viernes, 19 de julio de 2019

EN LA MUERTE DE EMILIO BEAUTELL



 [Emilio Beautell --primero por la derecha-- en 1961 en la boda de mi tía María Cristina Díaz. Frente a él, mi padre, primero por la izquierda.]

Cuando se va alguien así, alguien que era un íntimo por razones familiares –Emilio era primo segundo de mi padre– y por razones personales –nos tratamos poco, pero siempre con el cariño de la verdadera amistad–, uno siente como si le arrancaran una parte de sí mismo. Hay un conjunto de recuerdos, de experiencias, de conocimientos, que está tan estrechamente ligado a esa persona que se ha ido, que de pronto se lo siente vacío, un conjunto vacío que un momento antes estaba repleto de todo lo que esa persona nos legó y compartió con nosotros.

A Emilio lo conocí desde niño. Era alguien singular, una persona destacada en los vagos aledaños de la vasta familia de mi padre, tan vasta que hay incluso ramas de ella que no conocemos o cuyo recuerdo se pierde en la noche de los tiempos. Emilio, en aquella época, era alguien mítico para mí: tenía una aureola que le daba un brillo especial. Además, era un vecino del barrio, había estado siempre vinculado a la calle Numancia, donde vivieron sus padres. En el edificio construido en el solar en que había estado la casa familiar, Emilio vivía en un ático desde el que tenía vistas al Parque García Sanabria, que tanto amaba, hasta que las dudosas reformas a que lo sometió el ayuntamiento hace unos años despertaron en él sentimientos encontrados de amor, odio, nostalgia y desasosiego hacia el parque.

La galería que fundó, y que fue su último proyecto profesional, estaba también en el barrio que compartíamos. Mácula: no parece un nombre elegido al azar. Dice probablemente algo de su vida, de ese sentimiento de haber sido quizá un verso suelto en la historia familiar, alguien con un halo misterioso, con un carisma que no necesariamente compartía con los demás, que lo hacía a la vez extremadamente sociable y celosamente solitario. Fue allí, en Mácula, donde empecé a visitarlo: acudí a varias de las inauguraciones, pero recuerdo sobre todo algunas tardes en que me acerqué cuando no había nadie en la galería mientras Emilio, sentado en su mesa del fondo, ocupaba su tiempo en consultar catálogos y páginas de internet. Allí tuvieron lugar nuestras primeras conversaciones sobre arte, rodeados de cuadros o esculturas que él había escogido para su última colectiva, en la penumbra del fondo de la galería. Algún libro mío le llevé por entonces. Él los quería dedicados con buena letra.

Cuando surgieron las redes sociales, Emilio se convirtió en un apasionado feisbuquero. Creo que para él era sobre todo un juego, una plataforma donde declarar sus desacuerdos con el mundo que lo rodeaba, con el deterioro de la ciudad, con el abandono de las buenas costumbres. Ironizaba sobre las batucadas que el ayuntamiento organizaba en el parque, sobre las ínfulas de los restaurantes en los que, a falta de buena cocina, se ofrecían los platos sobre “tablas de pizarra”. No había aspecto irrisorio de este grotesco mundo provinciano donde le había tocado vivir que no fuera objeto de subversión por su parte. También yo, en aquellos tiempos, lanzaba mis parodias e invectivas a los cuatro vientos virtuales de la red. La única vez que se enfadó conmigo fue cuando puse en tela de juicio la calidad de Pedro González como pintor. Era lógico: él lo adoraba y había sido su amigo. Ojalá todo el mundo se enfadara como Emilio: como si no hubiera pasado nada, al día siguiente ya nos estábamos riendo de nuevo.

Recuerdo sobre todo dos encuentros de hace unos años. Los dos frente a whiskies que íbamos pidiendo a su ritmo, superior al mío, y que hicieron que no quedara títere con cabeza en tres horas que se nos pasaron volando. En el último de ellos, en un lugar coqueto de Santa Cruz llamado Macusamba –por entonces Emilio no estaba enfermo todavía–, desplegamos nuestra inofensiva artillería para descabezar a popes y santurrones, a vacas sagradas y generalísimos, a todo aquel que había creído tener la sartén por el mango y al final se había quemado (o iba camino de quemarse). Creo que esos whiskies deliciosos nos hicieron darnos cuenta de todo lo que compartíamos, de todo aquello que se nos había quedado por decir en aquellos tiempos en que nuestra amistad era más ceremonial y estaba más teñida de impronta familiar que de cercanía intelectual.

Cuando se va alguien así, alguien como Emilio Beautell López, es toda un época la que se marcha; toda una sección del mundo la que desaparece. Sé que había muchos Emilio Beautell: el de su juventud de nadador, el de los viajes, el de los amigos, el de la familia, el del savoir vivre, el gourmet… Quiero pensar, sin embargo, que en esas últimas horas que compartimos en el Macusamba, antes de que enfermara, frente a la tarde que caía a lo lejos, quiso asomar algún fragmento del Emilio desconocido para todos, el más íntimo, el solitario, el entrañable, el entregado a la pura intensidad de vivir. Es así, al menos, como me gustaría recordarlo. 

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