Basta
ahora con saborear la luz de una mañana, sin música alguna, sin la obligación
de buscar, basta con dejarse columpiar por las alteraciones de la luz y de la
sombra, con cruzar de una acera a otra y merodear por barrios de casas de
juguete, hasta dar con una calle que parece desembocar en el azul caído del
cielo, como en otro tiempo, cuando nos dejábamos ir detrás de cuerpos
atractivos, seguíamos el hilo que nos conducía a un zaguán, frente a un espejo,
o a un atajo, hasta un claro de luna, intentando recordar los vericuetos por
donde nos conducían sin saberlo para no perdernos al volver, entonces todos los
sueños estaban llenos de nombres, todos los nombres estaban llenos de sueños,
me decía, y al final de esa calle, en un recodo que no parecía tener salida, aparecía
un camino, en el interior de un rincón aparecía un camino a lo largo del cual todo
se transformaba, dejábamos atrás la ciudad con sus ridículos escaparates, con sus
terrazas de bricolaje en donde tomarse un barraquito se había vuelto un acto de
lo más chic, y nos adentrábamos en el mundo de las cabras, convivíamos con los
balidos –¿balan
las cabras?–
y los solares en donde iban a construirse bloques de edificios constituían los
apriscos donde abandonados rebaños se fundían con la fragilidad, sí, esas
cabras habían llegado hasta el borde mismo de la civilización, y los cabreros
conducían ahora motocicletas relucientes, pero yo miraba hacia el círculo de
las montañas y había luz allá arriba, esa luz me atravesaba las sienes y por la
noche volvería a visitarme en forma de migraña, pues a diferencia de otras
veces el valle estaba despejado, el volcán lanzaba al aire silenciosos
manotazos de sombra, y en las tiendas las empleadas contaban los minutos para
el momento del cierre, no veían la hora de que llegara la noche que las
sumergiría en las sombras de la indefinición y del deseo, les tiraría de las
trenzas como si las pescara con anzuelo en un río poco profundo, y serían el
difuso cementerio de los más vívidos placeres, esas muchachas, esas empleadas, que
a las tres de la mañana volverían –o no– a sus casas tras desactivar –o no– todos
los intentos de abordaje del mundo de las sombras, volverían al borde, al lugar
en el que la sal, la levadura y la luz
hacen de nosotros lo que verdaderamente somos, astillas clavadas en la carne de
los demás, duros maderos que ardemos en una combustión milenaria, aquí, aquí es
donde los sueños han venido a exhibirse en los escaparates de las farmacias, el
anillo del placer, la depravación del dolor, la fragancia de los geles y la hipersensibilidad de los condones hacen
milagros, ¿por qué no se encuentra nunca el lugar exacto en el que nos perdimos?,
¿por qué perdemos siempre el lugar exacto en el que nos encontramos?, pues en
otro tiempo, cuando perseguíamos, abrasados de deseo, los más hermosos cuerpos
que nos salían al paso, no sabíamos adónde nos conducirían, se abrían ante
nosotros todas las posibilidades y no era la luz lo que queríamos saborear,
sino la piel, la piel tostada en el verano, la piel llena de sal recién
emergida de un baño en las playas del atardecer, no como ahora, ahora que esas
playas nos resultarían impracticables, incómodas, y preferimos el adocenado
circuito de las tiendas y los bares, sentarnos en una terraza a saborear un té
de frutas mientras los cuerpos pasan a nuestro alrededor despojados de cualquier
talento para la incitación, impermeables y abstraídos en sus absurdos
monólogos, exhaustos de vivir y encadenados a una lejanía que los aleja aún más
de nuestra propia lejanía, tan distinta de la suya, una lejanía a flor de piel,
la nuestra, por decirlo así, y acaso el sentido de nuestra divagación era
permanecer allí en el centro de nuestra propia desaparición, sin más
fundamentos que la inencontrada memoria en la que se escarba y se escarba,
siempre en vano, pues no es sino lábil y perfectamente inútil enganchar caballos
a carruajes desvencijados, lo mismo que, aunque los cimientos del edificio
empezado a construir en el solar de las cabras no impida que crezcan las más
bellas flores, tampoco las más bellas flores que crecen en el solar de las
cabras ocultan los cimientos del edificio empezado a construir y abandonado por
toda la eternidad, fue ese el incierto pensamiento que tuve al bajar hacia el
centro de la ciudad, después de dar todo un rodeo y comprobar que en realidad, ya lo sabía, aunque no
conseguí calmarme sino buscando el lugar que había aparecido en mis sueños de
los dieciocho años, esos sueños que se repetían como si quisieran avisarme de
algo, y es verdad que durante muchos años busqué ese lugar sin encontrarlo,
creía saber el sitio donde estaba ubicado, pero cuando llegaba hasta allí no
estaba, como si sólo en mi sueño volviera a aparecer, a pesar de estar seguro
de que era bajando una calle precisa de aquella ciudad precisa donde se
encontraba el edificio majestuoso que en mi sueño parecía simbolizar el inconsciente
dentro del inconsciente, y era como un cuartel o un enorme colegio, un palacio
o una cárcel, un museo o un seminario, un hospital o una universidad, cualquiera
de esas cosas, y yo bajaba por aquella calle y me quedaba soñando dentro del
sueño con mi vida en el interior de aquel imponente edificio sin identificar, y
así durante años hasta que un día desapareció el sueño y apareció el edificio,
un día lo encontré y luego volví a perderlo, pero saber que lo había encontrado
era como haber conjurado un sueño, haber regresado al mundo de los vivos y
tener la certeza de que todo puede perderse y encontrarse siempre que se lo
sueñe y se lo pueda dejar de soñar.
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