jueves, 9 de mayo de 2019

CORRECCIÓN DE PRUEBAS

Estoy imaginando a mi amigo Ricardo mientras corrige las pruebas de imprenta de su nuevo libro, un libro que no es ni mucho menos reciente, pues tuvo una edición digital antes de esta que va a salir en papel, un libro que contiene la narración de una vida, o de buena parte de una vida, y que Ricardo tardó años en escribir: y escribirlo fue para él, en cierto modo, lo contrario a suicidarse, si esa palabra existiera, si existiera algo así como desuicidarse o inextinguirse, es decir, lo que ocurre cuando todas las fuerzas negativas de la vida pasan por el tamiz de un luz muy pura, implacable, vivísima, y revelan al trasluz toda la energía vivificadora que contienen. Los traumas se convierten entonces en corazas; las inseguridades, en mantras; las desgracias, en palabras para tejer el tapiz de las mil y una recomposiciones. Debe de ser extraño para mi amigo Ricardo estar corrigiendo las pruebas de un libro que pensó haber publicado hace unos años, cuando apareció la versión digital, sobre todo porque un libro como ese es algo que requiere vida propia, es un artefacto creado con la expresa voluntad de independizarse de su creador, precisamente porque es tanto lo que de él lleva en su interior que se correría el riesgo, si no se produce la ansiada separación, de que ambos, autor y obra, creador y creación, hombre y novela, acabasen siendo como esas parejas de siameses que se roban la comida, el aire y hasta los pensamientos el uno al otro hasta que uno de ellos languidece y el otro lo sobrevive sólo unos días. Por eso, que el texto haya regresado a él y él al texto, esa segunda oportunidad dada a la simbiosis, a ese espacio rarefacto, común, en el que la mano y la tinta vuelven a ser una sola cosa y la escritura no se ha separado aún de la conciencia que la escribe en su papel transparente, deben de estar siendo, para mi amigo Ricardo, una experiencia inquietante: lo imagino intentando leer su libro como si fuera el de otro, surcando cada línea sin intentar comprenderla, cada palabra como si estuviera aislada en la hoja, sin conexión con las demás, pues lo contrario, pensar que el texto vuelve a ocupar en la conciencia de mi amigo el mismo lugar del que una vez salió, y que mi amigo vuelve a zambullirse en él como si las palabras fueran parte de su respiración, supondría imaginarlo en una tarea que no puede exigírsele a nadie y que equivaldría a revivir lo ya vivido como si estuviera ocurriendo ahora mismo. 

En la lectura que imagino que mi amigo Ricardo hace de su propio libro para cumplir con sus obligaciones como autor (no como quienes, al recibir las galeradas de su próximo libro, las miran por encima, les dan el visto bueno y condenan a sus futuros lectores al mal trago de leer un libro lleno de erratas), en esa relectura de un texto ya escrito e incluso ya publicado, hay algo que me intriga, siempre que se entienda esta intriga como parte del proceso imaginario en el que recreo a mi amigo entregado al juego de releerse sin demasiadas ganas de hacerlo, medio obligado por la editorial y por su conciencia: ¿tendrá la tentación de modificar el relato, quiero decir, no tanto de corregir detalles sueltos de estilo, lo que sería comprensible teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado, sino de practicar con el texto algunos de los procedimientos que la crítica textual contempla como habituales en los trabajos de reescritura: inserción, supresión, sustitución, desplazamiento? Porque, tratándose de un texto que estuvo escribiendo durante muchos años y que ni siquiera quedó definitivamente fijado con su publicación digital (pues mi amigo supo siempre que esa operación fantasmal que consistía en poner a disposición de los lectores un texto en la nube no suponía ni mucho menos distanciarse del texto al modo en que se consigue con la publicación convencional), tratándose, además, de un texto laberíntico en el que son muchas las puertas de entrada y de salida y pocas las formas de conseguir llegar hasta unas y otras, la tentación de reescribirlo ahora, cuando los acontecimientos que en el libro se narran han adquirido la condición de ficciones triplemente ficticias (pues tres instancias, la del recuerdo, la de la escritura y la de la publicación, les imprimieron a los hechos el indeleble marchamo de la ficción), supondría acaso una vuelta de tuerca en la que el personaje, incorporado al narrador, y este a su vez restituido al autor, devolvería retrospectivamente la condición de realidad a unos hechos que flotaban desde hacía ya tiempo en la burbuja de lo triplemente ficcional.

¿Es eso posible? ¿Puede el ejercicio de la reescritura aplicado a un texto alucinadamente escrito y fantasmagóricamente publicado devolver a los hechos su condición de verdad? Imaginemos a un autor, a mi amigo Ricardo, en este caso, corrigiendo esas pruebas de imprenta (pruebas que, téngase en cuenta, habrá de corregir hasta en tres juegos, si quiere ser meticuloso y no dejar al albur la aparición de gazapos y lapsus). Vuelve a estar asomado al abismo. No sólo asomado: le han puesto una escalerilla en el borde y le han dicho que baje. Sigilosamente, como para no despertar a fantasmas, espíritus y sombras, mi amigo desciende hasta el fondo del libro. Lo que se encuentra allí son las palabras (palabras que él mismo escribió pero que creía haber olvidado) transformadas en seres aparentemente vivos que unas veces le hablan y otras parecen condenados a un mutismo perpetuo. El fondo del abismo es la verdad del libro, que el autor está ahora obligado a recorrer no como autor, sino como corrector de pruebas, es decir, como un funcionario que comprueba que cada palabra se ajusta a lo que debía haber dicho, que no ha pervertido su forma ni su significado y que no finge, como una máscara, ser otra distinta a la que es. El autor se acerca a una oración y siente un leve mareo que lo aturde. Intenta limpiar el polvo de una sílaba y la sílaba siguiente le escupe en la cara. Pone la mano en una tilde para comprobar el calor de la intensidad con que una palabra fue dicha y siente frío el acento, gélido como un cadáver. Más adelante, esa misma palabra, con el acento cambiado, le quema la mano. El autor, mi amigo, recorre el laberinto de lo que dijo e intenta ponerse en la piel del lector: no ve señales luminosas que lo orienten, se pierde en medio de la oscuridad, se confunde de callejón, de cruce, de pasaje. Su libro, que creía un ente muerto con vida propia, separado de él, habitante de un no lugar entre la realidad y la inexistencia, resulta ser parte de su propio cuerpo y, cuando cree estar recorriéndolo para inspeccionarlo, corregirlo y sancionarlo, en realidad ha entrado en el interior de sí mismo y es su propia vida lo que tiene ante sí: no unos hechos recordados, contados, publicados, sino la propia esencia intemporal de su existencia devuelta de un modo milagroso al propio protagonista mucho tiempo después. Y entonces sabe, imagino, que debe intentar corregir a ciegas, tan sólo rozando el papel con los dedos, sin mirar las oraciones, las letras que son como las larvas de una verdad vivida.    


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