sábado, 16 de marzo de 2019

LA ROUTE D'OROTAVA


Basta ahora con saborear la luz de una mañana, sin música alguna, sin la obligación de buscar, basta con dejarse columpiar por las alteraciones de la luz y de la sombra, con cruzar de una acera a otra y merodear por barrios de casas de juguete, hasta dar con una calle que parece desembocar en el azul caído del cielo, como en otro tiempo, cuando nos dejábamos ir detrás de cuerpos atractivos, seguíamos el hilo que nos conducía a un zaguán, frente a un espejo, o a un atajo, hasta un claro de luna, intentando recordar los vericuetos por donde nos conducían sin saberlo para no perdernos al volver, entonces todos los sueños estaban llenos de nombres, todos los nombres estaban llenos de sueños, me decía, y al final de esa calle, en un recodo que no parecía tener salida, aparecía un camino, en el interior de un rincón aparecía un camino a lo largo del cual todo se transformaba, dejábamos atrás la ciudad con sus ridículos escaparates, con sus terrazas de bricolaje en donde tomarse un barraquito se había vuelto un acto de lo más chic, y nos adentrábamos en el mundo de las cabras, convivíamos con los balidos –¿balan las cabras?– y los solares en donde iban a construirse bloques de edificios constituían los apriscos donde abandonados rebaños se fundían con la fragilidad, sí, esas cabras habían llegado hasta el borde mismo de la civilización, y los cabreros conducían ahora motocicletas relucientes, pero yo miraba hacia el círculo de las montañas y había luz allá arriba, esa luz me atravesaba las sienes y por la noche volvería a visitarme en forma de migraña, pues a diferencia de otras veces el valle estaba despejado, el volcán lanzaba al aire silenciosos manotazos de sombra, y en las tiendas las empleadas contaban los minutos para el momento del cierre, no veían la hora de que llegara la noche que las sumergiría en las sombras de la indefinición y del deseo, les tiraría de las trenzas como si las pescara con anzuelo en un río poco profundo, y serían el difuso cementerio de los más vívidos placeres, esas muchachas, esas empleadas, que a las tres de la mañana volverían –o no– a sus casas tras desactivar –o no– todos los intentos de abordaje del mundo de las sombras, volverían al borde, al lugar en el que la sal, la levadura y la luz hacen de nosotros lo que verdaderamente somos, astillas clavadas en la carne de los demás, duros maderos que ardemos en una combustión milenaria, aquí, aquí es donde los sueños han venido a exhibirse en los escaparates de las farmacias, el anillo del placer, la depravación del dolor, la fragancia de los geles y la hipersensibilidad de los condones hacen milagros, ¿por qué no se encuentra nunca el lugar exacto en el que nos perdimos?, ¿por qué perdemos siempre el lugar exacto en el que nos encontramos?, pues en otro tiempo, cuando perseguíamos, abrasados de deseo, los más hermosos cuerpos que nos salían al paso, no sabíamos adónde nos conducirían, se abrían ante nosotros todas las posibilidades y no era la luz lo que queríamos saborear, sino la piel, la piel tostada en el verano, la piel llena de sal recién emergida de un baño en las playas del atardecer, no como ahora, ahora que esas playas nos resultarían impracticables, incómodas, y preferimos el adocenado circuito de las tiendas y los bares, sentarnos en una terraza a saborear un té de frutas mientras los cuerpos pasan a nuestro alrededor despojados de cualquier talento para la incitación, impermeables y abstraídos en sus absurdos monólogos, exhaustos de vivir y encadenados a una lejanía que los aleja aún más de nuestra propia lejanía, tan distinta de la suya, una lejanía a flor de piel, la nuestra, por decirlo así, y acaso el sentido de nuestra divagación era permanecer allí en el centro de nuestra propia desaparición, sin más fundamentos que la inencontrada memoria en la que se escarba y se escarba, siempre en vano, pues no es sino lábil y perfectamente inútil enganchar caballos a carruajes desvencijados, lo mismo que, aunque los cimientos del edificio empezado a construir en el solar de las cabras no impida que crezcan las más bellas flores, tampoco las más bellas flores que crecen en el solar de las cabras ocultan los cimientos del edificio empezado a construir y abandonado por toda la eternidad, fue ese el incierto pensamiento que tuve al bajar hacia el centro de la ciudad, después de dar todo un rodeo y comprobar que en realidad, ya lo sabía, aunque no conseguí calmarme sino buscando el lugar que había aparecido en mis sueños de los dieciocho años, esos sueños que se repetían como si quisieran avisarme de algo, y es verdad que durante muchos años busqué ese lugar sin encontrarlo, creía saber el sitio donde estaba ubicado, pero cuando llegaba hasta allí no estaba, como si sólo en mi sueño volviera a aparecer, a pesar de estar seguro de que era bajando una calle precisa de aquella ciudad precisa donde se encontraba el edificio majestuoso que en mi sueño parecía simbolizar el inconsciente dentro del inconsciente, y era como un cuartel o un enorme colegio, un palacio o una cárcel, un museo o un seminario, un hospital o una universidad, cualquiera de esas cosas, y yo bajaba por aquella calle y me quedaba soñando dentro del sueño con mi vida en el interior de aquel imponente edificio sin identificar, y así durante años hasta que un día desapareció el sueño y apareció el edificio, un día lo encontré y luego volví a perderlo, pero saber que lo había encontrado era como haber conjurado un sueño, haber regresado al mundo de los vivos y tener la certeza de que todo puede perderse y encontrarse siempre que se lo sueñe y se lo pueda dejar de soñar.

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