domingo, 27 de noviembre de 2011

LOS DORREMÍES

La rebeca roja y el polo inmaculado, el pantaloncito azul oscuro y los mocasines brillantes, así íbamos todos los niños que, a diferencia de la mayoría, no nos desgañitábamos corriendo, gregarios, por las tardes sobre los ásperos pavimentos de las canchas de deporte, de rayas multicolores, desdibujadas por el uso, sino que practicábamos y perfeccionábamos nuestras dotes vocales en el coro del colegio. La rebeca y el polo inmaculado, sobre todo, hacían que fuéramos como unos pingüinitos disfrazados de soldaditos de plomo, cada uno con su casaca, con su carita empolvada, personitas que posaban a la salida del ensayo para sus mamás orgullosas, se revestían de un aire de sabihondos redichos y repetían impúdicos los dictámenes sabios de su sabio maestro. Habíamos estado cantando a coro himnos en la capilla austera, copiando pasajes de evangelios mohosos, afinando en provechosos dorremíes nuestras cuerdecitas vocales. Los más aventajados, destinados a solistas, habían probado sus voces de soprano impolutas y, tal vez, asistido a sermones del señor director en su acristalado despacho; otros habían sido seleccionados, más por sus lindas caritas que por sus gracias vocales, para vestirse de santos o hasta de jesusitos en la obrita piadosa que el párroco ensayaba para navidad. Todos habíamos sido aleccionados en papeles para los que nuestra temprana edad no era todavía especialmente propicia. Sin embargo, suplíamos con dedicación y con empeño, con fervor y con mimo, nuestras carencias y atrasos. El grupito más díscolo, el que se reunía en los recreos a la sombra de unos árboles mustios en la esquina del patio, persistía en mofarse de quienes acudíamos, puntuales, a los ensayos del coro. Solo porque a uno de ellos, especialmente rebelde, lo habían destinado al principio a un papel secundario en la obrita piadosa, a un papel, en efecto, carente de prestaciones vocales, es decir, a hacer de relleno, de mera comparsa o carabina muda, solo porque su voz no había sido seleccionada para cantar en el coro, nos habíamos visto, nosotros, que nada habíamos hecho sino mostrar entusiasmo, convertidos en víctimas de sarcasmos y burlas, de risitas y muecas insufribles. Por eso, aunque mucho lo sentí, le estuvo bien empleado que una tarde esperáramos dos compañeros del coro y yo a que entrara solo al baño, ese rebelde gallito que no era nadie en ausencia de su pandilla de siempre, y le diéramos una lección que lo dejó llorando durane un buen rato. Nos miraba alelado cuando cerramos la puerta de los aseos tras nosotros, quiso encerrarse en una de las cabinas, pero a estas les falta, por precaución, el fechillo, así que empujamos los tres hasta que el pitusín se quedó sin fuerzas y se refugió en cuclillas bien pegadito al inodoro. Había que verle esa carita tan mona, su polito de algodón, tan plisadito, como el de quien nunca ha roto un plato, y cómo se cubría con las manos los mofletitos mientras lo abofeteábamos. Cómo gimoteaba el angelito. Pero tuvo que dejar de hacerlo cuando lo sacamos de la cabina, llenamos uno de los lavabos de agua y le introdujimos la cabeza durante unos segundos a ver cuánto aguantaba sin respirar. Como yo era el que lo tenía agarrado por la matita de pelo, tan lisita, para lo cual me había puesto bien pegadito detrás de él mientras mis amiguitos lo flanqueaban y lo sujetaban de los brazos, me di cuenta de que se estaba meando, pues los pantaloncitos empezaron a encharcársele. Después de aquello nos respetó. Y también el grupito con el que andaba. Al cabo de unos días se le empezó a ver solo, no se juntaba con su antigua pandillita. Un día se me acercó, muy tímido, a preguntarme si necesitaba que me prestara los apuntes de alguna de las clases. Le dije que no, pero que le avisaría si acaso más adelante. Me sonrió como quien ve abiertas las puertas del cielo. Pasaron unos días hasta que supe que quería convertirse en uno de los nuestros. Lo llevé a ver al párroco, nuestro maestro de coro. Resultó no cantar tan mal como se creía. Abría muy bien la boquita y no vocalizaba mal, aunque le faltaba un poco de ritmo, un pelín más de seguridad en los dorremíes. Pero todo podía trabajarse. El párroco, después de probarlo y de pedirnos a algunos de nosotros que lo probáramos, dijo que tenía condiciones y, a partir de aquel día, fue uno más del coro y, además, mi amiguito más servicial y sumiso.  

viernes, 25 de noviembre de 2011

AUNQUE NO PUEDAS YA ESCUCHARME, TE HABLO

In memoriam Diego de Alcalá Fernández Martín

No voy a poder, me digo. Una y otra vez me repito que no voy a poder escribir nada sobre ti. Para qué, me digo, si tú no vas a poder leerlo ni escucharlo. Si quedará resonando unos segundos en el aire de esta iglesia o en la memoria de quienes han venido hasta aquí a desearte buen viaje y luego será olvidado y se esfumará para siempre. ¿O no? Quién sabe. Tú paseabas obstinadamente por las calles de tu infancia sin olvidarla nunca del todo. ¿Acaso es sólo nuestra infancia lo que nunca olvidamos? En tu infancia estaban los padres cariñosos o severos, las noches de frescor marino o de calor africano junto a la ventana, las lecciones y los castigos en escuelas perdidas en calles que tal vez ya no existen, las hermanas, sus trajes pobres, la pobreza toda de la casa familiar, pero pobreza de infancia de posguerra soportada con dignidad y con honradez. Todo eso se enredaba entre tus pasos mientras caminabas. La infancia que está siempre ahí, en algún lugar del corazón. Voy pudiendo. Fíjate. Dejo que también mi memoria viaje hasta la infancia en que estás tú, tú y tu taller de imprenta donde aprendí cómo se confeccionan los libros, tú y tu parque lleno de recovecos y secretos y anécdotas, tú y tus cuadros de pintor intuitivo e inconstante. Escribir es esto: convocar las imágenes que han estado siempre ahí y parecían olvidadas. Pero es difícil el trabajo del funámbulo cuando tiene que cruzar de un lado a otro por una cuerda que limita a un lado con la memoria y al otro con la tristeza. Tío, tío, qué extraña suena esta palabra ahora que no hay ya un nombre que añadirle o ahora que el nombre es ya tan sólo una cáscara vacía. Tío, tío, tío, suena como una llamada, como el canto de un pájaro hambriento, tío, tío, tío, como un quejido inútil. Tus pasos no cruzaban sólo las calles de tu infancia: también te recuerdo en la azotea de aquella casa junto al parque, inmensa para mi mirada de niño, en la que tu hijo había construido un palomar que a su muerte quedó abandonado. En aquella azotea, por mucho que brillara el sol, había siempre un agujero oscuro que empezaba y acababa en tus ojos. Yo lo veía y nada podía hacer por ayudarte. Llevabas dentro la muerte de quien había sido carne de tu carne, te era imposible olvidar una y otra vez que allí, en aquel momento, hubiera debido estar acompañándonos él, tu hijo sonriente y solar, tu hijo arrebatado por la muerte cuando tenía tan sólo diecinueve años. Te llenaste de su muerte y minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, mes tras mes y año tras año arrastrabas tus pies al borde del abismo. En cambio, tú no nos regalabas sino ternura, ternura solitaria, calma tensa, amor desamparado. Yo me sentaba a veces a hablar contigo: en un banco del parque, en la terraza de un café, en el sofá de tu casa. El niño o el adolescente que yo era absorbía tus palabras que hablaban de mundos extraviados, continentes más allá del océano, personajes perdidos en el laberinto de la ciudad o del tiempo. Denunciabas injusticias, proponías recambios para tanta estupidez, tanta maldad como veías circular a tu alrededor. Creías en un mundo mejor, mucho mejor que aquel en el que vivías. Míranos ahora. No puedes, ya lo sé. Pero míranos, inténtalo al menos: aquí seguimos, casi nada ha cambiado, la mano del poderoso sigue oprimiendo la nuca del débil. Estamos llenos de barro y de inmundicia porque no somos sino barro e inmundicia. Todos somos Adán, Eva o Caín arrastrando el barro de su cuerpo más allá de las puertas del paraíso, dejándose tentar por la serpiente de la envidia, de la avaricia y del odio o levantando la mano para matar a su propio hermano. Es una suerte que vivieras pobre porque, si no, ya estaríamos despedazándonos por poseer tus riquezas. La ceniza en que te has convertido no puede ya escuchar, por suerte, las palpitaciones que en nuestro corazón despiertan la codicia o la ira. La ceniza que hemos depositado en la tumba junto a los huesos de tus padres y de tu hijo no se removerá cuando aquí, sobre la tierra, no sean la solidaridad ni la inocencia las que guíen nuestros pasos. Pero tú, que no tenías pelos en la lengua, nos hubieras preguntado para qué, para qué tanta codicia, tanto afán, tanta rapiña, si polvo somos y en polvo nos convertiremos. Un polvo que a veces se enamora, es cierto, hubieras añadido recordado a Quevedo. Un puro polvo somos que a veces se estremece en un relámpago de amor. Eso es lo único importante, nos hubieras dicho: el amor que sintamos de verdad hacia alguien. Voy a detenerme aquí. No sé si lo he logrado. Intentaba recordarte, pero tal vez los recuerdos no pueden compartirse. Cada uno de nosotros tiene su propio tesoro de recuerdos de ti. Ojalá que a cada uno lo ilumine ese tesoro siempre en la dirección que tú hubieras deseado: la del amor, la de la justicia y la del desprendimiento. Así seguirás vivo en nuestro corazón. Hasta siempre, tío. Hasta siempre, Diego.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ARINAGA

Para Marcial Morera

Bajar, cumplidos ya los límites de la noche visible, de las sentencias aprendidas y las invocaciones inútiles, hasta la orilla del mar, cruzar las pocas calles trazadas como con un compás etéreo, las casas de balcones risueños, recogidas a esa hora de la noche en sus sinuosas entrañas, en sus intimidades calladas, llegar a la avenida marítima que te recibe con una exhalación, la bienvenida ventosa de todos los espíritus, tritones, sirenas, mantas allá al fondo, entre las rocas, vísceras del mar que rugen como si el aire las estuviera cabalgando, vísceras violadas, sometidas, hembras desgarradas de las olas, bajar hasta este largo pasillo junto al mar, llegar hasta su extremo, el restaurante acristalado en el que una vez comiste mariscos transparentes, detenerte a pensar en aquella conversación que se perdía, como las miradas, en las vagas espumas pasajeras, regada con un vino dorado de fragancia marina, sentarte en algún banco del paseo a recordar los restos de otras noches, la suave maresía que besaba tu piel como unos labios nuevos, hablar una vez más con los amigos convocados, volver a encontrarlos en un recodo, esperándote, extraños y los mismos, hablar sin casi hablar, las bocas en el viento, mecidas las palabras en columpios de sueños, seguir por el paseo, bajíos y escolleras, la franja silenciosa a la que el mar no llega nunca, la cajita del viento, las venas de la mar, seguir andando sin prisas hasta el final de la avenida, kilómetros de ausencia, pisada tras pisada, las farolas clavadas con su gesto de herrumbre, las terrazas en que una vez deseaste asomarte a saludar cada mañana el incierto horizonte, los solares que esperan mientras los gatos rondan las puertas traseras de los restaurantes en busca de raspas de pescado, ropavieja de pulpo, pulpo frito, chocos, lomos de abadejo, sardinas asadas, potas, todos los pescados que comiste en restaurantes bulliciosos, mezcolanza de caras cuyas miradas creíste poder salvar mientras las mirabas, continuar el paseo en esta noche invisible, traspuesta la condena de la casa, la condena del tiempo y de la isla, del cuerpo y de la muerte, la condena de estar siempre en el mismo sitio y siempre en camino hacia ningún lugar, continuar el paseo en la fosforescencia de la noche, dejar que por los poros se te cuele el frescor del mar abierto, avanzar en la noche cada vez más oscura y cada vez más quieta, alongarte en el borde de la barandilla de madera, en el punto más alto del paseo, y ver brillar los cangrejos en las rocas, la acidez de la sombra en que recorta tu cuerpo la luz de una farola, detenerte a pensar con los sentidos ávidos de una caricia del más puro pensamiento, el pensamiento del todo en la inexistencia del cuerpo, llegar hasta el final, más allá del paseo, donde todo transcurre entre montículos ciegos, y no saber volver, no saber si estuviste alguna vez aquí, si sigues recorriendo cada noche el paseo o si es tan solo la huella de un recuerdo de viento, no saber nada más, quizás tan solo que el alma, o que el destino invisible de una vida cualquiera, dibuja con palabras lo que no sabe o desea.

martes, 15 de noviembre de 2011

CENTENARIO DE ALEJANDRO CIORANESCU: RECUERDO Y CARTA


Tener veintiún años, no haber leído prácticamente nada, creerse que el tiempo es tan abundante como para acabar leyéndolo todo, carecer del más mínimo sentido de la mesura, de la discreción y de la sensatez: con estas premisas, hace casi veinte años, exactamente el 22 de marzo de 1993, me atreví a escribirle una carta a don Alejandro Cioranescu (1911-1999). Era una carta desmesurada, de cuatro páginas, en la que exponía mis inmaduros puntos de vista sobre cuestiones que el maestro había tratado en diferentes libros o ensayos, le preguntaba por su visión del exilio rumano y por su propia obra de creación y, para colmo, me atrevía a adjuntarle algunas muestras de lo que yo mismo estaba escribiendo entonces, imagino que un par de insulsos poemas postadolescentes, vanas escaramuzas con el lenguaje que, sin embargo, en mi ignorancia, consideraba como logros o méritos de algún tipo. Don Alejandro, a quien, junto con una amiga y compañera de estudios, había visitado en su casa unos meses atrás para recoger una entrevista a la que había accedido a responder, contestó a mi carta. Su respuesta, que siempre me ha parecido sabia y humilde, me ha acompañado durante todos estos años, se ha trasladado conmigo en mis diferentes mudanzas, ha figurado siempre entre mis pertenencias más queridas, pues cada vez que la he leído me ha parecido comprenderla mejor. Tal vez se trataba de una carta algo dura para un “joven poeta” y acaso, cuando la recibí, hizo que me sintiera un poco avergonzado, molesto por mi propio atrevimiento, por el innecesario interrogatorio al que un imberbe estudiante universitario había sometido al gran polígrafo, al prestigioso erudito. Luego, creo, he comprendido mejor la inmensa delicadeza con la que en esa carta están dichas las cosas, la timidez, la claridad, la relatividad con que cualquier conocimiento o impresión son transmitidos. Y cuánto ayuda escuchar de un sabio estudioso como don Alejandro Cioranescu unas palabras alejadas de cualquier componenda, sinceras, delicadamente irónicas, increíblemente respetuosas con alguien que empieza y, sin embargo, contundentes en su exigencia de autenticidad, en su petición de presencia completa del poeta en el trabajo creador: “Se mueve entre los objetos evocados, pero no los toca, como si no los conociera. [...] A mí me gustaría verle también a usted”.

Hoy, 15 de noviembre de 2011, se cumplen cien años del nacimiento de don Alejandro Cioranescu. Doy a conocer, a modo de recuerdo, esa carta suya del 6 de abril de 1993. Aunque se trate de un documento privado, creo que pueden resultar de interés sus consideraciones sobre la curiosidad intelectual de los rumanos y, especialmente, sobre la necesidad de un auténtico compromiso personal con las palabras frente a lo que él llama la “poesía de calidoscopio”. Quienes tuvimos la suerte de conocerlo en persona, aunque fuera brevemente, recordamos su sabiduría y su sencillez, su elegancia y su inmensa cultura. Es tanto lo que en Canarias (y no solo en Canarias) debemos agradecerle que puede decirse que sin él, sin su trabajo, seguiríamos sin entender gran parte de nuestra tradición cultural. Cada uno de sus libros es un regalo que el lector solo valora cuando se da cuenta de que su vida, la del lector, se ha ampliado al terminar la lectura. Por eso: gracias, una vez más, Alejandro Cioranescu.*

* Agradezco a la profesora Lilica Voicu-Brey, biógrafa y estudiosa de la obra de Alejandro Cioranescu, la amable indicación de que don Alejandro nació un 15 y no un 5 de noviembre, como yo, erróneamente, creía.



ALEXANDRE CIORANESCU
Méndez Núñez, 80
38002 Santa Cruz de Tenerife

6/4.1993
Estimado amigo:

He recibido su carta, que es más bien un libro, y la he leído con mucho interés. Le agradezco la paciencia; yo no la he necesitado, ya que dije que la he leído con interés.

Me pregunta usted muchas cosas a la vez, referentes en su mayoría a mi persona; pero también sabe usted que el conocer a un autor no es siempre un buen negocio. Yo también he vivido esta verdad, y por lo tanto no me atrevería a emprender esta sesión de strip-tease, para que después no me encuentre usted tantos quilates como me suponía.

Hablando de los otros (rumanos), el único mérito (colectivo) me parece ser su afición a la lectura de lo que sea. Leen mucho más que los españoles, incluso más que los franceses, quizá porque añoran el ambiente occidental del que están separados política y otras veces sólo geográficamente. Cuando se encuentran más o menos integrados en lo que llamamos Occidente, miran las cosas con una curiosidad muy diferente de la del occidental. Verbigracia: ustedes han leído, por obligación escolar o por contagio, El burlador de Sevilla, o el Don Juan de Zorrilla o el de Marañón. Es una cosa de ustedes, y las cosas de uno no son las que se aprecian más; han vivido con ellas, incluso si no han leído nada y si no leen, es porque están hartos de imágenes o menciones de Don Juan. Un rumano que lee tiene una idea y una imagen de Don Juan, insuficientes ambas para formular un juicio definitivo; y por esto, cuando les interesa Don Juan, entran en un mundo que les apasiona y les intriga y, al hablar de Don Juan, llegan a decir algo que un español considera de poco interés o sin importancia, pero que para el sujeto rumano aparece como una revelación. Creo que la diferencia no está en las muchas lecturas, ni en capacidades diferentes, sino en los meridianos: en un clima cultural diferente, el rumano viene con más curiosidad y, diría yo, con más inocencia que el occidental.

Estoy encantado de que usted haya leído tantas cosas mías. Le aconsejo amistosamente que no lea más, para evitar el desencanto y la saturación (cualquier autor termina cansando y, creo yo, cansado).

He leído también los versos, que forman probablemente un tomo para publicar. Posiblemente modificará usted la buena impresión que de mí tiene, porque le voy a decir (y no sé cómo hacerlo sin molestarle) que me han gustado, pero no me han entusiasmado. Está usted al principio del camino. Sabe poner versos, sabe sacar efectos, sabe combinar las intenciones de las palabras o de los objetos. Es la poesía que yo llamo de calidoscopio. Usted forma figuras y crea colores, inventa juegos amenos, hace cosquillas a la imaginación, pero usted no es parte de ello: usted no hace sino enseñarlo, como el Maese Pedro. Se mueve entre los objetos evocados, pero no los toca, como si no los conociera. A lo mejor tiene usted razón (ya que digo que sabe de poesía, y la razón del poeta no es siempre la del lector); pero a mí me parece que abre usted la ventana sobre caminos que no llevan a ninguna parte. A mí me gustaría verle también a usted, y no lo veo por ninguna parte. Bueno, espero que este juicio discrepe del de sus demás amigos, y que usted no hará ningún caso del mío.

Agradecido y afmº
Alejandro Cioranescu

sábado, 5 de noviembre de 2011

PARQUE DE LOS SUICIDIOS

Uno de los sábados de aquel mes silencioso me acerqué hasta la calle Chisperos, cerca de la Puerta del Ángel. Lo hice porque disponía de mucho tiempo libre —casi todos mis amigos habían muerto o habían emigrado, lo que era casi lo mismo en lo que concernía a la distribución de mi tiempo— y porque, además, recordaba haber estado, hacía casi medio año, en la época de los meses ruidosos, en un piso situado en esa misma calle en compañía de su inquilino tras una noche de fiesta. Recuerdo haber pensado ya entonces, cuando salimos del piso por la mañana y recorrimos juntos varias avenidas hasta la boca del metro, que un día podría volver para recorrer ese barrio. Me habían atraído cierta soledad, cierto desamparo que se correspondían bien, pensé, con lo que mi vida estaba a punto de depararme. 

Después de tomar un café con leche en un bar mugriento en el que la dueña, una mujer miope cuyas gafas, de culo de botella, no dejaban ningún resquicio para la sonrisa, llamaba por su nombre a todos los clientes y parecía saber lo que cada uno iba a consumir, atravesé la calle Chisperos, una de tantas calles insulsas de nuestra capital, e intenté recordar cuál era el edificio que había visitado, desde qué ventana había estado mirando hacia las viviendas de enfrente, después de hacer el amor, mientras pensaba que nunca más disfrutaría del concreto placer de aquella noche, de la compañía de un ser atento, delicado, viril y complaciente al que hubiera querido volver a ver pero al que estaba seguro de no volver a ver. No me detuve, miré hacia un par de balcones, repasé, en un diálogo imposible de mirada y memoria, dos o tres ventanas —pero qué distinta es una ventana si se la mira desde dentro o desde fuera— y acabé desembocando en una avenida bordeada por un parque elevado al que podía subirse por unas escaleras. 

Lo primero que me sorprendió fue la elevación del parque, desde cuyos senderos podían contemplarse las azoteas de los edificios que lo rodeaban. Parecía un parque elevado a modo de patíbulo, una ostentación o un aviso claramente visibles desde muchos lugares de la capital. Su nombre, sin embargo, solo figuraba en una placa de metal instalada en un muro al final de las escaleras, una placa discreta en la que, junto al nombre, Parque de los Suicidios, figuraban la fecha de su primitiva inauguración (se lo llamó entonces, en un alarde de topografía onomástica, Parque de la Cuña Verde de Latina) y la de su reciente remodelación. A todo lo largo del parque, decorado con árboles ralos de un verde grisáceo y atravesado por paseos de arena plagados de pedruscos, estaban instaladas las Plataformas de Autosupresión. Había oído hablar de este nuevo servicio municipal, pero nunca había sentido curiosidad por visitarlo. 

Las plataformas son unos trampolines de hierro, de una altura de aproximadamente cuarenta metros, rodeados por una escalera de caracol automática. Podría equivocarme, pues no recorrí el parque en su totalidad, pero creo que hay allí cinco plataformas. Cada una de ellas está rodeada por una verja circular de unos tres metros de altura. Un gran panel situado junto a la verja expone las instrucciones que cualquier usuario debe respetar cuando accede a una Plataforma de Autosupresión. El coste del servicio es de un euro. El ayuntamiento capitalino, según se informa, reinvierte la recaudación en programas de Educación para la Autosupresión Responsable, Segura y Sostenible, programas cuya eficacia, según la Concejalía de Parques y Jardines y la Concejalía de Bienestar Social, de las que depende el servicio, está fuera de toda duda. Una máquina de cobro automático que, al parecer, no proporciona cambio, permite, tras el pago correspondiente, el acceso a las instalaciones, que podrá realizarse, de manera exclusivamente individual, cada diez minutos (margen de tiempo previsto para el traslado del cuerpo del usuario autosuprimido hasta el llamado Punto de Depósito de Cuerpos Caídos). El acceso fraudulento a las instalaciones, es decir, el acceso no individual o la no comisión del Acto de Autosupresión, está penalizado con una multa de 3000 euros, lo mismo que cualquier intento de acceso fuera del horario de apertura (de 8 de la mañana a 8 de la tarde ininterrumpidamente). 

En el panel de instrucciones de uso figura también la obligatoriedad de lanzarse de espaldas desde la plataforma, pues, se añade a título informativo, la autosupresión es más rápida, segura e indolora de este modo y, además, el usuario, al no ver el suelo, la puede practicar con mayor tranquilidad. Es recomendable, aunque no obligatorio, según el panel de instrucciones de uso, dejar en los bolsillos de los pantalones o en los bolsos (en el caso de las mujeres) una escueta nota con los datos de algún familiar o amigo al que notificar la autosupresión. En el panel se informa, igualmente, de que el cuerpo caído será derivado, a través de una trampilla de apertura automática, a una cinta transportadora subterránea que lo trasladará al Punto de Depósito de Cuerpos Caídos, en donde será despojado de todas sus pertenencias inorgánicas; estas se derivarán al Punto de Redistribución y Aprovechamiento de Pertenencias Inorgánicas. Una vez accionada la trampilla de apertura automática se pondrá en funcionamiento un dispositivo de propulsión a chorro que limpiará de sangre y otras pertenencias orgánicas la superficie de recogida de los cuerpos caídos. 

A estos, a los cuerpos caídos, se les aplicarán los procedimientos habituales de tratamiento de residuos orgánicos hasta su total desaparición. Sus pertenencias inorgánicas serán clasificadas y posteriormente distribuidas a los Programas Municipales de Ayuda al Ciudadano Necesitado. Sombreros, zapatos, relojes, monederos, corbatas, bolsos, calcetines, marcapasos, pírsines, pintalabios, gafas, diademas, bragas, alargapenes, suspensorios, perfumes, peinetas, faldas, arneses, dientes de oro, chales, pulseras, dildos y sortijas serán así repartidos siguiendo los criterios aprobados de Redistribución Social de Pertenencias Inorgánicas. Si en alguna de las pertenencias inorgánicas se encontrara dinero en efectivo, este será derivado a los programas de Educación para la Autosupresión Responsable, Segura y Sostenible. La autosupresión les será comunicada a familiares o amigos en el caso de que entre las pertenencias inorgánicas del usuario autosuprimido se descubra una nota. 

No me quedó del todo claro qué ocurre si el cliente no logra consumar de manera efectiva el Acto de Autosupresión, es decir, si sigue con vida después de lanzarse. Imagino que esto ocurrirá en muy pocos casos y que existirá algún servicio de emergencias destinado a transportar al hospital más cercano a los usuarios que se encuentren en dicha situación. Me sorprendió que no hubiera cola alguna formada ante la máquina de cobro automático ni tampoco demasiados curiosos alrededor de la verja y que, sin embargo, por el parque pulularan muchísimas personas, casi todas solitarias, la mayoría jóvenes de ambos sexos, pensativos, abstraídos, algunos con libros o tabletas que consultaban sin demasiado entusiasmo, otros con una mascota entre los brazos, los menos en parejas, pero en parejas que no conversaban y parecían dejarse arrastrar hasta donde los pies las condujeran. 

Permanecí en el parque unas dos horas hasta que sentí hambre y busqué las escaleras para dirigirme al metro de regreso a mi casa. Me detuve un último instante y me giré. En lo alto de una de las plataformas una persona avanzaba. No logré distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer, pero parecía joven. Cuando llegó al borde me pareció que se volvía de espaldas casi sin dudar, como un clavadista profesional. Empecé a bajar las escaleras. Era un sábado más de aquel mes silencioso.