martes, 13 de julio de 2010

PARA UN POSIBLE PORQUÉ DE LAS PALABRAS SIN PORQUÉ (FRAGMENTO DE POÉTICA)

En algunos momentos la vida ha parecido condensarse. Había palabras que surcaban, como extraviadas, los vericuetos de mi propio cuerpo; creí mi deber capturarlas y reunirlas en forma de poema. Apenas he aprendido a hacer otra cosa. Cuando era niño mis padres me apuntaron en un club de tenis, aunque nunca logré desarrollar un juego demasiado ortodoxo (me empeñaba en introducir mis propios golpes, en aplicar mi propio estilo heterodoxo, con consecuencias en general catastróficas a la hora de los partidos). Contemplando un día una de las montañas que rodeaban el club tuve –acaso fue la primera vez— la extraña sensación de que debía alejarme, no físicamente, sino interiormente, de lo que veía, si quería verlo con más intensidad. No escribí entonces un poema, pero es casi como si la poesía se me hubiera revelado en ese instante. Decir lo que veía atravesándolo con mi propio cuerpo hecho de palabras. O dejar que lo que veía atravesara mi propio cuerpo en forma de palabras. O ver lo que decía transformado en palabras que eran mi propio cuerpo. O estar en donde no estaba como si no estuviera en donde estaba. Claro que todo se hizo después más complejo, o más simple. Hubo muertes. Hubo viajes. Hubo regresos. Hubo cuerpos que no eran el mío pero que se acercaban o alejaban sin que el espacio que nos separaba o unía dejara nunca de ser un abismo de dolor o de dicha. Hubo lecturas que hacían transpirar mi cuerpo, playas en las que me bañé como refugiándome de un sol aterrador, ciudades y paisajes frente a los que aposté mi rostro buscándole un sentido necesariamente ilusorio. Las palabras cayeron alguna vez con la extática mansedumbre de unos copos de nieve en una tarde sin viento; y otras veces estallaron contra paredes manchadas de vómitos, pústulas de un cuerpo herido (de sed, de desamor, de tiempo). Lo que supe siempre es que, si contenían alguna verdad, lo era tan sólo del instante en que nacían; y que si esa frágil verdad podía algún día serlo también para otros era porque, a pesar de todo, una corriente invisible recorre algunas almas a través del espacio y el tiempo. Diré más: hubiera preferido estar todo el tiempo bajo la férula de un placer abrasador antes que preso en la celda tenebrosa de las palabras. Alguna vez, de hecho, la plenitud de una vida luminosa, de alguna revelación arrancada a la grisura del tiempo como el sueño del más vivo mediodía logró liberarme de las palabras. Así que, si tuviéramos que encontrarle un nombre a lo que estas han sido casi siempre, el más acertado sería tal vez el de un rastro inconexo del desamparo y de la soledad, de los días desprovistos de luz que, sin embargo, no se resignaban a su ausencia y la buscaban una y otra vez en el pálido resplandor de las palabras.

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