martes, 5 de mayo de 2015
SOLO LA PUNTA (O LAS PROFECÍAS DEL LORO CORINO)
Cuando
el perfumista, que se (semi) había curtido odorizando a contrapelo las moquetas de algún que otro vetusto inmueble del antiguo barrio de los hoteles, le preguntó al ornitólogo el nombre de aquel pájaro –un
simple loro enjaulado que en la tenebrosa trastienda de la peluquería clamaba o reclamaba cada dos por tres: “Solo la punta”, “Solo la punta”, “Sooooolo la puntaaaaaa”–,
la ciudad aún no tremolaba (aún no había amanecido). Lo haría poco más tarde, “con el arrebol preñado
de horizonte”, como podía leerse en el último libro publicado por la exbailarina (El año que viví en el castillo de Naipes: un prometedor libro de poemas-goma cuya principal virtud consistía en que, una
vez leído uno de los tales, se borraba inmediatamente el leído con anterioridad,
lo que, en la florida presentación del volumen, la autora, en una prodigiosa pirouette verbal, había relacionado con
la capacidad “amnésica, genésica y sinestésica” –sic– de la poesía). Lo que el
loro ocultaba (el loro se llamaba, y este era y fue siempre todo el intríngulis
del asunto, Corino) o, más bien, lo que el loro no había aprendido a pronunciar
eran las eses implosivas que, como todo el mundo sabe, en las hablas canarias se
pronuncian levemente aspiradas, por lo que lo que el (por el que lo que el) loro
quería en realidad decir era: “Solo las puntas, solo las puntas”, esa razonable
petición que tantas veces había escuchado desde su pavorosa trastienda a los parcos
clientes que reclamaban sobriedad en el corte a la Parca, como se conocía a Engracio, el peluquero
del barrio. Quizás si el perfumista de marras no se (semi) hubiera tanto curtido odorizando las cochambrosas alfombras de los antaño palacetes, quizá si usted, lector (oh ingenuo, oh cándido, oh mon semblable, oh mi hermano), estuviera menos atento a las sucesivas vocales que en este texto espejean entre gigantescas consonantes
que, como acantilados titánicos o pérfidos promontorios, amenazan con
desplomarse ahora mismo sobre usted (oh ingenuo, oh cándido, oh mon semblable, oh mi hermano); quizá si el ornitólogo hubiese aquel día preferido un corte de pelo mucho
más estofado, al estilo de aquel acrobático periodista que pisoteaba el idioma
como los antiguos lugareños pisoteaban las uvas para obtener un mosto más que dudoso;
quizá, digo. Pero lo cierto es que el ajetreado cambalache que se traían aquella
mañana entre manos, las prolíficas escorrentías de la gran perorata que estaban
llamados a regalarle al mundo no permitían el más mínimo desvío. “Da igual el
nombre del loro, lo que importa aquí son las puntas”, le dijo al perfumista el ornitólogo. Y
fue así como, después de aquel amanecer amnésico, genésico y sinestésico (sic),
los pintalabios de todos los adioses, las pasamanerías de todos los abrazos, los
correquetepillo de todos los tejemanejes saltaron a la palestra y dijeron:
pies-para-qué-os-quiero, aunque el loro Corino, obtuso, se empeñara en escuchar
–y en repetir: “pies, parque, os ostio”, casi un haikú si no fuera por dos o
tres sílabas de menos (dos o tres sílabas de nada). El capellán (¿quién es el capellán?), a todas estas, ni a pelo, ni a la pela ni a
capella. Es decir: mutis mutandis, mutis por el forro, mutilación o génesis. Lo
que, escuchado por el loro, en uno de sus tantos desvaríos, se transformó más tarde en: “Mustio de gente”, que era ni más
ni menos como andaba el negocio de la Parca (ya saben a quién me refiero). Si a
estas alturas, corazones, no han adivinado el hilo argumental de esta historia, puro
devaneo, sería preferible que no siguieran devanándose los sesos. Dentro de
unos años, cuando sus nietos youtubers les pregunten cómo era la vida en estas grises
estribaciones del final del milenio, podrían ustedes ofrecerles un pálido resumen
(para qué complicarse más) que rezara: “Todo giraba en torno a un loro que se comía letras y sílabas”. Sus nietos, ávidos consumidores de pornografía soft y
nanoplastilina, lerdos nerds de prominentes pedipalpos, se imaginarán a un periquito
de fina boquilla que deglutía trocitos de manzana y de fresa con formas de aes,
enes o zetas. Este es todo el sentido de la consumación de los tiempos. Y, si
no, consúltenle a la lánguida benefactora de todas las artes, la indescriptible
y no por ello menos célebre neoescritora experta en microhurtos y carnestolendas, la
irradiante y sinuosa exmís dotada de un inigualable poder para la escritura de
novelas de intriga pop que en aquellos días, minuciosa y voraz, minimizada
quizás por otros nombres estelares, caricaturizada no sin cierta gracia en una de sus crónicas por el
periodista que atrapaba las moscas al vuelo, se paseaba grácil y sin par (sin pareja ni aparejo) por
entre los bambúes que circundan la más impúdica y ponzoñosa de todas nuestras
piscinas públicas. Allí (y esto no se lo cuenten ni siquiera a sus esposas, a
sus tigres o a sus masajistas) se desató un combate desigual entre la
almibarada catequista de los fulares vívidos y nuestra destacada nanoescritora.
Dicen que debatieron, que se distendieron, que disfrutaron, que disimularon,
que se distinguieron mutuamente con distinguidas distinciones. Dicen. Yo lo
único que sé es que el alcuzcuz les hizo decir: “Fos, puf”. (Esto el loro ni
siquiera lo oyó.) Sus labiodentales no eran demasiado refinadas, les faltaban
grasa, aceite, pez. Sus bilabiales rechinaban, sus bivalvas sangraban, fos. En fin,
un auténtico desastre. Los organizadores anunciaron por la megafonía el final
de todos los debates. Vierais allí a los ponentes engullir la última croqueta justo
antes de detenerse en la sílaba que iba a darle cuerda al mundo. Vierais a los
conferenciantes estremecerse en medio del hálito en medio del cual la sílaba
dorada en medio de la cual nace la mandorla iba a rescatar la esencia sagrada de lo que la vida ya nunca podría
llegar a ser. En todo aquel trajín, o en toda aquella desastrada comitiva, no
había nadie comparable al coleccionista de pócimas de amor. Era este señor una especie
de hipogrifo montado en un columpio al que vitoreaban los televidentes (pues todo
aquel sarao se teletransmitía) cada vez que pronunciaba la palabra “amor”. “El amor
es para mí la más apasionante de las cosas” (vítores). “Considero que el amor
es como navegar: unas veces se llega a buen puerto y otras se naufraga”
(vítores). Y así, de vítor en vítor (y vítor porque nos toca), la cosa se
desmelenaba y propendía, entre tanto amor, a la indecencia. Todos se amaban: el
catequista amaba al ornitólogo y la nanoescritora amaba al perfumista; los
conferenciantes amaban a las amapolas y las odaliscas amaban a los peluqueros.
Todos se amaban los unos a los otros. Decir chacho era tan chachi y decir
chacha no era chungo. Nunca se vio tanto chorvo junto y nunca tanta chorva fue
tan chusca y fue tan chévere. No piensen que había allí palabrería o chusma alguna.
Nunca la excelsitud de la palabra hablada, nunca la revelación del ser por el
lenguaje cobró tanta importancia como en aquellos señeros días de la historia
de nuestra ciudad. Se había encargado a un loro transmitir la lengua de los
dioses. Si decía “Para mí que no”, los altavoces proclamaban, tintineantes: “Creo que nunca perfumó el todopoderoso con tanto tino los matices de la brisa”. Si el loro repetía “Donde digo digo digo
Diego”, la megafonía anunciaba que “donde hay peligro florece lo que salva” (Hölderlin).
Fueron tantas las palabras que pasaron de mano en mano, tantas las palabras que
se inventaron y se transmitieron, tantas las mentes que quedaron iluminadas
para siempre desde aquellas memorables jornadas, que quienes no las recuerdan
son una panda de singuangos, de mamelucos y de memos. Oh gelatinosas mañanas
del siemprevivir y de la nuncamuerte, oh sutiles engranajes del hazmerreír y
del hazmemearme. “Solo la punta”, repetía el loro Corino, “solo la punta”.
martes, 21 de abril de 2015
EN LAS PARTES TRASERAS DE LAS GUAGUAS
En las partes traseras de las guaguas, a veces, se adueña de
nosotros, como en algunas, ya olvidadas, antiguas tardes sin deseo, un extraño
adormecimiento semejante a una agudeza, a un refinamiento que lo es más de la
capacidad para imbuirse de lo que Milton habría llamado la “belleza moral”
antes que de cualquier vulgar pasión por las gracias corporales, sean estas del
signo o de la intensidad que sean. Lo que se apodera de nosotros, a veces, en
las partes traseras de las guaguas, mientras un atardecer aminorado por todas
las gradaciones de un gris polvoriento, o incluso del polvo en su más sólida
presencia, es decir, como humo, como polución engastada en las fosas nasales,
como toxicidad propulsada por motores que arrancan, aceleran, frenan, se
detienen e inoculan directamente en los pulmones la malsana raíz de todos los
venenos; lo que se apodera de nosotros, protegidos por un tiempo en las partes
traseras de las guaguas, defendidos por los altos, rotundos ventanales que
nos brindan la contemplación de la promiscuidad del gentío es una especie de
sórdida desmesura de nuestra visión agazapada. O, dicho de un modo, si no más
claro, sí al menos más sensato: vemos, y no hay en esos momentos otra
posibilidad sino la de ver lo que transcurre a nuestro alrededor, alrededor de
esas carreras municipales de guaguas que circulan por los carriles bus de un
modo más sistemático, más fluido y menos rocambolesco que cuando nos trasladamos
en taxi, vemos a nuestro alrededor un reguilete de caras, caras que se suceden,
caras que se paran, que se miran, se asombran, se contraen y se disgregan, caras
que casi nunca se vuelven para mirarnos porque allá al fondo, en las partes
traseras de las guaguas, somos casi invisibles y porque esas caras están
entregadas al comercio casi siempre expansivo, aunque a veces discreto, con otras
caras que las solicitan, las buscan, les reclaman atención –aun cuando toda la atención
que esas caras prestan a otras caras está contaminada por la atención que
prestan a otras muchas caras distintas o a cualquier otro estímulo de los
millares que a esa hora del atardecer pueblan la vía principal por la que
circula la guagua en cuyas partes traseras, agazapados, viajamos. Reparamos
entonces en que los gruesos ventanales que nos separan del gentío impiden
también que escuchemos sus voces, que imaginamos estentóreas pero que con
frecuencia no hay ni siquiera necesidad de imaginar. Es en esos momentos, cuando los
individuos que se desenvuelven en el interior de la maraña hablan o gritan,
como es su costumbre de ciudadanos de un barrio popular de saludable o tensa
mezcla de culturas, cuando nuestra extraña atención paradójicamente superdotada
en esas precisas ocasiones y más comparable a un adormecimiento que nos
desprendiera por completo de lo que tendría que ser en condiciones normales
nuestra dispersa atención a esas caras efímeras que se van desplazando frente a
nosotros, es entonces, decíamos, cuando nuestra atención hipertrofiada nos regala
la visión de lo que no puede ya llamarse con el nombre de caras. Estamos aquí casi siempre cerca del milagro, un milagro que
suele producirse a la mitad de la carrera, cuando vamos atravesando la avenida cuyo
final o desembocadura en la rotonda aparece como nuestro destino y como la conclusión,
por tanto, de nuestro breve trayecto. Es en ese momento cuando, de pronto, las
caras se convierten en rostros. Y de cada uno de esos rostros se desprende una
verdad que es suya en ese preciso instante en que, contemplado por nosotros,
extraído de su, por decirlo así, abotargamiento y borradura, incluso, a veces,
por qué no decirlo, de su hosquedad o su inmundicia, el rostro se revela y se
dice. Somos entonces los Piero della Francesca de la Avenida de Bravo Murillo,
los Dreyer del barrio de Tetuán, los Francesca Woodman de la Glorieta de Cuatro
Caminos. Aislamos por un segundo los matices de una mueca, las ondulaciones
como de partitura de arrugas en una frente marchita, el brillo turbio de unos
ojos inclinados hacia el suelo, la tensa curvatura de una nariz que se cree aún
poseedora de un porte principesco. Cada rasgo se revela desde una hondura que
nos sorprende sobre todo al darnos cuenta de que coincide con su más adherente
superficie. Si, a pesar de los gruesos ventanales que nos separan de ellos,
pudiéramos extender la mano y rozar por un instante esos rostros cremosos, finos,
esterilizados, extáticos, no nos sorprendería sentir que apenas se distinguen
sus respectivas pieles, que todos los poros saben a lo mismo y desprenden el
mismo tibio calor de piel sorprendida en el preciso momento de desvanecerse y
transformarse en lo que toda piel recubre, es decir, en la más minuciosa y
recóndita nada. Porque ellos no nos ven, los vemos. Porque no asisten a nuestra
promiscuidad en las partes traseras de las guaguas, a las confabulaciones
metódicas con los viajeros que celebran sus aciertos en no se sabe qué ínfimos
premios de bingos o tómbolas benéficas, a las lecturas concentradas de libros
de poemas junto a libros de poemas –cada libro de poemas encajado en unas manos
distintas que serían incapaces de intercambiar sus palabras–, a las toses cancerosas
de viajeros que se pudren en las partes traseras de las guaguas sin que los
demás viajeros de las partes traseras de las guaguas sientan el más mínimo
reducto de asombro o de piedad, a todos esos devaneos de la promiscuidad en los
solitarios asientos de las partes traseras de las guaguas. Porque ellos están
fuera, en la realidad de lo que se deshace y se desmiente, y nosotros los
miramos desde dentro, desde la irrealidad de lo que se construye y se ceba sin
cesar: por eso los vemos y para eso existen. Los enfocamos, infalibles, y caen
víctimas de nuestras miradas impúdicas, presas de nuestras telarañas
codiciosas, sin que haya, sin embargo, el más mínimo asomo de deseo o
voluptuosidad en nosotros: no los miramos para poseerlos, sino que los poseemos
porque los miramos. No nos importa su antes o después, su pureza o su
insalubridad, su palidez o su tintura, su equilibrio o su inestabilidad, su recogimiento o su impudor: sólo nos importa ese instante de desnudez y de
asombro, la sensación de haber descubierto lo que nunca debió haber sido visto,
el preciso momento en que una cara cualquiera se convierte en un rostro marcado
para siempre por una mirada que lo sostuvo en su vulnerable fluir. Porque, en
las partes traseras de las guaguas, fluyen ellos y fluimos nosotros, unos a una
velocidad y otros a otra, unos en una mezcolanza distinta de la otra, pero es
tal la distancia que nos separa, tal el abismo que se abre a través de los
grandes ventanales de las guaguas, que hemos estado para siempre a punto de no
encontrarnos nunca. Saber esto es parte de ese casi milagro en que consiste
esta verdad poblada de inverosímiles sombras. Somos los lugartenientes de la
irrealidad. Sostenemos, desde las partes traseras de las guaguas, acorazados
contra todo deslumbramiento, impertérritos en la vanidad de lo que no es
fácilmente comprensible, las piezas cobradas de nuestra invisibilidad, de
nuestra pertinaz y recia desdicha. Porque si por algo descubrimos ahora, en algunas
de estas tardes de la fase final de nuestras vidas, tan lejanas ya de aquellas otras, casi olvidadas tardes sin deseo, en las partes traseras de
las guaguas, esa complicidad con unos rostros que no son los que esperábamos
haber tenido ante los ojos, unos rostros que no nos acompañan ni nos necesitan,
que no se vuelven hacia nosotros, que no nos dirigirían nunca la palabra, esos
rostros que solo permanecen un cuarto de segundo en la serenidad de un dibujo
que enseguida se deshace, a medida que la guagua circula, a medida que el
tiempo se desplaza y nosotros nos envolvemos en una y otra capa de fracturas
interpuestas, si por algo se deshace nuestro rostro en algún lugar muy lejos de
nosotros a la vez que cada uno de esos rostros de afuera sobrenada su propia
realidad para decirse y abrirse y confiarse a nosotros, es justamente porque un
día, o muchos días, en todo caso un día o muchos días que ya hemos casi olvidado, se
nos volcó la vida, se nos derrumbó la gracia, se nos desplomó el aire y se nos
desvanecieron, por así decirlo, todas las cosas. Entonces comenzó otra
historia, quizá no menos real que la anterior, una historia de paralizaciones
y almidonamientos, de perplejidades y renuncias, una historia sin fechas y sin
nombres, sin caras y sin paisajes, una historia que, sin embargo, nos compensa a
veces con la inseguridad de todo lo que hacemos y nos dota con extrañas capacidades
como esta de ver a través de los rostros. Eso es todo. Vemos a través de los
rostros porque no nos vemos ya a nosotros mismos. Nos hemos vaciado de todo lo
que nos constituía y nuestra transparencia nos permite volver transparentes a
todos aquellos con quienes nos cruzamos. Es verdad que esto ocurre sólo en
condiciones precisas y en lugares específicos como son, sobre todo al
atardecer, las partes traseras de las guaguas. Hay que permanecer, además,
relativamente quieto en el asiento, atento sin exageración, dejando que la
mirada se desplace por los alféizares sucios de los pisos, por los balcones acristalados, por los letreros
comerciales situados en los entresuelos, sobre todo por los de aquellos
negocios que dejaron de existir hace tiempo y, sin embargo, insisten de algún
modo en permanecer allí, como ocurre con
nosotros, con nuestros ojos vacíos, con las órbitas despobladas que son capaces
de ver lo que se esconde detrás de las paradas del aire.
sábado, 11 de abril de 2015
EL SUEÑO DEL PISO
El sueño del piso comienza con unos malabarismos en los que
participan una batidora de vaso, unas bolsas de la compra, un calefactor
eléctrico y las sombras de unas sábanas en la pared frente al balcón; es decir,
todo aquello que debe ser cambiado de sitio para que el sueño del piso sea
escrito —y comience— en medio de un equilibrio casi igual de frágil al que había
antes de que naciera. (El último elemento, las sombras de unas sábanas en una
pared frente a un balcón, se cuela casi siempre, recurrente, en sueños y
poemas, como si aprovechara cualquier resquicio de una retina pasmada para
incorporarse, sombra entre sombras, a la turbamulta de las imágenes.) El sueño
del piso comienza donde digo y comienza también en una cama destartalada cubierta
la noche del sueño por un edredón multicolor, una manta verde oliva y unas
sábanas de franela color salmón; debajo de toda esta mezcolanza de colores
duerme un cuerpo que en algún momento indeterminado de la noche sueña el sueño del
piso. El sueño del piso no significa otra cosa más que el deseo de incorporar
una luz remota, apenas dilucidada, indefinida y prodigiosa a la luz deshilachada,
pálida y pesarosa que se inscribe sin remedio, desde hace ya muchos meses, en
los sueños sin aventuras del cuerpo que sueña en la cama destartalada triplemente
cubierta; un deseo que, logrado o insatisfecho, conseguido una vez y frustrado
para siempre, mantiene, gracias al sueño del piso, su irradiación de desmesura.
El sueño del piso es un camposanto de tropelías, un carcaj de deslumbramientos,
una pasarela de tribulaciones y un agujero de infamias. En el sueño del piso el
individuo que sueña aparece transformado en el inquilino, huésped o visitante
de un piso situado en la undécima planta de un rascacielos rodeado por avenidas
sin terminar, plazas sin árboles, polideportivos sin estrenar y jardines
cenicientos. El sueño del piso corrige todo aquello que la vida ha soñado para
sí misma, lo compromete, lo rectifica, lo prostituye y lo pulveriza. No es solo
que el sueño del piso rectifique todo aquello que fuera de él, es decir, en los
intersticios entre un sueño y otro, se perfila como soñado desde la irrealidad
de lo vivido, sino que dentro de sí mismo, en su propio transcurso
deshilvanado, en sus arremetidas contra las mismas imágenes que va generando,
el sueño del piso se rectifica a sí mismo, es como un cuerpo mutante, quizá la
proyección atribulada de otro cuerpo mutante que sueña estar soñando en ese
instante —en esos instantes que otros instantes desdibujan— el sueño del piso.
El sueño del piso posee un recubrimiento impermeable a las filtraciones de
cualquier otro sueño: no hay ninguna posibilidad de que sus imágenes se
confundan con las de los otros muchos sueños soñados esa misma noche por el
individuo que yace sumergido en un mar de edredones, de mantas y de sábanas de
arena. El sueño del piso es un diamante que brilla en la soledad de la memoria
cuando el resto de los recuerdos, el resto de los sueños, ha sido borrado. En
este sueño, en el sueño del piso, hay, además del individuo cuyo modelo o
patrón constituye el durmiente que sueña, otro individuo, de sexo indefinido,
es decir, de sexo no pertinente, que lo acompaña a lo largo de todas las
habitaciones del piso —que, sin ser infinitas, son muy numerosas— en un viaje
que concluye con la expulsión del inquilino, huésped o visitante por medio de
un ascensor-tobogán, es decir, un ascensor que circula en un plano inclinado y
al aire libre a lo largo de uno de los costados del rascacielos y que deposita
a los viajeros directamente en el jardín arenoso que sirve de entrada. El sueño
del piso concluye aquí, con esta vertiginosa expulsión cuyos motivos no llegan
nunca a conocerse y cuya fuerza visionaria, sensorial y emocional arrasa con
casi todas las demás imágenes del sueño, es decir, con lo que había ocurrido en
cada una de las visitas a las habitaciones del piso. El sueño del piso es, por
tanto, una farsa que oculta su propio relato, una invención del vértigo para
desdibujar la fábula de un piso prodigioso cuya descripción habrá de contener una serie de elementos fácilmente imaginables por todo aquel que
haya habitado o visitado un piso de lujo en uno de esos rascacielos que
proliferan en nuestras grandes ciudades. El sueño del piso es un sueño de
expulsión y de retorno, una catarata de reverberaciones, un proceso de
oblicuidades y entretelas, un torrente de increíbles sensaciones, una verborrea
de desprendimientos y ocultaciones. Todo en el sueño del piso conduce a la
conclusión de que allá arriba, en la planta undécima del rascacielos, se estaba
mejor que aquí abajo, en el territorio del exilio y de la arena. Allá arriba
los horizontes eran amplios y cada ventanal daba a uno distinto; la luz que desprendía cada uno de los muebles incidía consoladora en las miradas insaciables; las
posturas eran siempre excitantes y generaban nuevas posturas aún más excitantes,
y así sucesivamente; el descubrimiento de cada habitación se producía tras
haber experimentado un éxtasis distinto a cualquier otro en la habitación que
se dejaba atrás, un éxtasis que no era ni sexual ni espiritual, ni intelectual
ni sensorial, ni carnal ni religioso, sino todo esto junto y a la vez. El sueño
del piso implica la idea de la gran separación, del perjuicio originario e inexplicable
que es otorgado aquel que pasa distraído de una habitación a otra sin la más
mínima conciencia de que va a ser expulsado de todas ellas, del piso y de su
divino o divina habitante, de todo lo que podía consolarlo y bendecirlo,
hechizarlo y maravillarlo, por medio de un vertiginoso ascensor-tobogán del que
no es posible escapar. El sueño del piso nos habla de la irrelevancia de todo
sueño y de la imposible erección de cualquier morada perdurable. Y justamente
por ello, porque el sueño del piso describe el derrumbe —o desmoronamiento— de
todo lo perseguido afanosa y esperanzadamente, nos concede, por su mera
existencia, una tregua en medio del desamparo: ha sido soñado y fuimos
inquilinos, huéspedes o visitantes de ese piso en el que no existía la
desgracia; el ascensor-tobogán nos expulsó de él, pero, mientras bajábamos
propulsados al encuentro de la nada, los ventanales, las lámparas, los armarios
y las mecedoras, y sobre todo el cuerpo fascinante que entre ellos se movía, brillaban
todavía por un instante en nuestra mente.
jueves, 19 de marzo de 2015
EL LETARGO
Han pasado muchos años.
Siente que quiere volver a escribir, pero tiene miedo de hacerlo.
Teme no acordarse ya de cómo se escribe.
Lo que en otra época, cuando escribía, le mandaba señales, le hablaba, aun desde la distancia, o correspondía de algún modo a su mirada, ahora no le dice nada o apenas si brilla. Pasa junto a las cosas y ni siquiera las siente.
Sin embargo, tiene miedo de que una mera ráfaga, un simple cruce de calles, el brillo de una ventana tras la que asoma el cuerpo reclinado de alguien, lo despierte de su largo letargo de incomunicación y silencio.
¿Puede volver a escribir en estas condiciones?
Siente que querría hacerlo, pero se resiste.
No sabe si se resiste por miedo a no saber ya o por miedo a volver a saber.
Conoce mejor los entramados, pero todo es mucho más evanescente.
Los rostros se disuelven uno tras otro en su palidez de desmemoria.
Las siluetas, desenfrenadas, no soportan más que cuerpos en permanente retirada.
Los jardines son sumideros por los que la noche evacua todos estos rostros, todos estos cuerpos.
Salir a escribir en estas condiciones no serviría ni siquiera para erradicar la apatía.
En las esquinas, en las fluctuantes aceras, siente la supresión de sí mismo como un paso que lo aboca a escribir aunque solo sea una frase final de despedida.
Pero no es fácil retirarse. O, al menos, saber cuál es el momento justo para hacerlo.
En eso se parecen retirarse y escribir: en que no es fácil saber el momento adecuado para hacerlo.
Porque en cualquier momento podría ser mejor practicar lo contrario.
Pero cómo saber si en ese preciso instante no era mejor escribir o marcharse. Con lo fácil que parece: un paso, una frase, un traspiés y ya está hecho.
Después de muchos años, sentía que tenía que volver a escribir.
Escribir sin recordar que alguna vez escribió.
O escribir para olvidar que alguna vez escribió.
Nunca se preguntó si entonces, aquel día en que escribió por primera vez, no hubiera sido mejor no hacerlo.
Tampoco se lo preguntaría ahora.
Lo que sí haría era esperar, detenerse el tiempo que hiciera falta por si en algún momento sentía que, a pesar de su intenso deseo de volver a escribir, era mejor no hacerlo.
En esa paciencia, se dijo, residía la clave de todo.
Siente que quiere volver a escribir, pero tiene miedo de hacerlo.
Teme no acordarse ya de cómo se escribe.
Lo que en otra época, cuando escribía, le mandaba señales, le hablaba, aun desde la distancia, o correspondía de algún modo a su mirada, ahora no le dice nada o apenas si brilla. Pasa junto a las cosas y ni siquiera las siente.
Sin embargo, tiene miedo de que una mera ráfaga, un simple cruce de calles, el brillo de una ventana tras la que asoma el cuerpo reclinado de alguien, lo despierte de su largo letargo de incomunicación y silencio.
¿Puede volver a escribir en estas condiciones?
Siente que querría hacerlo, pero se resiste.
No sabe si se resiste por miedo a no saber ya o por miedo a volver a saber.
Conoce mejor los entramados, pero todo es mucho más evanescente.
Los rostros se disuelven uno tras otro en su palidez de desmemoria.
Las siluetas, desenfrenadas, no soportan más que cuerpos en permanente retirada.
Los jardines son sumideros por los que la noche evacua todos estos rostros, todos estos cuerpos.
Salir a escribir en estas condiciones no serviría ni siquiera para erradicar la apatía.
En las esquinas, en las fluctuantes aceras, siente la supresión de sí mismo como un paso que lo aboca a escribir aunque solo sea una frase final de despedida.
Pero no es fácil retirarse. O, al menos, saber cuál es el momento justo para hacerlo.
En eso se parecen retirarse y escribir: en que no es fácil saber el momento adecuado para hacerlo.
Porque en cualquier momento podría ser mejor practicar lo contrario.
Pero cómo saber si en ese preciso instante no era mejor escribir o marcharse. Con lo fácil que parece: un paso, una frase, un traspiés y ya está hecho.
Después de muchos años, sentía que tenía que volver a escribir.
Escribir sin recordar que alguna vez escribió.
O escribir para olvidar que alguna vez escribió.
Nunca se preguntó si entonces, aquel día en que escribió por primera vez, no hubiera sido mejor no hacerlo.
Tampoco se lo preguntaría ahora.
Lo que sí haría era esperar, detenerse el tiempo que hiciera falta por si en algún momento sentía que, a pesar de su intenso deseo de volver a escribir, era mejor no hacerlo.
En esa paciencia, se dijo, residía la clave de todo.
martes, 10 de marzo de 2015
COMO UNA MARCA DE AGUA
No se sintió nunca más entrañadamente poeta que durante aquellas semanas en que no escribió nada.
Entrañadamente, se dijo, no entrañablemente. Pues quizá en lo que iba de una partícula a otra, de lo entrañado a lo entrañable, residía el misterio de la poesía.
Fueron unas semanas en las que se limitó a vivir por fuera de su propia existencia.
No es que se viera vivir, ni que se oyera vivir, ni que tocara desde fuera su vida --como se ve o se oye o se toca el cuerpo de los otros, de quienes no somos nosotros--, sino que se, de algún modo, respiraba vivir.
Respiraba y lo que entraba en su cuerpo no era el aire: era su propia vida.
Se, eso es, respiraba vivir.
Y aquella vida no tenía consistencia, había perdido toda forma, toda memoria, toda, incluso, semejanza con lo que debía o podía haber sido su vida.
Precisamente por eso podía respirarla.
Vivía en un borde que no era ya el borde de otras épocas, no era un borde imaginado ni dicho ni deseado ni mixtificado por ningún delirio o elucubración desgajados de vaciedad o impostura algunas.
Era un borde real. Podía llegar hasta el borde de aquel borde. Y hubiera podido caer desde él hasta donde no había nada para amortiguar la caída.
Y, sin embargo, sentía que el borde mismo lo retenía.
Era, como aquella casa enterrada en la arena, un borde que lo tenía atrapado y del que no sabía si deseaba escapar.
¿Había amado como no lo había hecho nunca?
¿Se debía toda aquella sensación de irrealidad intensamente real a la tenacidad de una dicha que no debió sentir nunca?
Si hubiera albergado algún deseo, hubiera sido el de permanecer apartado.
Apartado, en silencio, en la mejor postura y disposición para escucharse respirar vivir.
Pero todo deseo había sido arrasado.
A veces, y del modo más errático, regresaban retazos de lo que había vivido antes de aquellas semanas. No se reconocía. No estaba acostumbrado a tanta plenitud. Se decía que era otro, que eran de otro aquellos recuerdos, que no podía ser él quien había sentido aquella felicidad sin límites.
¿Pero quién sino él iba a ser?
Y lo extraño es que entre aquellas semanas que recordaba grandiosas y estas otras que tan insignificantes le parecían no habían mediado más que unas pocas palabras dulces, casi un susurro dicho por teléfono.
La ruptura había sido lo que posiblemente es siempre toda ruptura: un paso entre el ser y el no ser.
Pero en ese paso había algo, era eso quizá lo que estaba ocurriendo, algo que no se había desprendido del todo del instante anterior a darlo y algo que aún no había alcanzado el instante posterior a darlo.
Vivía en ese intersticio aunque debía estar viviendo ya después de él.
¿Se había quedado una parte suya atrapada en esa grieta, mientras que otra, la parte presuntamente consciente, o conocida, de sí mismo, había tenido que salir de esa hendidura para seguir adelante?
No se sentía perdido. Estaba en el centro de su propia inestabilidad.
Ni siquiera se imaginaba que algún día pudiera dejar de estar ahí.
Como una marca de agua, su vida se transparentaba en lo que quedaba de su vida. Lo que quedaba no tenía para él más valor que el de seguir reflejando, allá en el fondo, un resplandor que se había apagado mucho tiempo atrás.
Había regularizado sus ritmos de vida y le parecía que se conducía ahora como un auténtico salvaje.
Hubiera estado dispuesto a hacer cualquier cosa y, sin embargo, no hacía nada.
No había nada que hacer.
Podía permanecer durante horas sentado en la misma postura.
Otras veces, cualquier chasquido lo sobresaltaba.
No le habló a nadie de lo que había pasado. Ni siquiera se lo dijo a sí mismo.
Esta manera de vivir las cosas, este aparente desapego, no era sino un ardor silencioso en la entraña.
La entraña así entendida, es decir, no revelada para nadie, ni siquiera para sí mismo, era lo que él llamaba poesía.
La poesía así concebida, es decir, como una entraña desposeída de conciencia, de palabras y de revelación, era lo mismo que la muerte.
Creo que, a partir de aquí, no hace falta decir nada más.
Entrañadamente, se dijo, no entrañablemente. Pues quizá en lo que iba de una partícula a otra, de lo entrañado a lo entrañable, residía el misterio de la poesía.
Fueron unas semanas en las que se limitó a vivir por fuera de su propia existencia.
No es que se viera vivir, ni que se oyera vivir, ni que tocara desde fuera su vida --como se ve o se oye o se toca el cuerpo de los otros, de quienes no somos nosotros--, sino que se, de algún modo, respiraba vivir.
Respiraba y lo que entraba en su cuerpo no era el aire: era su propia vida.
Se, eso es, respiraba vivir.
Y aquella vida no tenía consistencia, había perdido toda forma, toda memoria, toda, incluso, semejanza con lo que debía o podía haber sido su vida.
Precisamente por eso podía respirarla.
Vivía en un borde que no era ya el borde de otras épocas, no era un borde imaginado ni dicho ni deseado ni mixtificado por ningún delirio o elucubración desgajados de vaciedad o impostura algunas.
Era un borde real. Podía llegar hasta el borde de aquel borde. Y hubiera podido caer desde él hasta donde no había nada para amortiguar la caída.
Y, sin embargo, sentía que el borde mismo lo retenía.
Era, como aquella casa enterrada en la arena, un borde que lo tenía atrapado y del que no sabía si deseaba escapar.
¿Había amado como no lo había hecho nunca?
¿Se debía toda aquella sensación de irrealidad intensamente real a la tenacidad de una dicha que no debió sentir nunca?
Si hubiera albergado algún deseo, hubiera sido el de permanecer apartado.
Apartado, en silencio, en la mejor postura y disposición para escucharse respirar vivir.
Pero todo deseo había sido arrasado.
A veces, y del modo más errático, regresaban retazos de lo que había vivido antes de aquellas semanas. No se reconocía. No estaba acostumbrado a tanta plenitud. Se decía que era otro, que eran de otro aquellos recuerdos, que no podía ser él quien había sentido aquella felicidad sin límites.
¿Pero quién sino él iba a ser?
Y lo extraño es que entre aquellas semanas que recordaba grandiosas y estas otras que tan insignificantes le parecían no habían mediado más que unas pocas palabras dulces, casi un susurro dicho por teléfono.
La ruptura había sido lo que posiblemente es siempre toda ruptura: un paso entre el ser y el no ser.
Pero en ese paso había algo, era eso quizá lo que estaba ocurriendo, algo que no se había desprendido del todo del instante anterior a darlo y algo que aún no había alcanzado el instante posterior a darlo.
Vivía en ese intersticio aunque debía estar viviendo ya después de él.
¿Se había quedado una parte suya atrapada en esa grieta, mientras que otra, la parte presuntamente consciente, o conocida, de sí mismo, había tenido que salir de esa hendidura para seguir adelante?
No se sentía perdido. Estaba en el centro de su propia inestabilidad.
Ni siquiera se imaginaba que algún día pudiera dejar de estar ahí.
Como una marca de agua, su vida se transparentaba en lo que quedaba de su vida. Lo que quedaba no tenía para él más valor que el de seguir reflejando, allá en el fondo, un resplandor que se había apagado mucho tiempo atrás.
Había regularizado sus ritmos de vida y le parecía que se conducía ahora como un auténtico salvaje.
Hubiera estado dispuesto a hacer cualquier cosa y, sin embargo, no hacía nada.
No había nada que hacer.
Podía permanecer durante horas sentado en la misma postura.
Otras veces, cualquier chasquido lo sobresaltaba.
No le habló a nadie de lo que había pasado. Ni siquiera se lo dijo a sí mismo.
Esta manera de vivir las cosas, este aparente desapego, no era sino un ardor silencioso en la entraña.
La entraña así entendida, es decir, no revelada para nadie, ni siquiera para sí mismo, era lo que él llamaba poesía.
La poesía así concebida, es decir, como una entraña desposeída de conciencia, de palabras y de revelación, era lo mismo que la muerte.
Creo que, a partir de aquí, no hace falta decir nada más.
miércoles, 25 de febrero de 2015
MESA REDONDA EN LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA 2014)
(Vídeo de la mesa redonda "Literatura de las Islas Canarias", celebrada en la Feria Internacional de Guadalajara, México, el 1 de diciembre de 2014. Participan: José Luis Correa, Guadalupe Martín Santana, Santiago Gil, Rafael-José Díaz y Pablo Martín Carbajal. El acto fue uno de los que la Cátedra Vargas Llosa organizó en la FIL 2014)
ENTREVISTA DE PAOLA LLINARES
Audio de la entrevista que me hizo Paola Llinares y que incluyó en su programa especial para el 'Día de las Letras Canarias' en Canarias Radio La Autonómica.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
NOCHE OSCURA DEL TUIT
La felicidad es un momento imperceptible que se encuentra justo entre un cuadro de Francis Picabia y un libro de Cristóbal Serra.
*
Si existe una razón de peso por la que no deseo morirme es porque no quisiera convertirme en objeto de un obituario de Juan Cruz Ruiz.
*
Todo escritor que se precie debería ser capaz de escribir al menos uno de estos tres tipos de textos: un obituario, un pregón o una sextina.
*
Uno de los miembros del jurado preguntó a sus cofrades si no se le podía conceder a él el premio pese a que ya lo había recibido hacía unos años.
*
La editorial y la empresa funeraria lo contrataron al alimón para redactar obituarios de escritores a razón de un euro por lágrima.
*
Lo que más destacaba en su forma de escribir era lo que un crítico denominó sus "metáforas fúnebres". Con alguna de ellas estuvo a punto de matar a algún lector.
*
El escritor presentó su libro en un restaurante. Sus amigos lo invitaron a cenar y compraron el libro. El escritor dejó abundante propina.
*
El escritor presentó su libro en una nevera. Sus amigos estornudaron y compraron el libro. Luego fueron todos servidos en bandeja para cenar.
*
El escritor presentó su libro en el vientre de una ballena. Jonás le dijo: te denunciaré por plagio. Melville le dijo: sal de aquí "immediately".
*
El escritor presentó su libro en un acuario. Con cada palabra que leía, soltaba una burbuja. La última burbuja decía: "socorro". Luego murió.
*
El escritor presentó su libro en una floristería. Sus amigos le compraban flores y él les regalaba libros. Alguien le preguntó por su flor favorita.
*
El escritor presentó su libro en una lavandería. Durante una hora, dio vueltas y retruécanos en el tambor de una lavadora. Al salir, recitó el final del Apocalipsis.
*
Si existe una razón de peso por la que no deseo morirme es porque no quisiera convertirme en objeto de un obituario de Juan Cruz Ruiz.
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Todo escritor que se precie debería ser capaz de escribir al menos uno de estos tres tipos de textos: un obituario, un pregón o una sextina.
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Uno de los miembros del jurado preguntó a sus cofrades si no se le podía conceder a él el premio pese a que ya lo había recibido hacía unos años.
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La editorial y la empresa funeraria lo contrataron al alimón para redactar obituarios de escritores a razón de un euro por lágrima.
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Lo que más destacaba en su forma de escribir era lo que un crítico denominó sus "metáforas fúnebres". Con alguna de ellas estuvo a punto de matar a algún lector.
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El escritor presentó su libro en un restaurante. Sus amigos lo invitaron a cenar y compraron el libro. El escritor dejó abundante propina.
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El escritor presentó su libro en una nevera. Sus amigos estornudaron y compraron el libro. Luego fueron todos servidos en bandeja para cenar.
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El escritor presentó su libro en el vientre de una ballena. Jonás le dijo: te denunciaré por plagio. Melville le dijo: sal de aquí "immediately".
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El escritor presentó su libro en un acuario. Con cada palabra que leía, soltaba una burbuja. La última burbuja decía: "socorro". Luego murió.
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El escritor presentó su libro en una floristería. Sus amigos le compraban flores y él les regalaba libros. Alguien le preguntó por su flor favorita.
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El escritor presentó su libro en una lavandería. Durante una hora, dio vueltas y retruécanos en el tambor de una lavadora. Al salir, recitó el final del Apocalipsis.
sábado, 6 de diciembre de 2014
LAS TRANSMISIONES
"Este libro, lector, está lleno de negación y de no saber. Rebosa de vacíos, huidas y renuncias porque la vida y la escritura poética solo se hacen negándose. O, más aún: cuando la vida es tomada por la escritura, y la escritura por la poesía, ambas no se darán más que a condición de negarse. Negarse a ofrecer cualquier sentido que pueda ser confundido con un modo cualquiera de expresión o de comunicación. Suprimir, denegar, olvidar toda referencialidad demasiado concreta, dibujada en exceso; vaciar toda insistencia de mundo definido y significado es premisa inicial, iniciática del impulso poetizador. El abandono, la plenitud oscura del abandono --en todos sus sentidos-- es la raíz poética." (comienzo del prólogo escrito por Alberto Ruiz de Samaniego)
El pasado mes de noviembre la editorial Polibea publicó en su colección 'La espada en el ágata' mi libro de prosas Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta, con el prólogo de Alberto Ruiz de Samaniego cuyas primeras líneas acabo de copiar.
En su presentación del libro el pasado 21 de noviembre en el Ateneo de Madrid, el escritor Nicolás Fabelo dijo: "Parece como si Rafael se acercara a cada uno de estos lugares -además de para huir, para olvidar, para liberarse de tensiones y fantasmas- para que le revelasen alguna verdad profunda. A veces lo hace de manera casi clandestina, a escondidas, guiado por una curiosidad por encontrar una pista o clave".
Confieso no saber si esto es, de hecho, así. Ojalá lo fuera.
Los lectores de este blog que deseen adquirir un ejemplar del libro pueden solicitarlo escribiendo un correo a una de las siguientes direcciones: maqueta@polibea.com o rafaeljosediaz1971@gmail.com.
lunes, 3 de noviembre de 2014
EL CABILDO DE TENERIFE CENSURA MI PROYECTO VISIONARIO
Me es ingrato anunciarles que los responsables del programa Visionarios de Tenerife, puesto en marcha por el Cabildo de Tenerife, han censurado el proyecto que presenté y que publico ahora bajo estas líneas para darlo a conocer a la opinión pública. En un tuit lanzado hace unos días, me comunicaban que "la idea no se ha publicado por considerarse inadecuado su contenido". Un programa que admite todo tipo de ideas, desde plátanos congelados en rodajas hasta una mascota con forma de pato para la isla de Tenerife, un programa que lanza alegremente lemas como "las ideas llevan a otras ideas y así hasta el infinito y más allá" o "las ideas que no se comparten son como velas sin viento", que parecen una mezcolanza de Einstein y Paulo Coelho, rezuma contradicción al censurar un proyecto que, como el mío, solo busca embellecer una ciudad alicaída, incívica, sucia y gris como Santa Cruz de Tenerife; y, a partir de aquí, proponer un modelo de embellecimiento y ornamentación sostenible y biodegradable para todos los espacios urbanos de la isla. Permítanme compartir con ustedes, amigos, el proyecto que el Cabildo de Tenerife ha censurado.
RED DE CANALES URBANO-ESCATOLÓGICOS
Mi propuesta para el programa "Visionarios", del Cabildo de Tenerife, consiste en la instalación de una red de canales urbano-escatológicos en las áreas urbanas de la isla de Tenerife. Inicialmente, en una primera fase piloto, se instalaría esta canalización en Santa Cruz de Tenerife. En una segunda fase, en las ciudades de San Cristóbal de la Laguna, Puerto de la Cruz y Costa Adeje. Y, por último, en el resto de áreas urbanas del territorio insular.
El proyecto “Canalización urbano-escatológica para la isla de Tenerife" parte de la necesidad de dar una solución al alto índice de residuos fecales de procedencia humana existente en la isla. Del mismo modo, en el origen de este proyecto yace la preocupación por el importante número de fuentes de aguas estancadas, de lagos urbanos desaprovechados, de estanques de patos erradicados, de plazoletas de ranas que han perdido su capacidad de eyacular sin prisa ni pausa. Todo ciudadano responsable, y partimos de la base de que cualquier ciudadano de Tenerife lo es, sería incapaz de realizar sus necesidades en la vía pública. La calle, entre la gente de esta isla, se concibe como un espacio de convivencia ciudadana, el sanctasanctórum de la limpieza y de la higiene cívicas. Sin embargo, incluso el ciudadano más respetuoso, incluso el más modélico de los tinerfeños, puede verse alguna vez, por la circunstancia que sea (urgencia, ebriedad, indisposición) en la necesidad de orinar (o incluso defecar o vomitar) en plena calle. El sistema que propongo consiste en instalar nueve o diez macrofuentes de deposición en puntos estratégicos de la ciudad. Estos dispositivos permitirían que cualquier ciudadano a quien le urgiera hacer sus necesidades (o incluso escupir o vomitar) fuera de casa, y cabría pensar sobre todo en la juventud tinerfeña, tan sanamente juerguista, que tiene derecho de vez en cuando a distraerse con un poco de ron o con unas cervezas, cualquier ciudadano, por tanto, en ese desagradable trance, podría acudir a una de esas macrofuentes de deposición, llamadas “recogedores urbano-escatológicos” e instaladas en las zonas más céntricas de la ciudad, para realizar allí sus necesidades; estas, las necesidades, posteriormente, mediante un sistema de desodorización biodegradable único en el mundo, serían tratadas con el fin de proporcionarles un aroma agradable, y, a continuación, a través de una amplia red de canales perfectamente sostenible, subacuáticamente iluminada y juguetonamente serpenteante por toda la ciudad, serían conducidas a modo de ornamentación urbana en un despliegue visual multicolor por el que acabarían conociéndonos como “la isla de los mil canales urbano-escatológicos” o "la Venecia de la caca flotante de colores". Con este novedoso proyecto se terminaría con las esquinas malolientes, con las jardineras de flores podridas, con las fuentes contaminadas, con los portales humedecidos a altas horas de la madrugada, con las vomitonas indiscriminadas a la vista de la familias decentes y hasta con la proliferación de roedores inmundos en las calles de nuestras ciudades.
Espero que este proyecto obtenga los votos que se merece y que, sea o no el ganador, reciba del Cabildo de Tenerife una atención lo suficientemente importante como para convertirlo pronto en realidad. Creo que la isla lo está necesitando.
Tenerife, a 28 de octubre de 2014
RED DE CANALES URBANO-ESCATOLÓGICOS
Mi propuesta para el programa "Visionarios", del Cabildo de Tenerife, consiste en la instalación de una red de canales urbano-escatológicos en las áreas urbanas de la isla de Tenerife. Inicialmente, en una primera fase piloto, se instalaría esta canalización en Santa Cruz de Tenerife. En una segunda fase, en las ciudades de San Cristóbal de la Laguna, Puerto de la Cruz y Costa Adeje. Y, por último, en el resto de áreas urbanas del territorio insular.
El proyecto “Canalización urbano-escatológica para la isla de Tenerife" parte de la necesidad de dar una solución al alto índice de residuos fecales de procedencia humana existente en la isla. Del mismo modo, en el origen de este proyecto yace la preocupación por el importante número de fuentes de aguas estancadas, de lagos urbanos desaprovechados, de estanques de patos erradicados, de plazoletas de ranas que han perdido su capacidad de eyacular sin prisa ni pausa. Todo ciudadano responsable, y partimos de la base de que cualquier ciudadano de Tenerife lo es, sería incapaz de realizar sus necesidades en la vía pública. La calle, entre la gente de esta isla, se concibe como un espacio de convivencia ciudadana, el sanctasanctórum de la limpieza y de la higiene cívicas. Sin embargo, incluso el ciudadano más respetuoso, incluso el más modélico de los tinerfeños, puede verse alguna vez, por la circunstancia que sea (urgencia, ebriedad, indisposición) en la necesidad de orinar (o incluso defecar o vomitar) en plena calle. El sistema que propongo consiste en instalar nueve o diez macrofuentes de deposición en puntos estratégicos de la ciudad. Estos dispositivos permitirían que cualquier ciudadano a quien le urgiera hacer sus necesidades (o incluso escupir o vomitar) fuera de casa, y cabría pensar sobre todo en la juventud tinerfeña, tan sanamente juerguista, que tiene derecho de vez en cuando a distraerse con un poco de ron o con unas cervezas, cualquier ciudadano, por tanto, en ese desagradable trance, podría acudir a una de esas macrofuentes de deposición, llamadas “recogedores urbano-escatológicos” e instaladas en las zonas más céntricas de la ciudad, para realizar allí sus necesidades; estas, las necesidades, posteriormente, mediante un sistema de desodorización biodegradable único en el mundo, serían tratadas con el fin de proporcionarles un aroma agradable, y, a continuación, a través de una amplia red de canales perfectamente sostenible, subacuáticamente iluminada y juguetonamente serpenteante por toda la ciudad, serían conducidas a modo de ornamentación urbana en un despliegue visual multicolor por el que acabarían conociéndonos como “la isla de los mil canales urbano-escatológicos” o "la Venecia de la caca flotante de colores". Con este novedoso proyecto se terminaría con las esquinas malolientes, con las jardineras de flores podridas, con las fuentes contaminadas, con los portales humedecidos a altas horas de la madrugada, con las vomitonas indiscriminadas a la vista de la familias decentes y hasta con la proliferación de roedores inmundos en las calles de nuestras ciudades.
Espero que este proyecto obtenga los votos que se merece y que, sea o no el ganador, reciba del Cabildo de Tenerife una atención lo suficientemente importante como para convertirlo pronto en realidad. Creo que la isla lo está necesitando.
Tenerife, a 28 de octubre de 2014
viernes, 31 de octubre de 2014
EL ALCALDE NIÑO
El alcalde niño de la ciudad juguete quiso jugar a las canicas dado en uno de sus parques plaza, pero una ordenanza municipal lo prohibía.
El alcalde niño dijo que su infancia en la casa cuna había sido una fiesta bomba pero que ahora su vida infierno distaba años luz de aquello.
El alcalde niño dijo que de mayor hubiera querido ser o un hombre lobo o un hombre bala, pero que al final no pudo llegar sino a niño dios.
En su infancia, el alcalde niño jugaba a las canicas dado en el hogar escuela. La suerte siempre le sonreía con caramelos chicles de pera piña.
El alcalde niño de la ciudad jardín nada a estilo mariposa en la piscina lago de su chalé kínder junto a su esposa niña y su señora madre.
El alcalde niño quería una playa jardín donde antes no había sino costa basura. Las cosas salieron mal. El alcalde niño acabó en la cárcel cuna.
Los concejales juguete del alcalde niño decidieron un día no acudir a un pleno trampa. El cuñado empresario del alcalde niño pidió que se aprobara una licencia bomba.
La verdad sobre el caso del alcalde niño la sabía tan solo el constructor pelucas. Este, desde su oficina jacuzzi, convocó al alcalde niño a una merienda cena.
El hotel escuela de la ciudad jardín organizó unas jornadas taller sobre la isla territorio. El alcalde niño delegó en su señora madre para una ponencia charla.
La escultura fuente que el yerno artista diseñó a petición del alcalde niño no gustó al populacho chusma. El alcalde niño dijo que tanto montaba y que montaba tanto.
La vida chiste del alcalde niño terminó una tarde noche en la que su yate cuna sufrió una embestida padre por parte de un bebé cetáceo en uno de sus jardines playa. El alcalde niño murió al caer por la borda al mar.
El alcalde niño dijo que su infancia en la casa cuna había sido una fiesta bomba pero que ahora su vida infierno distaba años luz de aquello.
El alcalde niño dijo que de mayor hubiera querido ser o un hombre lobo o un hombre bala, pero que al final no pudo llegar sino a niño dios.
En su infancia, el alcalde niño jugaba a las canicas dado en el hogar escuela. La suerte siempre le sonreía con caramelos chicles de pera piña.
El alcalde niño de la ciudad jardín nada a estilo mariposa en la piscina lago de su chalé kínder junto a su esposa niña y su señora madre.
El alcalde niño quería una playa jardín donde antes no había sino costa basura. Las cosas salieron mal. El alcalde niño acabó en la cárcel cuna.
Los concejales juguete del alcalde niño decidieron un día no acudir a un pleno trampa. El cuñado empresario del alcalde niño pidió que se aprobara una licencia bomba.
La verdad sobre el caso del alcalde niño la sabía tan solo el constructor pelucas. Este, desde su oficina jacuzzi, convocó al alcalde niño a una merienda cena.
El hotel escuela de la ciudad jardín organizó unas jornadas taller sobre la isla territorio. El alcalde niño delegó en su señora madre para una ponencia charla.
La escultura fuente que el yerno artista diseñó a petición del alcalde niño no gustó al populacho chusma. El alcalde niño dijo que tanto montaba y que montaba tanto.
La vida chiste del alcalde niño terminó una tarde noche en la que su yate cuna sufrió una embestida padre por parte de un bebé cetáceo en uno de sus jardines playa. El alcalde niño murió al caer por la borda al mar.
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