lunes, 10 de junio de 2019

PAPIERMÜHLE

Empieza dejándose recomendar una cerveza. La camarera, de ojos brillantes como si desprendieran luz desde el fondo, le señala con el dedo en la carta. Le dice: creo que a usted le gustará la Jenaer Burschenpils. Lo dice convencida y sonriente, sin atisbo de duda. Prepara las cervezas un camarero elegante, vestido con chaleco, espigado, de porte aristocrático, que dispone las jarras debajo de un puente de latón con seis o siete surtidores. Vierte un poco de cerveza y deja que la espuma se asiente sobre el líquido. Echa otro poco de cerveza y vuelve a esperar. Al principio la espuma llena casi toda la jarra, pero mediante ese paciente proceso se consigue servir las cervezas con la cantidad de espuma justa. La espuma cumple una función fundamental que él desconoce. El camarero con sus jarras de cerveza es como un organista con sus tubos. Ninguna jarra está a la misma altura de espuma, ningún tubo da la misma nota. Le sirven la cerveza. Tiene que darle la razón a la camarera y concordar con ella en que la Jenaer Burschenpils es perfecta para él: suave, aromática, con un leve toque picante. Un licor de dioses. Debieron haber bajado, los dioses, si no los del Olimpo al menos los del Valhalla, alguna vez hasta aquí, hasta la primera fábrica de cerveza de Jena, para saciar su sed divina. Los dioses. Esos que vivían en las rocas y en los árboles, en las piedras y las cuevas, los que curaban la lepra y obtenían la unión de los amantes desavenidos. Pero poco a poco, mientras escribe —aunque no ha venido aquí a escribir— se le ha ido terminando la cerveza. El dorado marrón del líquido viscoso sube y baja a través de su cuerpo. Se le sube a la cabeza y casi se le baja hasta los pies. Empieza a flotar mientras se siente pesado, anclado al suelo. Las mesas y las sillas del local, de una madera antigua y pesada, están pensadas para anclar a los clientes, lo mismo que la lengua que hablan exhibe unas raíces profundas que se hunden en la noche de los tiempos. Un bosque rodea el Papiermühle, más allá hay rocas mágicas, claros en los que se derramó sangre en batallas no hace tanto tiempo, heces de jabalíes, una luz que es ya incapaz de competir con la iluminación envolvente del local. La camarera de ojos radiantes se ha marchado. Él se ve obligado a llamar al camarero espigado, que amablemente le explica las características de la Alt Jenaer, aunque lo único que capta —aquí no hay sonrisas ni ojos coruscantes— es que se trata de un producto original de sabor caramelizado y condiciones especiales de fermentación. Vuelve a sonar la música de órgano. Bach, Buxtehude. Cuando otro camarero le sirve la Alt Jenaer y la prueba, siente, en efecto, que no tiene nada que ver con la anterior. Ahora no hay nada leñoso ni chispeante. Sospecha que esta cerveza va a bajar más que a subir. Es como una savia, pero al revés, una savia que lo empezará a convertir en una raíz enroscada alrededor de la madera rugosa de la mesa. Cuando quiera levantarse no podrá. Lo que ocurre es que a la Alt Jenaer le sale al paso el Mutzbraten (asado de escápula de cerdo) que le acaban de servir y que, en cuanto empieza a ocupar, trozo a trozo, un lugar indeterminado entre pecho y espalda, le cierra el paso a la cerveza, que rompe a burbujear en la zona situada entre el estómago y el intestino grueso. Allí se va depositando, turbulenta, con su caramelizado espesor empujando hacia las partes inferiores del cuerpo, pero cada vez más obstaculizada a medida que los pedazos del Mutzbraten, debidamente cortados y deglutidos, van bajando camino del estómago. Lutero, Goethe y Napoleón vivieron a dos pasos de aquí, en el castillo del landgrave, del que no quedan más que las ruinas de la puerta de entrada, y aun así probablemente reconstruidas. Gente como esa debía de disponer de algún conducto especial entre el estómago y los pies, pues no dejaron de comer y de moverse, de atracarse y de bailar y hasta de manducar y de joder, esto último algunos de ellos, si no todos. Vaya tíos. La de Mutzbraten que se habrán echado al coleto, guerra va, Fausto viene, tesis por aquí, coronaciones por allá. Le retiran el plato vacío —no dejó ni un corpúsculo de Sauerkraut— y pide un Apfelstrudel y una Jenaer Schnellenbier. Ya ni siquiera le consulta al camarero. Esta, según acaba de leer, es negra. Su nombre, la rápida, es ya suficientemente amenazador. La graduación que figura en la carta supera a la de todas las demás. Bien. Que suenen los tubos del órgano cervecero. En el mostrador situado bajo el puente de surtidores de latón luce ya un tubo lleno de espuma. La gente ríe, juega a las cartas, habla una lengua de raíces profundas, espesa, cada vez más pastosa. Una lengua de madera anclada a la madera. Ahora recuerda haber estado aquí en una de sus despedidas de Jena, pero puede ser un recuerdo impostado, un ramalazo falso sugerido por los últimos tragos de la Alt Jenaer. Ya hay ocho tubos más junto al tubo negro, brillante, cuya espuma está casi asentada. Aleluya. Vayamos todos después al bosque misterioso y desnudémonos como elfos o corderos. Despedacémonos los unos a los otros y hagamos salchichas con nuestra sangre tratada con especias. La negra espera. Le falta el último chorrito. Se la ve amenazadora, como un bloque de obsidiana con poderes mágicos. Desprende un brillo espeso y negro, la cabrona, que da repelús mirar. Se la plantan sobre la mesa. Menos mal que acaban de servirle el Apfelstrudel con su salsita de vainilla y una coqueta bola de helado junto al espectacular hojaldre relleno de manzana. ¿Qué probar primero? La negra lo tiene hipnotizado, así que deja un momento el cuaderno donde escribe (casi no ha parado, el condenado) y la saborea. Es la bomba, como se temía. Rasposa, punzante, persuasiva. Toda una puta cabrona. Apfelstrudel, Apfelstrudel, ¡ah! Frío, caliente, hojaldre, helado, manzana, vainilla, frío, caliente. ¡Apfelstrudel! Todo menos dejarse conquistar por la negra, que parece capaz de volarle la tapa de los sesos. Pero, sin saber cómo ni cuándo, ya le queda menos de la mitad de la Jenaer Schnellenbier. No sabe adónde habrá ido, pues flota y se hunde al mismo tiempo, mientras los comensales de la mesa de enfrente, menos los jugadores de cartas (pues allí unos reían y otros jugaban seriamente a las cartas), se despiden y salen a la oscuridad de jabalíes, batallas y dioses. Algunos caminan casi como soldaditos de plomo. No es un recurso literario. Como si les hubieran dado cuerda, caminan por impulsos mecánicos, adelantan la mano de un solo golpe y mueven la cabeza como si se la sostuviera un resorte. Los jugadores de cartas se cambian de mesa y se sientan en una al lado de la suya. Una mesa saca a bailar a un camarero que, descontento por algún motivo, le lanza sillas para mitigar sus insinuaciones sensuales. El camarero espigado ha pasado media hora limpiando a fondo el mostrador y el puente de los grifos, pero hay que servir más cerveza, tocar más música, y los tubos vuelven a sonar para los jugadores de cartas. La negra es divina. Fuerte y sensual como una valkiria. Saldría a bailar con ella al bosque, se bañaría en ella y con ella, se hundiría en ella hasta perder la conciencia, la convertiría en su Jeanne Duval, en su négresse, haría de ella un mameluco al que acompañaría en una escaramuza contra el enemigo, una emboscada en el bosque, una claridad en el claro, una negrura en lo negro, una tragura en el trago, otro más, otro trago, más rápido, y ya se siente descender al fondo del aire, al torbellino de la historia, al desconcierto de la geografía, y es un jabalí que busca perseguido la manada, un soldado perdido —pero no de plomo— en la maraña desconocida, con la conciencia repentina de que va a morir, es un consejero áulico que cree haber encontrado la paz pero sabe que su mejor amigo, al que ama por su belleza y odia por saberlo más inteligente que él, no la encontrará. Último trago de la Schnellenbier. Fin.  

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