martes, 30 de agosto de 2011

EL INSTITUTO

1. El instituto está en una isla. 2. La isla es pequeña y escarpada. 3. El instituto se encuentra en lo alto de un acantilado de difícil acceso al que se llega después de conducir durante horas por una carretera de curvas. 4. En la parte baja del acantilado hay una playa que es la misma de mi infancia aunque nada de lo que la rodea, empezando por el instituto, pertenezca a la playa real en la que jugaba de niño. 5. A la playa se llega, desde el instituto, por un paseo que desciende a lo largo del acantilado y que está bordeado por árboles como si fuera una avenida peatonal en cualquier enclave turístico. 6. Los alumnos del instituto, todos ellos varones, adolescentes, bronceados y atléticos, deambulan sin camiseta a cualquier hora del día arriba y abajo del paseo como si la playa fuera el verdadero lugar de sus aprendizajes y exhibir sus espectaculares cuerpos el agradecimiento por las lecciones aprendidas. 7. Todos los profesores están ya incorporados a sus puestos de trabajo y suelen reunirse en una sala acristalada desde la que puede contemplarse el horizonte y escuchar los constantes latidos de las olas. 8. La última profesora incorporada ha sido una amiga a la que he llevado en mi coche al instituto. 9. La directora, que nos ha recibido con cierta frialdad, le ha asignado a mi amiga una habitación, pues, igual que los demás profesores, no solo trabajará en el instituto sino que, como estipula el contrato, también vivirá en él. 10. Teniendo en cuenta que el camino de vuelta será largo y cansado, me quedo a almorzar en el instituto invitado por la directora. 11. El almuerzo tiene lugar en una especie de refectorio, también con vistas al mar, que recuerda a los comedores de alguna instalación turística obsoleta como las que abundan en el norte de la isla. 12. En el almuerzo está presente buena parte del claustro de profesores, que asiste con sus mejores ropas: traje y corbata en el caso de los hombres, vestido y fular en el de las mujeres. 13. Como señal de bienvenida, mi amiga y yo comemos en la mesa del equipo directivo, que está formado íntegramente por mujeres y que nos informa sin entusiasmo de la historia y de las normas de funcionamiento del centro. 14. Una vez que termina el almuerzo paso a acompañar a mi amiga a su habitación. 15. Mientras comentamos las primeras impresiones, que son de extrañeza y de perplejidad, descubro una enorme cucaracha escondida en los pliegues de una cortina, luego otra paseando por el lavabo y enseguida una tercera a los pies de la cama. 16. Unos segundos después, y aún con el susto en el cuerpo, la primera de las cucarachas echa a volar hacia mí batiendo unas alas que parecen haber multiplicado su tamaño. 17. Sudorosos, decidimos salir a una de las terrazas de que está provisto el instituto: desde allí observamos otras terrazas por encima o por debajo de nosotros y nos damos cuenta de que el edificio está construido aprovechando el desnivel natural del acantilado y de que cuelga, se podría decir, literalmente sobre la playa. 18. Buscamos luego las aulas, pero no parece haber aulas. 19. Algunos alumnos con los que nos cruzamos nos miran de un modo que no se sabe si es hosco, socarrón, altanero o impúdico. 20. Dejo a mi amiga instalada en su nuevo puesto de trabajo y salgo en busca de mi coche para alejarme por la carretera del instituto —del sueño.

domingo, 28 de agosto de 2011

UNA VISITA A LEOCADIO ORTEGA EN BARLOVENTO

Como si la noche anterior hubiera estado soñando con un río de lava que arrastrara camino del infierno cabezas de animales totémicos, góndolas espectrales y troncos gigantescos de árboles imposibles, Leocadio Ortega nos espera perplejo en el refugio de su cuarto en casa de su madre. Es esta quien nos abre la puerta: suspira, recomienda, refunfuña benévola y nos acompaña hasta la puerta del santuario para adentrarse de nuevo en el silencio y en la oscuridad. Hemos atravesado, mi amigo y yo, calles que no sé si imagino ahora polvorientas o si lo eran realmente entonces, calles que estaban como vigiladas por un mundo de bosques ancestrales que, cual presencias tutelares, irrenunciables —y en esto recordaban a las madres, a las omnipresentes, tiernas y a veces feroces madres—, protegían y amenazaban, acunaban y atenazaban a los habitantes del pueblo. Hemos pasado junto a casas que, según mi amigo, llevan muchos años esperando a que regresen quienes las construyeron, sin saber que cuando regresen, convertidos en indianos, ya no las querrán: construirán otras, a las afueras del pueblo, más modernas e independientes, con garaje y con piscina, con un jardín provisto de sistemas automáticos de riego —pues, ¿a quién le apetece regar en estos tiempos?— y todas las comodidades. Mi amigo me cuenta la historia de algunos rincones del pueblo que en su infancia y en su adolescencia fueron transformados por él y por sus compañeros de juegos en verdaderos centros de esparcimiento —y empleo esta palabra, esparcimiento, como lo haría él, en toda su amplitud de significado, sin traba alguna para la imaginación del lector. Una vez que la madre de Leocadio Ortega nos deposita junto a la puerta de su cuarto, mi amigo y yo nos miramos sin saber si sería mejor tocar antes de entrar o entrar directamente sin tocar, como si algo trascendente dependiera de ello. Decidimos tocar y, como nadie contesta, entramos al cabo de unos segundos. Hay una ventana al fondo, una estantería de pared junto a ella, a mano izquierda, atestada de libros, por encima de la cama —una cama que es más bien un camastro incómodo en el que, después de las presentaciones, Leocadio Ortega nos indica que nos sentemos—, mientras que en el costado derecho de la habitación se encuentran una mesa y una silla en la que se sienta el anfitrión ofreciendo a la tarde que decae, a través de la ventana, su perfil de poeta loco, sus manos temblorosas, su mirada oriunda del país de las maravillas arrasadas, las greñas de su pelo, que son como las señales de un combate nocturno con demonios que solo conocería quien leyera alguno de los papeles descoloridos que se amontonan sobre la mesa. Soy presentado como un joven amigo de visita en la isla, aprendiz de poeta, estudiante de filología en la Universidad de La Laguna, mentecato admirador de los laberintos borgesianos y de las rayuelas cortazarianas, lector en cualquier rato libre arrancado a la amnesia de las clases. Leocadio Ortega no sale de su asombro. Borges, dice. Borges habitó también mi mente hace muchos años, y tejió en ella, como si fuera un arácnido, un laberinto que hace poco, en un golpe de azar, identifiqué con el lugar en el que vivo, con esta reclusión, con este pueblo de humo y de fantasmas. Quien habla es casi un niño que ha ido envejeciendo como si no envejeciera: las incipientes arrugas no son sino el reverso de una piel delicada e intacta, los ojos aparentan haberse apagado tantas veces como las que se han iluminado de pronto por alguna visión arrebatadora, el cuerpo es casi el de un adolescente, un adolescente enfermizo que cada vez que ha explorado el mundo ha temido no regresar y que, sin embargo, ha ido quizás más lejos que sus más saludables compañeros. Nadie sabe dónde está nunca realmente. Aquella tarde yo tenía veintiún o veintidós años y tampoco sabía que hay gente que, cómo decirlo, parece atravesar el mundo como si fuera arrastrándose entre dos muros muy juntos entre sí, a través de ese hueco estrecho en el que apenas si cabe un cuerpo humano. Leocadio Ortega se había mantenido delgado y eran ya tantos los años que llevaba arrastrándose entre esas dos paredes que, se diría, era un maestro de la desaparición y de la invisibilidad, estaba ante nosotros y enseguida no estaba, aparecía y desaparecía e incluso, si no recuerdo mal, en un par de ocasiones, y con cualquier excusa, nos dejó en su cuarto solos a mi amigo y a mí durante un buen rato. Imagino que luego volvería sonriente, como disculpándose, pero a la vez contento de haber llevado a término una hazaña secreta, quién sabe, acaso torcerle un poco más el cuello al cisne de la oscuridad al final de uno de los pasillos, escuchar como quien se transforma en lo escuchado la respiración de su madre mientras esta dormita en la sala de costura, ronronear a la par que algún gato en el patio trasero, algo así, quién sabe. Creo que para entonces Leocadio Ortega había escrito solo un libro de poemas que algunos amigos consideraban mítico y que acabaría siendo a la postre, si no me equivoco, el único libro que publicó. La forma en que murió, muchos años después de esa visita en que lo vi por primera y última vez, fue coherente con su vida. Una pequeña obra maestra de la desaparición. Una noche su cuerpo apareció entre unas rocas, junto al puerto de la capital de la isla, mecido por el viento de la última resaca, abandonado como siempre lo estuvo, como un sonámbulo que sale a respirar junto al mar y no despierta nunca ni regresa, ni nadie, apenas, recuerda si pudo regresar o no. Y, sin embargo, aunque nunca volví a verlo, a veces pienso que podría acercarme otra vez a Barlovento y compartir unas extrañas horas de conversación y de ausencia en su cuarto en casa de su madre…

viernes, 26 de agosto de 2011

CARRETERA DE LA LUZ

Ahora el nombre de aquella carretera, leído en el pie de unas fotografías, y como rescatado después de un naufragio de siglos, hace volver, chamánico, las perdidas esporas de las sílabas; las dispersa sobre esta mesa en que trabajo, muy lejos ya de aquella carretera y hasta de aquellos días —por mucho que se asomen a veces a mis sueños: siempre como con miedo, silenciosos, deformados, inútiles—, esta mesa en que trabajo o intento trabajar después de muchos meses entregado al silencio. El nombre de aquella carretera… si algunos de mis amigos lo escucharan se echarían a reír, me dirían que siempre estoy con lo mismo, desandarían, incrédulos, cualquiera de mis argumentos para intentar demostrarme que mis afanes simbólicos quedaron obsoletos hace ya mucho tiempo. Y, a pesar de todo, el nombre de aquella carretera era Carretera de la Luz. No fui yo quien se lo puse. A lo largo de unos cuatro kilómetros uno podía imaginarse que se había adentrado en una zona de luz especial, en una suerte de acelerador de partículas del que siempre se salía transformado, vibrante, iluminado por una experiencia que era vano intentar reconstruir más tarde. Las esporas transportan hasta aquí un puñado de imágenes. Pero no son sino restos, huellas no muy visibles de lo que entonces el cuerpo compartía en todo su esplendor: un abanico en constante movimiento de arcenes, casonas, sembrados, árboles, cernícalos, el aire de la tarde, el sol entre el este y el oeste, un coche, una mirada, la aventura, el deseo, los gestos, el silencio. Era posible saber dónde comenzaba aquella carretera y dónde terminaba, es más, aquella carretera era una especie de atajo que, extrañamente, casi nadie tomaba y que, por tanto, no soportaba apenas tráfico. Lo que era imposible conocer era qué ocurriría entre el principio y el fin, dónde iba a detenerme, por cuánto tiempo, en cuál de los escasos restaurantes, una noche, decidiría cenar —y resultó ser una antigua casa solariega restaurada en la que la madera crujía y unos aperos de labranza que ya nadie usaba colgaban de las paredes como signos de un tiempo acaso menos dócil o amable; y resultó ser un restaurante propicio a la consecución de intimidades distintas a las que genera una mente solitaria que cavila. Mis amigos dirán que siempre estoy con lo mismo: coches y carreteras, soledades y ayunos, chamanes y silencios. Pero no todo es exactamente así. Es verdad que en aquella ocasión almorcé solo y que eché de menos una conversación, los arrumacos de una sobremesa, un rostro frente a mí en el que enredar las volutas de humo, pensativas, de unos cigarrillos. Sin embargo, hubo otras ocasiones en aquella misma carretera, la Carretera de la Luz, en que la mencionada vivencia de la sobreiluminación tuvo lugar en compañía, o al menos en la esperanza de una compañía, que pasó inmediatamente a formar parte de la vivencia, de la carretera, de la luz y de mí mismo. No sé si me explico. Citas a ciegas. Espejismos frente a los portones de casonas no siempre abandonadas. Escenas de autostop. Algún paseo letárgico —tras dejar el coche escondido en el aparcamiento de una tasca— entre pedruscos hasta quedarme absorto en la contemplación de un labriego tumbado en un montículo, a la sombra, en merecido descanso tras su faena diaria. Así, nadie podrá decir que aquella carretera fue tan solo un recuerdo calcinado, una cinta transportadora de incontables horas perdidas de mi juventud, una de tantas grietas por la que huye el tiempo que se gasta tan rápido en un cuerpo prisionero de sí mismo. No: la Carretera de la Luz y sus delicias, que ahora, gracias a una improbable referencia al mirar unas fotografías, recupero, es un lugar de la isla en el que nada es lo que parece, en el que se entra y del que se sale siendo una persona distinta, en el que ocurren cosas que en ningún otro sitio ocurren y en el que se sabe dónde se está pero no para qué.

viernes, 12 de agosto de 2011

EL VASCÓLOGO

El eminente vascólogo argentino presiente la tormenta y sale al jardín de su casa en la colonia vestido con sus harapos habituales: un pantalón de chándal gastado, una camiseta sin mangas manchada de restos de comida y unas zapatillas de playa que no usó nunca en una playa. Los arbustos del jardín parecen haber crecido, en conjunto, un par de milímetros desde el día anterior, así que el vascólogo debe agacharse un poco más para llegar hasta la puerta.

En el instante mismo en que llega a la puerta, tras preguntarse si alguna de las gotas de lluvia que ha sentido caer sobre su calva contendrá un índice de contaminación superior al que las autoridades madrileñas reconocen, un coche abandona la colonia sin que la valla de acceso se haya abierto del todo. En el coche van, si su vista no le ha engañado, un hombre, una mujer y un perro.

El perro es el mismo que hace unos días se internó en el jardín del eminente vascólogo. Destrozó lo que tiempo atrás habían sido parterres con flores y ahora no era más que un revoltijo de plantas mal cuidadas que, sin embargo, el perro sinvergüenza no tenía derecho a destruir. El vascólogo decidió diseminar por el jardín unas pelotitas compuestas a partes iguales de un potente veneno y de una suculenta comida para perros. Hizo esto sin comunicárselo a nadie, pero, desde una de las ventanas de la casa, lo vio y presintió lo que hacía uno de sus inquilinos.

Los inquilinos son estudiantes a los que el vascólogo alquila una de las tres habitaciones libres de la casa. Las tres habitaciones se encuentran en la planta alta, están forradas de moqueta desde hace al menos veinte años y lo único que ha cambiado en ellas desde entonces son sus ocupantes. Las habitaciones conservan, por tanto, un olor entre rancio y nostálgico que un olfato refinado, como es acaso el del vascólogo, podría desmenuzar en los diferentes olores de los sucesivos estudiantes y de sus no menos sucesivos visitantes o amantes.

Los visitantes, y mucho menos los amantes, no están, en teoría, permitidos, pero el vascólogo consiente su presencia como un modo de adelgazar los muros de su soledad. El ir y venir que a partir de cada atardecer se instala en la destartalada casa funciona como una música de fondo que ameniza y hasta inspira las investigaciones fonológicas, sintácticas, semánticas que han sido para el vascólogo la actividad más importante de su vida. En las raras ocasiones en que las tres habitaciones han permanecido desocupadas el vascólogo sufre una contumaz apatía, deja de entender el sentido de los textos, no le encuentra interés ni siquiera a las más fascinantes aglutinaciones del eusquera. Después de un par de noches perdidas en ese triste silencio, en esa triste soledad, el vascólogo empieza a escuchar voces.

Las voces recuerdan o aglutinan las de varios de los más antiguos y a la vez longevos ocupantes de sus habitaciones: cuatro o cinco estudiantes que en aquella época estudiaban, algunos con provecho, carreras tan inocentes como la medicina, el derecho, la arquitectura. Con ellos vivió el vascólogo argentino sus años dorados. En aquella época conservaba aún su dentadura, una parte importante de su pelo, se cuidaba las uñas, practicaba un poco de gimnasia, comía siguiendo ciertas directrices que lo mantenían en forma. Era, en definitiva, una persona visible y hasta cierto punto distinguida. Los estudiantes lo invitaban alguna vez a las fiestas que montaban en sus cuartos. Y en un par de ocasiones, cuando el alcohol despejaba los más empecinados obstáculos, disfrutó de algún placer sexual que no por practicado ya en la definitiva obturación etílica dejó de resultarle grato y memorable.

Gratos y memorables eran también, sin duda, los cuatro o cinco estudiantes que, sin saberlo, involuntariamente, seguían acudiendo, por medio de sus voces, a la mente del vascólogo en las épocas en las que no había logrado ningún inquilino. Debe decirse que, dado que la colonia estaba muy cerca de la ciudad universitaria, eran muchas las visitas de estudiantes que buscaban una habitación para vivir durante el curso. Sin embargo, y a pesar de lo razonable del precio, la gran mayoría no encontraba seductores el desorden de los pasillos, el olor rancio y pegajoso de las habitaciones, los infinitos recortes de periódico distribuidos en las enormes mesas de madera del salón, la cocina en la que parecía haber caído un obús, los baños mohosos, el jardín descuidado e inquietante.

En el jardín, junto a la puerta de entrada, continuaba parado el eminente vascólogo sin decidir si quedarse a disfrutar de la lluvia refrescante de la tormenta de verano o si volver a sus oscuras prospecciones filológicas. Sabía que el perro iba a morir un día de estos, que sus dueños lo denunciarían, que la policía investigaría su jardín, que, por muy hondo que hubiera enterrado los cuerpos, algún brazo brotaría de pronto como una flor nauseabunda, que detrás de ese brazo vendría un cuerpo entero y detrás de ese cuerpo todos los demás, cada uno de los cuerpos deseados y amados —pero, ay, nunca poseídos— de los estudiantes desaparecidos en extrañas circunstancias. Sabía todo esto, pero no podía permitir que aquel perro sinvergüenza le destrozara el jardín.