miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA ESPECIE DE RELÁMPAGO




Nos encontramos esta noche en una situación extraña: estamos hablando de una exposición que ya no está, presentando un catálogo que resulta ser el testimonio de unas piezas que habitaron, como invitadas, un lugar concebido para otros fines. Sucedió entonces, en aquel tiempo mítico que quienes lo vivimos recordamos como irrepetible, que este lugar se transformó en otra cosa: en un espacio de reflexión, no digo de pensamiento, digo de reflexión, que no es lo mismo. Un espacio desde el que uno podía pararse a contemplarse o a escucharse a sí mismo, pero no como en un espejo, sino como en una encrucijada, más allá de lo que diariamente sabemos de nosotros, por fuera de lo que creemos ser, del otro lado de lo que encarnamos para quienes nos conocen por lo menos un poco. La reflexión se producía en el interior de un espacio por el que circulábamos con una cierta perplejidad, con precaución, pues estábamos al borde de lo frágil, como en aquel cuadro de Giorgione en el que está a punto de estallar una tormenta y todo se ha fijado en una espera amenazante. Se producían silencios aunque no los deseáramos y nos veíamos flotando entre sombras que no habían producido nuestros cuerpos. Afuera, en aquel espacio de allá, el barranquillo de lo cotidiano, el asfalto de las inclemencias, el chisporroteo de todas las fugacidades, nada había cambiado. Lo que aquí ocurría era como un reflejo de un cambio que sólo se había dado en el interior de cada uno. Así, si uno se detenía a pensar quizá no llegaba a ninguna conclusión más que la de encontrarse en un momento distinto de su vida, uno más; sin embargo, el paso siguiente, el de la reflexión, implicaba un movimiento hacia el interior, un paso atrás, podríamos decir, o un paso al lado, un ejercicio de desmemoria en medio de todos los recuerdos. Quiero decir que algo así, un cambio de esta especie, no significaba volver a ningún estadio anterior ni que uno se convirtiera súbitamente en otro; tampoco era un desdoblamiento ni una mascarada. No, no, nada de eso. De lo que aquí se trataba era de una decantación, de un lento apartamiento de capas sucesivas, como si en algún momento fuéramos a encontrarnos con el hueso último de nosotros mismos, con nuestra propia sustancia reducida a cero. Recuerdo que era aquel un tiempo de infiltraciones: había que dejarse poseer por verdades contrarias a las propias creencias, había que entrar en pasadizos laterales que desembocaban en cámaras recónditas. El lugar de magia nos había brindado la posibilidad de soñar sueños que no eran previsibles, que ninguno de nosotros debía haber soñado porque quizá no eran esos los sueños que nos convenía soñar o los que nuestras vidas requerían en aquellos momentos. ¿Dependía entonces todo de que ese lugar, ese universo transformado en un juego de esferas reflectantes, se prolongara en el espacio el tiempo suficiente para alcanzar la decantación definitiva? Así lo pensé en alguna ocasión, me dije que era necesario insistir y dejarse llevar cada vez más adentro hasta el torbellino final en el que la mente se desharía de todas las adherencias. Lo que no sabía, sin embargo, era que ese lugar, así transformado, era una especie de relámpago. No existía propiamente en el espacio, era un mera fulguración, un instante de intensidad en nuestra precaria existencia. Bastaba haberse acercado una sola vez hasta aquí para sentirse desnivelado, para desconcretizarse, para ignorarse a sí mismo, en el sentido en el que el poeta Philippe Jaccottet ha hablado de ignorancia: es decir, como conmoción expandida, como síntoma de una disponibilidad absoluta, como espejismo de una sabiduría sin conocimientos ni saberes. Díganme entonces si no resulta extraño estar ahora aquí, en esta situación en cierto modo póstuma: desmaterializada la costra que nos envolvía durante la fulguración, aquella fijeza, y celebrando el testimonio escrito, visual, de esos instantes de desrealización, de espesura, hubiera dicho Juan de la Cruz, que aquí fueron vividos. Seríamos ahora, de alguna manera, los fantasmales apócrifos de aquellos seres afortunados, intrusos en el festín de las decapitaciones, por evocar a Lezama Lima y no dejar así títere con cabeza, en esa cena de luz masticada en la pulpa de la verdad vacía, ese rito de ratos y de retos rotos una y otra vez frente al muro que ciega, frente a la atronadora caída de todas las certezas. Pese a lo cual, pese a nuestra mortaja de cadavéricos revenants, podemos hoy, de alguna manera, presentarnos ante ustedes como portadores o manipuladores de uno de esos hilos de mil puntas con que fueron cosidas aquí las imágenes para que no fueran sólo imágenes: para que, al trasluz, con la irrelevancia de lo que no pesa y la dignidad de lo que no existe, podamos ofrecer el testimonio de un viaje a ninguna parte. A ninguna parte, sí, porque es ahí adonde hay que atreverse a viajar. No supongan, sin embargo, que resulta fácil hablar de algo que fue como una vuelta de tuerca del silencio: lo que la memoria contiene, desbocada, es un camarín de sinuosidades, un territorio vago en el que las cosas sucedían al instante, pero sucedían no es el verbo, quizá mejor aparecían o sobrevenían, pues no había preparación ni consecuencia. Imagínense un lugar en el que lo que se cuece es justamente la pregunta por la propia existencia del lugar, del cuerpo, del instante. E intenten figurarse una mente que crea ese lugar, ese cuerpo y ese instante en el interior de la nada en que se ha convertido. Algo así era Tinnitus.*


* Texto leído el 28 de abril de 2017 en Bibli durante la presentación del catálogo de la exposición Tinnitus, de José Herrera y Luis Palmero. 

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