se haya convertido en un doble de los Encantes. Pero Disolución estaba justo debajo del sofá de lectura. Entonces sí. Entonces me entregué, lápiz en mano, como hago con lo que me interesa, con lo que aprendo, y enseguida estaba ahí esa prosa sin almidón, esa forma de narrar con convicción e incertidumbre, las correspondencias simbólicas justas, el calor poético inevitable porque reside en la naturaleza de los hechos y el autor tiene sobrada capacidad para percibirlo. De repente, poco menos me estaba encontrando con otra doblez, en ciertos aspectos la mía propia de joven, en la elección por resolver de la voz que narra Disolución

Porque para no gastar la riqueza del texto de Rafael de eso se trata: inclinarse hacia el riego y quién sabe si hacia una nueva vida, o permanecer en un interior forrado de lecturas. Sin embargo, como en los buenos relatos, la disyuntiva está llena de matices. El mundo externo, y lo que busca en los aspectos más inmediatos el protagonista la satisfacción carnal, es algo que ya ha perdido el don del encuentro casual, el don de lo imprevisto que conduce a una forma de trascendencia. La fragilidad, ahora, es parecida, dentro y fuera. Y ahora también con la edad elevándose y desconociendo lo anterior vivido los fantasmas y la banalidad crecen y, al hacerlo, rompen la tensión de toda búsqueda.

No sé por qué he pensado, leyendo a Rafael, en Ferdinand, aquel magnífico, sobrecogedor relato de Louis Zukofsky. Hay un abandono progresivo similar, mientras el vehículo es, para ambos protagonistas, la verdadera casa, el único abrigo contra la inclemencia. Hasta el punto que sobresale en Disolución la posibilidad de que "resistir y claudicar hubieran ido aproximando las garras rampantes de sus respectivos significados hasta fundirse en un solo verbo de significado mestizo, palabras siamesas unidas por el intolerable vacío anterior a su existencia, posterior a su fusión."

"Un fragmento moribundo de luz", leo hacia el final de Disolución. La tarde ha pasado a la noche sin crepúsculo, como ocurre en tantos momentos de nuestra vida, y dentro de mi intemperie hogareña. La noche también avanza por el narrador. Una noche en que, ya a la intemperie, no puede por menos que añorar la "pura disolución en un aire materno". Esto sucede una víspera de Reyes, cuando aquel narrador recuerda una experiencia de niñez, que se asemeja a otra nuestra: la acechanza, la maniobra furtiva para encontrar los tesoros que los Reyes han depositado en casa. En la vida ya nadie deja tesoros, y el goce y el deleite de hacernos con ellos es nuestra tarea. Esa es la "revelación" del protagonista a medianoche, "la bisagra entre quien no sabía a dónde ir y quien apenas sabe ya de dónde viene."

También a nosotros nos pasa, y por eso tal vez no sabemos en dónde está la agenda, ni, a veces, los libros que más queremos. Con Disolución, sin embargo, alcanzamos la tregua casi feliz, la paz en la lectura, la luz en el relato sabio, comedido; el tesoro que por ello mismo ha estado a punto de ser echado por la borda. Como sucede con las cosas que nos dan sentido en la vida, sin quererlo.

ENTRADA DESTACADA

LOS ONANISTAS - VÍDEO 2/8

 

ENTRADAS POPULARES