miércoles, 16 de noviembre de 2011

ARINAGA

Para Marcial Morera

Bajar, cumplidos ya los límites de la noche visible, de las sentencias aprendidas y las invocaciones inútiles, hasta la orilla del mar, cruzar las pocas calles trazadas como con un compás etéreo, las casas de balcones risueños, recogidas a esa hora de la noche en sus sinuosas entrañas, en sus intimidades calladas, llegar a la avenida marítima que te recibe con una exhalación, la bienvenida ventosa de todos los espíritus, tritones, sirenas, mantas allá al fondo, entre las rocas, vísceras del mar que rugen como si el aire las estuviera cabalgando, vísceras violadas, sometidas, hembras desgarradas de las olas, bajar hasta este largo pasillo junto al mar, llegar hasta su extremo, el restaurante acristalado en el que una vez comiste mariscos transparentes, detenerte a pensar en aquella conversación que se perdía, como las miradas, en las vagas espumas pasajeras, regada con un vino dorado de fragancia marina, sentarte en algún banco del paseo a recordar los restos de otras noches, la suave maresía que besaba tu piel como unos labios nuevos, hablar una vez más con los amigos convocados, volver a encontrarlos en un recodo, esperándote, extraños y los mismos, hablar sin casi hablar, las bocas en el viento, mecidas las palabras en columpios de sueños, seguir por el paseo, bajíos y escolleras, la franja silenciosa a la que el mar no llega nunca, la cajita del viento, las venas de la mar, seguir andando sin prisas hasta el final de la avenida, kilómetros de ausencia, pisada tras pisada, las farolas clavadas con su gesto de herrumbre, las terrazas en que una vez deseaste asomarte a saludar cada mañana el incierto horizonte, los solares que esperan mientras los gatos rondan las puertas traseras de los restaurantes en busca de raspas de pescado, ropavieja de pulpo, pulpo frito, chocos, lomos de abadejo, sardinas asadas, potas, todos los pescados que comiste en restaurantes bulliciosos, mezcolanza de caras cuyas miradas creíste poder salvar mientras las mirabas, continuar el paseo en esta noche invisible, traspuesta la condena de la casa, la condena del tiempo y de la isla, del cuerpo y de la muerte, la condena de estar siempre en el mismo sitio y siempre en camino hacia ningún lugar, continuar el paseo en la fosforescencia de la noche, dejar que por los poros se te cuele el frescor del mar abierto, avanzar en la noche cada vez más oscura y cada vez más quieta, alongarte en el borde de la barandilla de madera, en el punto más alto del paseo, y ver brillar los cangrejos en las rocas, la acidez de la sombra en que recorta tu cuerpo la luz de una farola, detenerte a pensar con los sentidos ávidos de una caricia del más puro pensamiento, el pensamiento del todo en la inexistencia del cuerpo, llegar hasta el final, más allá del paseo, donde todo transcurre entre montículos ciegos, y no saber volver, no saber si estuviste alguna vez aquí, si sigues recorriendo cada noche el paseo o si es tan solo la huella de un recuerdo de viento, no saber nada más, quizás tan solo que el alma, o que el destino invisible de una vida cualquiera, dibuja con palabras lo que no sabe o desea.

7 comentarios:

  1. muy bonito... me pregunto porque arinaga?

    ResponderEliminar
  2. El título del texto es el nombre del lugar en él evocado, la localidad costera de Arinaga, en el municipio de Agüimes (Gran Canaria). Allí viví un buen puñado de meses del año 2001 (¡va para una década!) y el lugar regresa con frecuencia a mi recuerdo. Un saludo, y gracias por escribir.

    ResponderEliminar
  3. Tu recuerdo huele a salitre, azota el rostro como el viento nocturno y se alumbra con las farolas que se alongan sobre la playa, como queriendo escuchar mejor su murmullo de espuma...Siempre Arinaga, igual que cuando tú la recorrías, igual ahora que recibe mis silencios.

    Un abrazo desde Agüimes.
    María Jesús Alvarado.

    ResponderEliminar
  4. Amiga Susy: mil gracias por tu comentario, tan entrañable y entrañado, que vuelve a traerme aromas que creía perdidos y me permite recorrer de nuevo las calles de nuestro querido Agüimes, ese precioso laberinto. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. ¿Por qué nos empeñaremos en "vivir en los recuerdos"?

    ResponderEliminar
  6. Tal vez porque el recuerdo es la cuerda del corazón, lo que lo mantiene vivo, lo que nos da el calor con que alimentar el presente. De otro modo, flotaríamos en un maremágnum de sensaciones instantáneas sin conexión las unas con las otras ni con ningún momento o aspecto de nuestras vidas. Por eso, tal vez, vivimos también (solo también) en los recuerdos. Un saludo y gracias por tu comentario.

    ResponderEliminar
  7. Me gusta lo que comentas. Además se relaciona con la etimología de la palabra "recuerdo". Gracias por contestar.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar