jueves, 12 de enero de 2012

EL PRIS

Para Iván Cabrera Cartaya

Como algo, una leve disonancia en la respiración, una cierta debilidad inmotivada, me dice que quizá pronto todo se termine, he pensado en ese camino por el que empecé a andar el otro día. Imaginaba que iba de regreso a algún lugar perdido de la infancia. Las cruces, siempre las cruces —adolescentes ahogados en la plenitud de su belleza— me decían que no, que aquel camino no llevaba a ningún lado. Los higos chumbos parecían resecos, requemados por quién sabe cuántos días de exposición al sol, y, sin embargo, su interior contenía una pulpa carnosa, un fruto casi de agua muy roja que se deshacía en la boca, pura delicia abandonada allí para quien se atreviera a robarla. Otro asunto eran ya las arañas voraces, los miles y hasta millones de hilos tendidos en el interior de las tuneras: yo no hubiera metido la mano allí ni en busca de un anillo de oro del Rin. (Qué digo el Rin, cuándo hubo acaso oro en ese sucio río, qué vale un anillo de oropel oxidado frente a la plata del océano, mi océano, el que se colaba en los días más perdidos, más irrecuperables, por el balcón del estudio hasta los sueños tendidos en los sofás cama del salón, con sus rugidos de cortejo, sus atronadoras caricias, la pelambre tan áspera del mar de aquellos días.) Así que continué caminando después de comerme un higo pico y evitar el contacto de las telarañas hasta que, pasadas unas cuantas curvas, di con una casa que ya apenas lo era. Si alguna vez vivió allí alguien debió de haber enloquecido. La puerta estaba clausurada con unas cadenas y un cerrojo. Desde el camino podía accederse al tejado: tela asfáltica, un par de macetas, redes de pescadores, poca cosa. Pensé en una casa para esconderse, para desandar todo lo andado, para desvestirse de tantos ropajes inútiles. Ya el mar se encargaría de cantar. Pero tampoco la casa era otra cosa que un alto en el camino, así que continué un poco más, por qué no, al fin y al cabo en el pequeño pueblo de pescadores en el que había dejado el coche solo había unos cuantos turistas almorzando a la hora del desayuno, una muchacha trastornada a la que se le rompió sin querer una silla y un par de pescadores o hijos de pescadores dados al alcohol. Esta clase de caminos que bordean la costa no suele casi nunca dejar de ofrecer sorpresas a quienes, en uno de esos días bisagra, un día entre dos viajes, un día anterior a un regreso o un día posterior a una ruptura, nos aventuramos solitarios —qué bella y noble expresión— a transitar por ellos sin otra meta que la liberación de tensiones y de fantasmas interiores. Así que me apresté a presenciar lo que vendría a continuación: ¿sería, de pronto, la entrada de una cueva marina, me dije, o, más bien, los restos de un accidente de ala delta?; ¿me abordarían unas cabras desquiciadas, como me ocurrió una vez en compañía de un amigo en otro de esos caminos, o acaso, de pronto, leeré en una cruz mi propio nombre, unas fechas antiguas, unas palabras de duelo inscritas allí por quienes aún me recuerdan? Tonterías, toda una sarta de tonterías, pues lo que descubrí no era más que un mirador, mira por dónde, en el que la noche anterior unos adolescentes —intactos en la plenitud de su belleza— debían de haber estado fumándose unos porros. Me senté y dejé que, por un rato, mis cabellos ondearan en el viento (¿por qué tenemos que estar espantando siempre a la cursilería, por qué no decir o hacer a veces la primera cursilería que se nos pase por la mente, a ver, por qué, por qué, caros amigos?): sí, el cabello ondeó en el viento —o aún mejor: al vientomientras yo dejaba que el mar me constipara; de pronto empecé a estornudar, achís, achís, achís, un estornudo tras otro, sin poder detenerlos, como creo que no me había ocurrido nunca. Así que para esto, me dije, para pillar un resfriado de aúpa y padrenuestro, es para lo que he venido aquí. Me sentí traicionado, burlado por el mar, dolido por las risas de aquel viento vengativo. Y como, además, no tenía con qué embozarme, pues iba en mangas de camisa, preferí regresar, congestionado.

4 comentarios:

  1. Pris, Prois o Porís: puerto pequeño. Este texto es muy hermoso, Rafa, y creo que conozco muy bien el camino y los aires que se recrean en él; la melancolía del atardecer frente al mar y el poso, más pesado o más liviano, de tiempo acumulado. La belleza de esos adolescentes sólo intuidos, los pescadores, los turistas... En definitiva, sí, hermoso. Me ha gustado especialmente entre los últimos del blog. Un fuerte abrazo no lejos del Pris y también resfriado.

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  2. ¿Cómo no recordar las cruces de las que hablas? Los cenotafios de los jóvenes ahogados en esa playa cortejada por el viento, la soledad y los solitarios bañistas del invierno.

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  3. Querido Iván: te lo dedico. Desde hoy este texto es para ti. Tú conoces mejor que yo esos caminos y las querencias del mar en esos recovecos. Gracias, siempre, por tus cariñosas palabras. Un abrazo.

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  4. Muchas gracias, Rafa, por la dedicatoria. Hombre, no sé si conozco el Pris mejor que tú (tal vez no); pero por cercanía lo conozco desde siempre y, claro, también lo sigo desconociendo o me sigo sorprendiendo en esos instantes y rincones de los que hablas: las casas tapiadas o abandonadas en un recodo del camino, la azotea que tiene algunos objetos raros y arbitrarios, los higos, las tuneras, la belleza del atardecer sobre el mar, la presencia y la ausencia de los cuerpos que te acompañaron (y te dejaron solo) cuando el verano pedía su corona o la dejaba caer contra las piedras... Bueno, no quiero enrollarme y gracias nuevamente por textos tan evocadores, hermosos, misteriosos y sugerentes como éste. Siempre es un gran placer leerlos y leerte, pero especialmente "El Pris" me parece bellísimo y muy cercano, como diría el gran Eugenio Montejo: "consanguíneo". Un abrazo.

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