sábado, 3 de mayo de 2014

LAS MOSCAS

                                                                                                 Para Natalia Carbajosa

Amenazantes, solemnes, incansables, las once o doce moscas que desde el principio de la tarde ocupan el salón de mi vivienda parecen sentirse a gusto trazando conexiones invisibles entre puntos indeterminados, ángulos esquivos en las coordenadas más comunes, abismos de milímetros entre unos cuerpos y otros. Yo leo tranquilamente una colección de relatos sobre patologías cotidianas. No hace frío ni calor, no se nota ni sequedad ni humedad en el ambiente, no es temprano ni tarde (es media tarde), no estoy triste ni feliz, no tengo ganas ni dejo de tenerlas de proseguir con lo que hago o de pasar a hacer otra cosa. El día transcurre tan bobalicón, tan soso, como los últimos siete mil días de mi vida (ahórrense el cálculo: me refiero, aproximadamente, a los últimos veinte años). La única novedad es ese enjambre de moscas que no se acercan ni se alejan, que no parecen buscar otra cosa sino establecer un espacio propio entre la zona del balcón, por donde inevitablemente han tenido que ir entrando desde el principio de la tarde, hasta la zona del sofá en el que estoy tumbado leyendo y que respetan escrupulosamente. Siento que, de alguna manera, me acompañan, como si sus vuelos pretendieran lanzarme señales, señales que no sé qué significan y que he tardado varias horas en percibir, señales que probablemente nunca descifraré y que, sin embargo, basta captar para sentir algo nuevo, una corriente, un temblor, un raro acompañamiento teñido de amenaza. (Si alguno de ustedes ha llegado hasta aquí, sí, les hablo ahora a quienes me están leyendo, no esperen más acontecimientos que estos que ya les he descrito: mi tranquila lectura en el sofá, el vuelo de unas cuantas moscas a mi alrededor, el lento sucederse de las horas hasta llegar a un desenlace sin encanto. Prosigo, pues, para los lectores obstinados, para los de probada lealtad, para los recalcitrantes, a quienes, sin embargo, hoy no podré sino aburrir:) No entraba la brisa habitual de mis relatos por el balcón abierto, no se escuchaban los televisores o las conversaciones de los vecinos de enfrente, ninguno de los paraguayos que en días soleados como este suelen pasarse la tarde bebiendo mate y riendo en guaraní en el patio comunal quiso hoy aparecer por estas páginas. Mi cuerpo no presentaba síntomas de ninguna clase, no había sangre en los labios ni herpes en la palma de las manos, no sentía la más mínima ansiedad ni la más leve alteración en el ánimo, me encontraba en completa paz conmigo mismo y con el mundo, no deseaba nada que no tuviera ni imaginaba nada imposible de conseguir, asumía mi soledad con más naturalidad que nunca y sabía que la tarde que estaba viviendo solo podía desembocar, hacia las nueve y media de la noche, en una cena que constaría de unos espárragos, de una tortilla de papas y de una naranja o una mandarina. Creo que había conseguido algo parecido a una animalidad casi perfecta, es decir, un estado de indiferencia por cualquier otro asunto que no fuera respirar pausadamente, dejar de sentir hambre en el momento oportuno y oler lo mejor posible (para conseguir esto último tenía pensado darme un baño después de cenar). A medida que he ido escribiendo, han ido desapareciendo las moscas. Quedan en este momento unas cinco o seis. Es difícil contarlas porque, como decía antes, no se están nunca quietas, se empeñan en trazar extrañas figuras en el aire del salón, cada vez más oscuro —claro que no es la escritura lo que las ha ido espantando, sino la caída de la tarde. Las moscas saben cuándo deben marcharse. No les gusta acabar en una casa extraña por la noche, expuestas a una oscuridad en la que no tienen ninguna oportunidad de bailar a contraluz igual que, en un acuario, ante un niño curioso, lo hacen los peces de colores. He contado cuatro moscas ahora. Aún queda luz, las tarde duran más en primavera. El aburrimiento, más que la pasión de los mediocres, es el único consuelo que nos queda a quienes, resignados a la más completa soledad, estamos de vuelta de todo. Lograr que el vacío al que nos enfrentamos  —ese que ahora ocupan solo dos o tres moscas— al menos no nos devore, es decir, nos conceda una tregua hasta el instante siguiente, en el que de nuevo habremos de rogarle una tregua al vacío, es la meta que nos ponemos quienes hemos perdido la alegría de vivir. Ya no hay moscas. Miro, si es que a esto puedo llamarlo mirar, hacia las casas de enfrente, de cuyas tendederas cuelga ropa puesta a secar, y el salón en penumbra atraviesa mi mirada como si me dijera que lo he conseguido, que he llegado hasta aquí sin caer en el pánico, sin ningún contratiempo. Me pregunto adónde habrán ido las moscas. Su amenaza, que era al mismo tiempo mi única compañía, se ha desvanecido. ¿Y si se hubieran llevado consigo algo de mí, y si, imperceptiblemente, me hubieran sustraído algún pensamiento, un resto de recuerdo, algún hilo del que tirar un día para sustraerme a los peligros que vendrán, para alcanzar de nuevo el mismo aburrimiento de hoy? Ellas, las moscas, me han acompañado hasta aquí, lo mismo que ustedes —¿queda alguno de ustedes por ahí?— me siguen acompañando, aunque no sé bien qué ganan con eso si lo único que les he brindado hoy es una insufrible sesión de aburrimiento. Sé que hay entre ustedes algunos lectores raros que opinan que aburrir puede ser uno de los fines de la literatura, aburrir en el sentido en que antes lo definí, es decir, mantener a raya el vacío que de otro modo nos devoraría. Si es así, si, de algún modo, he podido contribuir a que alguno de ustedes haya llegado hasta aquí incólume, a salvo de los atroces tormentos a que es capaz de someternos la vida a quienes hemos elegido la soledad y estamos ya de vuelta de todo, entonces, amigos, créanme que me doy por satisfecho. 

1 comentario:

  1. Hombre! en este momento estaba leyendo un precioso poema "Yo crío una mosca" (Poesía quechua, Buenos Aires, 1968) y me llega el sonido de un mensaje sobre tu ensayo sobre las moscas... lo leeré de inmediato, abrazo

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