lunes, 3 de septiembre de 2012

LA GRUTA

Queríamos nadar hasta meternos en la gruta
ya que el mar parecía estar en calma.
Negociamos, benévolos, con los abruptos
laberintos de lava de la costa
el punto en que nos lanzaríamos.
Desde allí hasta la gruta
unas pocas brazadas
en el mar centelleante, pero oscuro,
llevarían los cuerpos casi en abandono.
Gritos como los que daríamos
habría repetido ya la gruta otras veces,
gritos como los de quienes
ya no estarían allí porque un día estuvieron o porque
no estuvieron nunca y fueron engañados.
El mar era la herida
y el agua oscura era
la sangre que brotaba sin descanso.
Jadeantes nadaríamos hasta donde los otros niños
para gritarle al techo de la gruta
un revuelo de sílabas,
nuestra forma de dar
las gracias desde el fondo
como peces aún vivos.

2 comentarios:

  1. Precioso. ¿Y si el mar no hubiera estado en calma sino bravío?... Muy distinto el poema. Besos Primo.

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  2. Querida prima: sí, el poema hubiera sido otro (o ninguno) si el mar hubiera estado bravío. Hubiera sido también un poema de orilla (igual que este), pero de una orilla temerosa, casi aterrorizada. Gracias por tu lectura. No nos vimos más, pero nos veremos. Un beso.

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