lunes, 27 de mayo de 2019

LLEGADA A KARLSRUHE

Lo primero que hizo cuando llegó a la habitación del hotel fue mirar por la ventana. Eso fue lo primero que hizo, mirar por la ventana de la habitación del hotel. Mirar por la ventana le hizo recordar otras habitaciones de hotel, otras ventanas de otras habitaciones de hotel, otros hoteles. Lo primero que hizo al mirar por la ventana de la habitación del hotel fue preguntarse qué es lo que estaba viendo. No se esperaba ver una calle, ni un parque, ni siquiera un semáforo. (Eso había visto desde otras ventanas de otras habitaciones de hotel, podía asegurarlo, aunque no fuera capaz de ubicar los hoteles, las ciudades, las épocas.) Lo primero que hizo al mirar por la ventana de la habitación del hotel fue preguntarse por qué estaba viendo lo que veía. Se decía que era algo que ya había visto antes, o que al menos le recordaba algo visto antes, al mirar por alguna ventana, no necesariamente una ventana de la habitación de un hotel, pero sí, en cualquier caso, una ventana de una ciudad alemana. Mirar por la ventana de la habitación de un hotel en una ciudad alemana le recordaba a mirar por cualquier otra ventana de una ciudad alemana. No sabía por qué, y eso formaba parte de la pregunta que se hacía, lo que allí veía al mirar por la ventana sólo podía formar parte de lo que se veía al mirar por la ventana de una ciudad alemana. Permaneció así, asomado a la ventana de la habitación del hotel, largo rato, un tiempo que no pudo calcular: mirando por la ventana y preguntándose qué era lo que en aquello que veía formaba parte de lo que podía verse desde cualquier ventana de cualquier ciudad alemana, preguntándose qué había en común entre todos aquellos momentos y por qué tenía que ser necesariamente así. Lo que recordaba de otras veces en que había mirado por ventanas de hoteles en ciudades alemanas —y eran muchas, muchas las veces en que había mirado por ventanas de hoteles en ciudades alemanas— no era nada preciso, nada que pudiera verbalizar o distinguir claramente respecto a lo que recordaba de las veces en que había mirado por ventanas de hoteles en ciudades no alemanas. La imprecisión, lo evanescente, lo grisáceo, lo indefinido, formaban parte de lo que caracterizaba aquello que, estaba seguro, podía afirmar reconocer ahora que, nada más llegar a la habitación, se había puesto a mirar por la ventana. La habitación daba a un patio que no quedaba claro si era exterior o interior. Había una plataforma de función indefinida, abajo, sobre la que se erigía una barandilla de metal oxidado. Las baldosas de la plataforma estaban cubiertas de musgo, o en todo caso de una mugre que no se limpiaba hacía tiempo. Detrás de esa plataforma había un jardín o, más que un jardín, un terreno poblado por unos cuantos árboles, que habían dejado caer las hojas, aunque ya no estábamos en otoño, tanto sobre la tierra como sobre la plataforma. Detrás del jardín o del terreno arbolado —y los árboles casi impedían verlo— había un edificio con ventanas que daban a ese mismo patio. En el patio había un banco de madera con respaldo metálico. Tanto la plataforma como la barandilla, tanto el edificio como el jardín, tanto las bicicletas —porque también había un par de bicicletas— como la madera del banco eran del mismo color gris tirando a marrón, un color indefinido que parecía, más que un color, una pátina que hubiera cubierto los colores anteriores, olvidados. Todo estaba cubierto por una pátina de humedad, de viscosa irrelevancia, de malsana uniformidad, de inmovilidad silenciosa, que hacía que estar asomado a la ventana de la habitación de aquella ciudad alemana supusiera sumarse o confundirse con el húmedo, malsano, irrelevante, uniforme, inmóvil y silencioso escenario que allí comparecía. Recordó haber pensado, no, no haber pensado sino haber sentido lo mismo —pues esas cosas no se piensan—, muchos años atrás, en una vida que no parecía la suya, cuando una vez se quedó solo en una casa de las afueras de otra ciudad alemana —el dueño de la casa se había ido a trabajar y él se quedó como un convidado de piedra—: una sensación de abandono, de irremediable distancia respecto del mundo, como si todos se hubieran marchado y él se hubiera quedado en medio de un lugar devastado. Lo que allí se veía, desde la ventana del hotel y desde la ventana de aquella casa de las afueras, era, pensaba ahora, lo que el final de la historia hace con el mundo (al menos el final de la historia personal con el mundo de uno). Un grajo podía venir a posarse sobre la tierra mojada, podía picotear una lombriz, posarse en la barandilla para deglutirla, graznar, si es que los grajos graznan (krächzen, creyó recordar que se decía eso en alemán), y levantar el vuelo en un arrebato dejando la más angustiosa de las ausencias en el jardín desprotegido. Eso, lo primero que hizo cuando llegó a la habitación del hotel de aquella ciudad alemana, no tenía demasiado que ver con respirar, sino con ahogarse, no se parecía a dejar entrar la luz, sino a hundirse en la sombra, no contribuía al descanso apetecido después de un viaje en coche, sino que prolongaba el vértigo de la autopista sumándole ahora el vértigo de la inmovilidad. En las ventanas de enfrente no había movimiento. No esperaba, como en otro tiempo, que las sombras evanescentes tras unas cortinas transparentaran la imagen de un cuerpo con quien coincidir en algún momento en el jardín compartido, si siquiera había cortinas, y mucho menos luces en aquellas ventanas. Y no porque el edificio estuviera despoblado, sino porque era la sinrazón de la lejanía la que ahora se había impuesto en todos los órdenes de la vida. Lo primero que hizo, sí, al llegar a la habitación del hotel, fue asomarse a la ventana y sentirse más lejos que nunca, lejos de sí mismo, lejos de los demás, lejos del propio hotel donde estaba, lejos del tiempo. Ni siquiera, se dijo, un reloj de cuco surgido de otra época, uno de esos relojes mágicos como los espejos de los cuentos, al que le hubieran dado cuerda en otra dimensión, podría devolverle lo que había perdido: el cucú de la vida, el cucú del zumo perdido de la luz. 

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