Un camino empinado me llevó hasta la inesperada visión de
unos bajíos. Pensé que al final habría más malezas, pero me encontré con unos
terraplenes en los que trabajaban un tractor, un camión y dos operarios. Los
huecos en el muro por los que se podía ver la costa (una vez recorrido el
camino empinado) eran como los ojos reconcomidos de una gran máscara ciega. El
mar se perpetuaba en los bajíos, ola va y ola viene, estremecimiento de las
piedras y estremecimiento de las piedras: tambor y celosía y estertores y
orgasmo. Los operarios estaban vestidos con unos monos de color naranja y
permanecían a una distancia prudente el uno del otro. El muro que recorría la
costa o, mejor, el borde superior de la costa (hasta el que llevaba el camino
empinado), estaba construido con las mismas piedras por las que el mar penetraba
o que el mar interpretaba en los bajíos. La hora era la del final del mediodía
y cualquier trabajo, por tanto, efectuado a aquella hora en los terraplenes contiguos
a la desolación de las malezas era un trabajo clandestino. Cuatro piedras de
aquellas recubiertas de musgo podían albergar muy bien un cuerpo que necesitaba
descansar tras recorrer aquel camino empinado y hallarse ante una visión
inesperada. Cuna de balancín en los bajíos o cuña para el bañista entrometido, cualquiera
de estas dos metáforas podría aplicarse a las cuatro piedras en las que el
cuerpo se encajaba para enfrentarse a la pleamar tras sus visiones. Quienes en épocas
de mayores necesidades levantaron los muros de estas fincas o invernaderos
hasta el mismo borde del mar sabían que el mar devora sin piedad y herrumbra
sin contemplaciones los desesperados ingenios de los hombres. Ni como signos de
nada permanecen ya estos muros semejantes a antiguas fortalezas con almenas y
todo. Y con esos ojos que las gaviotas han picoteado sin dejar más que unas
órbitas perplejas frente al mar. El tractor levanta tierra de los terraplenes
que deposita en el volquete del camión para que este la traslade a otros
terraplenes ─y así sucesivamente. Tierra y nubes de polvo y monos naranja y
operarios esquivos tras las malezas que un muro separa del mar de los bajíos.
Creí que el camino empinado llevaría más allá de los invernaderos, pero venía a
morir entre unas zarzas al borde del acantilado. Entre muros como estos se
suicidaban antes los maridos cornudos, las mujeres violadas, los adolescentes
humillados por sus compañeros de colegio, los maricones del pueblo, los
pastores trastornados. Dicen que usaban matarratas o herbicidas. A partir de
las zarzas el itinerario se volvía confuso y a estas alturas ya no sabía si era
en los bajíos donde me había bañado o en el volquete del camión, si el camino
llevaba hasta los ojos vacíos de una gaviota disecada o hasta el tractor que
levantaba unas malezas ardientes, si la cuna era el tractor o si el camión era
el camino. No había quien entendiera nada o quizá no había nada que entender.
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jo! primo, me dejas sin palabras porque tú las usas todas! sigue escribiendo, me encanta:) aunque no sea muy objetiva besos
ResponderBorrarGracias, Isabelina, y también por saludarme esta mañana. Yo iba despistado y casi no te veo... ¡Un beso!
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