lunes, 12 de junio de 2017

POR LA GRACIA DE LA DESMESURA


Y así, un día descubrió un acceso de otro tipo. Llegó hasta el final de una calle sin salida. El lugar era glamuroso, uno de esos barrios de las partes altas de la ciudad desde donde el típico millonario local mira por encima del hombro –desde arriba, literalmente– al resto de sus conciudadanos. (Si fuera por esta gente, se dijo, privatizarían las calles, les pondrían cancelas y vigilantes, garitas y carteles de “Propiedad privada y exclusiva”.) Le extrañaba que, a pesar del lujo circundante, el muro que taponaba el final de la calle no estuviera revestido. Era una simple tapia de ladrillos medio escondida detrás de una jardinera. Por unas escaleras que daban al rellano de entrada del último edificio accedió a un pequeño pasillo exterior que se prolongaba hasta el lateral del muro. ¡Allí estaba, imprevista, la brecha! El pasillo terminaba a pico en una esquina del muro que, por alguna razón, había permanecido sin cerrar. Quizá los urbanistas hubieran debido obedecer una normativa municipal. Desde la esquina del muro en la que se encontraba vio la otra calle: ¡estaba a un nivel distinto, mucho más abajo! Creyó comprender que lo que allí se había planteado era un amago de comunicación, un principio de trasvase que difícilmente podía cumplirse dado que las dos calles se encontraban a diferentes niveles. Era extraño toparse con esa irregularidad: dos calles, una al lado de la otra, separadas por un muro, pero a alturas distintas, pertenecientes a sectores, a mundos radicalmente separados. No parecía que aquella brecha hubiera sido abierta por nadie en particular, no se trataba de una de esas aberturas practicadas por vándalos o por libertarios: era una brecha creada a propósito, una comunicación prevista de antemano. Eso era quizá lo más perturbador. Al asomarse a la otra calle tuvo que ser precavido: se encontraba casi tres metros por debajo. De algún modo, era muy fácil bajar hasta ella, pues el muro disponía de salientes mediante los que, con un par de zancadas, dejarse caer sin mayores percances. Al menos, eso fue lo que pensó. Sin embargo, más difícil parecía subir desde el otro lado: en el saliente más bajo no era fácil montarse salvo que uno fuera impulsado por alguien o se ayudara de cuerdas o de otro tipo de instrumentos. Esta clase de brechas no eran frecuentes en la ciudad. La compartimentación de los barrios se había llevado a cabo de modo que cada uno estuviera perfectamente delimitado y separado de los demás. No entendía bien el sentido de permitir el paso entre un sector y otro. Tampoco sabía si ese paso era utilizado habitualmente por alguien, pero era de suponer que, por lo antes mencionado, si lo era a la ida no lo sería a la vuelta, y viceversa. Todas estas averiguaciones, con las que entretuvo la tarde, no conducían a ninguna conclusión, se dijo, y mientras tanto observaba un coche que se había detenido al final del aparcamiento –la calle se ensanchaba para ofrecer a los vecinos un amplio aparcamiento que era casi privado; no cabía duda de que lo tenían todo muy bien pensado. Un hombre de mediana edad parecía concentrado consultando el móvil. Mientras estuvo detrás de la jardinera, en el margen izquierdo del muro, inspeccionando la zona de comunicación entre las calles, permaneció fuera de la vista de aquella persona. Si lo había visto llegar hasta allí, desaparecer en lo que parecía la entrada del edificio para después continuar por el pasillo hasta deslizarse en la brecha que unía las dos calles, habría pensado que se trataba quizá de un perturbado, o de alguien que no albergaba buenas intenciones, incluso, pensó, podría haber pensado que se trataba de algún tipo de inspector municipal en el ejercicio de sus funciones pese a lo tardío de la hora (pues, como todos sabemos, en este ayuntamiento no se descansa nunca). Al volver de detrás del muro –si bien no era exactamente de “detrás” del muro de donde volvía, sino de “al lado” del muro o incluso de “dentro” del muro–, tuvo la impresión de que aquel señor lo había estado observando aunque continuara consultando concentradamente el móvil. Volvió sobre sus pasos. Llegó al principio de la calle y se giró. Desde allí nadie podría decir que todo aquello era cierto, que había una posibilidad de asomarse a una calle que no se adivinaba, una calle de otro mundo a tres metros por debajo de donde uno se encontraba; pensó que ese era quizá el sentido de todo aquello: ofrecerle a alguien como él, un simple paseante distraído, un hacedor de pasos, un mirón cualquiera sin intenciones sexuales, la oportunidad de descubrir algo, aunque ese algo fuera tan baladí como una brecha entre dos calles, algo nimio e inofensivo que, una vez descubierto, se transformara, por la gracia de la desmesura, que es lo mismo que decir que por la magia del arte, en un pequeño tesoro personal.   

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