sábado, 31 de julio de 2010

EL HIPNÓFILO

El hipnófilo va circulando por los pasillos vestido únicamente con una toalla en la cintura. Se detiene en la puerta de cada una de las habitacioncitas donde duermen más o menos confiadamente sobre sucios colchones hombres de todas las edades. Con la mano apoyada en el marco de la puerta, parece velar el sueño de cada uno de ellos: así lo indica el rictus de arrobamiento y de concentración que aflora siempre en su cara. Sin embargo, lo que hace no es velar, sino adorar. En algunos umbrales se detiene algo más. Es en ellos donde se recrea. Recorre entonces el cuerpo inerme con ojos desorbitados, pasea su mirada por los pliegues, por la forma en que las piernas inauguran la línea sinuosa que acabará en la cabeza. Adorables cuerpos dormidos boca arriba, de lado, boca abajo. Cuerpos que susurran como si atravesaran un bosque, cuerpos que rugen como si lucharan contra gladiadores o dragones, cuerpos que silban como si flotaran en lo alto del mástil de un galeón, cuerpos silenciosos como si se estuvieran adentrando en galaxias desconocidas. El hipnófilo suda. Contiene la respiración. Quisiera dar el paso que lo separa del cuerpo doblegado a su alcance, pero no se atreve. Él no es el ángel exterminador. Despertarlo sería destruirlo. Acariciarlo sería maltratarlo. Ese cuerpo que duerme desnudo boca arriba mientras ostenta sus imponentes atributos. Ese otro que duerme desnudo boca abajo apuntando al hipnófilo con sus nalgas de estatua. Ese tercero que lo esconde todo mientras duerme no porque enseñarlo sea vergonzante sino porque desconoce incluso el poder que contiene lo que oculta. A nadie molesta el hipnófilo porque a nadie toca y porque ninguno de sus objetos de deseo, salvo los que fingen dormir, tramposos, percibe sus miradas, nota su aliento desatado, el sudor que cae por su piel. No se siente nunca rechazado, pero tampoco deseado. Puede mirar hasta la saciedad sin ser mirado, y no del modo furtivo en que un voyeur tiene que esconderse para observar, sino abierta y hasta inocentemente. Su delicia es el cuerpo tumbado y casi desposeído de sí, el cuerpo que ha entrado en otra vida que no es aún la muerte pero que se le parece: la vida misteriosa del sueño. Su mayor enemigo es el insomnio, pero puede decirse (o él lo cree así) que ha logrado vencerlo, pues todo el mundo parece dormir menos precisamente él. Y, en efecto, se diría que el hipnófilo es el insomne perfecto, pues prefiere siempre ver dormir a los demás antes que dormir él mismo.

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