martes, 31 de diciembre de 2013

PÉRDIDA, DISOLUCIÓN


José Carlos Cataño me envía el texto que escribió sobre mi relato Disolución (Léucade, Tenerife, 2012) y que estuvo colgado en su blog virtual hasta hace no mucho. Con su permiso, y porque me parece un texto emotivo y certero, lo publico ahora aquí. La combinación de la aventura del propio y travieso cuadernillo con la otra, casi igual de autodestructiva, que en él se cuenta, le permite a José Carlos Cataño trazar un recorrido personal por las páginas del que fue uno de los primeros textos narrativos que escribí allá por 2006, cuando vivía en Agüimes (Gran Canaria). Puede consultarse aquí el proyecto de las plaquettes Léucade. R.-J.D.

PÉRDIDA, DISOLUCIÓN. RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

José Carlos Cataño

Me entregó su cuaderno en Madrid, hace meses; no controlo el tiempo, ignoro en dónde está la agenda; el almanaque de pared por el que a veces paso está vencido. Coloqué el ejemplar en la zona visible de los libros por leer, y se extravió.

Disolución, se llama el cuaderno de Rafael-José Díaz. Ha sido editado por Léucade, colección de la que cuida, desde Tenerife, el poeta y narrador Francisco León. El pie de imprenta: febrero de 2012. Una vez más, ¿cómo se hacen visibles fuera de Canarias empeños editoriales como Léucade? ¿Quiénes, de fuera de las Islas, los tienen en cuenta? (Hace poco, y lo digo como excepción, José Ángel Cilleruelo, barcelonés, también poeta y narrador, me rogaba que le pasara todo cuanto pudiera conseguirle de  Eugenio Padorno a partir de determinado título).

Un día de este mes localicé el relato del amigo; (qué difícil escribir sobre los amigos). Comencé a leerlo, con visos de que no lo dejaría hasta terminarlo, pero un imprevisto me obligó a lo contrario y lo llevé, esta vez, adonde deposito los libros que necesito tener a mano en este momento. Volvió a desaparecer. Días atrás había hecho limpieza de periódicos sí, he vuelto a leer la prensa, sobre todo para seguir las andanzas de la banda patriótica de Cataluña y me temí lo peor, pues el cuaderno es eso, 21 páginas, que fácilmente, en un descuido, pueden pasar desapercibidas.

Avergonzado, le rogué que me castigara por el crimen de tirar Disolución con la basura de los periódicos, pero que al mismo tiempo me remitiera otro ejemplar, y dedicado, como lo hizo cuando nos encontramos en Madrid. 

Se lo tomó como un santo. Yo, no obstante, seguía levantando montañas de papel, revolviendo pilas de libros encontrándome, por cierto, con otro título de Léucade por leer, el ensayo de Miguel Pérez Alvarado En el arar la mar, maldiciendo que esta casa se haya convertido en un doble de los Encantes. Pero Disolución estaba justo debajo del sofá de lectura. Entonces sí. Entonces me entregué, lápiz en mano, como hago con lo que me interesa, con lo que aprendo, y enseguida estaba ahí esa prosa sin almidón, esa forma de narrar con convicción e incertidumbre, las correspondencias simbólicas justas, el calor poético inevitable porque reside en la naturaleza de los hechos y el autor tiene sobrada capacidad para percibirlo. De repente, poco menos me estaba encontrando con otra doblez, en ciertos aspectos la mía propia de joven, en la elección por resolver de la voz que narra Disolución

Porque para no gastar la riqueza del texto de Rafael de eso se trata: inclinarse hacia el riego y quién sabe si hacia una nueva vida, o permanecer en un interior forrado de lecturas. Sin embargo, como en los buenos relatos, la disyuntiva está llena de matices. El mundo externo, y lo que busca en los aspectos más inmediatos el protagonista la satisfacción carnal, es algo que ya ha perdido el don del encuentro casual, el don de lo imprevisto que conduce a una forma de trascendencia. La fragilidad, ahora, es parecida, dentro y fuera. Y ahora también con la edad elevándose y desconociendo lo anterior vivido los fantasmas y la banalidad crecen y, al hacerlo, rompen la tensión de toda búsqueda.

No sé por qué he pensado, leyendo a Rafael, en Ferdinand, aquel magnífico, sobrecogedor relato de Louis Zukofsky. Hay un abandono progresivo similar, mientras el vehículo es, para ambos protagonistas, la verdadera casa, el único abrigo contra la inclemencia. Hasta el punto que sobresale en Disolución la posibilidad de que "resistir y claudicar hubieran ido aproximando las garras rampantes de sus respectivos significados hasta fundirse en un solo verbo de significado mestizo, palabras siamesas unidas por el intolerable vacío anterior a su existencia, posterior a su fusión."

"Un fragmento moribundo de luz", leo hacia el final de Disolución. La tarde ha pasado a la noche sin crepúsculo, como ocurre en tantos momentos de nuestra vida, y dentro de mi intemperie hogareña. La noche también avanza por el narrador. Una noche en que, ya a la intemperie, no puede por menos que añorar la "pura disolución en un aire materno". Esto sucede una víspera de Reyes, cuando aquel narrador recuerda una experiencia de niñez, que se asemeja a otra nuestra: la acechanza, la maniobra furtiva para encontrar los tesoros que los Reyes han depositado en casa. En la vida ya nadie deja tesoros, y el goce y el deleite de hacernos con ellos es nuestra tarea. Esa es la "revelación" del protagonista a medianoche, "la bisagra entre quien no sabía a dónde ir y quien apenas sabe ya de dónde viene."

También a nosotros nos pasa, y por eso tal vez no sabemos en dónde está la agenda, ni, a veces, los libros que más queremos. Con Disolución, sin embargo, alcanzamos la tregua casi feliz, la paz en la lectura, la luz en el relato sabio, comedido; el tesoro que por ello mismo ha estado a punto de ser echado por la borda. Como sucede con las cosas que nos dan sentido en la vida, sin quererlo.

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